Las inesperadas elecciones presidenciales de Irán en 2024

Mehran Kamrava
Mehran Kamrava Jefe de la Unidad de Estudios Iraníes del Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS)
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Massoud Pezeshkian. Shutterstock / Mijansk786

Resumen

El 5 de julio de 2024, los iraníes acudieron a las urnas para elegir a un nuevo presidente tras la muerte el 19 de mayo del presidente Ebrahim Raisi en un accidente de helicóptero. Con una sola excepción, las elecciones presidenciales en Irán más recientes siempre han estado llenas de sorpresas y las de 2024 no decepcionaron. La única excepción tuvo lugar en 2021, cuando el sistema autoritario híbrido del país volvió a su impulso autoritario y aseguró la elección de Ebrahim Raisi, que en aquel momento era jefe del poder judicial y el candidato del establishment. Tras la muerte de Raisi y cuando solamente habían transcurrido tres años de su mandato, los iraníes acudieron en principio a las urnas el 28 de junio de 2024 para participar en las decimocuartas elecciones presidenciales de la República Islámica desde el éxito de la revolución entre 1978 y 1979. Ninguno de los cuatro candidatos obtuvo el 50% de los votos necesarios, por lo que las elecciones pasaron a una segunda vuelta que hubo que celebrar una semana más tarde. En una contienda que llegó hasta el final y que siguió siendo impredecible hasta el final, Masoud Pezeshkian se hizo finalmente con la victoria con el 53% de los votos.

En este breve ensayo se examina a los candidatos que se presentan al segundo cargo más alto de la República Islámica, los temas que plantearon en sus respectivas campañas y sus esfuerzos por atraer a los votantes. El ensayo comienza con un resumen de la importancia de la muerte del presidente Raisi para la República Islámica y de los esfuerzos del sistema por gestionar la crisis. A continuación se incluye una breve historia de las elecciones presidenciales en los 45 años de historia de la República Islámica. El ensayo finaliza con un análisis de las elecciones de 2024 e incorpora una serie de reflexiones sobre lo que cabe esperar de la nueva administración del presidente Pezeshkian.

La muerte del presidente iraní Ebrahim Raisi

Con la muerte del presidente Ebrahim Raisi no es la primera vez que Irán pierde a su dirigente en pleno mandato. Nada más nacer la República Islámica, en agosto de 1981, el presidente Mohammad Ali Rajai y el primer ministro Mohammad Javad Bahonor cayeron víctimas en un atentado terrorista en Teherán. En la actualidad, la República Islámica está plenamente consolidada en el poder y se siente mucho más segura a la hora de afrontar la pérdida del presidente durante su mandato. Tanto es así que el Estado iraní ha mostrado una gran agilidad en la gestión de la crisis. Hay quien opina que se consigue sacar mejor al país de sus crisis que gestionarlo y dirigirlo en tiempos normales.

Nada más fallecer Raisi no había favoritos para las elecciones presidenciales que, según la Constitución, deben celebrarse en un plazo máximo de 50 días tras la vacante del cargo de presidente. El Gobierno dio un plazo de dos semanas para que los candidatos se inscribieran para presentarse a las elecciones, previstas para el 28 de junio de 2024. Alireza Zakani, alcalde en activo de Teherán, fue el primer político de alto nivel en declarar su candidatura. En los días siguientes se le unieron en la carrera por la presidencia muchos otros aspirantes de dentro de la política. Uno de los nombres que saltó a la primera línea fue el del actual presidente en funciones, Mohammad Mokhber, que ocupaba el cargo de vicepresidente primero de Raisi. Con un historial en la Guardia Revolucionaria y otras credenciales revolucionarias pasables a sus espaldas, la presunción era que Mokhber emergería como favorito en el caso de que se presentara. Sin embargo, al final decidió no presentarse presumiblemente debido a una serie de malas decisiones que parece ser tomó mientras estuvo en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, como la aprobación de un artilugio mecánico que supuestamente detectaba Covid.

