Un amigo me envió un artículo de una socióloga israelí, Eva Illouz, de la que no había oído hablar antes (actualmente no estoy familiarizado con la relación de célebres investigadoras israelíes alabadas en el ámbito académico occidental). Desde las páginas del periódico alemán Süddeutsche Zeitung, el artículo no dudaba en afirmar el antisemitismo de las protestas universitarias[1]. Mi réplica a esta cuestión no obedece a ninguna animadversión hacia esta autora en particular. Pero, dado que su ensayo parte de esta simple afirmación para tratar de argumentar su postura, se nos ofrece una buena oportunidad para debatir el tema. Creo, por otro lado, que habría sido inapropiado haber abordado el asunto sin mencionar la fuente que propicia este debate.
Illouz muestra su asombro ante las protestas en las universidades estadounidenses y europeas, que incluyen llamadas al boicot a Israel. En el artículo incide varias veces en que las manifestaciones abogan por el desmantelamiento del Estado israelí, un eslogan que, según plantea, no se escuchó en los casos del "beligerante imperialismo ruso", la "genocida Ruanda" o incluso la propia Sudáfrica del apartheid. La autora censura las voces que no se alzaron en el caso del régimen sudafricano y que ahora exigen el desmantelamiento del apartheid de Israel: una crítica que olvida aquellas proclamas del movimiento sionista en favor de la demolición literal de Palestina sobre las cabezas de sus habitantes y que actualmente acomete el Estado de Israel en Gaza. En efecto, un sector de los manifestantes reclama el fin del apartheid que el régimen ya arraigado en Israel ha venido practicando con su política de ocupación y construcción de asentamientos, y lo reivindica en los mismos términos empleados en el caso de Sudáfrica. Sin embargo, Illouz indica que existen otras voces que claman por el fin de la guerra y la eliminación del apoyo financiero a Israel.
La socióloga israelí cuestiona que la respuesta de su nación a una operación terrorista como la perpetrada el 7 de octubre de 2023 pueda ser considerada un genocidio, aunque ello haya supuesto el bombardeo de una zona densamente poblada con el resultado de víctimas civiles. Los estudiantes manifestados, así como numerosos investigadores, juristas y defensores de los Derechos Humanos (entre los que se incluye quien esto escribe) creen que, con el ataque a civiles y a dotaciones como escuelas y universidades, Israel pretende represaliar y aleccionar a la sociedad gazatí. Al hacer pagar a Gaza con tan alto precio, Israel busca que sean impensables tanto la futura resistencia armada a la ocupación como la continuidad del apoyo al movimiento de Hamás. El 20 de mayo de 2024 se anunció una orden de detención contra Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant formulada por el fiscal de la Corte Penal Internacional bajo los cargos de inanición deliberada de civiles y crímenes de guerra. El argumento de que el número de bajas civiles responde a la alta densidad de población y a que Hamás se atrinchera en túneles junto al resto de ciudadanos, ha servido a muchos defensores de los Derechos Humanos para justificar que no se reúnan condiciones suficientes para emplear el término "genocidio". Sin embargo, este discurso palidece ante la política sistemática de Israel de matar de hambre a la población gazatí que, a todas luces, constituye un genocidio[2].
En todo momento, Illouz evita abordar el tema de las protestas estudiantiles, la guerra, la ocupación y sus atrocidades, con heridas causadas a más de 80.000 personas, decenas de miles de mutilados, la matanza de más de 35.000 palestinos en siete meses, los casi 10.000 desaparecidos (dos tercios de los cuales son mujeres y niños) y la destrucción de la Franja de Gaza hasta hacerla inhabitable. En cambio, no duda en adentrarse en el inconsciente cultural de los estudiantes de las universidades estadounidenses o en las profundas capas culturales de su psique. Se trata de estudiantes motivados por nobles sentimientos morales, que se solidarizan con un pueblo de otro continente y se oponen a la implicación directa de su país en la opresión de dicho pueblo. Esta cuestión no obedece a un interés directo, como pasara con el movimiento estudiantil estadounidense contra la guerra de Vietnam: en aquel caso, al fundamento moral se sumaban otros factores, como el hecho de que la guerra les afectaba directamente a ellos y a sus familias.
