¿Qué define al terrorismo? ¿La identidad de la víctima o la del victimizador?

Azmi Bishara
Azmi Bishara Director General del Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS)
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Ceremonia en recuerdo a las víctimas del 11-S, en el memorial de Nueva York, en 2024. EFE/EPA/SARAH YENESEL

Resumen

Este Documento de estudio analiza críticamente las complejidades del terrorismo. Se enfatiza la amenaza del terrorismo nihilista, carente de objetivos políticos claros, que surge de crisis internas, falta de liderazgo y motivaciones sectarias o religiosas. Este tipo de violencia, lejos de liberar, perpetúa la tiranía y daña la causa legítima de los pueblos oprimidos. También advierte contra el uso político del término "terrorismo" por parte de gobiernos autoritarios para reprimir disidencias pacíficas, lo que distorsiona la lucha antiterrorista y genera más violencia. Subraya que el terrorismo no debe confundirse con otras formas de resistencia política, y que su comprensión exige analizar factores como la marginación, la represión y la desesperación. Finalmente, concluye que no existen soluciones militares o económicas simples para erradicar el terrorismo. La respuesta debe ser integral y basada en valores universales como la justicia, la libertad y los Derechos Humanos, que deben ser defendidos por sí mismos y no solo como herramientas contra el terrorismo.

Creación de dos supuestos bandos

No se requiere un gran esfuerzo analítico para ilustrar el uso generalizado de los términos "terrorismo" y "contraterrorismo" en el mundo actual. Estos términos dominan todos los informativos y cumbres internacionales. Diversos Estados de todo el mundo han dado prioridad a la lucha contra el terrorismo hasta el punto de utilizar el "contraterrorismo" como factor determinante de sus relaciones internacionales, al menos ostensiblemente. Hoy en día, el "terrorismo" se utiliza como cajón de sastre para apuntalar la demagogia y hacer avanzar las plataformas políticas en las democracias electorales, mientras que en los regímenes no democráticos se utiliza para justificar la represión gubernamental.

El resultado de esta aceptación pasiva y no analizada de estos términos tal y como aparecen en la literatura es el uso instrumentalista que se hace de ellos para desprestigiar a los oponentes políticos. Al igual que un talismán, "terrorismo" es una acusación que puede emplearse para silenciar a la oposición política. De un plumazo, se designa al acusado como objetivo de la "Guerra contra el terror", un conflicto sin enemigo definido, fines ni objetivos típicos de la guerra. Los países y los movimientos políticos de todo el mundo han renunciado a intentar explicar estas dificultades. En cambio, capitulan e intentan demostrar al líder de la "Guerra contra el terror"—por lo general los Estados Unidos— que cumplen con sus normas. Por su parte, los Estados Unidos han sabido transformar el mantra de la "lucha antiterrorista", con todas las premisas implícitas y los mitos que lo rodean, en su propia doctrina.

Quizá los aspectos más problemáticos de la "Guerra contra el terror" estén relacionados con su ambigüedad: al no tener límites espaciales ni temporales, y un enemigo mal definido, la "Guerra contra el terror" es un oxímoron. Ni siquiera los supuestos cabecillas de este esfuerzo no se lo toman en serio y, en realidad, nunca hacen responsable a la "Guerra contra el terror" de las normas que definen las reglas de combate en una guerra convencional. Algunas de las normas que se han ignorado son evitar el bombardeo indiscriminado de ciudades y que los prisioneros de guerra reciban un trato adecuado. En cambio, las personas capturadas en la guerra contra el terror son más vilipendiadas que cualquier otro criminal. Sin embargo, los aspectos problemáticos de esta guerra van más allá. De hecho, la guerra contra el terror es intrínsecamente contraproducente y se autoalimenta: por cada terrorista que elimina, siembra una nueva semilla de terrorista.

