Resumen
Desde el estallido de la guerra en Gaza en octubre de 2023, en Oriente Medio se suceden las sacudidas violentas y los sobresaltos geopolíticos. Desde entonces, la región ha sido testigo de las devastadoras operaciones militares de Israel en Gaza, los duros golpes sufridos por los liderazgos y capacidades de los movimientos Hamás y Hezbolá, la disrupción del comercio marítimo por el Mar Rojo, la caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria, el desmoronamiento del llamado Eje de la Resistencia liderado por Irán, el estallido de una guerra abierta entre Israel e Irán, la posterior participación directa de Estados Unidos en dicha guerra y la respuesta iraní atacando una base con presencia estadounidense en Qatar. Algunos quieren ver en esos acontecimientos el nacimiento de un "nuevo Oriente Medio" en el que Israel podrá imponer su voluntad sin resistencia alguna. Nada garantiza que los estertores del "viejo Oriente Medio" vayan a dar paso a una "paz mediante la fuerza", como anuncia el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Más bien puede ocurrir lo contrario: que la región se adentre en un nuevo y más peligroso periodo de inestabilidad. El segundo mandato presidencial de Trump puede desembocar en un Oriente Medio desestabilizado y plagado de cambios traumáticos, donde las antiguas líneas rojas van desapareciendo.
De la guerra por delegación a la guerra abierta
El 13 de junio de 2025 se traspasó una gran línea roja en Oriente Medio. Ese día Israel lanzó un ataque masivo contra Irán utilizando su aviación militar y drones que previamente había introducido en territorio iraní. Los bombardeos israelíes se dirigieron contra objetivos militares, altos mandos de las fuerzas armadas, instalaciones del programa nuclear y científicos iraníes. La respuesta de Irán llegó con el lanzamiento de drones y misiles balísticos contra territorio israelí, algunos de los cuales traspasaron las defensas antiaéreas y provocaron importantes daños, además de sentar un precedente en los 77 años de la existencia del Estado de Israel, con el consiguiente impacto psicológico entre su población. De esa manera, se inició el primer enfrentamiento directo a gran escala entre los dos archienemigos declarados. Hasta esa fecha, ambos países habían librado una mezcla de "guerra por delegación" (proxy war), mediante la intervención de actores afines interpuestos, y de "guerra en la sombra", con puntuales actos de sabotaje, ataques cibernéticos y asesinatos selectivos extrajudiciales. Ese salto cualitativo elevó enormemente el riesgo de una guerra regional, con más que previsibles ramificaciones globales.
Antes de enfrentarse de forma directa y a gran escala el 13 de junio, Israel e Irán fueron traspasando las líneas rojas que habían regido sus enfrentamientos más o menos públicos durante décadas, con Gaza como telón de fondo. Desde el 7 de octubre de 2023, varias acciones emprendidas por ambos enemigos avisaban que las viejas líneas rojas estaban desapareciendo. Una de esas acciones fue el ataque israelí contra el Consulado de Irán en Damasco el 1 de abril de 2024, que causó la muerte del general Mohamad Reza Zahedi, quien fuera líder de la Fuerza al-Quds en Siria y Líbano, y de al menos otros seis altos mandos de la Guardia Revolucionaria iraní. Esto provocó que Irán se viera obligado a responder con el primer ataque directo jamás lanzado contra Israel desde territorio iraní.
La respuesta de Irán fue, sin embargo, medida y se materializó el 13 de abril con el lanzamiento de cientos de misiles y drones contra territorio israelí, en lo que el liderazgo iraní tildó de "un ejercicio de máxima contención". Las autoridades iraníes avisaron del ataque previamente y casi ninguno de los drones y misiles alcanzó su objetivo (bases militares e instalaciones de la inteligencia israelí implicadas en el bombardeo del Consulado en Damasco), al poder ser interceptados por las defensas aliadas (la mayor parte en cielo jordano) antes de que llegaran al espacio aéreo israelí. Resultó ser una respuesta calculada, pero también demostró que se había producido un cambio de paradigma. Teherán abandonaba la "defensa avanzada" de su territorio a través de sus proxies, pero sin embarcarse en una guerra abierta. La doctrina militar de la República Islámica dejaba atrás la "paciencia estratégica" definida por el líder supremo, Ali Jamenei, y abrazaba una doctrina disuasoria directa de "defensa en varios niveles". Los acontecimientos posteriores revelarían que esta nueva forma de disuasión en la que Irán ya no relegaba su defensa en sus milicias afines quedaría también superada.
El mayor temor en esos momentos era que se desatara una espiral de ataques y contraataques que desembocara en una guerra directa. La contrarréplica de Israel tomó un formato diferente. El 31 de julio de 2024, un "ataque selectivo" en pleno Teherán mató al máximo líder político de Hamás, Ismael Haniyeh, humillando así a las autoridades iraníes justo cuando el nuevo presidente, Masoud Pezeshkian, acababa de tomar posesión. A ello le siguieron en septiembre nuevos golpes a Hamás y a Hezbolá, que perdieron a sus máximos líderes con pocos días de diferencia. Irán, debilitado también por los reveses de sus aliados en el Eje de la Resistencia (una coalición de milicias aliadas de Irán activas en distintos países de Oriente Medio), optó por una respuesta que fuera lo suficientemente creíble pero que, sin embargo, no contribuyera a una escalada mayor. Por eso no fue hasta el 1 de octubre cuando la materializó, lanzando decenas de misiles balísticos contra Israel que fueron interceptados en su mayoría. La contrarréplica israelí llegó a finales de octubre, con su primer ataque directo a sistemas antiaéreos en territorio iraní.
Israel aprovechaba así la situación de debilidad relativa en la que se encontraba el régimen de Jamenei. Tras minar el liderazgo de Hezbolá y Hamás, la puntilla la puso la caída del presidente sirio Bashar al-Asad el 8 de diciembre de 2024. Con el dictador sirio derrocado y un nuevo sistema en ciernes de corte suní y más cercano a Turquía y a las monarquías árabes del Golfo, Irán no solo había perdido a su mayor aliado en la región, sino que quedó expuesto en la ecuación de la guerra multifrente contra Israel. Mientras el llamado Eje de la Resistencia quedaba resquebrajado, la maquinaria bélica israelí se concentraba más y más en Irán.
Cuando el 13 de junio Israel bombardeó objetivos militares y del programa nuclear iraní, Estados Unidos se mantuvo aparentemente al margen, aunque la coordinación entre Israel y la Administración Trump era constante, y ésta dio luz verde al inicio del ataque. Sin embargo, el presidente estadunidense pronto se unió a la retórica israelí contra el régimen iraní, y la amenaza que dice representar su programa nuclear. La oleada de bombardeos contra instalaciones de ese programa ‒entre las que se encontraban Natanz, Tabriz y Karaj‒ llegaba cuando precisamente se estaban manteniendo negociaciones entre Irán y Estados Unidos para llegar a un nuevo acuerdo que limitara las ambiciones nucleares de la República Islámica. Aunque todavía incipientes, las conversaciones parecían ir por buen camino hasta que las irrumpieron los bombardeos israelíes, que descabezaron la cúpula de las fuerzas armadas iraníes y de los Guardianes de la Revolución. La reacción de Trump no fue de enfado ni pánico al sentir que la negociación diplomática había sido dinamitada; al contrario, vio el ataque israelí como una ventana de oportunidad y una forma de "ablandar" al régimen iraní para que firmara una rendición incondicional. Como eso no sucedió, el 22 de junio Trump ordenó a las fuerzas armadas estadounidenses que bombardearan varias instalaciones del programa nuclear iraní, mediante el uso de bombarderos estratégicos y potentes bombas con capacidad de penetrar en búnkeres a gran profundidad.
La pieza de caza mayor era la instalación de Fordo, que ocultaba bajo una montaña las centrifugadoras para enriquecer uranio. Sólo las bombas GBU-57 MOP (bombas penetradoras de munición masiva, en sus siglas en inglés) podían horadar los subterráneos de Fordo, a decenas de metros de la superficie, y sólo los bombarderos B-2 estadounidenses podían transportarlas. En total, la operación implicó hasta 125 aviones y cazas fantasma, un submarino y vuelos de distracción y se llegaron a lanzar hasta 75 bombas contra las instalaciones de Fordo, Natanz e Isfahán. Trump se felicitó por el despliegue de poderío militar, lo calificó de "espectacular" y exigió que Irán "firmase la paz". Netanyahu se congratuló por la "decisiva" actuación de Trump, que había roto con un tabú en la Casa Blanca que se remontaba décadas atrás.