Pero, por algún motivo, Illouz considera que las protestas estudiantiles contra la guerra de Vietnam eran más auténticas que las que ahora pueden verse en las universidades estadounidenses. Dado que la carga moral de la protesta estudiantil es innegable, la autora alude a la influencia de aspectos antisemitas del cristianismo insertadas en capas culturales profundas del inconsciente. Y como no puede demostrar la expresión de antisemitismo en las protestas estudiantiles mediante el uso del raciocinio, se escuda en la existencia de motivos inconscientes para hacer innecesaria la búsqueda de pruebas.
La autora remite a los métodos empleados por izquierdistas y liberales woke contra la muestra de actitudes racistas y sexistas que, aunque pueden ser inconscientes, expresan capas culturales construidas a lo largo de la historia de una sociedad y que permanecen latentes en el inconsciente del individuo, encarnadas en expresiones verbales y comportamientos sociales. Si la base metodológica del artículo de Illouz estriba en su investigación de las emociones en política, poco podemos esperar de su trabajo académico. Existen diversos modos en que las personas se enfrentan a los prejuicios culturales inconscientes. Los jóvenes en particular, en su lucha con la generación anterior, pueden tener presente esta cuestión y resistirse o rebelarse contra dichos prejuicios. O estas predisposiciones se pueden reprimir y encontrar su expresión en una identificación fanática y metafísica con lo que se reprime: esto es lo que ocurre con el sionismo cristiano, que se identifica con Israel a pesar de que sus orígenes están enraizados en el antisemitismo religioso.
Existen diversos mecanismos para contrarrestar estas capas culturales inconscientes y evitar dejarse llevar por ellas. Cuando ciertas ideas latentes influyen de un modo inconsciente, todo individuo puede ponerlas en crisis mediante sus actitudes morales: basta acudir a los propios principios morales y a las capacidades mentales de discernimiento para así efectuar las correspondientes correcciones. En el caso del antisemitismo el proceso es sencillo, dado que constituye prácticamente la única forma de racismo punible por ley en los países europeos. Su inaceptabilidad social se inculca en las escuelas y a través de la literatura, el teatro y el cine. De modo que podemos confirmar la cristalización de un consenso cultural contra el antisemitismo y contra la pseudociencia racial que trajo consigo la secularización de su versión religiosa.
Muchos de los estudiantes no proceden de este contexto cultural. Una gran mayoría no son originariamente europeos, aunque se les encuentra más en Europa que en Estados Unidos. Muchos de los estudiantes proceden del Sur Global, donde la cultura del antisemitismo cristiano, a la que Illouz dedica la mayor parte de su ensayo, no está muy extendida. Estos estudiantes se guían por un planteamiento moral que los lleva a oponerse a toda forma de racismo, incluido el antisemitismo. Consciente de que los motivos de los estudiantes son de índole moral, Illouz concluye su ensayo atacando este singular movimiento con la siguiente frase: "La moral nunca ha estado tan en contra de la bondad". Más bien puede decirse que la inmoralidad nunca ha estado tan en contra de la bondad como en Gaza. Illouz podría culpar a los estudiantes de ser ingenuos y de no entender de política, pues con su compromiso moral tergiversan el "bien" representado por los campamentos de paz en Israel (a los que la autora, en su rocambolesco análisis, considera perjudicados por estas manifestaciones). En este caso, su acusación no apela al antisemitismo inconsciente de los estudiantes sino a la pura ingenuidad de sus nobles motivos morales.