Para los políticos comprometidos en el esfuerzo antiterrorista global y los periodistas que promueven sus agendas, el "terrorismo" ha cobrado vida propia, permitiéndoles dividir el mundo en dos bandos distintos. Replicando los fundamentalismos que supuestamente combaten, han categorizado el mundo en el bando "terrorista" del mal y el bando no terrorista de los virtuosos y los buenos. El primero de ellos incluye a todos aquellos que caen bajo la designación instrumentalista de terrorista, ya sean criminales o luchadores por la libertad, asesinos o disidentes políticos. El segundo bando es igualmente amplio y engloba a las dictaduras que etiquetan a sus disidentes como terroristas con los gobiernos que someten a otras poblaciones a la ocupación y afirman que cualquier resistencia a esa ocupación es una forma de terrorismo. Sin embargo, este bando incluye también a las democracias parlamentarias y a los países en los que los civiles son auténticas víctimas de la acción terrorista. También incluye a las milicias paramilitares que actúan "contra el terrorismo" al margen de la ley. En resumen, la posición de cualquier partido dentro del bando "terrorista" o del bando "contraterrorista" no es consecuencia de su condición de terrorista o no, sino que depende de su posición dentro de las redes de alianzas internacionales. Este hecho pone de manifiesto la enorme contradicción inherente a la división instrumentalista del mundo en bandos "terroristas" y "contraterroristas". Del mismo modo, muestra que esta división del mundo no sirve para constreñir el terrorismo como preludio de su eventual erradicación, sino que lo refuerza.

La consecuencia más significativa de este planteamiento ha sido la marginación del discurso sobre la democratización, la justicia y la liberación nacional, la pobreza e incluso el calentamiento global. Los políticos no deben ser categorizados en función de sus posiciones y sus prácticas en estos asuntos, sino divididos en bandos por el discurso de la lucha contra el terrorismo: se espera que todas las sociedades del mundo se unan al bando que prioriza la cuestión del terrorismo por encima de lo demás. Esta amenaza del terrorismo se describe a su vez como la amenaza existencial a la vida misma o, en el caso de los países desarrollados, al "modo de vida". Naturalmente, estas amenazas tienen prioridad sobre las cuestiones de libertad y democracia y demás cuestiones relativas a la naturaleza del sistema de gobierno. Todas las demás divisiones del mundo, entre ricos y pobres, entre ocupantes y ocupados, entre explotadores y explotados, entre dictadores y los pueblos a los que gobiernan, están subordinadas a esta división totalmente inventada que esconde lo demás bajo la alfombra.

Recientemente, el presidente francés Emmanuel Macron desgranó el alcance de este enfoque moralmente depravado del terrorismo cuando, dirigiéndose a la prensa el 21 de junio, dejó claro que el sirio al-Asad —supuestamente miembro del bando contraterrorista— era "un enemigo del pueblo sirio, pero no de Francia" y que su prioridad era "luchar contra los grupos terroristas"[1].

La declaración de Macron fue una expresión suprema de populismo: un reconocimiento de que el sufrimiento de millones de sirios significaba poco para este político, porque el autor no era responsable de actos terroristas en ciudades francesas. En cambio, el sufrimiento de millones de sirios era superado por el miedo del electorado francés de Macron fruto de los actos aleatorios de terror cometidos por grupos como el Estado Islámico en Irak y Levante (ISIS, en sus siglas en inglés), porque los sirios que sufren bajo Al-Asad no votan en las elecciones francesas. Otra faceta de este populismo es la forma en que voluntariamente se olvida de establecer la conexión razonable que existe entre la marginación de los sufrimientos de otros pueblos y el aumento del terrorismo.

La abrumadora preocupación por la división del mundo en dos bandos opuestos es un fenómeno único, al igual que las numerosas pautas que lo acompañan. Más concretamente, la violencia contra civiles y contra instalaciones civiles y públicas, por razones políticas y con fines políticos (la definición global que el autor da del terrorismo en este artículo, ya que esta definición lo distingue de otros fenómenos violentos) no ha disminuido por las prácticas antiterroristas. De hecho, la violencia contra civiles ha aumentado en escala y alcance en los últimos años, llevando al orden político mundial a un círculo vicioso de terrorismo y contraterrorismo. Desde los sucesos del 11-S, la definición de terrorismo se ha vuelto cada vez más elástica, lo que ha permitido el afianzamiento de una nueva ideología antiterrorista que domina la formulación de políticas tanto nacionales como exteriores. Las consecuencias de todo ello se dejan sentir en la vida cotidiana de las personas de todo el mundo.