Los ataques mutuos entre Israel e Irán se sucedieron durante las siguientes horas, mientras el mundo contenía el aliento ante lo que podía convertirse en una espiral bélica sin control. Irán se vio obligado a responder para restablecer su capacidad de disuasión. Para ello, optó por una respuesta contenida a los bombardeos de Estados Unidos, y el 23 de junio lanzó 19 misiles contra la base militar de al-Udeid en Qatar, que cuenta con el mayor despliegue militar estadounidense en la región. El objetivo era simbólico y se buscó limitar al máximo los daños, ya que la base había sido evacuada y el propio Irán avisó previamente del ataque. Prácticamente todos los misiles fueron interceptados por las baterías antiaéreas y no hubo muertos ni heridos. Al día siguiente, 24 de junio, el presidente estadounidense impuso un alto el fuego entre Irán e Israel que enseguida se reveló frágil. Ambos países siguieron intercambiando golpes hasta que un enfurecido Trump tuvo que llamarlos al orden para que cumplieran la tregua, lanzando críticas sin precedentes al comportamiento de Israel. Netanyahu tuvo que acatar la orden de la Casa Blanca a regañadientes y paró los ataques aéreos que tenía preparados contra Irán. Al menos, por el momento.
Los logros de lo que Trump ha denominado la "guerra de los 12 días" parecen, sin embargo, elusivos después de que un informe del Pentágono filtrado por los medios estadounidenses cuestionara la eficacia de los bombardeos estadounidenses[1]. Mientras el Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) afirmaba que la prioridad debía ser que los inspectores de la ONU volviesen a las instalaciones nucleares iraníes, el Parlamento de este país aprobaba suspender la cooperación con dicho organismo, una decisión que debe ser confirmada por el Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Éste también tiene que decidir si Teherán sale definitivamente del Tratado sobre la No Proliferación de armas nucleares (TNP). Si al final eso ocurriera, la intervención militar de Israel y Estados Unidos sólo habría servido para iniciar una carrera nuclear en Oriente Medio, y para que otros países sigan el modelo de Corea del Norte dotándose del arma nuclear como elemento clave de disuasión ante un ataque externo, sobre todo por parte de potencias nucleares.
La tentación de anunciar un "nuevo Oriente Medio"
Desde hace décadas, se ha convertido en una tradición declarar que nos encontramos ante un "nuevo Oriente Medio" cada vez que la región ha sido testigo de grandes o abruptos acontecimientos. El recurso a esa manida narrativa lleva implícito diferentes significados en función de quien la utiliza, el contexto geopolítico y la agenda que se pretende promover. En general, las alusiones a un "nuevo Oriente Medio" han sido utilizadas para señalar momentos transformadores en la historia de la región, a menudo asociándolos a visiones optimistas de paz, democracia y prosperidad. Así fue tras la firma de los Acuerdos de Oslo entre israelíes y palestinos en 1993, cuando el dirigente israelí Simón Peres promovió la idea de una paz regional basada en la integración económica y la prosperidad compartida. También se habló de un "nuevo Oriente Medio" tras la caída del régimen de Saddam Husein en Irak en 2003, y tras la guerra entre Israel y Hezbolá en Líbano en el verano de 2006. En ambos casos, el término aludía al triunfo de una agenda liderada por Estados Unidos para remodelar la región a través de la democratización y el debilitamiento de las autocracias y de los actores armados no estatales.
En 2011, a raíz de las revueltas antiautoritarias, también conocidas como Primavera Árabe, se volvió a hablar del "nuevo Oriente Medio". Lo habitual es que se refiriera a la llegada de una nueva era caracterizada por la transición hacia sistemas democráticos basados en el buen gobierno y el respeto de los Derechos Humanos en varios países árabes. Más recientemente, ya durante la actual década, se volvió a recurrir a la tentación de describir un "nuevo Oriente Medio" esbozado al final del primer mandato del presidente estadounidense Donald Trump en 2020, con la firma de los llamados Acuerdos de Abraham entre Israel y cuatro países árabes (Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán). Se recurría a esta conceptualización para reforzar la creencia de que dichos acuerdos de normalización traerían estabilidad regional mediante la cooperación económica y tecnológica, dejando de lado el conflicto israelo-palestino y reduciendo la influencia regional de Irán.
El balance final de tantos "nuevos Oriente Medios" no parece deslumbrante, a juzgar por la persistencia de conflictos armados, rivalidades geopolíticas, sufrimiento humano, penurias socioeconómicas y falta de libertad y buen gobierno. Ni los Acuerdos de Oslo trajeron la tan ansiada y necesaria convivencia pacífica entre los pueblos de Oriente Medio, ni la guerra para cambiar el régimen en Irak desencadenó un efecto dominó de nuevas democracias. Tampoco la Primavera Árabe logró reemplazar los regímenes autocráticos por sistemas políticos pluralistas y representativos. Ni mucho menos las transacciones de normalización israelo-árabes promovidas tanto por Donald Trump como por Joe Biden han abordado con éxito las causas de fondo de la extendida inestabilidad regional. Aunque la geopolítica no se rija por las mismas leyes de la física, con demasiada frecuencia los promotores de proyectos partidistas para transformar Oriente Medio según sus deseos e intereses se olvidan de que las acciones van acompañadas de reacciones. En el caso de la geopolítica, si las fuerzas que aplican unas partes buscan producir resultados excluyentes, lo más seguro es que haya otras partes que simultáneamente ejerzan fuerza en el sentido opuesto. Así es como se ha llegado a la situación actual.
La guerra de Gaza y, más recientemente, la ofensiva de Israel contra Irán han reavivado la tentación de anunciar el advenimiento de un "nuevo Oriente Medio". Netanyahu ha flirteado de nuevo con la hegemonía regional que la Guerra de 1967 le brindó a Israel cuando expandió su ocupación a toda la Palestina histórica y otros territorios colindantes. Ha revivido los días en que Ariel Sharón invadió el sur de Líbano en 1982, reocupando este territorio para imponer una reordenación fronteriza a su medida, además de ampliar la ocupación de territorio sirio. Las operaciones militares y las innumerables masacres del ejército israelí en Gaza ya no ocultan que el plan es "tomar el control"[2] total de la Franja de Gaza. Asimismo, se ha barajado la posibilidad de provocar un cambio de régimen en Teherán aprovechando la debilidad política y militar de Irán y su más que evidente aislamiento internacional.
La oportunidad que ha supuesto la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca está siendo exprimida al máximo por Netanyahu. Sin embargo, Israel es visto cada vez más por más actores como un elemento disruptivo y desestabilizador a nivel regional. Mientras Israel sigue la búsqueda de ese momentum para imponer por la fuerza su propia visión de un "nuevo Oriente Medio" en el que el "problema palestino" sea liquidado de raíz e Irán sea humillado y sometido, la evolución de la realidad puede llevar a un resultado distinto al deseado. Netanyahu y sus aliados creen que Israel puede integrarse en la región mediante la guerra, pero la sucesión de conflictos aún no ha producido esa integración. Por el momento, los que la creen posible mediante la negociación, el reconocimiento mutuo y la paz están en posiciones marginales. Eso sí desembocaría en un "nuevo Oriente Medio" más constructivo para sus gentes y para el mundo.
A las puertas de un conflicto regional
El ataque del 7 de octubre de 2023 perpetrado por Hamás contra Israel dio lugar al estallido de una campaña bélica sin precedentes contra Gaza, que continúa en la actualidad. La extensión de la guerra rebasó las fronteras de Gaza desde el principio y ha actuado como una bomba de racimo en la región, con consecuencias impredecibles entonces. Algunas de ellas las hemos visto desarrollarse a lo largo de 2024 y 2025, pero cabe esperar que haya más ramificaciones regionales con implicaciones a largo plazo. La ofensiva de Israel sobre Gaza ha trastocado profundamente los contrapesos de poder regional y ha hecho desaparecer muchas líneas rojas.
El riesgo de un choque bélico regional –e incluso su extensión más allá de la región– ha sido uno de los mayores peligros que ha conllevado no haber parado la guerra de Gaza con un alto el fuego duradero (Estados Unidos vetó hasta en cuatro ocasiones, bajo las presidencias de Biden y Trump, una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU pidiendo un alto el fuego humanitario y la liberación de los rehenes israelíes). El peligro se materializó cuando estalló la guerra abierta entre Israel e Irán el pasado 13 de junio. En los más de 20 meses transcurridos entre el 7 de octubre de 2023 y esa fecha, mientras estuvo operativo el autodenominado Eje de la Resistencia, los grupos armados englobados en él respondieron en apoyo de Hamás y obligaron a Israel a enfrentarse a una guerra multifrente. A mediados de 2025, esa guerra ya se había convertido en una guerra abierta entre ejércitos regulares, como demostró el ataque israelí contra Irán. Lejos de atenuarse su intensidad o limitarse en el espacio, la escalada continuó. Aunque el presidente Trump decretó un alto el fuego el 24 de junio, no hay garantías de que se vaya a mantener en el tiempo, a la vista de los precedentes. Los límites y el alcance de los conflictos regionales son por ahora tan fluidos como desconocidos.