Sin embargo, el móvil tras esta argumentación es claro: la autora aspira a que Israel conserve sus privilegios en Occidente pese a la cuestionable gestión de los territorios que ha ocupado y, al mismo tiempo, pretende ser incluida entre los partidarios de la paz en Israel. Nos encontramos con una socióloga que quiere estar en misa y repicando: contarse a sí misma como parte de ese campamento de paz y condenar el antisemitismo implícito en las propuestas estudiantiles contra la guerra. Según ella, la animadversión que los mueve está profundamente arraigada y se origina con la crucifixión de Cristo, independientemente de que en las protestas participen jóvenes judíos, cristianos, musulmanes, budistas y estudiantes de otras creencias. En los meses previos a estas protestas no se sabía nada del llamado campamento de paz en Israel, que se hallaba perfectamente fundido con las hordas movilizadas en represalia. No analizaré las también profundas capas culturales del inconsciente de Illouz que le motivan a tachar de antisemitas las manifestaciones contra la guerra, sino que limitaré la discusión a lo que ella escribe explícitamente.
I. ¿Por qué no se producen manifestaciones contra Rusia, China e Irán?
Cuando al principio de su ensayo, Illouz cuestiona la última vez que los estudiantes se manifestaron con tanto fervor contra el represivo régimen iraní y el genocidio de China contra la etnia uigur, recordé a aquellos partidarios de las dictaduras afectadas por la Primavera Árabe cuando se preguntaban por qué las protestas no se centraban en Israel y en las políticas estadounidenses en Palestina y en Irak. No debemos olvidar que la primera exigencia de las actuales protestas estudiantiles pasa por reclamar a sus universidades que se desvinculen económicamente de Israel. ¿Desea Illouz que los estudiantes insten a sus universidades a hacer lo propio con Irán o pedir a Estados Unidos que retire su apoyo a China? En realidad, los estudiantes no necesitan manifestarse contra las políticas estadounidenses en Corea del Norte, Irán, China o Rusia porque su país ya aplica políticas hostiles a los regímenes de estos países, ya sea mediante medidas concretas contra ellos, como bloqueos y sanciones (Irán), o apoyando a sus oponentes en la guerra, como en el caso de Ucrania contra Rusia. En cambio, Estados Unidos proporciona a la ocupación israelí apoyo político incondicional, dinero y armas: Israel no se ve sometida a ninguna medida, revelando la posición privilegiada que ocupa tanto en Estados Unidos como en Europa. Illouz sabe sin duda que entre los privilegios de Israel en Occidente figuran, cuando menos, la cooperación académica, el intercambio, las inversiones y el apoyo a la investigación científica, y de su intensa oposición a las protestas estudiantiles se desprende claramente su afán por conservar estos privilegios.
La autora comienza su argumentación afirmando que existe un "debate" en curso sobre si las protestas son antisemitas o no. La palabra "debate" oculta aquí una realidad desagradable: los estudiantes han sido calumniados con acusaciones de antisemitismo, instrumentalizadas por gente como Netanyahu y varios congresistas estadounidenses ignorantes y extremistas que han arremetido contra ellos para deslegitimar su causa, tomando medidas de represión, desviando la atención de la esencia de este movimiento y obligando a los estudiantes a ponerse a la defensiva ante falsas acusaciones. De hecho, si bien las manifestaciones suscitaron un debate racional y moral en las universidades sobre la justicia de la causa palestina, la acusación de antisemitismo fue lanzada para perturbar este diálogo. En el pasado, Israel no había necesitado restringir la libertad de expresión para defenderse, pues su discurso y narrativa sobre Palestina y la región gozaban de hegemonía cultural en Estados Unidos y Europa. Ahora, sin embargo, precisa que sus aliados democráticos restrinjan la libertad de expresión en los medios de comunicación y en las universidades para proteger un discurso que ya no es dominante. Ahora la conformidad debe ser impuesta.
