La caída de al-Asad en Siria: ¿un nuevo impulso para los reformistas iraníes?

Daniel Brumberg
Daniel Brumberg Senior fellow no residente del Arab Center Washington DC
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Mohammad Javad Zarif, en una cumbre en Rumanía mientras ejercía el cargo de ministro de Exteriores en 2016.

Para Irán, la caída de Bashar al-Asad en Siria y lo que quedaba de su régimen, junto con la decisión de Moscú de abandonar a su principal aliado en Oriente Medio, supone una calamidad estratégica. El edificio de la estrategia de resistencia de Irán al completo se levantaba sobre su alianza con al-Asad. Para empeorar las cosas, los líderes de Irán temen que al-Asad sea reemplazado por lo que ellos no dudan en tildar de "terroristas". En este sentido, la percepción en Irán de la amenaza potencial que suponen los nuevos gobernantes sirios es un reflejo de la opinión de los responsables políticos en los Estados Unidos. La preocupación que comparten Washington y Teherán es que la victoria de una especie de "yihadismo suní light" podría provocar una mayor fragmentación y una guerra civil en Siria o abrir la puerta a un resurgimiento de una nueva versión del llamado Estado Islámico.

Los reformistas iraníes comparten este temor. Al mismo tiempo, la caída de al-Asad ha reordenado el tablero político en la República Islámica. Lo que en general se consideraba como la consolidación inexorable de una nueva generación de partidarios de la línea dura parece que va a cambiar ahora. La caída de al-Asad no solamente ha desacreditado a los partidarios de la línea dura de Irán, sino que también ha proporcionado sobradas razones para renovar la diplomacia con los Estados Unidos, una posición defendida durante mucho tiempo por los reformistas. Lo más probable es que aprovechen esta oportunidad en un intento por reavivar su fortuna tanto a nivel nacional como en el extranjero.

Búsqueda de la distensión dentro y fuera del país

Siempre ha existido una estrecha relación entre la ardua lucha de los reformistas por dejar su huella en el sistema político iraní y el candente tema de las relaciones entre los Estados Unidos e Irán. Hacer generalizaciones sobre un grupo tan complicado y díscolo como el de los "reformistas" puede ser peligroso. Ahora bien, es justo decir que no comparten la intensa aversión o el temor al poder cultural e ideológico estadounidense que animan a sus rivales de línea dura. Al contrario, muchos se han empapado del pensamiento político occidental. Haciéndose eco de la naturaleza ecléctica del pensamiento político en Irán, los reformistas se inspiraron en el marxismo, el liberalismo de la vieja escuela, el existencialismo y lo que solía llamarse "tercermundismo" para promover una visión del cambio político no mediante la revolución popular, sino por medio de un proceso de arduo trabajo centrado en la construcción de alianzas y en la defensa de una política más abierta y pluralista.

Dadas las fuerzas que se alinearon en su contra, empezando por el líder supremo, Ali Jamenei, y gran parte de los dirigentes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, los reformistas intentaron aumentar su influencia política interna abogando por un compromiso internacional con Occidente e incluso con los Estados Unidos. Lo que el ex presidente Mohammed Jatamí denominó el "diálogo de las civilizaciones" supuso una estrategia en este complejo proyecto nacional y mundial. Todos los presidentes reformistas, desde Jatamí hasta Hassan Rouhani y el actual presidente, Masoud Pezeshkian , han defendido una versión u otra de este enfoque.

Además, el ex ministro de Asuntos Exteriores y actual vicepresidente Mohammad Javad Zarif , desempeñó un papel destacado como respaldo de los tres presidentes. Para Zarif y sus aliados en el Ministerio de Asuntos Exteriores, en las universidades y en la intelectualidad en general, la consecución del Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC, en sus siglas en español, o JCPOA por sus siglas en inglés) en 2015 supuso el puntal político y estratégico en la lucha por desviar a los partidarios de la línea dura y obtener la aquiescencia del líder supremo. Para los reformistas, las disposiciones del PAIC, incluidas sus "cláusulas de suspensión", proporcionaban un margen de 10 a 15 años para reestructurar la economía iraní y, según esperaban los reformistas, vincular al país al ámbito diplomático y económico mundial.

La Administración Obama hizo una apuesta similar, pero el tablero de juego cambió cuando Donald Trump retiró a los Estados Unidos del acuerdo en 2018. La repentina renuncia del ministro de Relaciones Exteriores Zarif en febrero de 2019 no solamente puso de manifiesto su frustración por el aparente colapso del acuerdo que él había ayudado a concretar. También se produjo después de una reunión entre Jamenei y Assad a la que Zarif  no fue invitado y de la que probablemente ni siquiera se le informó. El mensaje estaba claro: al parecer, los reformistas no tenían ningún papel en la estrategia de "resistencia" que los partidarios de la línea dura estaban situando en el centro de la política exterior iraní. Parecía que el proyecto reformista se había derrumbado por completo con la elección en 2021 del partidario de la línea dura Ebrahim Raisi como presidente.