La guerra contra el terrorismo ha cobrado vida propia y ha dado lugar a un nuevo conjunto de tecnologías "antiterroristas" que han incrementado los niveles de vigilancia y control policial en todos los países del mundo. Hoy en día, la vida cotidiana de las personas de todo el mundo es más propensa a la vigilancia estatal. En menos de 20 años, hoteles, aeropuertos y espacios públicos están irreconocibles. La "guerra contra el terrorismo" se ha utilizado para justificar la expansión de la vigilancia no solo de los espacios públicos, sino también de la expresión. Los límites entre la libertad de expresión y la incitación a la violencia son cada vez más difusos[2].

Este trabajo de investigación trata de determinar si es posible pensar racionalmente sobre un fenómeno de esta magnitud que se ha politizado hasta este punto y que acapara el debate público. Cuestiona la posibilidad de ofrecer una reacción que vaya más allá de los reflejos emocionales inmediatos y que supere el fanatismo y el chovinismo que tipifican las disputas políticas de la actualidad.

Terror y terrorismo

Ni el término "terror" ni su aplicación a contextos políticos son especialmente nuevos. La primera referencia al terror en un contexto político moderno procede de las autodescripciones de los jacobinos de la Revolución Francesa, que emplearon "la terreur" para aplastar a sus adversarios del ancien regime. Los jacobinos adoptaron voluntariamente el apelativo y lo aplicaron al periodo de su dominio en la Francia posmonárquica. Ante los delegados reunidos en la Convención Nacional a principios de 1794, el líder jacobino Maximilien Robespierre (1758-1794) presentó su obra "Sobre los principios de moral política", en la que exponía una visión de la virtud sustentada en la violencia revolucionaria como fundamento del gobierno revolucionario:

"Si el resorte del gobierno popular en tiempos de paz es la virtud, el resorte del gobierno durante la revolución son, al mismo tiempo, la virtud y el terror: la virtud sin la cual el terror es mortal. El terror sin el cual la virtud es impotente. El terror no es más que la justicia rápida, severa e inflexible; es, pues, una emanación de la virtud; es menos un principio en sí mismo, que una consecuencia del principio general de la democracia, aplicado a las necesidades más apremiantes de la patria"[3]

En opinión de Robespierre, el principal objetivo de la violencia revolucionaria empleada contra los enemigos de la revolución y los monárquicos era la protección de la democracia, que él definía como el gobierno del pueblo, constituido en su mayoría por ciudadanos pobres. En este sentido, el "terror" se define como la herramienta mediante la cual se permitía a la virtud vencer la decadencia moral que predominado bajo la monarquía. Este terror pretendía atemorizar a los leales al antiguo régimen para que no intentaran reclamar los privilegios que los revolucionarios habían arrebatado al clero, la aristocracia y los funcionarios del Estado. Sin embargo, la violencia empleada por los jacobinos, desenfrenada e indiscriminada, pronto empezó a perjudicar los intereses de la propia revolución y dañó a la república naciente.

La violencia revolucionaria se volvió rápidamente contra los propios revolucionarios. Con el tiempo, incluso la facción jacobina se desgarró con la violencia intestina que enfrentaba a un bando contra el otro. Finalmente, la ola de terror desatada por los revolucionarios allanó el camino para la reinstauración del régimen monárquico, haciendo retroceder a los republicanos franceses ocho décadas.

Como consecuencia de otra revolución, la definición de Robespierre del terror como herramienta política fue adoptada más tarde por Félix Dzerzhinsky (1877-1926), el fundador de lo que se convertiría en el KGB, que describió así el papel de su organización: "Representamos en nosotros mismos el terror organizado, esto debe decirse muy claramente"[4]. Dzerzhinsky diría más tarde que el "Terror Rojo" de la Revolución Bolchevique implica "aterrorizar, arrestar y exterminar a los enemigos de la revolución sobre la base de su afiliación de clase o de sus funciones prerrevolucionarias"[5].