Uno de los escenarios más volátiles en Oriente Medio es el de Líbano, donde la milicia chií Hezbolá mantuvo un enfrentamiento de intensidad controlada durante los primeros meses de guerra. Desde el principio, inició una serie de ataques con misiles y drones contra territorio israelí que fueron respondidos ampliamente con bombardeos del ejército hebreo, lo que provocó el éxodo forzado de más de 200.000 civiles a ambos lados de la frontera. Israel invadió el sur de Líbano en octubre de 2024, trayendo de vuelta la memoria de la invasión de 1982, que se prolongó hasta el año 2000 y que tuvo consecuencias devastadoras. Muchos libaneses también revivieron los traumas de la guerra del verano de 2006 entre Israel y Hezbolá, la cual provocó mucha destrucción y daños en todo el país.
Antes de invadir de nuevo el sur de Líbano en 2024, Israel preparó el terreno con los ataques que tuvieron como objetivo miles de dispositivos buscapersonas (pagers) y walkie-talkies utilizados por miembros de Hezbolá y personas afines. Los aparatos fueron detonados de forma simultánea en dos operaciones separadas, el 17 y 18 de septiembre, que hirieron a miles de personas y mataron a varias decenas, en lo que supuso un grave debilitamiento a las líneas de comunicación y la cadena de mando de la milicia libanesa. La intensidad del enfrentamiento aumentó con los bombardeos masivos contra barrios residenciales del sur de Beirut, donde se sitúa uno de los bastiones de Hezbolá. El 27 de septiembre, Israel atacó su cuartel general en la capital libanesa y acabó con la vida del líder de Hezbolá, Hasan Nasrala, y varios de los comandantes más importantes del grupo armado. El sucesor de Nasrala, Hashem Saifedin, también fue asesinado. Con el liderazgo de la milicia chií descabezado, la diplomacia internacional logró estabilizar este frente negociando un alto el fuego que entró en vigor el 26 de noviembre. Pese a que se han producido numerosas violaciones de la tregua, sobre todo por parte de Israel, ésta se ha mantenido en lo que va de 2025.
Otro peligroso teatro de operaciones de esta guerra está en el mar Rojo, donde la milicia Ansar Allah (los rebeldes huzíes) lograron poner en jaque el comercio mundial marítimo por el estrecho de Bab al-Mandeb –un corredor que forma parte de la principal ruta entre Oriente y Occidente y por donde transita una cuarta parte del comercio por mar del planeta– durante 2024 y lo que va de 2025. El inesperado arsenal de misiles balísticos y drones en poder de los huzíes supuso una amenaza directa para Israel y añadieron un sorpresivo foco de tensión regional. Aunque sus ataques contra territorio israelí (a más de 2.000 kilómetros de distancia) han sido fácilmente interceptados por el sistema Cúpula de Hierro y por el despliegue defensivo marítimo estadounidense y británico en el mar Rojo, los huzíes lograron sumar un nuevo frente a la guerra de Gaza, e incluso hacer impactar un misil sobre el aeropuerto israelí de Ben Gurion el pasado 4 de mayo.
Los sucesivos ataques con aviación militar y misiles por parte de Israel, Estados Unidos y Reino Unido contra objetivos de los huzíes e infraestructuras críticas en Yemen no lograron poner fin a su capacidad de lanzar misiles. En un paso inesperado, la Administración Trump firmó el 6 de mayo de 2025 un acuerdo de alto el fuego con los huzíes, quienes se comprometían a no atacar a los barcos estadounidenses. El acuerdo no se refería a Israel, por lo que los milicianos yemeníes siguieron hostigando el territorio e intereses israelíes. Cabe esperar que, si Israel considera que la intervención en Irán le ha reportado logros, se reactive el frente yemení y aumenten los ataques cruzados. Por su parte, y aunque con un impacto menor, las milicias proiraníes de Irak atacaron objetivos militares de Estados Unidos en ese país, y Washington respondió atacando más de 85 objetivos de milicias proiraníes en Irak y Siria[3].
Por el momento, se ha evitado el estallido de una guerra regional en Oriente Medio, con la intervención de nuevos actores regionales y de potencias internacionales. También se ha desbaratado la doctrina iraní conocida como la "unidad de las arenas", basada en su estrategia de "defensa avanzada", por la cual ese país buscaba expandir su influencia y establecer una red de aliados y grupos militantes en la región para mantener los conflictos lejos de sus fronteras y fortalecer su posición geopolítica. Aunque la capacidad de disuasión de Irán, desarrollada durante décadas con una ingente inversión, se haya visto seriamente comprometida, eso no significa que los vínculos, motivaciones y voluntad de reconstituirse de los integrantes del Eje de la Resistencia hayan desaparecido. La historia de la región enseña que los movimientos que se presentan como de "resistencia" a la ocupación o al imperialismo pueden recuperarse tras recibir duros golpes, e incluso dejar paso a otros nuevos movimientos más radicales en sus planteamientos y los métodos que emplean para alcanzar sus fines.
Los planes de liquidar la cuestión palestina
Una conclusión lógica de todo lo ocurrido en Oriente Medio desde el 7 de octubre de 2023 es que la "cuestión palestina" no se había desactivado, como algunos creyeron e hicieron creer en 2020 tras la firma de acuerdos de normalización entre Israel y algunos Estados árabes. Denominados pomposamente "Acuerdos de Abraham", estos fueron impulsados por la primera Administración de Donald Trump y continuados por su sucesor, el demócrata Joe Biden. La lección que se extrae del último lustro es que dichos acuerdos no han sido ninguna garantía de paz, como prometieron sus impulsores, pues no han evitado nuevos y más sangrientos enfrentamientos bélicos, ni han traído seguridad y calma, ni siquiera han podido liquidar la cuestión palestina, tal como habrían deseado sus promotores.
El año 2025 comenzó con un breve periodo de esperanza, coincidiendo con el cambio en la Administración estadounidense, aunque esa esperanza pronto se desvaneció. En vísperas de la ceremonia de inauguración de la segunda presidencia de Trump, que tuvo lugar el 20 de enero, Hamás e Israel se comprometieron a un alto el fuego tras semanas de negociaciones. Atrás quedaban 15 meses de cruenta guerra e intentos fallidos de negociación con apenas un frágil y breve parón humanitario en noviembre de 2023. Haciendo una entrada triunfal en la Casa Blanca, Trump se atribuyó el éxito diplomático e impulsó internacionalmente su figura de negociador transaccional en sus primeros días de vuelta a la presidencia. Sin embargo, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dio la orden de romper el alto el fuego el 18 de marzo, imponiendo un severo bloqueo a la entrada de ayuda humanitaria en Gaza, que dura hasta el momento de escribir estas líneas.
Convertir aquel alto el fuego temporal en un acuerdo permanente mediante un proceso de negociación fue el principal reto de los palestinos, y también de los mediadores árabes (Qatar y Egipto), pero nunca fue la gran apuesta de Donald Trump. El presidente estadounidense descolocó a todos al ir en otra dirección cuando, en una rueda de prensa conjunta con Netanyahu, habló implícitamente de practicar una limpieza étnica en Gaza. Ante un satisfecho primer ministro israelí, Trump afirmó que Estados Unidos debía tomar el control de la Franja de Gaza para "reconstruirla", un plan que, según fue esbozando, implicaba la deportación forzosa de los casi dos millones de palestinos que malviven en Gaza, que debían ser "acogidos" por Egipto y Jordania. "Sería mi esperanza que pudiéramos hacer algo realmente bueno, algo realmente positivo,para que no quisieran volver. ¿Por qué querrían regresar? Ese lugar ha sido un infierno", dijo Trump ante la prensa. "No quiero ser un gracioso ni un listillo, pero la Riviera de Oriente Medio... Esto podría ser tan magnífico", concluyó[4].
La propuesta de Trump fue acogida con júbilo por la extrema derecha israelí que aboga desde hace décadas por la expulsión de los palestinos del territorio de la Palestina histórica (aunque, para suavizar semejante crimen de limpieza étnica, sus promotores lo presenten como "desplazamiento voluntario" de población). El proyecto de Trump –que muchos ven como descabellado, ilegal y peligroso– suscitó el rechazo inmediato de la comunidad internacional, y en especial de todos los países árabes, empezando por los directamente implicados (Jordania y Egipto), que podrían ver su estabilidad comprometida en caso de ser forzados a recibir ese supuesto "desplazamiento voluntario" de palestinos. Las palabras del republicano dejaban claro que no iba a abordarse tampoco esta vez una negociación amplia y seria que contemplara una solución justa y duradera para el problema palestino. Confrontan con los llamamientos de la comunidad internacional a revitalizar la solución de los dos estados y exponen sin ambages la visión de Netanyahu y sus aliados ultraortodoxos y ultranacionalistas de liquidar la cuestión palestina de una vez por todas.
