Resumen
La guerra en Yemen continúa siendo un conflicto complejo y devastador sin resolución definitiva. Aunque desde 2022 se mantiene una tregua de facto, las tensiones políticas no han desaparecido y la amenaza de una nueva escalada sigue latente. En 2023 se anunció un acuerdo para poner fin a la guerra, pero nunca llegó a firmarse. El genocidio en Gaza y la crisis en el Mar Rojo han alterado los equilibrios regionales, obstaculizando los esfuerzos diplomáticos. Como resultado, Yemen permanece atrapado en una crisis humanitaria y política marcada por la fragmentación, la injerencia externa y una persistente falta de legitimidad.
Modelos de construcción estatal antagónicos: islamismo y conservadurismo versus laicidad y occidentalización
A lo largo de su historia, Yemen se ha caracterizado por una profunda fragmentación. Los distintos proyectos políticos, articulados en torno a divisiones territoriales intermitentes, dieron lugar a una construcción estatal discontinua en la que la coexistencia no siempre fue pacífica.
En el norte, la permanencia de un régimen teocrático zaydí, una de las ramas del islam chií, durante más de mil años imprimió un carácter político y social marcado por el conservadurismo, el islamismo y el tribalismo, los tres ejes fundamentales que sustentaban el imamato. El zaydismo, mayoritario en el norte, coexistía con chiíes ismaelíes, sunníes shafeíes y una pequeña comunidad judía. La proximidad doctrinal del zaydismo hadawí con el sunismo favoreció dicha convivencia[1].
El imamato proponía un sistema excluyente, en el que solamente los sada (plural de sayyid, descendiente del profeta) tenían derecho a erigirse como imames. El hecho de que el tribalismo otorgara un estatus privilegiado a esta clase dentro de su rígida jerarquía social permitió una simbiosis entre ambos modelos de autoridad: una simbiosis que respondía, además, al cumplimiento del precepto zaydí del jurudj, la obligación de todo creyente a sublevarse contra el poder injusto. A diferencia de otras ramas del chiísmo, para el zaydismo el imamato no es infalible ni tiene origen divino y, por lo tanto, su autoridad puede y debe desafiarse cuando es injusta. Cualquier miembro de los sada que cumpliera los requisitos para ser imam estaba legitimado a levantarse en armas y apoyarse en las tribus para sostener su sublevación.
En 1962 estalló una guerra civil entre los partidarios del imamato, apoyados por Arabia Saudí, y los reformistas republicanos, respaldados por el Egipto de Naser. Tras ocho años de guerra, fueron estos últimos quienes lograron imponerse.
Pero el triunfo republicano no supuso una ruptura completa con el antiguo régimen. El republicanismo buscó superar la fractura del dualismo religioso zaydí-shafí mediante un pacto fundacional que, lejos de marginar a los perdedores de la guerra, procuró integrarlos en las instituciones del Estado. Las tribus, por su parte, obtuvieron por primera vez presencia en la estructura institucional. Consecuentemente, aunque se impulsaron reformas modernizadoras, muchas estructuras del antiguo régimen permanecieron.
En el sur, en cambio, se desarrolló un modelo de construcción estatal opuesto, caracterizado por la influencia colonial y la búsqueda de una modernización laica. Con la presencia británica en el extremo sureste de Yemen, Adén adquirió gran relevancia debido a su posición estratégica en la ruta hacia India. La administración colonial impuso una profunda modernización urbana y económica, que se acompañó de políticas que pretendían erradicar el tribalismo y secularizar la sociedad. El proceso favoreció el surgimiento de una burguesía que, a partir de 1950, encabezó los movimientos independentistas contra la metrópoli.
Tras la salida de Gran Bretaña en 1967, uno de estos movimientos independentistas, el Frente de Liberación Nacional, proclamó la República Popular Democrática de Yemen, la primera y única experiencia comunista del mundo árabe. Inspirado en el marxismo-leninismo, el nuevo Estado emprendió profundas reformas estructurales: nacionalizó los medios de producción, impulsó una importante reforma agraria y concentró el poder en un partido único: el Partido Socialista Yemení (PSY). Al igual que hicieron los británicos, el PSY intentó reducir la influencia de las tribus y las élites religiosas.