En oposición a muchas especulaciones de la prensa occidental, no parece que la muerte de Raisi vaya a complicar la cuestión de la sucesión del Líder Supremo Alí Jamenei, de 85 años. Los mediocres resultados económicos de Raisi mientras ocupó el cargo, además del descarnado atropello que hacía de la lengua persa cada vez que pronunciaba discursos públicos, le habían descartado como posible sucesor de Jamenei. Del mismo modo que Jamenei fue una elección que nadie esperaba cuando fue elegido para el cargo por la Asamblea de Expertos, lo más probable es que el próximo Líder Supremo sea también alguien que pocos observadores esperan.

No hay duda de que la muerte del ministro de Asuntos Exteriores, Hossein Amir-Abdollahian, se dejará sentir en la diplomacia iraní en el frente de la política exterior. Cara conocida en la escena internacional, Amir-Abdollahian supervisó la reparación de las relaciones de Irán con Arabia Saudí y Azerbaiyán, así como la reducción de las tensiones con el Gobierno talibán de Afganistán. El cuerpo diplomático del país sentía un profundo aprecio por Amir-Abdollahian. Aunque es poco probable que las relaciones con los Estados Unidos o Israel experimenten mayores tensiones de las que ya ha habido, la desaparición de Amir-Abdollahian se reflejará sin duda en la diplomacia iraní de cara al futuro.

Breve historia de las elecciones presidenciales en Irán

Históricamente, las elecciones parlamentarias y presidenciales para la República Islámica han sido una parte integral del funcionamiento del sistema desde 1979. Las cuatro primeras elecciones presidenciales se celebraron entre 1980 y 1985 en unas circunstancias bastante extraordinarias en las que reinaron el fervor revolucionario, los asesinatos terroristas y los tiempos de guerra. Todo ello hizo que la competencia electoral real entre los candidatos que aspiraban al cargo fuese escasa o nula. En las elecciones de 1989 y 1993, Akbar Hashemi Rafsanjani, antiguo presidente del Parlamento, consiguió acceder al cargo con facilidad. Sin embargo, en 1997, la naturaleza de las elecciones presidenciales cambió de forma imprevista con la victoria de un antiguo ministro de cultura llamado Mohammad Jatami, cuya elección fue imprevista para muchos. Jatami venció con facilidad a su oponente, al que muchos consideraban el "candidato del establishment", y con él arrancó lo que se conoció como el período reformista de la República Islámica. El debate público, el intercambio de ideas y el "diálogo de civilizaciones" se convirtieron en los principios centrales del discurso gubernamental, y el presidente consiguió el entusiasmo de una amplia clase media urbana como no se había visto desde los primeros días de la revolución. Con todos estos antecedentes, no es de extrañar que Jatami venciera a su oponente en 2001 con un porcentaje de votos aún mayor: el 77% en 2001 frente al 68% en 1997.

Las lecciones de la elección por sorpresa de Jatami no pasaron desapercibidas para el Estado profundo de la República Islámica. Este Estado profundo está compuesto por el expansivo aparato de seguridad del sistema, los medios de comunicación estatales y una serie de apéndices institucionales que con el tiempo se han ido añadiendo para garantizar que la revolución evoluciona en la dirección "correcta". Alí Jamenei, el Líder Supremo, máxima autoridad del Estado, es quien gobierna este Estado profundo. A partir de ese momento, el Consejo de Guardianes, que tras las primeras elecciones presidenciales se había otorgado a sí mismo la autoridad de aprobar la lista final de candidatos, empezó a limitar con severidad el grupo de candidatos elegibles tanto para la Presidencia como para el Parlamento.