Diplomacia y resistencia

La desaparición de Asad puede haber dado a los reformistas un nuevo impulso. Para Zarif, esto no solamente parece demostrar lo que ya venía diciendo, haciéndose eco de sus advertencias previas, sobre el poder de sus adversarios de línea dura, sino que también es una dosis de justicia agridulce. El "Eje de la Resistencia" de Irán ha perdido a su principal aliado en Damasco, mientras que su segundo aliado, Hezbolá, ha acordado un alto el fuego con Israel tras sufrir numerosos golpes, el más grave de los cuales fue el asesinato de su secretario general, Hassan Nasrallah, por parte de Israel el 27 de septiembre.

Y, sin embargo, es vital recordar que, desde el principio, la estrategia de resistencia de Irán se construyó en torno al uso o la amenaza de la fuerza y la diplomacia. Aunque odiaban a los reformistas, los partidarios de la línea dura necesitaban su carta de presentación ante los líderes mundiales, así como la experiencia profesional del Ministerio de Asuntos Exteriores, dominado por los reformistas. Zarif lo sabía cuando anuló su "dimisión" de 2019. Del mismo modo, su dimisión como vicepresidente de Estrategia el 12 de agosto de 2024, 11 días después de la elección de Pezeshkian y su posterior regreso  a ese puesto dos semanas después, lanzaron el mensaje de que los reformistas siguen teniendo un papel indispensable tanto en el extranjero como dentro del país. El hecho de que Jamenei no se opusiera al regreso de Zarif, a pesar de que los partidarios de la línea dura habían provocado su breve salida, parece indicar que el líder supremo sabe que la diplomacia es esencial, dada la capacidad disminuida de Irán para utilizar la fuerza en defensa de su interés más vital (la supervivencia del régimen).

De hecho, Zarif insistió en el valor de la diplomacia en un artículo del 2 de diciembre de 2024 en Foreign Affairs en el que sostuvo que "la administración del presidente Masoud Pezeshkian [...] está decidida a seguir un rumbo de paz y estabilidad" y que Irán "tiene toda la disposición a colaborar de manera constructiva con las naciones occidentales, incluso con los Estados Unidos, en cuestiones relacionadas con el programa nuclear pacífico de la nación. Irán puede ser un asociado competente y predispuesto a construir un futuro mejor".

El artículo de Zarif sugiere abiertamente que la política exterior iraní se encuentra ahora en una encrucijada habida cuenta de la caída de Asad y la humillante retirada de Rusia de Siria. Tal y como  ha escrito recientemente  el periodista David Sanger, del New York Times, Irán puede seguir con la expansión de su programa nuclear, un camino que, como apunta  este escritor, está plagado de peligros, u optar por una diplomacia seria para defender, y tal vez redefinir, una estrategia de resistencia basada durante mucho tiempo en la fórmula de "sin guerra no hay paz", que cada vez es más difícil de mantener.

¿Apoyará Trump un nuevo acuerdo?

Todavía es demasiado pronto para saber cómo responderá Trump a cualquier acercamiento de Irán, acercamiento que puede que ya se esté desarrollando, como sugiere la reunión del 14 de noviembre entre Elon Musk y el embajador de Irán ante la ONU. Todos los líderes de Oriente Medio tienen la esperanza de que el presidente electo ofrezca los resultados diplomáticos que Joe Biden no logró. Sin embargo, en lo que respecta a Irán, Trump tendrá que aceptar la premisa de un acuerdo negociado que ya rechazó anteriormente, a saber, reducir o eliminar las sanciones relacionadas con el programa nuclear a cambio de un nuevo acuerdo que imponga un régimen más estricto de supervisión internacional, pero que permita a Irán un enriquecimiento limitado. Los partidarios de la línea dura, como Brian Hook, que puede volver a ser el hombre clave de Trump en Irán, se resistirán a un acuerdo de este tipo y abogarán en su lugar por volver a la política de "máxima presión" de la primera Administración Trump. Y afirmarán, como ha hecho Hook en repetidas ocasiones, que no hay una diferencia real entre los partidarios de la línea dura y los reformistas de Irán, es decir, que lo único que importa es el líder supremo.

Trump no está en condiciones de arbitrar un debate emergente sobre Irán que no hará sino intensificarse una vez que regrese a la Casa Blanca. Sin embargo, su aversión a que los Estados Unidos se vean arrastrados a una guerra regional podría llevarlo a resistirse a sus propios partidarios de la línea dura y, en su lugar, aprovechar las posibles aperturas —si bien aún no están claras— que nadie dentro o fuera de Oriente Medio preveía hace apenas una semana.

Publicado originalmente por el Arab Center Washington D. C. Puede consultarse aquí.

Las ideas expresadas en este análisis corresponden al autor y no reflejan necesariamente la posición del CEARC.

Crédito de imagen: Shutterstock / Gabriel Petrescu

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