La unificación: retos de una construcción democrática bajo un liderazgo autócrata y sus resistencias sociales
A pesar de sus trayectorias políticas dispares, casi antagónicas, la idea de la unificación siempre estuvo presente en ambas repúblicas. Finalmente, en 1990, y favorecida por la caída del bloque socialista y el descubrimiento de yacimientos petrolíferos, se concretó la fusión. El proceso unificador se estructuró alrededor de un modelo democrático y plural. La adopción del multipartidismo inauguró un periodo sin precedentes de diversidad y libertad política, convirtiendo a Yemen en el único país de la Península Arábiga comprometido con un proceso democratizador[2]. Ali Abdallah Saleh, presidente del norte, asumió la presidencia de la nueva República, mientras que Ali Salim al-Bid, secretario general del PSY, ocupó la vicepresidencia.
Sin embargo, el optimismo inicial se desvaneció pronto y la desconfianza mutua de sus élites derivó en una creciente tensión política. En 1994, una nueva guerra civil terminó por consolidar el poder de Saleh. La reislamización del país evidenció el cambio en el sistema de alianzas: el partido Islah, vinculado a los Hermanos Musulmanes, ganó protagonismo en detrimento del PSY, de orientación laica.
Desde entonces, un amplio sector del sur comenzó a denunciar la creciente marginalización y discriminación política y económica, que alcanzó su mayor expresión con la jubilación forzosa de los militares del sur[3]. En 2006, un grupo de militares retirados empezó a manifestarse en Ad-Dali' pidiendo su reincorporación en el ejército. Las protestas, en un principio de carácter laboral, se extendieron a otros colectivos y provincias. La fuerte represión gubernamental dio origen en 2007 al movimiento al-Hirak al-Yanubi.
Al principio, el movimiento no cuestionaba la unión y se limitó a reclamar una mayor inversión y justicia social en las provincias sureñas, pero las desavenencias con el gobierno y la persistencia del creciente autoritarismo de Saleh radicalizaron su postura. A partir de 2009 al-Hirak al-Yanubi adoptó una agenda abiertamente secesionista.
Hasta entonces, el modelo clientelar de Saleh había evitado una confrontación abierta contra su régimen. Sin embargo, el acercamiento con los islamismas del Islah, la difusión del wahhabismo (un movimiento reformista suní neo-ortodoxo) y el giro de la política exterior hacia un mayor alineamiento con Estados Unidos incidieron directamente en otra de las fracturas sociales del país, esta vez con el norte.
El surgimiento del movimiento huzí debe entenderse en el marco de las tensiones no resueltas entre el centro republicano y la región periférica de Saada, bastión histórico del zaydismo. Una región marcada por una triple fractura: la estigmatización del colectivo sada, la marginación política y económica y la penetración del wahhabismo financiado por Arabia Saudí. Estos factores, combinados con la falta de inversión estatal y la instrumentalización del discurso religioso, alimentaron un sentimiento de agravio sobre el que se construyó la narrativa contestataria al régimen.
En este contexto, clérigos y activistas zaydíes fundaron Muntada al-Shabab al-Mu'minin, Asociación de Jóvenes Creyentes, con el objetivo de revitalizar la doctrina zaydí. El movimiento fue adquiriendo un carácter político, especialmente bajo la influencia de Husein Badr al-Din al-Huzi, un exparlamentario zaydí responsable de la transformación de Juventud Creyente de organización cultural a movimiento contestatario y, más tarde, a milicia armada. A partir de 2000, un reducido grupo de seguidores de al-Huzi comenzó a irrumpir en espacios públicos con el famoso sarja (grito): "Muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, maldición sobre los judíos, victoria del islam", lema actual de la milicia.