Algunos de los considerados reformistas venían con impecables credenciales revolucionarias y habían sido partidarios de la línea dura en los primeros años de la revolución, por lo que el Consejo de Guardianes no tuvo más remedio que aprobar a algunos de los individuos que no habían sido elegidos por el Estado profundo. Esto sucedió en 2009, cuando el ex primer ministro Mir-Hussein Musavi, a esas alturas un ardiente reformista, desafió al presidente de línea dura Mahmud Ahmadineyad, y de nuevo en 2013, cuando el antiguo jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Hassan Rouhani, se presentó con éxito a las elecciones con una plataforma "moderada" y de política inclusiva. Igual que sucedió con Jatami, Rouhani obtuvo más votos cuando se presentó a la reelección en 2017: casi el 51% en 2013 y el 57% en 2017.

Escarmentado quizás por las experiencias de las presidencias de Jatami y Rouhani, en 2021 el Consejo de Guardianes decidió reducir aún más el campo de candidatos aprobados para asegurarse de que solamente se pudiera elegir a los que tuvieran la aprobación del Estado profundo. El resultado de todo ello fue que algunas de las personas de dentro del Estado que esperaban presentarse a la Presidencia, como el antiguo presidente Ahmadineyad y el presidente del Parlamento que más tiempo lleva en el cargo, Ali Larijani, no recibieron la aprobación para la lista final de candidatos del Consejo.

A pesar de la opacidad y la aparente aleatoriedad con la que el Consejo de Guardianes aprueba o descalifica a los candidatos, los que sobreviven al proceso de investigación de antecedentes suelen participar en campañas muy animadas para ocupar cargos parlamentarios o la Presidencia. Históricamente, las elecciones en la República Islámica han sido siempre objeto de amargas disputas y en ellas los candidatos y sus respectivos partidarios suelen enfrentarse en campañas ferozmente reñidas. Y este fue el caso en particular de la segunda vuelta de las elecciones.

Las elecciones de 2024

El Consejo de Guardianes aprobó a seis de los 81 candidatos que aspiraban a convertirse en presidente de Irán. Entre los candidatos aprobados se encontraban cinco personas que supuestamente pertenecen a la derecha, a los que se denomina "principalistas" en Irán, y un "reformista". El bando principalista incluía a los siguientes aspirantes:

  • Mohammad Baqer Ghalibaf, presidente del Parlamento y antiguo alcalde de Teherán;
  • Mostafa Pour-Mohammadi, antiguo ministro del Interior (2005-2008) y ministro de Justicia (2013-2017);
  • Saeed Jalili, antiguo jefe negociador nuclear y estrecho aliado del ex presidente Mahmud Ahmadineyad;
  • Amir-Hossein Ghazizadeh-Hashemi, uno de los vicepresidentes de Raisi y antiguo parlamentario de larga trayectoria;
  • Alireza Zakani, antiguo diputado y actual alcalde de Teherán; y,
  • Masoud Pezeshkian, antiguo ministro de Sanidad durante el mandato del presidente "reformista" Mohammad Jatami y considerado él mismo como uno de los pocos parlamentarios reformistas.

Durante la campaña electoral, Pour-Mohammadi, Zakani, Ghazizadeh-Hashemi y, sobre todo, Jalili trataron de presentarse como alineados ideológica y políticamente con el difunto presidente Raisi y, por lo tanto, prometieron aplicar políticas internas, económicas y exteriores que reproducían fielmente las de la Administración del difunto presidente. La campaña se centró casi por completo en el estado de la economía y en cómo abordar los múltiples males económicos del país. Como devotos autodeclarados de Raisi, Ghazizadeh-Hashemi, Jalili y Zakani no propusieron muchas iniciativas económicas nuevas y prometieron una continuación de las políticas de la Administración anterior. De una forma u otra, los cuatro mantuvieron cada uno por su parte que los fundamentos de la economía iraní apuntaban en la dirección correcta y que básicamente había que continuar sin cambios. Ninguno ofreció planes concretos para mejorar las condiciones económicas actuales, aparte de prometer una continuación de las tendencias existentes, que, según mantuvieron, darían sus frutos con el tiempo.