La política declarada del aparato de seguridad, establecido por los bolcheviques tras la revolución, era aterrorizar a los enemigos de la revolución, frenar la contrarrevolución y preservar los logros de la revolución bolchevique.

En los dos escenarios revolucionarios descritos anteriormente, el "terror" era la práctica utilizada por los revolucionarios que pretendían disciplinar y organizar a la sociedad según sus propios puntos de vista ideológicos, pero el término en sí no tenía una connotación ideológica por derecho propio. La práctica del terror era en estos casos la herramienta política declarada y manifiesta del poder estatal. En el presente trabajo de investigación se sostiene que todos los Estados-nación modernos han adoptado, en mayor o menor medida, políticas de terror contra los disidentes políticos, en particular contra aquellos que pretendían derrocar el régimen vigente. Sin embargo, el nivel de terror estatal varía en intensidad entre los distintos grupos de Estados: no solo entre los Estados democráticos —que han desarrollado sus propios mecanismos reguladores para controlar el despliegue de la violencia estatal— y los Estados totalitarios, sino también dentro del grupo de Estados autoritarios, que no emplean sus tácticas de manera uniforme.

Por muy importante que sea la comprensión histórica del "terror", no es el tipo de "terrorismo" que transmite la acepción contemporánea: con la adición del sufijo "-ismo", surge un nuevo término que define un concepto por derecho propio e independiente de sus raíces etimológicas. Por lo general, los historiadores que han tratado de comprender mejor el desarrollo del fenómeno que hoy llamamos "terrorismo" recurren a las acciones de los movimientos nacionalistas radicales, socialistas populistas y anarquistas del siglo XIX, tanto en la Rusia zarista como en Europa. En general, los actos de estos grupos fueron precisos, deliberados y dirigidos contra personas concretas de los regímenes gobernantes[6]. Incluían asesinatos de agentes de policía acusados de matar o torturar a activistas y ataques contra el aparato de seguridad de los Estados. Un acto emblemático fue el asesinato con bomba del zar Alejandro II de Rusia en marzo de 1881 a manos del grupo revolucionario conocido como Narodanya Volya (la Voluntad del Pueblo). Dos años antes, el grupo había definido el terrorismo en un comunicado así:

"(…) la destrucción de las personas más dañinas del gobierno (…). La finalidad de esta actividad es arruinar el prestigio del gobierno, demostrarle nuestra capacidad de competir con él, avivar el espíritu revolucionario en el pueblo (…)"[7]

Hay dos aspectos importantes en esta definición tan detallada y exacta del terrorismo por parte de un grupo que ha utilizado esta táctica para conseguir sus objetivos:

  1. Las personas blanco del terrorismo son funcionarios del Estado acusados de llevar a cabo actos violentos u ordenarlos.
  2. La utilidad del terrorismo es que garantizaba la continuidad de la lucha, al demostrar al pueblo que el gobierno no era inmune a los ataques ni todopoderoso.

Para los grupos revolucionarios en cuestión, los actos terroristas eran justos, justificados e incluso virtuosos al castigar a los individuos responsables de crímenes y disuadir a los demás políticos de llevar a cabo medidas punitivas contra los revolucionarios. En otras palabras, el terrorismo era visto por estos grupos como un acto de violencia preventiva, que salvaba a otros inocentes de su destino. Estos primeros grupos revolucionarios sostenían que sus acciones eran virtuosas y morales, y distintas de los inútiles actos de desorganización y criminalidad que se veían en otras partes.

Paralelamente a este terrorismo, en Rusia, Europa del Este y, sobre todo, el sur de Europa, surgió una corriente política asociada al anarcosindicalismo. Los grupos anarquistas consideraban que las instituciones estatales eran la raíz de todos los males sociales y políticos. Los anarquistas utilizaron la violencia terrorista para fomentar la inestabilidad y poner de manifiesto los límites del poder estatal.