En 2004, tras un intento frustrado de detención de al-Huzi en Saada, interpretado en clave de afrenta tribal por la transgresión del territorio, comenzó la guerra. La muerte en combate de al-Huzi semanas después no puso fin al conflicto, al contrario, desencadenó seis guerras intermitentes hasta 2010. Saleh acusaba a los huzíes de pretender restablecer el imamato y servir a intereses iraníes, mientras los huzíes se presentaban como los defensores de la doctrina zaydí, de la soberanía nacional y la justicia frente a la corrupción y la injerencia externa propiciada por el gobierno.
Cuando en 2011 se iniciaron las protestas contra el presidente Ali Abdallah Saleh, en el marco de las Primaveras Árabes, los huzíes se unieron a los estudiantes que exigían el fin del régimen tras 33 años en el poder. El movimiento al-Hirak al-Yanubi también se sumó a dichas movilizaciones.
La primavera árabe y el secuestro de la revolución: de la reconciliación nacional fallida a la guerra
Más allá de las tensiones religiosas e ideológicas en las periferias, existían otros focos de tensión. A nivel nacional, la sociedad manifestaba su descontento frente al desempleo, la precariedad económica y las tendencias autoritarias del régimen[4]. El sistema, además, atravesaba una profunda crisis de legitimidad derivada del desgaste del modelo neoclientelar.
Inspirados por las revoluciones de Túnez y Egipto, los jóvenes yemeníes ocuparon las plazas de las principales ciudades, que se convirtieron en hervideros de creatividad contestataria. La ausencia inicial de una represión sistemática y censura facilitó la expansión del movimiento. Frente a la movilización estudiantil, que desde el inicio exigía la caída del régimen, la oposición partidista, estrechamente vinculada al poder, se limitó inicialmente a reclamar reformas democráticas.
El 18 de marzo de 2011, la matanza de 52 activistas en la Plaza del Cambio de Saná alteró profundamente la correlación de fuerzas, al provocar una oleada de desafecciones políticas y deserciones militares. Sectores del ejército, las tribus y la oposición se adhirieron al movimiento antigubernamental y desplegaron milicianos en la capital, acentuando el colapso del régimen. Los enfrentamientos esporádicos entre las fuerzas leales y las disidentes deterioraron gravemente la seguridad y llevaron al Consejo de Cooperación del Golfo a buscar una salida pactada.
En el verano de 2011, la convalecencia de Saleh en Arabia Saudí, tras un intento de magnicidio que nunca llegó a esclarecerse, facilitó las negociaciones. A cambio de su inmunidad, Saleh aceptó transferir el poder al vicepresidente, Abdelrabo Mansur Hadi. La hoja de ruta preveía la celebración de una Conferencia de Reconciliación Nacional inclusiva, destinada a establecer las bases del nuevo Yemen. Sin embargo, los desencuentros entre las distintas facciones, así como los bloqueos de los huzíes, los secesionistas y parte del movimiento estudiantil cuyo impulso revolucionario había sido secuestrado, frustraron el proceso.
Finalmente, en septiembre de 2014, una alianza inusitada entre los huzíes y Saleh facilitó su avance conjunto hasta Saná, donde llevaron a cabo un golpe de Estado. Desde Adén, Hadi solicitó la intervención de los países árabes del Golfo, que decidieron involucrarse militarmente con una coalición internacional liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos. La intervención, concebida como una operación rápida para restablecer el gobierno de Hadi y frenar la expansión huzí, que a mediados de marzo ya alcanzaba Adén, marcó el inicio de la regionalización del conflicto.
Sobre el terreno, la coalición contaba con el apoyo de fuerzas locales. Sin embargo, las desavenencias políticas e ideológicas entre las distintas facciones derivaron en enfrentamientos internos. Con el paso del tiempo, la cantonización del territorio y los apoyos cruzados de las potencias regionales avivaron las diferencias y profundizaron la fragmentación. La financiación, el armamento y entrenamiento se distribuyeron según los intereses estratégicos de Abu Dhabi y Riad, reforzando la autonomía local y debilitando la unidad del bloque antihuzí.