Durante toda la campaña, Ghazizadeh-Hashemi, cirujano de formación, se presentó como un devoto de Raisi y prometió seguir las políticas del difunto presidente más de cerca que cualquiera de los otros competidores. Su lema de campaña de establecer un "Gobierno para la familia iraní" no caló entre la mayoría de los votantes y no consiguió impulsar su candidatura hasta convertirla en una amenaza seria para los demás. Aunque Pour-Mohammadi defendió la misma línea, sorprendentemente hizo también hincapié en la importancia de la profesionalidad y de una técnica de gestión adecuada. Sin mencionar sus nombres, criticó a los candidatos que minimizaban el devastador impacto de las sanciones en la vida de los iraníes, es decir, esencialmente todos los demás de la derecha, y subrayó la importancia de restablecer la confianza entre la juventud y el sistema político. Al final, no consiguió atraer a los votantes ni de la derecha ni de la izquierda, ya que los primeros estaban desencantados por sus feroces ataques a los candidatos conservadores y la izquierda no confiaba en su adopción de políticas ostensiblemente reformistas.

Ghalibaf por su parte hizo más hincapié en la importancia de la pericia tecnocrática. Cuando fue alcalde de Teherán, de 2005 a 2017, Ghalibaf se presentó como un tecnócrata capaz y en gran medida no ideológico. El antiguo alcalde siempre fue considerado uno de los favoritos. Ghalibaf, que siempre ha estado dentro del partido y que ya había sido candidato presidencial en tres ocasiones, era visto como el más cercano a la Guardia Revolucionaria de entre todos los candidatos. Durante los años de Ahmadineyad, Ghalibaf se presentó como una alternativa tecnocrática a un presidente altamente ideologizado. Más tarde, cuando Rouhani ascendió a la presidencia, Ghalibaf se presentó como un incondicional ideológico de la derecha y un defensor de los conservadores dentro del establishment. A pesar de haber sido acusado de varios escándalos financieros importantes que se remontan a su época como alcalde de Teherán y más recientemente como presidente del Majlis, Ghalibaf ha sobrevivido a las polémicas y parecía seguir gozando del apoyo de Jamenei.

El otro favorito era Saeed Jalili, que, al igual que los demás candidatos, ha participado activamente en la política durante décadas, ya que fue veterano de la guerra con Irak y más tarde dirigió el equipo negociador nuclear de Irán durante los años de Ahmadineyad. Tradicionalista conservador, la retórica de Jalili y sus eslóganes de campaña recordaban a los primeros años de la revolución, muy ideológicos y, por tanto, a menudo poco prácticos en lo que respecta a la vida cotidiana del iraní de la calle. Cuando en una entrevista le preguntaron cuál era su postura sobre el hiyab obligatorio, Jalili respondió con una no-respuesta filosófica que durante un tiempo se convirtió en meme en el ciberespacio. A Jalili se le considera el duro de la línea dura y, al menos entre muchos analistas iraníes, se le veía como la opción de los conservadores a cuyo favor Zakani, Ghazizadeh-Hashemi y Pour-Mohammadi abandonarían en el último minuto. Efectivamente, en el último minuto Zakani y Ghazizadeh-Hashemi abandonaron, pero Pour-Mohammadi siguió adelante.

La campaña de Pezeshkian pareció casi impecable, cuidadosamente elaborada para apelar a los impulsos contradictorios y a las facciones tanto conservadoras como reformistas de la República Islámica. De etnia azerí, Pezeshkian pronunció muchos discursos de campaña en azerí, entusiasmando así a multitudes de votantes en las provincias del noroeste del país. El antiguo ministro de Asuntos Exteriores Zarif, arquitecto del acuerdo nuclear de 2015 y con una gran popularidad entre los reformistas, hizo campaña activa a favor de Pezeshkian. El apoyo decidido de Zarif a Pezeshkian y sus discursos en apoyo del candidato acabaron convirtiéndose en noticias importantes en el ciberespacio iraní. Tanto el antiguo presidente Rouhani como Jatami también rompieron su largo y enconado silencio político y emitieron declaraciones en apoyo de Pezeshkian.