Sin embargo, al final de la Segunda Guerra Mundial, este tipo de terrorismo se había reducido, ya que casi todos los Estados-nación se habían convertido, en cierta medida, en "Estados policiales". Eran capaces de infundir disciplina y regimentación en sus territorios, y de integrar mejor a los diversos grupos de personas en sus sociedades a través de mejoras en el nivel de vida, los servicios públicos y, en el caso de las democracias liberales, mediante la expansión del sufragio democrático. En los países industrializados, el terrorismo se convirtió en la reserva de movimientos marginales de izquierdas, como las Brigadas Rojas italianas, la facción del Ejército Rojo japonesa, la facción Baader Meinhoff alemana y Action Directe en Francia. Estos grupos se convirtieron en un desafío a la autoridad estatal en las naciones industrializadas avanzadas durante las décadas de 1970 y 1980, tras los cambios culturales derivados del movimiento estudiantil de los años sesenta.

Sin embargo, antes del surgimiento de estos grupos violentos de izquierda, se produjo el nacimiento de los movimientos de liberación anticolonial que, a su debido tiempo, heredaron el título de "terrorismo" por sus acciones contra los ejércitos coloniales y los colonos. Los movimientos de liberación en Asia y África fueron etiquetados de terroristas al igual que sus predecesores europeos nacionalistas y anarquistas. Sin embargo, los europeos nunca calificaron de terrorista la resistencia armada a la ocupación nazi de Europa, especialmente en Francia y Serbia.

Del mismo modo, estos movimientos de liberación nacional asiáticos y africanos eran conscientes de la larga existencia de una gran corriente democrática dentro de Occidente que se había opuesto al colonialismo. Estos grupos occidentales habían identificado correctamente a los movimientos de liberación nacional de Asia y África por lo que eran; a pesar de las críticas que algunos de estos grupos occidentales tenían por algunas de las acciones de los movimientos de liberación asiáticos y africanos que provocaron la muerte de civiles. Los oponentes más radicales del colonialismo en Occidente definieron el conflicto armado con los pueblos que vivían bajo ocupación como una guerra en la que había víctimas civiles de ambos bandos, aceptando también que los propios pueblos colonizados eran civiles que sufrían la tensión de la guerra.

En algunos casos excepcionales, los grupos colonialistas armados fueron designados terroristas por la propia potencia colonial: un claro ejemplo es la categorización de los sionistas Lehi y Etzel como grupos terroristas por parte de las autoridades coloniales británicas. Estos grupos fueron los primeros en cometer atentados con bombas contra civiles, como los de julio de 1938 en los mercados de Jerusalén y el más espectacular del 2 de julio de 1946 en el Hotel Rey David en esa misma ciudad. Los ataques de estos extremistas sionistas contra objetivos coloniales incluyeron el asesinato en 1944 del ministro de Estado británico para Oriente Medio Walter Edward Guinness, primer Lord Moyne, en El Cairo. A éste le siguió el asesinato del diplomático sueco Folke Bernadotte, mediador de Naciones Unidas en Palestina, que fue asesinado en Jerusalén en septiembre de 1948. Ataques similares durante la Segunda Guerra Mundial y después incluyeron el asesinato de rehenes británicos en Netanya y un atentado con coche bomba en 1946, y el atentado con carta bomba contra la embajada británica en Roma durante ese mismo año. Todas estas tácticas fueron desarrolladas por bandas sionistas armadas mucho antes de que a los palestinos se les ocurriera utilizarlas. Muchos salieron de las filas de los grupos terroristas sionistas responsables de estas acciones para convertirse en parlamentarios israelíes y algunos —como Menachem Begin e Isaac Shamir— llegaron a ser primeros ministros de Israel.

Los británicos calificaron de "terroristas" las acciones de grupos como el Lehi y el Etzel, porque su despliegue de violencia quedaba fuera del control del aparato colonial británico. Sin embargo, este mismo apelativo nunca se aplicó al terror empleado por las autoridades coloniales británicas contra los habitantes de Palestina, especialmente durante la revuelta de 1936-1939, ni siquiera a la violencia ejercida contra los civiles palestinos por el movimiento sionista dominante, que controlaba grupos armados como Haganá, tanto antes como durante la Nakba palestina. Todos estos actos se justificaron con la necesidad de establecer el orden, o se explicaron como sucesos predecibles en el contexto de un conflicto armado o como reacciones a la violencia contra las personas que vivían bajo la ocupación.