Mientras tanto, en Saná también se producía un cisma: la alianza entre Saleh y los huzíes se quebró definitivamente con el asesinato del primero a mano de los segundos. Esta ruptura tuvo consecuencias inmediatas: los huzíes perdían a un socio capaz de aportar experiencia en gobernabilidad y mediación pero, sobre todo, perdían la moderación del régimen. El movimiento avanzó entonces hacia un modelo más radical y represivo, en el que las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, las desapariciones forzosas y las detenciones arbitrarias comenzaron a formar parte del día a día[5]. A partir de este momento se incrementó también la influencia iraní.
Para Teherán, su vínculo con los huzíes fortalecía su proyección regional y les permitía progresar en la doctrina de "defensa avanzada". Los huzíes conservaron su autonomía política pero el apoyo armamentístico y financiero iraní amplió su poder y su capacidad de acción[6]. Los saudíes habían decidido intervenir en la guerra para frenar la influencia iraní en la península. Paradójicamente, su implicación afianzó la colaboración entre Irán y los huzíes.
La salida del atolladero: el estancamiento de la guerra… y de la paz
Más de una década después del inicio de la guerra, la situación humanitaria en Yemen continúa siendo catastrófica: cerca de 375.000 muertos; 19,5 millones de personas dependientes de ayuda humanitaria, de los cuales 15 millones son mujeres y niños; 4,8 millones de desplazados y 7 millones de malnutridos. Un país en el que el 40% de las instalaciones sanitarias funcionan de manera parcial, pese a que tiene que hacer frente a enfermedades que ya estaban erradicadas, como el cólera y la difteria[7].
El estancamiento en el frente bélico desde hace más de cinco años demuestra la improbabilidad de que el conflicto se resuelva por la vía militar. Las diferentes mediaciones (Kuwait, 2016; Estocolmo, 2018; Riad-Muscat, 2023) han modificado sustancialmente el marco negociador: frente a la exigencia inicial a los huzíes de rendición total se ha pasado a nuevos esquemas en los que no solo son reconocidos como interlocutores, sino que sus pretensiones siempre al alza son sistemáticamente satisfechas, especialmente por Arabia Saudí, que busca desde hace años una salida del conflicto.
El desastre humanitario y los altos costes económicos y morales de una guerra estancada han alejado a Arabia Saudí de sus objetivos iniciales. La distensión entre saudíes e iraníes ha reducido el interés estratégico de Arabia Saudí en Yemen, más aún tras el reciente debilitamiento de Teherán y del Eje de la Resistencia. Entre los beneficios para Arabia Saudí de una eventual paz en Yemen estaría el cese de los ataques huzíes contra su territorio, responsables de daños la economía saudí y de afectar a los proyectos de desarrollo asociados a la Visión 2030.
En octubre de 2023, Hans Grundberg, enviado especial de la ONU para Yemen, anunció un acuerdo de paz en el que Arabia Saudí participaba como facilitador. Una estrategia que permite a los saudíes eludir su responsabilidad frente a la guerra. El Gobierno Reconocido Internacionalmente (GRI), excluido de la negociación, se opuso a su firma al considerar que beneficiaba exclusivamente a los huzíes.
El acuerdo preveía un gobierno de reconciliación nacional y recogía ente otros, el compromiso de Arabia Saudí a pagar el salario de los funcionarios suspendidos desde 2016, así como aliviar el expediente humanitario con el levantamiento del bloqueo.
Desafíos actuales: ataques en el Mar Rojo y fragmentaciones naturales y creadas en el GRI
Cuando la guerra parecía encaminarse a una salida negociada, el genocidio en Gaza reconfiguró el equilibrio regional y otorgó a los huzíes un nuevo impulso político y simbólico. El conflicto israelo-palestino, una vez más catalizador de las fracturas árabes, permitió al movimiento huzí reactivar su narrativa fundacional de resistencia, sintetizada en su sarja, y proyectar su poder más allá de sus fronteras. Sus ataques en el Mar Rojo, dirigidos contra buques israelíes y de sus aliados, favorecieron su resignificación en el tablero regional y nacional: por un lado, reafirmaba su papel en la vanguardia antiimperialista y su alianza con el Eje de la Resistencia; por otro, les permitía reconectar con una población agotada tras una década de guerra y crisis humanitaria que clamaba en las calles de Saná: "No nos importa, no nos importa, conviértelo en una Gran Guerra Mundial"[8].