Más allá de los objetivos declarados de Netanyahu de eliminar a Hamás de la Franja de Gaza y restaurar la seguridad para Israel, las declaraciones hechas en repetidas ocasiones por dirigentes israelíes revelan que su verdadero fin es cambiar por completo la Franja, hacerla inhabitable y despoblarla de palestinos[5]. Israel reaccionó inmediatamente al "proyecto inmobiliario" de Trump en Gaza con nuevas órdenes de evacuación forzosas para los palestinos, violando así el acuerdo de alto el fuego que entonces estaba vigente. El 18 de marzo, Tel Aviv rompió unilateralmente el acuerdo de alto el fuego y reanudó los bombardeos y el bloqueo de Gaza. En abril, expandió las órdenes de evacuación obligatorias hacia el sur para anexionarse más territorio[6] y desvincular la Franja de Egipto, con la excusa de crear una "zona de seguridad".
En este contexto, sigue sonando lejano el desafío de detener la guerra de exterminio en Gaza y abordar la trágica pérdida de vidas humanas y las consecuencias políticas y materiales. Los niveles de muerte, destrucción y trauma que imponen los bombardeos del ejército israelí contra Gaza desde hace casi 21 meses son monstruosos y superan con creces los de otros conflictos armados en el último siglo, dadas las dimensiones y la población de la Franja. Los números sobrecogen porque tras ellos hay una enorme tragedia que asedia vidas humanas, destruye sueños de futuro y aniquila proyectos personales y familiares. Hay que mencionar las cifras para ser conscientes del volumen de daño infligido y de deshumanización a la que Israel está sometiendo a los palestinos, en lo que numerosas ONG, juristas y autoridades académicas internacionales no han dudado en calificar de "genocidio"[7].
La cifra oficial ofrecida por las autoridades gazatíes a finales de junio de 2025 es de más de 56.000 palestinos muertos bajo los bombardeos israelíes (siendo el 70% de ellos mujeres y niños). Esa cifra oficial está muy por debajo de lo que numerosas fuentes consideran la cifra real de muertes provocadas por el conflicto y sus derivadas. Según un estudio de la prestigiosa revista The Lancet publicado a principios de 2025, la cifra real de muertos podría ser un 40% superior a los datos oficiales. Los heridos y mutilados superan ya los 131.000, y Gaza es el lugar del mundo con el mayor número de niños con extremidades amputadas, según la Agencia de la ONU para los Refugiados Palestinos (UNRWA). Israel ha forzado el desplazamiento de sus hogares de la práctica totalidad de la población gazatí (cerca de 2,2 millones de personas antes de la guerra,). Además, los ataques israelíes han causado la destrucción de más del 90% de las infraestructuras vitales, los hospitales y los centros educativos de Gaza y han destruido ciudades enteras.
Israel ha impedido todo este tiempo la entrada de ayuda básica en el territorio, en violación de los Convenios de Ginebra, lo que ha provocado una catástrofe humanitaria en la que el hambre y las enfermedades se han cebado con la población civil palestina. Israel dio un paso más en su plan de limpieza étnica de Gaza al expulsar a las agencias internacionales humanitarias y centralizar el sistema de reparto de ayuda en una organización con oscuros orígenes llamada Fundación Humanitaria de Gaza y apoyada por contratistas de Estados Unidos. A fecha de 24 de junio de 2025, más de 500 palestinos habían sido asesinados, incluidos niños, y más de 3.000 heridos por el ejército israelí mientras buscaban comida en los sitios de distribución de esa "fundación". Esos lugares se han convertido en trampas mortales para la población hambrienta, la cual es recibida por lo que se parece a "pelotones de fusilamiento", lo que expone los niveles de deshumanización de los palestinos que están presentes en una parte de la sociedad israelí.
Uno de los objetivos declarados de la ofensiva israelí era destruir al grupo armado palestino Hamás. La eliminación de Ismael Haniyeh por parte de Israel en Teherán (julio de 2024), de su sucesor Yahya Sinwar (octubre) y del sustituto de éste, su hermano Muhammad, cuya muerte se anunció el 31 de mayo de 2025, además de otros importantes líderes, ha debilitado al movimiento tanto a nivel militar como político. Sin embargo, Hamás sigue organizado y su estructura no se ha desmoronado, como se vio durante la puesta en escena de las entregas de rehenes israelíes en enero de 2025 con la mediación del Comité Internacional de la Cruz Roja. Lo más seguro es que Hamás no volverá a gobernar la Franja, pero parece aventurado pensar que vaya a desaparecer como idea o como movimiento que se presenta de "resistencia".
La actual ofensiva israelí no se ha detenido en Gaza. Desde su inicio, la violencia de los colonos judíos contra los palestinos y la confiscación de tierras se han incrementado en Cisjordania y en Jerusalén Este. Durante 2024 y 2005, Israel aprobó la construcción de miles de nuevas viviendas en asentamientos[8] y se anexionó más tierra palestina, mientras que se establecieron nuevos puestos de avanzada (los llamados outposts) destinados a ser futuros asentamientos. En una prueba de sus ambiciones sobre Cisjordania, a finales de mayo, Israel aprobó la construcción de 22 nuevas colonias. Ello supone hacer inviable una futura creación de un Estado palestino, justo cuando la diplomacia internacional estaba poniendo sobre la mesa de nuevo la solución de dos Estados y cuando voces palestinas anunciaban iniciativas para construir una entidad propia transformadora frente al horror de la guerra.
La ofensiva israelí en Gaza ha vivido en Cisjordania una realidad paralela donde la violencia y el acoso de los colonos contra los palestinos de los Territorios Ocupados se han multiplicado bajo la protección y connivencia en muchas ocasiones del ejército israelí y, por ende, del gobierno. Al mismo tiempo, las fuerzas israelíes han redoblado las detenciones, las restricciones de movimientos y el bloqueo del acceso a servicios básicos y a sus modos de vida de los palestinos en las áreas bajo su control, como ocurre en Hebrón. El ejército realizó incursiones en varias ciudades palestinas y bombardeó campamentos de refugiados como los de Tulkarem y Yenín (donde inició una amplia ofensiva en diciembre que sigue en curso), provocando el éxodo de decenas de miles de palestinos.
Todo lo anterior es parte del apartheid que practica el Estado de Israel, cuyas acciones buscan expulsar a los palestinos de su tierra y culminar su proyecto de colonialismo de asentamientos[9]. La guerra en Gaza no ha hecho más que intensificarlo. Según la organización de Derechos Humanos israelí B'Tselem, las agresiones de colonos a civiles palestinos en Cisjordania han escalado desde octubre de 2023, y sus informes indican que esta violencia, unida a la del ejército israelí, ha obligado a al menos 20 comunidades palestinas a abandonar sus tierras[10]. Según la agencia humanitaria de la ONU, el año 2024 arrojó números récord[11] de desplazamientos forzados de palestinos, demolición de viviendas, privación de fuentes de agua y violencia generalizada en toda Cisjordania y Jerusalén Este. Amnistía Internacional publicó un informe en mayo en el que calculaba que 40.000 residentes de los campos de refugiados de Yenín, Nur Shams y Tulkarem habían sido obligados a desplazarse[12], en una estrategia que se prolonga a lo largo de 2025 dentro de ese plan trazado para liquidar la cuestión palestina a golpe de expulsiones y bombas. Desde que comenzó el conflicto en Gaza, Cisjordania ha vivido otra guerra en la penumbra cuyas víctimas mortales se acercaban al millar en mayo de 2025[13].
Deshumanización, violencia y la imagen de Israel
La deshumanización y la violencia contra los palestinos se han normalizado y acentuado en el contexto político israelí tras el 7 de octubre. Los partidos ultraderechistas y supremacistas judíos, que sostienen al gobierno de Netanyahu desde diciembre de 2022, son los principales promotores de la guerra y los primeros en rechazar cualquier acuerdo de alto el fuego o de entrada de ayuda humanitaria. El primer ministro se ha apoyado en formaciones extremistas como Poder Judío (liderada por Itamar Ben-Gvir) o el Partido Sionista Religioso (de Bezalel Smotrich) para seguir en su cargo, a pesar de estar siendo investigado en tribunales israelíes por tres casos de fraude, soborno y abuso de confianza. Proseguir la guerra le es útil a Netanyahu para mantener la inmunidad de su cargo de primer ministro y para esquivar el descontento popular que reclamaba su dimisión con manifestaciones multitudinarias durante los diez primeros meses de 2023. También así intenta evitar que la sociedad israelí le pida que rinda cuentas por el fracaso a la hora de protegerla del ataque del 7 de octubre. Por su parte, los partidos de Ben-Gvir y Smotrich rechazan de plano la solución de dos Estados y promulgan la anexión de Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este a Israel. Una agenda que Netanyahu ha hecho suya.