El día de las elecciones, el 28 de junio, los resultados fueron una sorpresa:

  • Pezeshkian: 8.302.577
  • Jalili: 7.189.756
  • Ghalibaf: 2.676.512
  • Pour-Mohammadi: 158.314

Según los informes, la participación electoral general fue del 39,96%, una cuota inferior al 48% históricamente bajo de los votantes con derecho a voto que participaron en las elecciones presidenciales de 2021. Nada más que dos provincias registraron una mayor participación electoral en 2024 en comparación con 2021. La participación electoral en la provincia de Teherán pasó del 34,4% en 2021 al 45% en 2024 y del 53,2% al 57% en la provincia de Qom. Resulta notable que en las provincias en las que se daba por hecho que Pezeshkian sería elegido (Azerbaiyán Oriental y Occidental, Kurdistán, Lorestán y otras) la participación electoral también fue menor en 2024 en comparación con la de 2021.

A muchos sorprendieron los malos resultados de Ghalibaf, de quien se rumoreaba que contaba con el respaldo tanto de Jamenei como de la Guardia Revolucionaria. Se suponía que sus eslóganes de desarrollo y gestión adecuada calarían en el electorado. Al final, parece que los numerosos escándalos con los que se ha asociado al presidente del Parlamento resultaron ser demasiado para que el electorado los perdonara.

Por segunda vez en la historia de la República Islámica, hubo que ir a una segunda vuelta de las elecciones después de que ninguno de los principales candidatos consiguiera hacerse con más del 50% de los votos en la primera ronda. El 5 de julio de 2024, los iraníes acudieron a las urnas para elegir a uno de entre dos candidatos muy diferentes: Masoud Pezeshkian frente a Saeed Jalili. Esta era la quinta campaña ya para Jalili, después de haberse presentado al Majlis en dos ocasiones anteriores y al cargo de presidente también en dos ocasiones anteriores, siempre sin éxito.

A pesar de que Pezeshkian había intentado convertirse en candidato a la Presidencia en 2021, irónicamente no consiguió pasar el proceso de investigación del Consejo de Guardianes.

Como era de esperar, la mayoría de los conservadores que triunfaron en la primera vuelta se decidieron a apoyar a Jalili. De ellos, el respaldo de Ghalibaf fue el que se consideró como el más importante. Sin embargo, algunos de los trabajadores electorales de alto nivel de Ghalibaf, incluido el jefe de su cuartel general de campaña en Teherán, declararon abiertamente su apoyo a Pezeshkian. Ambos candidatos recorrieron el país haciendo campaña, dando discursos ante multitudes de simpatizantes. Es revelador que Ahmadineyad, a quien el Consejo de Guardianes había prohibido anteriormente presentarse, no apoyara a Jalili. Durante su presidencia, Ahmadineyad nombró a Jalili principal negociador nuclear de Irán, además de respaldar también su candidatura a la Presidencia en 2013. En cualquier caso, el alcalde de Teherán, Zakani, no solamente respaldó a Jalili, sino que también hubo rumores de que había dado al candidato acceso a muchas de las instalaciones de la ciudad para que las utilizara en su campaña.

Durante la segunda vuelta en particular, Jalili hizo hincapié en la importancia de la autosuficiencia, de apuntalar la producción económica nacional y de seguir resistiendo a las presiones estadounidenses y europeas sobre Irán. Si bien Raisi no le había nombrado para ningún cargo oficial debido a su supuesto extremismo, a lo largo de la campaña Jalili se presentó como un estrecho colaborador y devoto seguidor del antiguo presidente. Criticó a Pezeshkian por su promesa de reanudar las negociaciones con los Estados Unidos y la Unión Europea y argumentó que Irán debía centrarse más bien en valerse por sí mismo y en profundizar las relaciones diplomáticas y comerciales con sus verdaderos amigos de Oriente.