Definir el terrorismo: ¿víctimas o perpetradores?

Escrita en el siglo V, La ciudad de Dios de San Agustín, uno de los primeros padres de la Iglesia, describe un hipotético encuentro entre Alejandro Magno y un pirata cautivo por la armada del antiguo rey en alta mar. En su obra, San Agustín establecía que "un Estado sin Justicia sería una banda de ladrones", argumentando que el mero nombre de "reino" no eliminaba la posibilidad de que los reyes actuaran por los mismos impulsos de codicia que motivaban a las bandas de ladrones. Solo la aplicación de la justicia, decía San Agustín, puede distinguir a las entidades políticas de las bandas de ladrones.

Esta definición agustiniana puede modificarse para incluir el hecho de que, en ausencia de justicia, una cosa que distingue a los gobiernos de las bandas de ladrones es su autoabsolución de la exigencia de un gobierno moral. Tales gobiernos gozan de inmunidad frente a la exigencia de un gobierno moral, y están por encima del imperio de la ley que supuestamente defienden. Los llamados "reinos" o, más amplia y contemporáneamente, "gobiernos" gozan de la libertad de matar y apropiarse de bienes que no tienen los ladrones.

Una vez detallado el escenario, la hipotética conversación de Agustín entre Alejandro y el pirata es la siguiente:

"Cuando el rey [Alejandro Magno] le preguntó [al pirata apresado por sus soldados] '¿Cómo osas molestar al mar?', el pirata desafiante contestó: '¿Cómo osas tú molestar al mundo entero? Yo tengo un pequeño barco, por eso me llaman ladrón. Tú tienes toda una flota, por eso te llaman emperador"[8]

En el mundo agustiniano, la verdadera diferencia entre los gobiernos de los Estados y las bandas de ladrones no radicaba en una diferencia moral, sino en que los Estados estaban por encima del imperio de la ley. La alegoría presentada por San Agustín está cargada de significados propios y también ayuda a explicar por qué la etiqueta de terrorismo ‒entendida como el ataque contra civiles e infraestructuras públicas con fines políticos‒ nunca se aplica a los Estados.

Históricamente, la definición de terrorismo se ha restringido a las acciones realizadas por agentes no estatales o las acciones no sancionadas por el gobierno estatal correspondiente. Esto se remonta a un incidente ocurrido a principios del siglo XX. En 1934, unos separatistas croatas asesinaron al rey Alejandro I de Yugoslavia, junto con el entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia Louis Barthou, durante una visita a Marsella. El asesinato tuvo violentas repercusiones en Europa. Tras una queja del gobierno yugoslavo ante la Sociedad de Naciones, el gobierno francés exigió a la Sociedad de Naciones que aprobara una ley que prohibiera la violencia transnacional con fines políticos. Estos acontecimientos dieron lugar a una conferencia internacional celebrada en Ginebra en 1937, en la que las partes acordaron el Convenio de la Sociedad de Naciones para la Prevención y Represión del Terrorismo de 1937. El Convenio definía el terrorismo así:

"En el presente Convenio, la expresión 'actos de terrorismo' se refiere a todos los actos criminales dirigidos contra un Estado y dirigidos o calculados a crear un estado de terror en la mente de una persona, de un grupo o del público en general"[9]

Fue la primera instancia que definió el terrorismo en relación con el actor. Definía el terrorismo como un acto de violencia por parte de un actor no estatal que lleva a cabo un acto de violencia fuera de los límites del monopolio de la violencia por parte del Estado. Se trataba de una definición política, que definía el terrorismo en términos de violencia contra el Estado. Semánticamente, estaba vinculado al antiguo "terror" en el sentido de que utilizaba la creación de un estado de terror en la población para lograr un objetivo político contra el Estado.