Netanyahu –que ya intentó anexionar todos los asentamientos judíos de Cisjordania en 2020, pero se vio frenado por Trump en su primer mandato– quiere revitalizar estos planes aprovechando la nueva coyuntura que le presta la vuelta del republicano a la Casa Blanca. La guerra de Gaza y las declaraciones de Trump definiendo la Franja en ruinas como "un lugar estupendo", "junto al mar" y donde "se pueden hacer cosas hermosas", han reavivado los planes de anexión de los asentamientos, de control de más territorio y de expulsión forzosa de población palestina.
Todo ello contrasta con la cada vez más dañada proyección de Israel en la esfera internacional, donde se intensifican las críticas contra sus masacres en Gaza. La guerra que Netanyahu libra en Gaza y Cisjordania tiene cada vez menos avales internacionales y la presión hacia el primer ministro va creciendo para que cese los ataques militares contra la población palestina y negocie un alto el fuego permanente. Si bien los tradicionales aliados de Israel –Estados Unidos y países europeos como Alemania y Reino Unido– le han ofrecido un apoyo ciego y siguen proporcionando a Israel las armas con las que bombardea a civiles hambrientos en Gaza, otros actores en Europa y el Sur Global han cuestionado desde el principio su comportamiento y han protagonizado enfrentamientos diplomáticos.
Poco a poco, se abren paso las críticas de países antaño aliados incondicionales y acríticos de Israel, como Canadá, Francia o Reino Unido, ante las monstruosidades que se están cometiendo en Gaza y en pro de un alto el fuego inmediato. Esos tres países emitieron el 19 de mayo de 2025 un comunicado conjunto[14] condenando la "expansión de las operaciones militares en Gaza y cualquier intento de ampliar los asentamientos en Cisjordania". El documento enfatizaba que "el nivel de sufrimiento humano en Gaza es intolerable" y hacía un llamamiento a Israel a cesar su ofensiva. La declaración llegó pocos días después de que el presidente de Francia, Emmanuel Macron, cargase contra Netanyahu y su decisión de bloquear la entrada de alimentos, agua y medicinas en Gaza, condenando a su población a una muerte por inanición y enfermedades, en paralelo a los bombardeos.
En los últimos tiempos se ha intentado revitalizar la llamada solución de dos Estados mediante esfuerzos diplomáticos. España, Irlanda y Bélgica lideran desde principios de 2024 iniciativas que, por el momento, no se han materializado. Los dos primeros unieron esfuerzos y reconocieron al Estado de Palestina en mayo de 2024 (a día de hoy 147 estados lo hacen), en un intento de generar momentum para detener la guerra y celebrar una conferencia internacional de paz que permita la convivencia con derechos y seguridad para ambos pueblos.
En la Unión Europea (UE), estos esfuerzos no se han visto traducidos a acciones concretas. La presión de 18 países, entre ellos España, logró que Bruselas aceptara revisar el Acuerdo de Asociación con Israel, en concreto para examinar si incumple el Artículo 2, relativo al respeto de los Derechos Humanos. Finalmente, la Comisión Europea concluía que, si bien existían "indicios" de que Israel había incumplido el Derecho Internacional en Gaza, saltándose por tanto ese Artículo 2, no se iba a sancionar a ese país ni a tomar ninguna acción con respecto al acuerdo. La decisión de las autoridades europeas puso de relieve, una vez más, la falta de voluntad de convertirse en una potencia de peso internacional a la altura de los valores democráticos y humanitarios que pregona.
Al contrario que en la UE, en América Latina se han producido destacadas acciones diplomáticas críticas con Israel. La desproporcionada operación militar israelí en Gaza ha sido condenada por países como Bolivia, Colombia, Venezuela, Cuba, Chile o México. Bolivia y Colombia rompieron por ello relaciones diplomáticas con Israel, mientras Chile y Honduras llamaron a consultas a sus embajadores en Tel Aviv. Brasil ha sido uno de los Estados que más presión ha ejercido contra el gobierno de Netanyahu: retiró a su embajador y llegó a presentar una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU para establecer "pausas humanitarias" en Gaza, aunque fue vetada por Estados Unidos, antes de sumarse a la iniciativa de España para organizar una conferencia internacional de paz.
Las violaciones de Israel del Derecho Internacional Humanitario y de las leyes de la guerra establecidas por los Convenios de Ginebra llevaron a la Corte Penal Internacional (CPI) a emitir órdenes de arresto contra Benjamín Netanyahu y su entonces ministro de Defensa Yoav Gallant por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra[15]. En paralelo, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) está investigando a Israel por incumplimiento de las obligaciones contenidas en la Convención de la ONU contra el delito de genocidio, a raíz de una demanda presentada contra Israel por parte de Sudáfrica, y a la que posteriormente se sumaron varios países europeos y latinoamericanos.
A todo lo anterior hay que sumar la presión del mundo académico y universitario en varios países, con protestas contra la guerra en Gaza que han sido acalladas y censuradas en países como Estados Unidos y Alemania, así como las numerosas condenas de intelectuales, artistas y organizaciones de Derechos Humanos globales. El clamor internacional y las extendidas denuncias de que Israel está cometiendo actos de genocidio contra los palestinos han hecho añicos otra línea roja, según la cual las operaciones militares de Israel siempre son "en legítima defensa", y han hecho que este país esté perdiendo gran parte del capital político internacional que había concitado en las últimas décadas, sobre todo entre las generaciones más jóvenes a escala global.
Siria y Líbano ante nuevas realidades
El año 2025 comenzó en Oriente Medio con un aire de esperanza llegado desde Siria y Líbano, aunque, a medida que ha ido avanzando el año, la realidad ha evolucionado hacia resultados desiguales. En Siria, el destierro del dictador Bashar al-Asad poco antes del cambio de año fue recibido con masivas manifestaciones de celebración entre amplios sectores de la sociedad, así como de la diáspora que se vio obligada a abandonar su país por la guerra. A pesar de los ingentes recursos que harán falta y de las enormes dificultades para la reconstrucción del país, el sentimiento de liberación y la esperanza de cambiar a mejor son reales.
Tras más de medio siglo de dictadura y 14 años de guerra, la caída del régimen de los al-Asad en Siria el 8 de diciembre de 2024 supone un acontecimiento histórico para el país y un factor de transformación para todo Oriente Medio. En el horizonte se abren retos enormes, pero a corto plazo las prioridades son mantener las condiciones de seguridad dentro del país y sentar las bases para la recuperación económica y social. Las primeras decisiones que tomaron las autoridades interinas –mantener las estructuras gubernamentales del país desde el primer momento, así como integrar a diversas milicias dentro del nuevo ejército nacional– han ido en el camino correcto. Asimismo, se han embarcado en una intensa actividad diplomática con el exterior, mostrando una clara voluntad de integrarse de forma constructiva en el sistema internacional.
Pero hace falta mucho más para que la nueva Siria se convierta en un país estable y consiga reconstruir las ruinas de la guerra y sanar las heridas de la dictadura. En primer lugar, se requiere que las autoridades interinas ejerzan el control del Estado sobre la totalidad del territorio y que mejoren los servicios básicos que dicho Estado proporciona a la ciudadanía. También deben crear las condiciones para el retorno gradual y ordenado de los millones de refugiados y desplazados internos (que alcanzan el 60% del total de la población), con el fin de iniciar cuanto antes un diálogo nacional que englobe todas las sensibilidades del país y que desemboque en la elaboración de una nueva constitución para todos los sirios, así como para la celebración de elecciones plurales e inclusivas en un plazo razonable de tiempo.
Más allá de lo político, poner en pie la economía es un desafío urgente. El Producto Interior Bruto (PIB) sirio se contrajo en más del 76% entre 2011 y 2023 debido al impacto de la guerra, el desplazamiento forzoso de población, el colapso de sectores productivos clave (como la agricultura y el petróleo), la destrucción de infraestructura y las sanciones internacionales. Bashar al-Asad huyó del país dejando al 90% de la población por debajo del umbral de la pobreza. La cooperación internacional es crucial para ayudar a Siria a salir de esta situación extrema, crear condiciones de seguridad, rehabilitar las instituciones estatales, reconstruir la infraestructura del país y ayudar a las personas y las comunidades a rehacer sus vidas.