Mientras que la campaña de Jalili giró en torno al énfasis continuado en la autosuficiencia, Pezeshkian prometió centrar su presidencia en la eliminación de las sanciones contra el país y en el diálogo con los adversarios. Pezeshkian argumentó que el bando derechista era el responsable de haber traído al país sanciones cada vez más duras, hostilidad con gran parte del mundo, un entorno social interno asfixiante, un Internet lento y una confianza popular en declive hacia el sistema político. El antiguo ministro de Sanidad prometió reparar las relaciones de Irán con el resto del mundo, intentar eliminar al menos algunas de las sanciones más punitivas, cancelar algunas de las restricciones impuestas al ciberespacio del país y sacar a Irán de su nefasto estado económico.

Durante la semana que transcurrió entre la primera y la segunda vuelta de las elecciones, los sondeos de opinión pública situaron a los dos candidatos casi a la par. Algunas encuestas mostraban a Jalili por delante por un par de puntos mientras que otras favorecían ligeramente a Pezeshkian. Todas las encuestas indicaban también que una parte considerable del electorado, hasta el 40%, había decidido no votar o aún no había decidido a quién votar. De cara a la votación del 5 de julio, el resultado de las elecciones distaba mucho de ser seguro.

El día de la votación, los iraníes asistieron en un flujo constante a los colegios electorales instalados por todo el país y hubo largas colas para votar en varios colegios. Casi todas las provincias del país registraron aumentos en los índices de participación electoral. Merece la pena destacar que la participación electoral en todo el país aumentó un 10%. Y como es habitual, para dar cabida a una "segunda oleada" de votantes tardíos, el horario de votación se amplió primero de 18:00 a 20:00, luego a 22:00 y finalmente hasta la medianoche. Al final, el índice de participación electoral se situó en torno al 50% y Pezeshkian obtuvo el 53% frente al 44% obtenido por Jalili.

Qué esperar

La anodina presidencia de Raisi había sido una continuación previsible de su elección al cargo, altamente "maquinada". El antiguo presidente solamente cumplió una de sus dos promesas electorales más importantes. Una fue arreglar la maltrecha economía del país, que por otra parte no hizo más que empeorar bajo su mandato. La otra promesa fue controlar la pandemia de Covid, cuyo declive fue tanto producto de que el virus siguiera su curso como debido a las políticas de la Administración de Raisi. En cualquier caso, hubo una serie de éxitos notables en la política exterior de Raisi. Los más importantes de ellos fueron la política de buena vecindad, evidente en la normalización de los lazos con Arabia Saudí en 2023, y la política de "mirar hacia Oriente", lo que dio lugar a la adhesión de Irán a los BRICS y a la Organización de Cooperación de Shanghái, entre otras cosas. Aparte de estos "éxitos", la presidencia de Raisi en realidad trajo consigo una mayor contracción del espacio político, una aplicación más estricta de las normas del hiyab obligatorio en los espacios públicos y un mayor conservadurismo por parte del cuerpo político de Irán.

Es probable que la presidencia de Pezeshkian marque un cambio relevante dentro de la política interior de Irán. En cuanto a la política exterior, el nuevo presidente ya ha prometido nombrar a Mohammad Javad Zarif como nuevo ministro de Asuntos Exteriores. Zarif, que desempeñó un papel fundamental en la movilización de votos a favor de Pezeshkian, ya se ha hecho eco del deseo del nuevo presidente de reactivar las estancadas negociaciones con las potencias occidentales sobre el programa nuclear del país. En la misma línea, Pezeshkian ha prometido trabajar para aliviar algunas de las sanciones que paralizan la economía del país. En términos más generales, si bien Raisi desvinculó la economía de la política exterior, Pezeshkian ha prometido volver a vincular íntimamente a las dos y empleará las relaciones exteriores del país de la forma que mejor sirva a las necesidades económicas del pueblo.