II. Acerca de la definición de conceptos
Tras postular que los manifestantes rebosan de prejuicios culturales antisemitas profundamente arraigados de un modo consciente o no, Illouz ofrece una peculiar definición de antisemitismo. De entrada, en lo que podría identificarse como un gesto de humilde erudición, la autora subraya su falta de experiencia en la materia, lo que no le impide proseguir con su propia versión de lo que es el antisemitismo. Allí donde el investigador plenamente versado puede atreverse a precisar el fenómeno, los no especialistas suelen ceñirse a las definiciones existentes; y, sin embargo, Illouz, sin ser especialista ni historiadora en este vasto campo, decide definir el antisemitismo "personalmente" (como si cualquiera pudiera escoger la explicación que más le conviene) y la califica como "la teoría que responsabiliza a los judíos del derramamiento de sangre no judía". Desde una mirada experta o no, el concepto así delimitado por la autora se ve hecho a medida para encajar con su posición respecto a los opositores a la guerra actual. Libre de cualquier contexto gramatical, esta definición de antisemitismo nos lleva a la conclusión de que clamar que los judíos están derramando sangre no judía en Gaza implica ser antisemita. Y con ello la ofensa está servida.
Illouz construye esta definición a partir de lo contenido en los Evangelios, donde se responsabiliza a los judíos de deicidio; esto es, el crimen supremo de matar a Cristo. De este modo, la socióloga considera que el derramamiento de sangre es el hilo conductor de todos los libelos antisemitas que se extendieron por la Europa medieval. Pero el antisemitismo no se limita a esto. Implica odio extremo a los judíos por el mero hecho de serlo, sin admitir distinciones: un odio religioso que derivó en odio patrio. Este rechazo se usó en la lucha de clases para señalar a los judíos como usureros o parásitos improductivos, responsables de las crisis económicas y de haber apuñalado a las naciones europeas por la espalda en la Primera Guerra Mundial. A medida que el pensamiento nacionalista ascendía en Francia, Alemania y otros países, los judíos eran vistos como ajenos al cuerpo nacional. Todo ello sustentado en las teorías raciales sobre la judeidad, construidas a mediados del siglo XIX, y que daban fundamento pseudocientífico al odio a los judíos.
III. Argumentación
1. Illouz considera que la hostilidad hacia Israel es implícitamente antijudía. Este argumento es cuanto menos sorprendente. Históricamente, los ilustrados entre nosotros y los antaño conocidos como progresistas, ya fueran árabes o judíos, trataban de convencer al palestino medio para que distinguiera entre judíos y sionismo y entre judíos e Israel, y de que no proyectara su ira sobre los judíos en general por las acciones de su nación. Pero ahora, esta académica nos dice lo contrario: no hay que hacer tales distinciones, pues cualquiera que se manifieste contra Israel está en realidad manifestándose contra todos los judíos. ¿Cuál de estas formas de pensar se acerca más al antisemitismo: su enfoque o el de quienes rechazan tales generalizaciones? Mi ingenuidad me llevó a pensar que el racismo se sustentaba en el estereotipo y la generalización, cuando esta autora se viene a apoyar precisamente en esto para fundamentar su crítica. Por supuesto, su línea de pensamiento es la que más se acerca al antisemitismo, y no la de los estudiantes u otros liberales y progresistas, laicos y observantes religiosos, árabes y judíos, musulmanes y cristianos que no meten a todos los judíos en un mismo saco. En efecto, es importante, por ejemplo, la participación de numerosos jóvenes y profesores judíos en estas manifestaciones contra la guerra, hecho que Illouz desdeña y considera absurdo (un punto sobre el que volveré más adelante).
En su resistencia al colonialismo francés, los argelinos emplearon expresiones religiosas islámicas para movilizarse contra sus colonizadores cristianos, como ya hicieran otros. ¿Implica esto que su rechazo se debía a que eran cristianos o a que eran colonizadores? La hostilidad a Israel se explica por la ocupación, y el conflicto nace del sometimiento que ejerce este Estado sobre todo un pueblo. En todos los conflictos del mundo se utilizan generalizaciones tribalistas (religiosas, nacionales o de otro tipo) contra la otra parte, como ilustran los conflictos en Europa entre europeos cristianos, o los existentes entre musulmanes y cristianos, o incluso entre pueblos que abrazan una misma religión, como la budista. Todas las partes beligerantes encuentran cualidades negativas con las que definir al enemigo para enfatizar su diferencia respecto a ellos. Esta dinámica se expresa abiertamente, y no a nivel inconsciente en capas culturales profundas, como Illouz asevera. Pero como esta dinámica no es perceptible en el movimiento estudiantil contra la guerra, la autora la busca en el inconsciente cultural colectivo.