La recuperación y reconstrucción de la economía siria serán determinantes para el éxito o fracaso de la etapa transitoria que se ha abierto en el país. De ello dependerá que haya paz social y oportunidades económicas para la población. La asistencia técnica y financiera de donantes internacionales tendrá un papel fundamental. Pero lo más urgente para empezar a construir una nueva Siria sin los al-Asad es la necesidad de que se levanten totalmente las sanciones internacionales impuestas contra aquel régimen. Un paso hacia el fin de las sanciones lo dio Trump precisamente durante su gira el pasado mes de mayo por países del Golfo, donde reservó tiempo para entrevistarse en Riad con el presidente sirio Ahmed al-Sharaa –en lo que fue el primer encuentro de mandatarios de ambos países en un cuarto de siglo–. Trump anunció el levantamiento de las sanciones, lo que se ha hecho ya en gran parte. A esta decisión le siguió la UE, que alivió las de carácter económico sin tocar las motivadas por seguridad. Sectores clave como la banca y las empresas, o sectores como el de la producción y refino de petróleo han quedado libres. En este contexto, es clave que la UE haga efectivo el levantamiento total del embargo y se concentre en la aportación de asistencia técnica y financiera para asentar el proceso democrático en el país. De no optar por este papel, otros países del entorno desplazarán a la UE, lo que le llevaría a seguir perdiendo relevancia en su vecindario mediterráneo.
Por otro lado, Líbano empezó el año abriendo una nueva fase en su historia moderna, con la elección de un nuevo presidente, el general Joseph Aoun. Su figura obtuvo un amplio consenso tras dos años y medio de parálisis y bloqueo político por la imposibilidad de forjar acuerdos entre Hezbolá y sus aliados, por una parte, y sus rivales políticos, por otra. El debilitamiento militar de Hezbolá tuvo consecuencias que se tradujeron de inmediato a la esfera política. Allanada la elección del jefe del Estado, se facilitó un acuerdo entre los grupos políticos para designar como primer ministro al prestigioso juez Nawaf Salam, quien hasta entonces había ejercido como presidente de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Este desbloqueo refleja una nueva etapa política con la reactivación de las instituciones libanesas como resultado de los nuevos equilibrios de poder internos y regionales.
El partido-milicia Hezbolá encara la segunda mitad de 2025 tratando aún de rehacerse de los duros golpes recibidos durante 2024 por parte de Israel. A pesar de las derrotas sufridas, Hezbolá no ha sido aniquilado como movimiento que se presenta de "resistencia", y mantiene muchos elementos necesarios para reconstruirse, aunque sea en la sombra, a menor escala y con apoyos mermados. Si algo determina a organizaciones como Hezbolá es su capacidad de adaptación y resiliencia tras sufrir grandes reveses, como ya ocurrió en la guerra de 2006 contra Israel. Mientras el ejército israelí ocupe territorio en el sur de Líbano, donde todavía se producen escaramuzas, Hezbolá podrá presentarse ante parte de la población libanesa como movimiento de legítima resistencia frente a la ocupación.
Sumado a todo lo anterior, queda por ver cómo van a recalibrar los nuevos dirigentes de Hezbolá sus enfoques en el escenario regional (sobre todo, tras la desaparición del régimen de al-Asad y la ofensiva israelí contra Irán de este junio) y en la política interna libanesa (con la elección de un nuevo presidente y de un primer ministro que no forman parte de ninguna alianza afín). Las elecciones parlamentarias de este mayo –las primeras en casi una década– han demostrado que el partido chií no ha perdido pie político del todo y mantiene su base electoral local casi intacta.
Mientras, las nuevas autoridades libanesas han movido ficha hacia el ansiado proceso de desarme de las milicias al margen del Estado para que pueda ser el ejército nacional el que mantenga el monopolio de las armas en el país. La presión no ha dejado de crecer desde que se acordó el alto el fuego con Israel, en noviembre de 2024, con Estados Unidos enviando a sus sucesivos negociadores a Beirut. En este sentido son significativos dos movimientos que se han producido recientemente. Por un lado, el acuerdo de Líbano con las autoridades palestinas ‒tras una histórica visita del presidente Mahmud Abbas a mediados de mayo‒ para el desarme progresivo de los campamentos de refugiados palestinos en Líbano. En paralelo, influyentes voces de Hezbolá declararon su voluntad de iniciar un diálogo para entregar las armas y establecer lo que llamaron "una estrategia nacional de defensa"[16] con el gobierno de Nawaf Salam. De la evolución de estas negociaciones depende en gran parte la estabilidad del país de los cedros, la pacificación de la frontera con Israel e incluso su desarrollo económico, sin perder de vista el papel que ejerzan Irán y Arabia Saudí ‒además de Estados Unidos y el propio Israel‒ en todo ello. Es uno de los mayores desafíos que afronta Líbano esta segunda mitad de 2025.
El Golfo, entre "visiones" transformadoras y peligros recurrentes
El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca ha tenido consecuencias directas para Oriente Medio. No hay ninguna certeza sobre las políticas que seguirá el impredecible 47º presidente estadounidense ni sobre las repercusiones que éstas tendrán. Sin embargo, el historial de su primera presidencia (2017-2021), sus declaraciones durante la campaña electoral, el perfil de sus asesores y enviados a la región, así como las decisiones que ha tomado desde el mismo día que volvió al cargo indican que mantendrá un enfoque intervencionista y agitará el escenario regional para aplicar su agenda de America first. No obstante, el Oriente Medio que el republicano ha heredado de la Administración Biden es muy diferente del que el propio Trump le legó al demócrata a principios de 2021.
En este periodo se han producido cambios tectónicos en la región y se han traspasado numerosas líneas rojas: Irán e Israel se han atacado mutuamente desde sus propios territorios; Israel ha asestado duros golpes militares a Hamás y Hezbolá; y ha colapsado el régimen sirio de los al-Asad, que era el aliado más importante de Irán en el Mundo Árabe. Pero también los seis países del Consejo de Cooperación del Golfo (Arabia Saudí, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán y Qatar) están más unidos que en 2017, y han diversificado sus relaciones exteriores, sobre todo estrechando lazos con las potencias asiáticas (principalmente China) y reaccionando con tibieza a la guerra entre Rusia y Ucrania. También los países árabes del Golfo están ahora en mejores términos con su vecino Irán que hace cuatro años. Por otra parte, la imagen de Estados Unidos ha sufrido un grave deterioro entre la gran mayoría de las poblaciones de Oriente Medio por lo que se percibe como su complicidad con los crímenes de guerra y el genocidio que muchos entienden que Israel está cometiendo en Gaza.
Todo indica ‒y así ha sido en esta primera mitad de 2025‒ que el presidente Trump mantendrá el fortísimo apoyo de Estados Unidos a las políticas del gobierno israelí, tal como hizo en el pasado. Eso pasa por defenderlo ante los casos abiertos contra Israel y sus dirigentes en la Corte Internacional de Justicia (por posible comisión de genocidio) y en la Corte Penal Internacional (por posibles crímenes de guerra y de lesa humanidad). Sin embargo, Trump ha demostrado que puede ser impredecible y disruptivo. En lo referente al conflicto israelo-palestino, el republicano se ha presentado como un hombre de negocios que busca cerrar acuerdos y no cabe descartar que así siga siendo. Mientras que el presidente Joe Biden tuvo un enfoque fuertemente ideológico (él mismo se declaró sionista en múltiples ocasiones), el enfoque de Trump es transaccional y es previsible que escuche a otras voces en la región para alcanzar grandes acuerdos, algo que Biden no hizo. En un contexto de profundas transformaciones en la geopolítica de Oriente Medio, la reaparición de Trump en escena anticipa mayores sacudidas en el tablero regional.
El primer mandato de Donald Trump culminó con la firma de los llamados Acuerdos de Abraham, por los cuales los cuatro países árabes arriba citados normalizaban relaciones con el Estado de Israel, a cambio de obtener contrapartidas en el plano diplomático, económico, tecnológico y militar. Esto suponía un abandono de lo acordado entre los países árabes de que el establecimiento de plenas relaciones con Israel sólo ocurriría cuando se materializara la solución de los dos Estados, tal como quedó plasmado en la Iniciativa de Paz Árabe de 2002. Dichos Acuerdos de Abraham partían de la premisa de que la cuestión palestina había dejado de ser central en las agendas regionales, y que podía ser liquidada en los términos fijados por Israel una vez hubiese normalizado relaciones con los principales países árabes. Esa secuencia quedó desbaratada el 7 de octubre de 2023 con el ataque de Hamás contra Israel y la extensión del conflicto a otras zonas de Oriente Medio, con importantes consecuencias para el sistema internacional.