La definición anterior de la Sociedad de Naciones sigue inspirando las definiciones académicas actuales del terrorismo como actos de violencia extrajudiciales y no oficiales por motivos políticos. Citando a Bruce Hoffman:

"El terrorismo es ineludiblemente político en sus objetivos y sus motivos (...) dirigido por una organización con una cadena de mando identificable o estructuras celulares conspirativas (cuyos miembros no llevan uniforme ni insignias identificativas), y perpetrado por un grupo subnacional o una entidad no estatal" [10]

En particular, la definición de Hoffman no distingue entre la violencia como resistencia a la ocupación extranjera y la violencia intraestatal. Tampoco incluye la violencia contra civiles. Más bien, el terrorismo son simplemente los actos llevados a cabo por aquellos grupos que encajan en la definición de organizaciones terroristas.

Así definido, el "terrorismo" era la etiqueta que se utilizó durante las décadas de 1960 y 1970 para englobar la violencia por motivos políticos que quedaba fuera de los límites de la ley y no era sancionada por las instituciones del Estado. Se trataba de actos llevados a cabo por extremistas, ya fueran de la derecha o la izquierda del espectro político, y por grupos separatistas como el grupo separatista vasco ETA y el Ejército Republicano Irlandés (IRA). Más recientemente, esta categoría incluía también a grupos con motivaciones religiosas. En 1976, el FBI estadounidense ofreció otra definición de terrorismo:

"El uso ilegal de la fuerza o la violencia contra personas o bienes para intimidar o coaccionar a un gobierno, a la población civil o a cualquier segmento de ésta, con el fin de alcanzar objetivos políticos o sociales" [11]

La definición anterior anticipaba la que adoptó la OTAN en 2003, que añadió la noción de amenaza de uso de la fuerza o la violencia, así como la expresión "objetivos religiosos o ideológicos" como posibles motivos del terrorismo:

"El uso ilegal o la amenaza de uso de la fuerza o la violencia contra personas o bienes en un intento de coaccionar o intimidar a gobiernos o sociedades para lograr objetivos políticos, religiosos o ideológicos"[12]

Estos cambios reflejaban el clima en los Estados Unidos, que había permanecido relativamente aislado de los movimientos terroristas de extrema derecha y extrema izquierda de toda Europa. En cambio, los Estados Unidos habían sido testigos del nacimiento de grupos religiosos y racistas extremistas que habían protagonizado sus propios actos de violencia por motivos políticos. Entre ellos, el atentado con bomba contra un edificio del gobierno federal en Oklahoma City, Oklahoma, el 19 de abril de 1995, que causó la muerte de 160 civiles y la destrucción de decenas de edificios vecinos. El autor fue Timothy McVeigh, veterano del ejército estadounidense y antiguo miembro de la milicia de derechas, que contó con la complicidad de Terry Nichols. Tales actos de extremistas de derechas constituyeron la tendencia general del "terrorismo" en Norteamérica, con la posible excepción de una campaña de atentados dirigida por el movimiento independentista puertorriqueño y otros elementos marginales contra propiedades comerciales en las principales ciudades estadounidenses, que se desarrolló entre mediados de los años setenta y principios de los ochenta[13]. En 2011, Europa también se vio golpeada por el terrorismo nacionalista de derechas. Ese año, Anders Breivik, perteneciente a un grupo de extrema derecha antimusulmán, mató a 90 personas e hirió a decenas más en un atentado contra las juventudes socialdemócratas noruegas[14]. Ni las autoridades noruegas ni las estadounidenses se resistieron a calificar de terrorista el atentado de Breivik o el de McVeigh: independientemente de la identidad del autor, se trataba de un acto de violencia llevado a cabo por un actor no estatal movido por motivos ideológicos o políticos.