Los huzíes no solo ganaron simpatías dentro de Yemen, sino que obtuvieron ventaja frente a sus adversarios políticos internos, a los que acusó de inacción y de traición[9]. Los bombardeos israelíes y británico-estadounidenses en represalia a los ataques dirigidos contra Israel y en el Mar Rojo, brindaron la oportunidad de reforzar su narrativa de víctimas-héroes[10] atacados por las grandes potencias en su defensa de Palestina. Aunque este apoyo nacía de una solidaridad genuina, los huzíes supieron capitalizar su campaña para ganar visibilidad internacional.
En menos de tres décadas, los huzíes han pasado de ser una insurgencia local confinada en las montañas de Saada a convertirse en un actor regional capaz de desafiar a las potencias mundiales y poner en jaque el comercio internacional[11]. Hoy, en el marco de los acuerdos de paz, se aproximan a un nuevo escenario: el de su legitimación como actor político dentro del entramado estatal yemení. El hecho de que en los actos oficiales exhiban la bandera nacional en lugar de los símbolos huzíes responde a esta estrategia. La búsqueda de legitimidad continúa siendo una prioridad en su proyecto político.
Otro de los grandes beneficios para los huzíes de la crisis en el Mar Rojo ha sido la posibilidad de reactivar la maquinaria de militarización[12]. Las campañas de reclutamiento bajo el lema de "Inundación de al-Aqsa", prometían a los nuevos combatientes participar en la guerra contra Israel, aunque previsiblemente serán usados contra adversarios políticos internos. Según el Panel de Expertos de la ONU, el número de combatientes huzíes aumentó de 220.000 en 2022 a 350.000 en 2024[13], un incremento excepcional impulsado por estrategia combinada de represión, adoctrinamiento y cooptación social. Estas campañas no solo apelaban a la solidaridad con Palestina, sino que utilizaban incentivos salariales y beneficios en la distribución de alimentos, sacando provecho de la vulnerabilidad económica de los yemeníes.
Mientras tanto, en el seno del GRI se intentaba contener la fragmentación. En abril de 2022, Hadi transfirió su poder a un Consejo de Liderazgo Presidencial (CLP) integrado por los líderes de las principales facciones del bloque: salafistas, islahíes, secesionistas, partidarios de Saleh o de Hadi, y tribus. Con este nombramiento se pretendía superar las divisiones internas del bloque antihuzí y articular una estrategia coordinada, incluyendo un mando militar unificado. Sin embargo, la persistencia de los patrocinios selectivos de saudíes y emiratíes socavaron la cohesión del CLP, debilitando su autoridad y contribuyendo a su ineficacia.
La crisis en el Mar Rojo erosionó aún más la credibilidad del CLP. Estados Unidos rehusó coordinar sus ataques con los mandos militares del Consejo, a pesar de su insistencia en la conveniencia de sincronizar las operaciones aéreas norteamericanas con una ofensiva terrestre yemení. El desdén hacia estas peticiones puso de manifiesto la desconfianza de Washington respecto a la capacidad de liderazgo del CLP.
Los bombardeos masivos de Estados Unidos sobre las posiciones huzíes infligieron, por primera vez, un daño significativo en sus capacidades militares[14]. Sin embargo, la campaña huzí "ma'dri" ("no sé") lo silenció, al instar a la población civil a no divulgar datos, localizaciones o imágenes de los ataques, en un intento preservar el control del relato y, sobre todo, del silencio. Gracias a esta estrategia, los huzíes minimizaron el impacto público de los bombardeos, reforzando la imagen de resiliencia infinita del pueblo yemení y generando desconcierto en el adversario.