La acción diplomática de Biden hacia Oriente Medio pivotó desde el principio en torno a una sola cuestión: lograr que Arabia Saudí se sumara a los llamados Acuerdos de Abraham. Eso no llegó a materializarse durante su mandato, y muchos creen que los ataques del 7 de octubre tenían como objetivo hacer descarrilar la normalización israelo-saudí. Con toda seguridad, Trump buscará atribuirse el éxito de cerrar ese acuerdo, si se produce. Sin embargo, el actual príncipe heredero y hombre fuerte de Arabia Saudí, Mohammad bin Salman, difícilmente podrá justificar semejante acuerdo ante los saudíes, los árabes y los musulmanes mientras siga la guerra de exterminio en Gaza y, en definitiva, si no va acompañado de avances tangibles hacia la autodeterminación del pueblo palestino.
Los dirigentes saudíes han repetido que la normalización con Israel está fuera de cuestión mientras no haya un horizonte claro para el establecimiento del Estado palestino. Por otra parte, sigue habiendo resquicios para una normalización, ya que Riad ha mostrado su interés en alcanzar un pacto de seguridad con Estados Unidos a cambio de normalizar relaciones con Israel. Esos elementos de una posible transacción podrían llevar a que Trump ofreciera una versión actualizada de su llamado "Acuerdo del siglo" para poner fin al conflicto israelo-palestino en términos más favorables para los saudíes que los que ofreció en su plan de 2020. El impacto que la devastación de Gaza ha tenido en la opinión pública, y el peligro que ha existido de una guerra regional abierta, podrían hacer que Trump forzara a los dirigentes israelíes a hacer más concesiones de las que desearían con tal de cerrar el ansiado acuerdo. Hay quienes creen que Trump desea pasar a la posteridad como quien pacificó Oriente Medio, mereciendo así la obtención del Premio Nobel de la Paz.
Después de la ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán este junio, en caso de que el régimen iraní perciba que en algún momento se enfrenta a una amenaza existencial, es previsible que tome iniciativas armadas contundentes contra intereses estadounidenses y occidentales, incluidas instalaciones militares en países árabes del Golfo. El riesgo de una guerra híbrida en la que Irán pueda bloquear la entrada y salida de buques y petroleros a través del Estrecho de Ormuz, cuya importancia es crucial para el mercado energético internacional, ha planeado desde el 13 de junio y sigue estando en el aire mientras el alto el fuego sea frágil. Si eso ocurriera, los países árabes del Consejo de Cooperación del Golfo se enfrentarían a graves consecuencias que podrían hacer descarrilar sus ambiciosos proyectos de desarrollo económico y social, como la Visión 2030 que promueve Arabia Saudí. En la región aún se recuerda cómo en septiembre de 2019, durante el primer mandato de Trump, varias instalaciones petroleras saudíes fueron atacadas, presumiblemente por Irán, y cómo Estados Unidos ni pudo evitarlo ni dio una respuesta firme.
Antes del ataque israelí del 13 de junio contra Irán, la vía de la negociación sobre un acuerdo nuclear parecía encarrilada. Tras la campaña de bombardeos en la que la propia Administración Trump participó (sin haber pedido autorización al Congreso), está por ver si se dan aún las condiciones para buscar lo que podría ser la versión trumpiana del "acuerdo nuclear" (conocido como Plan de Acción Integral Conjunto, o JCPOA, en sus siglas en inglés) que el presidente Barack Obama firmó en 2015 y del que el presidente Donald Trump se retiró en 2018. El actual presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, llegó al cargo con la misión de explorar la vía negociadora con los gobiernos de Estados Unidos y los otros cinco países que originalmente firmaron el acuerdo nuclear hace ahora una década. Por el momento, se ha impuesto la vía militarista de la ultraderecha pro-israelí. El nivel de incertidumbre es, en estos momentos, elevado. Cabe preguntarse, en el escenario actual, si el régimen iraní optará por persistir en la decisión de dotarse de su propia capacidad de disuasión nuclear, y si la etapa que se abre en 2025 puede desencadenar una carrera nuclear en el Golfo y Oriente Medio.
Por su parte, los países del Consejo de Cooperación del Golfo se enfrentan a unas realidades en transformación dentro y fuera de sus fronteras. De momento, han mantenido la buena sintonía que les une desde hace tiempo con Trump y miembros de su familia, aunque no es descartable que puedan aparecer algunas divergencias en temas clave como Gaza e Irán. Durante la gira de Trump por el Golfo del 13 al 16 de mayo se exhibió ese talante, en forma de acuerdos comerciales multimillonarios[17]. No ha parecido afectar a las relaciones con Estados Unidos, de momento, el apoyo incondicional del republicano a las ofensivas de Israel en Gaza y en Irán. Todo ello pese a que los dirigentes árabes del Golfo llevan tiempo pidiendo que Washington adopte posiciones más dialogantes con Teherán y más duras con el gobierno de Netanyahu en Israel. Varios dirigentes árabes del Golfo han condenado públicamente "las continuas masacres genocidas cometidas por las fuerzas de ocupación israelíes contra el pueblo palestino" en Gaza desde octubre de 2023, algo que comparte la amplísima mayoría de sus poblaciones.
Turquía ante el revuelto escenario regional
Turquía ha adoptado una política exterior asertiva en los últimos años, aprovechando su papel destacado en Oriente Medio desde las revueltas antiautoritarias de la llamada Primavera Árabe a partir de 2011. Con la guerra en Ucrania, Turquía emergió como mediador efectivo a los ojos de la UE, forjando acuerdos para proteger los pasos comerciales hacia el Mar Negro. Su cotización como poder regional aumentó entre las capitales occidentales, junto al hecho de que es un consolidado miembro de la OTAN. Sin embargo, no pudo traducir esa dinámica en tener un papel determinante para influir en el curso de la guerra de Gaza y mediar para alcanzar un alto el fuego.
El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, ha denunciado repetidamente las masacres y la destrucción que ha perpetrado Israel en la Franja palestina, y las grandes ciudades del país han vivido protestas masivas contra la guerra. Coincidiendo con el endurecimiento de la retórica del presidente turco ‒que acusó a Israel de ser un "Estado terrorista" y de cometer un genocidio contra los palestinos‒, Israel retiró a su personal diplomático de Turquía a finales de octubre de 2023. Acto seguido, el 4 de noviembre, Ankara respondía con la misma medida recíproca. Meses después, el 2 de mayo de 2024, anunció que la cooperación energética quedaba congelada y que se cortaban las relaciones comerciales. Al tiempo que la guerra iba extendiéndose, Erdogan ahondaba en sus denuncias contra Netanyahu y acercaba posturas con Irán y Egipto. Cuando Israel bombardeó objetivos en Irán, en octubre de 2024, Erdogan alertó de que estaba echando gasolina a un conflicto regional con la ayuda de Occidente.
Por eso todas las alarmas volvieron a saltar en Ankara con la ofensiva israelí contra Irán de este junio. El ataque iniciado por Israel, seguido del bombardeo de Estados Unidos a instalaciones nucleares iraníes, preocupa mucho en Turquía[18], donde cada vez más gente se pregunta si su país será el próximo objetivo de las ambiciones de Netanyahu de imponer su propio orden regional. Los ataques han sido interpretados por las autoridades turcas como una agresión a un país que no la había provocado, especialmente después de que la propia inteligencia estadounidense afirmara que Irán no estaba buscando el arma nuclear de forma activa[19]. También levantó ampollas el hecho de que las capitales europeas respaldaran las acciones de Israel. Todo ello aumenta el sentimiento de amenaza entre los turcos. La reflexión que muchos hacen es si la campaña contra Irán es parte de un esfuerzo más amplio de Israel de minar a sus rivales regionales. La reacción de la presidencia turca ha sido anunciar la elaboración de planes de contingencia para un escenario en el que Israel ataque objetivos en su territorio.
Turquía lleva estudiando de cerca las decisiones militares de Israel especialmente desde que descabezó a Hamás y Hezbolá. Aquí puede estar una de las razones por las que Ankara impulsó negociaciones con el líder del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), Abdulá Ocalan, que lleva 26 años encarcelado, con el fin de prevenir que el grupo fuera usado como proxy en una guerra regional. Esas conversaciones dieron fruto el 12 de mayo de 2025, cuando el grupo armado anunció su disolución, poniendo fin a 40 años de enfrentamiento con el Estado turco.
La sensación de riesgo también se vio acrecentada tras la caída del régimen de Bashar al-Asad en Siria, donde Turquía mantiene un pulso por consolidar su influencia y poder entre las nuevas autoridades. Israel no ha perdido el tiempo para ocupar más territorios sirios durante los primeros meses de vida de la nueva república siria, y esto ha sido vigilado de cerca por Turquía, que también mantiene una zona tapón en su frontera. Al fin y al cabo, tanto Israel como Turquía tratan de expandir su poder e influencia sobre su vecino aprovechando la debilidad de Irán. Es ahí donde puede situarse un teatro de operaciones donde escenifiquen su rivalidad.