2. Illouz afirma que una de las manifestaciones más importantes del antisemitismo es la forma en que alimenta el odio hacia los judíos al insertarlos en nuestra conciencia como "una amenaza para el orden moral". En consecuencia, argumenta, cuando los judíos se constituyen como una entidad peligrosa que derrama sangre, desprecia las leyes y causa estragos, el antisemitismo se convierte en el garante de la humanidad, la moralidad, el orden y la ley. A nadie se le escapa el derramamiento de sangre, el desprecio de las leyes y la destrucción que actualmente Israel ejerce en Gaza, pero Illouz estructura estas acciones como parte de la representación antisemita de los judíos. Israel puede matar, hacer caso omiso de las leyes y destruir, como de hecho hace, pero quienes lo denuncian se ven expuestos a la acusación de antisemitismo. No es de extrañar, afirma Illouz, que los jóvenes manifestantes de todo el mundo que lanzan tales acusaciones contra Israel rechacen considerarse antisemitas, pues lo que expresan es, en esencia, un antisemitismo latente. En mi opinión, esto no es cierto: basta con ver cómo las acusaciones de los estudiantes huyen de las generalizaciones simplistas propias de actitudes racistas y antisemitas.
3. La académica asegura que los manifestantes rechazan el derecho de Israel a existir, "un derecho que no se niega a ningún otro pueblo del planeta", olvidando en su afirmación a los propios palestinos y a otros pueblos que han sufrido las penalidades del colonialismo. Y este rechazo, continúa, se debe a la defensa apasionada de la supervivencia de un mundo amenazado por este Estado "singularmente criminal". Los estudiantes no quieren "salvar al mundo de este Estado criminal" sin más, sino librar al pueblo palestino (y a los israelíes también) de la ocupación. Por ello instan a sus países a que retiren un apoyo financiero que afecta a sus contribuyentes. "Ninguna otra violencia suscita el grado de indignación moral que la ejercida por Israel", escribe la autora. Y, no obstante, ocurre exactamente lo contrario: la ocupación de Israel ha disfrutado de un grado de tolerancia insólito, máxime si consideramos sus repetidas violaciones del Derecho Internacional.
Las protestas contra las acciones de Israel llevan décadas de retraso, y lo singular es el tiempo que han tardado en estallar. De lo contrario, Illouz no se sorprendería tanto ahora. No obstante, resulta pasmoso que no repare en que el mundo ya ha presenciado innumerables protestas: contra la guerra de Vietnam, la guerra de Irak, el régimen del apartheid en Sudáfrica, la política de Francia en Argelia y, en definitiva, contra todo aquello en lo que los Estados occidentales han sido cómplices, excepto en la cuestión de Palestina. La singularidad de la causa palestina radica en que, hasta ahora, nunca había sido objeto de una protesta generalizada. Existen muchas razones para ello, entre las cuales sin duda se encuentra la cuestión judía y sus complejidades en Occidente, y la forma en que Israel ha ayudado a los Estados occidentales a mitigar su culpa proyectándola sobre los árabes y los palestinos.
4. "En mi opinión, la cuestión es que en lo más profundo de la cultura occidental subyace la idea de que los judíos amenazan al mundo", escribe Illouz. Y lo evidencia en la respuesta que se genera cuando el Estado israelí "a veces" viola una ley, frente a la que puede producirse cuando lo hacen otros muchos Estados de todo el mundo. La socióloga reconoce, por tanto, que Israel ha violado el Derecho Internacional. Así mismo, le cuesta creer que Estados Unidos u otros países del mundo libre hubieran actuado de otro modo de haber sufrido lo que Israel. En otras palabras, en su guerra contra Gaza, Israel no está actuando de una manera excepcional que justifique protestas en su contra. Lo que está ocurriendo, según la autora, supone algo bastante normal, y quien acuse a Israel de cometer crímenes repite, conscientemente o no, la idea antisemita de que los judíos son criminales que amenazan el orden moral. ¡Ay de los que critican a Israel por motivos morales, porque se exponen al análisis de una socióloga israelí que ve su posición moral como una expresión de ideas incrustadas en el inconsciente donde los judíos son la amenaza al orden moral imperante!