Resulta evidente que, además de las carencias en el terreno de la legitimidad, el otro frente donde los huzíes pierden la guerra es en la trinchera económica. El GRI, consciente de esta vulnerabilidad, anunció la revocación de las licencias bancarias en Saná, pero la presión saudí les obligó a retractarse. Este episodio constituye un nuevo ejemplo de cómo las tensiones externas e internas se entrelazan y prolongan la fractura del gobierno del CLP, cuya soberanía continúa, más que nunca, administrada desde fuera.
¿Y ahora qué?
A día de hoy, los huzíes buscan la legitimación política que un acuerdo con Arabia Saudí podría brindarles. Tras el éxito propagandístico y militar de la campaña del Mar Rojo, sus demandas se han incrementado: aspiran a que su líder, Abdelmalik al-Huzi, encabece el futuro gobierno del Yemen postbélico. Conscientes de su peso, han perfeccionado su capacidad de obtener recursos por vías alternativas, ya sean éstas confiscaciones, extorsiones, cobros aduaneros o tráfico ilícito de armas y drogas con grupos como al-Qaeda o al-Shabab[15] así como con el ejército regular sudanés[16]. Estas colaboraciones evidencian que la afiliación confesional no siempre prima y que, con frecuencia, es el pragmatismo político y el económico el que define con mayor precisión los sistemas de alianzas.
Por otra parte, la resolución del expediente económico se ha convertido en una prioridad huzí: el acceso a los ingresos del petróleo y el control de la ayuda humanitaria les permitiría presentarse como gestores de una incipiente recuperación. De ahí también su insistencia en que Arabia Saudí desempeñe un papel central en la reconstrucción de Yemen. Sin embargo, lejos de mostrarse conciliadores, han retomado su estrategia de presión sobre Riad mediante nuevas demostraciones militares y elevando sus críticas públicas, en un intento de que su escalada obligue volver a la mesa de negociación[17]. Una estrategia de escalada que también se está desplegando contra la ONU con el mismo objetivo[18].
En el escenario actual, una guerra total parece improbable, pero todavía existen obstáculos para alcanzar la paz. Los huzíes continúan consolidando su poder interno y ampliando sus márgenes de maniobra. En cambio, la constante injerencia externa debilita al CLP, socava su autoridad y expone su vulnerabilidad. El desplazamiento de las fuerzas militares pro-saudíes en Hadramaut, Mahra y Shabwa por parte de las fuerzas militares secesionistas pro-emiratíes enuncian nuevos y peligrosos cismas dentro del CLP y en las alianzas regionales.
Yemen sigue atrapado en una paradoja histórica: un Estado fragmentado que lucha por consolidar su soberanía mientras que actores locales, regionales y globales moldean su destino. La paz y la reconstrucción dependerán de la capacidad de reconciliar identidades, intereses y territorios en un país donde historia, religión y geopolítica se entrelazan en un tejido tan resistente como complejo.
Conclusiones
Yemen es un país atrapado entre fragmentaciones internas y presiones externas. Un lugar donde la historia, la religión y la geografía se han construido sobre un entramado de conflictos persistentes. La unificación y los intentos democratizadores fracasaron ante el creciente autoritarismo, las tensiones periféricas y la quiebra de los pactos fundacionales.
Resolver el conflicto y reconstruir Yemen exige reconocer su diversidad, restaurar la legitimidad y forzar un consenso real. Para ello, es imprescindible rechazar las injerencias externas que persiguen intereses propios, menosprecian la soberanía yemení y perpetúan sus conflictos.
Las recientes tensiones entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos, derivadas de los movimientos militares de las facciones proemiratíes en el sur, subrayan la importancia estratégica de Yemen en la reconfiguración regional y plantean nuevos desafíos que alejan cada vez más la posibilidad de un escenario de paz en un país devastado tras más de una década de guerra.
Crédito de imagen: EFE / Yahya Arhab
Notas y referencias
[1] Jeffrey Meissner, Tribes at the Core: Legitimacy and Power in North Yemen, Ph.D. Thesis, Columbia University Press, 1987. p. 36.