Conclusiones
Las líneas rojas que regían las relaciones entre los Estados de Oriente Medio se han ido erosionando y ya no sirven para imprimir cierto orden y previsibilidad. Prueba de ello es que en los últimos meses ha habido misiles balísticos sobrevolando el espacio aéreo de al menos 10 países de Oriente Medio.
El presidente Donald Trump afronta su segundo mandato en un contexto en Oriente Medio bien diferente del que dejó en 2021. Entonces, los llamados Acuerdos de Abraham habían sentado las bases de una narrativa en la que la cuestión palestina había quedado desactivada. El ataque de Hamás contra Israel, ocurrido el 7 de octubre de 2023, y la dimensión de la respuesta israelí desde entonces han desmantelado esa narrativa, pues dichos acuerdos no han sido ninguna garantía de paz, como prometieron sus impulsores, ya que no han evitado nuevos y más sangrientos enfrentamientos bélicos, ni han traído seguridad y calma, ni siquiera han podido liquidar la cuestión palestina, tal como habrían deseado sus promotores. De hecho, en los países árabes ahora se ve a Israel como un vecino agresivo, desbocado, impune y dirigido por una coalición de gobierno con extremistas y miembros que tienen visiones mesiánicas del mundo.
Si bien Trump arrancó su presidencia escenificando una buena sintonía con Benjamín Netanyahu y sin alejarse del tradicional apoyo incondicional de Estados Unidos a Israel, lo cierto es que también ha hecho gala de una aproximación transaccional y, a diferencia de Joe Biden, está abierto a escuchar a otros actores que le reporten beneficios. Su gira en mayo de 2025 por Arabia Saudí, Qatar y Emiratos Árabes Unidos ha sido un buen ejemplo de ello.
Oriente Medio es testigo de grandes sacudidas que se suceden desde que el ataque del 7 de octubre rompiera el statu quo y muchas de las líneas rojas establecidas. En Gaza, aún es pronto para prever las gigantescas consecuencias de esta devastadora guerra –de la que aún no se vislumbra el final–. En Siria, tras el desmoronamiento del régimen de Bashar al-Asad a finales de 2024, las prioridades inmediatas deben ser mantener la seguridad y sentar las bases para la recuperación económica del país que abra la puerta a una transición política. El levantamiento de las sanciones, que empiezan a desmantelarse, es clave y en esta etapa será crucial el papel de la UE, Estados Unidos y de las potencias regionales.
Los cambios políticos que ha vivido Líbano desde inicios de año ofrecen una oportunidad para la consolidación de las instituciones del país. Es indispensable para la desactivación del conflicto entre Hezbolá e Israel que se refuerce la misión de paz de la ONU (FINUL) y se aplique plenamente la resolución 1701 del Consejo de Seguridad. España es uno de los países clave en esta encrucijada en la que se encuentra la FINUL, pues aporta uno de los contingentes más nutridos (650 cascos azules) y la misión está bajo el mando del general español Aroldo Lázaro.
El poder regional de Irán se ha visto debilitado por los reveses asestados a sus proxies del llamado Eje de la Resistencia, así como por los ataques directos lanzados por Israel y Estados Unidos entre el 13 y el 22 de junio de 2025. Sin embargo, eso no significa que Irán esté vencido o que vaya a aceptar una rendición total. El riesgo de que se rompa el alto el fuego impuesto por Trump a Tel Aviv y Teherán es real, así como la posibilidad de que Teherán salga definitivamente del TNP. Si eso ocurriera, la intervención militar de Israel y Estados Unidos sólo habría servido para iniciar una carrera nuclear en Oriente Medio y desestabilizarlo aún más.
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Notas y referencias
[1] Barnes, Julian E., et al. (2025), Strike set back Iran's nuclear program by only a few months, U.S. report says, The New York Times, 24 de junio. Disponible en: https://www.nytimes.com/2025/06/24/us/politics/iran-nuclear-sites.html
[2] Graham-Harrison, E. y Kierszenbaum, Q. (2025), "Netanyahu vows to 'take control' of Gaza as UK, France and Canada threaten action against Israel", The Guardian, 19 de mayo. Disponible en: https://www.theguardian.com/world/2025/may/19/benjamin-netanyahu-israel-take-control-gaza-uk-france-canada-threaten-action
[3] Véase: https://www.centcom.mil/MEDIA/PRESS-RELEASES/Press-Release-View/Article/3665602/centcom-statement-on-us-strikes-in-iraq-and-syria/
[4] Trump insiste en la expulsión de palestinos y asegura ante Netanyahu que "tomará el control" de Gaza. Público, 4 de febrero de 2025. Consultado el 16/5/25 en: https://www.publico.es/internacional/eeuu/trump-propone-reasentamiento-permanente-palestinos-otros-paises-reunion-netanyahu.html
[5] Véase Srivastava, Mehul, Heba Saleh, Malaika Kanaaneh Tapper y Aditi Bhandari (2025), "How Israel erased a town of 200,000 people", Financial Times, 14 de enero. Disponible en: https://www.ft.com/content/8d0f5f49-9ab1-43b0-be1c-5a077e4e7e29
[6] Carroll, Rosaleen (2025), "Israel expands Gaza buffer zone to 20% as humanitarian situation deteriorates", Al Monitor, 9 de abril. Disponible en: https://www.al-monitor.com/originals/2025/04/israel-expands-gaza-buffer-zone-20-humanitarian-situation-deteriorates
[7] Amnistía Internacional (2024), "Es como si fuéramos seres infrahumanos". El genocidio de Israel contra la población palestina de Gaza. Informe. 5 de diciembre. Consúltese en: https://www.amnesty.org/es/latest/news/2024/12/amnesty-international-concludes-israel-is-committing-genocide-against-palestinians-in-gaza/
[8] El Derecho Internacional considera ilegales todos los asentamientos judíos en Cisjordania. Israel rechaza esta declaración.
[9] Bishara, Azmi (2025), Palestina. Una cuestión de justicia y verdad, Los Libros de la Catarata, Madrid.
[10] B'Tselem, "Forcible transfer of isolated Palestinian communities and families in Area C under cover of Gaza fighting", informe actualizado a 30 de octubre de 2024. Disponible en: https://www.btselem.org/settler_violence/20231019_forcible_transfer_of_isolated_communities_and_families_in_area_c_under_the_cover_of_gaza_fighting
[11] OCHA, Humanitarian Situation Update #252 West Bank, diciembre de 2024. Disponible en: https://www.unocha.org/publications/report/occupied-palestinian-territory/humanitarian-situation-update-252-west-bank
[12] Amnistía Internacional (2025), La destructiva operación militar de Israel en Cisjordania aviva el desplazamiento forzado masivo de población palestina, 6 de junio. Disponible en: https://www.amnistia.org/en/news/2025/06/28906/la-operacion-militar-de-israel-aviva-el-desplazamiento-de-poblacion-palestina
[13] UNRWA, Situation Report #170, 9 de mayo de 2025. Disponible en: https://www.unrwa.org/resources/reports/unrwa-situation-report-170-situation-gaza-strip-and-west-bank-including-east-jerusalem#:~:text=According%20to%20OCHA%2C%20between%207,since%20the%20beginning%20of%202025
[14] Véase el comunicado en: https://www.pm.gc.ca/en/news/statements/2025/05/19/joint-statement-leaders-canada-united-kingdom-and-france-situation
[15] Véase: https://www.un.org/unispal/document/icc-arrest-warrant-netanyahu-21nov24/
[16] Farhat, Beatrice (2025), "Lebanon's Hezbollah ready to talk 'defense strategy' amid calls to disarm", Al-Monitor, 10 de abril. Disponible en: https://www.al-monitor.com/originals/2025/04/lebanons-hezbollah-ready-talk-defense-strategy-amid-calls-disarm
[17] Álvarez-Ossorio, Ignacio (2025), "Trump en el Golfo: los negocios primero", Análisis CEARC, Centro de Estudios Árabes Contemporáneos, 4 de junio. Disponible en: https://www.cearc.net/trump-en-el-golfo-los-negocios-primero/
[18] Soylu, Ragip (2025), "The Turkish public asks: After Israel's attack on Iran, are we next?", Middle East Eye, 19 de junio. Disponible en: https://www.middleeasteye.net/news/turkey-are-we-next-after-israel-attack-iran
[19] Barnes, Julian E. (2025), "U.S. Spy Agencies Assess Iran Remains Undecided on Building a Bomb", New York Times, 19 de junio. Disponible en: https://www.nytimes.com/2025/06/19/us/politics/iran-nuclear-weapons-assessment.html
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