5. En las protestas estudiantiles se acusa expresamente al gobierno de Israel y a quienes están en su bando de cometer crímenes, e incluso atrocidades, contra la humanidad, sin dirigir esta acusación a la totalidad de los judíos. Pero, como estos creen que Israel forma parte de su identidad, los resultados de las encuestas que esgrime Illouz –como era de esperar– indican que los judíos identifican los ataques a Israel como ataques contra ellos mismos. Esto no es una deducción racional sino una perogrullada.
Los estudiantes que protestan en las universidades estadounidenses y europeas proceden de múltiples religiones y etnias, y entre ellos hay tanto personas laicas como religiosas. Se manifiestan contra sus gobiernos y sus políticas y, como en los años sesenta, las protestas pueden suponer para algunos una especie de rebelión generacional. Únicamente existen dos grupos cuyas protestas se basan en cuestiones identitarias: los estudiantes de origen palestino que, a través de las manifestaciones, afirman su identidad y solidaridad con su pueblo, y los judíos que, debido a la conexión religiosa que les liga a Israel, quieren demostrar que Israel no les representa. El hecho de que exista una relación identitaria entre los seguidores del judaísmo e Israel no implica que cuando se ataca a Israel el objetivo sean los judíos. Incluso una persona que se siente a la defensiva cuando Israel es señalada por sus crímenes de guerra y su genocidio posee herramientas racionales y emocionales para enfrentarse a ello. Una de las opciones es la identificación con Israel, como es el caso de Illouz, pero también existen otras posibilidades. De entre ellas, una persona podría adoptar una postura moral respecto a las políticas israelíes que le avergüenzan debido a su sentimiento de identificación, o incluso llegar a romper su vínculo emocional con la nación israelí. En cualquier caso, de la existencia o no de un vínculo subjetivo entre los judíos e Israel no puede deducirse que cualquiera que ataque a Israel esté atacando a los judíos.
6. Por último, Illouz sostiene que la presencia de judíos en las manifestaciones carece de sentido. Todo el mundo en el movimiento Black Lives Matter entiende que hay personas negras que pueden no apoyar esta causa o tener ideas preconcebidas contra sus semejantes. Del mismo modo, muchos judíos son conscientes de que en la Unión Soviética existieron personas en su colectivo que participaron en la represión de su propio pueblo. Y es justo afirmar que los estudiantes deben saber que seguramente hay palestinos que colaboran con la ocupación y árabes y musulmanes, algunos en cargos gubernamentales, que no dudan en reprimir las protestas contra la guerra. Numerosos judíos reconocerán que en la propia Israel existen conciudadanos que engañan y oprimen a sus semejantes, sacrificándolos en esta guerra. Illouz se parece mucho a estas personas cuando acusa de antisemitismo a los jóvenes que se oponen a la guerra, judíos incluidos.
Publicado originalmente por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí.
Crédito de imagen: UN Photo / Evan Schneider
Notas y referencias
[1] Eva Illouz: "Antisemitismus an den Universitäten. Euer Hass auf Juden [Antisemitismo en las universidades. Su odio a los judíos]", Süddeutsche Zeitung, 17/05/2024, consultado el 19/05/2024 (original en alemán), en: https://tinyurl.com/vetf26bv
[2] Aryeh Neier: "¿Está Israel cometiendo un genocidio?" The New York Review, 06/06/2024, consultado el 16/05/2024, en: https://tinyurl.com/yrnsdru6