[2] Renaud Detalle, "Les partis politiques au Yémen. Paiysages après la bataille", Revenue des Mondes Musulmans et de la Méditarranée, nº 81/82, 1996, p. 335.
[3] Floor Beuming, The Merger of the Dagger and the Rifle: Failing Integration of Former South Yemen into the Unified Republic of Yemen, M.A. Thesis, Universidad de Ámsterdam, 2004, p. 61.
[4] A partir de 2001, Yemen toma una deriva autocrática introduciendo enmiendas constitucionales que refuerzan la figura del presidente. Se promueven también iniciativas para establecer una presidencia vitalicia y propuestas para transferir hereditariamente el poder de padre a hijo.
[5] Human Rights Watch, "Yemen: Escalating Rights Violations Require More Robust Response", HRW Statement, 3 de octubre de 2025, disponible en: https://www.hrw.org/news/2025/10/03/yemen-escalating-rights-violations-require-more-robust-response
[6] Garret Nada, "Houthi Explainer: Ties to Iran", United States Institute of Peace, 2024, disponible en: https://iranprimer.usip.org/index.php/blog/2024/jul/18/houthi-explainer-ties-iran
[7] OCHA. Yemen Humanitarian Needs and Response Plan, Humanitarian Programme Cycle 2025 OCHA, enero de 2025, disponible en https://www.unocha.org/yemen
[8] The Guardian, 25 de enero de 2025.
[9] Una de las facciones de CLP, la encabezada por el secesionismo, manifestó su predisposición a normalizar las relaciones con Israel, e incluso a colaborar militarmente con el ejército israelí en su lucha contra los huzíes. Una medida que erosiona su legitimidad y credibilidad interna y lo coloca ante un dilema estratégico: buscar apoyo externo a su proyecto secesionista y responder a los intereses emiratíes sin quebrar el equilibrio político y social que requiere para sostenerlo. Para profundizar en el tema, se recomienda la lectura de: Giorgio Cafiero, "Israel, the UAE, and Yemen's South: The Politics of Unlikely Alliances", Arab Center Washington DC, 14 de noviembre de 2025, disponible en: https://arabcenterdc.org/resource/israel-the-uae-and-yemens-south-the-politics-of-unlikely-alliances/
[10] Elisabeth Kendall, "The Houthis' forgotten war goes global" Engelsberg Ideas, enero de 2024, disponible en: https://engelsbergideas.com/essays/the-houthis-forgotten-war-goes-global/
[11] Antes de que los huzíes iniciaran sus ataques, por el Mar Rojo transcurría el 15% del comercio internacional marítimo, el 35% de los portacontenedores mundiales y el 60% de petróleo y gas transportado a Europa. Los ataques obligaron a muchas navieras a modificar sus rutas y a incrementar las primas de los seguros manifestando el poder disruptivo de los huzíes.
[12] Luca Nevola, disponible en: https://www.ispionline.it/en/publication/the-houthis-militarization-machine-194526
[13] ONU, Panel de Expertos 2024, disponible en: https://docs.un.org/es/S/2024/731
[14] En la operación Rought Rider, de ocho semanas de duración, Estados Unidos atacó más de 1000 objetivos y eliminó a más de 600 combatientes, incluidos mandos intermedios.
[15] ONU, Panel de Expertos 2025, disponible en: https://docs.un.org/es/S/2025/650
[16] Fernando Carvajal, "The Houthi-Sudan Nexus Grows", Middle East Forum, 5 de noviembre de 2025, disponible en: https://www.meforum.org/mef-observer/the-houthi-sudan-nexus-grows
[18] Mohammad Al-Basha, "The Houthis' Drone Diplomacy", Basha Report's Substack, 26 de octubre de 2025, disponible en: https://bashareport.substack.com/p/the-houthis-drone-diplomacy
[19] ACLED, Middle East Overview: November 2025, ACLED, noviembre de 2025, disponible en: https://acleddata.com/update/middle-east-overview-november-2025