No deja de ser llamativo que dos de los logros distintivos de Raisi en política exterior (las relaciones de buena vecindad y la política de "mirar hacia Oriente") tengan todas las bazas de continuar al tiempo que se renueva la atención hacia Occidente. Para Irán, la mejora de las relaciones con sus Estados vecinos, sobre todo Azerbaiyán al norte y Arabia Saudí al sur, revisten una estrategia demasiado importante como para abandonarlas con un cambio de administración. Es importante observar las reacciones de los países vecinos ante una administración supuestamente reformista. Arabia Saudí, en particular, suele despreciar a los reformistas iraníes ya que considera que no tienen toda la autoridad del sistema y asume que solamente los conservadores están cerca de la Guardia Revolucionaria. Se trata de una suposición que no siempre es correcta, ya que deriva de una comprensión incompleta e inexacta de los procesos de toma de decisiones y de las instituciones de la República Islámica. De momento todo parece indicar que los logros de Raisi en política exterior no se verán revertidos bajo la nueva Administración.

En el ámbito interno, Pezeshkian tiene que mejorar la economía, controlar la inflación, aumentar el poder adquisitivo de la población e invertir el desplome de la moneda nacional. Sin mejoras notables y relativamente rápidas en la economía, Pezeshkian tendrá dificultades para ganarse la confianza popular mientras ocupe el cargo. Casi inmediatamente después de que se anunciaran los resultados de las elecciones, la Bolsa de Teherán tuvo unas subidas importantes y compensó con creces su caída constante durante la campaña electoral debido a la posibilidad de la elección de Jalili. Esto demuestra el cauto optimismo de la comunidad empresarial de que el nuevo presidente mejorará las condiciones económicas y la posibilidad de comerciar con el exterior.

Otro problema acuciante es la cuestión del hiyab obligatorio en público, sobre el que el presidente no puede hacer nada legalmente. En cualquier caso, Pezeshkian puede relajar algunos de los procesos y métodos de su aplicación, recortando en particular los poderes aparentemente arbitrarios de la llamada policía de la moralidad. De manera similar, es probable que el presidente levante algunas de las restricciones sobre Internet y que afloje la censura en el ciberespacio. Estas cuestiones han sido algunas de las principales demandas de las clases medias iraníes. En resumen, es probable que los iraníes asistan a una relajación de algunas de las restricciones sociales que habían acabado convirtiéndose en características de la presidencia de Raisi.

Quizás el acontecimiento político más importante del Irán contemporáneo, el fallecimiento del octogenario ayatolá Jamenei y la selección de un nuevo Líder Supremo, se producirá durante la presidencia de Pezeshkian. El sistema político lleva tiempo preparándose en muchos aspectos de cara a la sucesión de su liderazgo al más alto nivel. Como ya sucediera en anteriores momentos de transición e incertidumbre, es probable que el sistema gestione esta futura sucesión con suavidad y sin pánico, pues lo más probable es que ya haya hecho planes, desconocidos para el público, para esta eventualidad. Como tal, el mandato de Pezeshkian tendrá una importancia histórica para Irán.

La elección del presidente autoproclamado reformista también representa una nueva oportunidad para que el sistema recupere parte de la legitimidad popular perdida. Con una participación del 49,8%, a las elecciones de 2024 acudieron menos votantes que en 1997, 2001, 2005, 2009, 2013 o 2017. Sin embargo, con su elección de Pezeshkian, un número suficiente de votantes ha demostrado confiar en el sistema para reformarse. Si el nuevo presidente es capaz de cumplir la mayoría de sus promesas, si no todas (mejoras en la economía y en las relaciones con Occidente en particular), su presidencia marcará un vuelco en la legitimidad de la República Islámica y un período importante en la vida del sistema, algo similar a la "era reformista" del antiguo presidente Jatami. En última instancia, los próximos cuatro años, y quizás incluso los próximos ocho, tienen todas las bazas de acabar siendo muy importantes para la República Islámica.

Publicado originalmente por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí. 

Las ideas expresadas en este documento corresponden al autor y no reflejan necesariamente la postura del CEARC.

Crédito de imagen: Shutterstock / Mijansk786

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