No obstante, los medios de comunicación y la esfera pública siguen acogiendo un debate fundamental sobre lo que define el terrorismo. En concreto, la pregunta es: ¿puede limitarse el terrorismo a aquellas acciones dirigidas contra civiles o infraestructuras civiles con objetivos políticos, o incluye los atentados contra las fuerzas de seguridad, la policía o el ejército? Otra distinción se refiere a las víctimas del acto: ¿las víctimas tienen que ser civiles para que la acción se califique de "terrorismo"? ¿Los atentados dirigidos contra la policía, los servicios de seguridad y el ejército pueden calificarse igualmente de actos terroristas? Como ya se ha explicado anteriormente, los agentes estatales llevan mucho tiempo definiendo como terroristas los atentados contra los servicios de seguridad y el ejército. De hecho, este es el núcleo de las primeras definiciones de terrorismo.

Sin embargo, una actitud similar replantearía todos los movimientos de liberación nacional a lo largo de la historia como terroristas. Del mismo modo, los movimientos políticos que se ven obligados a utilizar la violencia para resistir la violencia de las dictaduras con violencia selectiva contra los militares y las fuerzas de seguridad y policiales, tras agotar otras vías de cambio, serían calificados de terroristas. Una definición de terrorismo que incluya los atentados contra órganos estatales como la descrita anteriormente equipararía los atentados indiscriminados contra civiles con los atentados selectivos contra regímenes represivos o potencias ocupantes. La distinción política entre estas dos categorías de comportamiento es evidente, al igual que lo es la motivación para diluirla.

En realidad, existe una diferencia de principio en los valores entre estas categorías de acciones. No se trata de sugerir una diferencia en el valor relativo de una vida humana sobre otra; todas las vidas humanas tienen el mismo valor. Sin embargo, existe una diferencia entre la muerte no intencionada de civiles y el atentado contra funcionarios del aparato represivo del Estado, como un soldado o un agente de policía. Esta última acción planificada puede considerarse, en ciertos casos, un acto de legítima defensa frente a la opresión. Además, no hay que perder de vista que estos soldados y agentes de seguridad aceptan el riesgo profesional de verse amenazados en tiempos de conflicto. Sin duda, hay casos en los que el asesinato de un agente de policía es un crimen injustificado, pero el objetivo del presente trabajo de investigación es establecer una definición de terrorismo y no abordar los distintos niveles de barbarie de los diferentes crímenes.

La discusión anterior ilustra el debate actual sobre la definición de terrorismo, en lo que se refiere al perpetrador. En concreto, un acto violento se define como un acto de terrorismo independientemente de si las víctimas son civiles o no, sino más bien si los autores son individuos que actúan fuera de los confines de la violencia estatal. Los actos llevados a cabo por el aparato del Estado y que aterrorizan o incluso matan a civiles no se consideran "terroristas" de la misma manera. Incluso las definiciones de terrorismo que son más abiertamente críticas con el Estado y su aparato definen explícitamente el terrorismo de una manera que excluye la acción del Estado.

Por poner un ejemplo, Brian Crozier, fundador del Instituto para el Estudio del Conflicto de Londres, en 1970 definió el terrorismo como:

"La amenaza o el uso de la violencia con fines políticos. Como arma, puede ser esgrimida por los rebeldes o por sus oponentes; en el segundo caso, sin embargo, se convierte en contraterrorismo"[15]

Del mismo modo, en una ley que obliga al Secretario de Estado a informar sobre las actividades terroristas, el código jurídico de los Estados Unidos define el terrorismo como:

"Violencia premeditada y políticamente motivada perpetrada contra objetivos no combatientes por grupos subnacionales o agentes clandestinos"[16]

Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, la Unión Europea definió los actos terroristas como:

"Delitos cometidos intencionalmente por un individuo o un grupo contra uno o más países, sus instituciones o ciudadanos, con el fin de intimidarles y de alterar gravemente o destruir las estructuras políticas, económicas, medioambientales o sociales de un país"[17]

Lo que reflejan estas definiciones es que todas las definiciones oficiales y legalmente sancionadas del terrorismo se basan en la identidad del perpetrador y no de la víctima. En otras palabras, los actos terroristas son aquellos actos violentos cometidos por civiles, y no aquellos en los que las víctimas son civiles. Estas definiciones no solo son contrarias a lo que cabría esperar al encontrar por primera vez la palabra "terrorismo", sino que también son ilógicas. Además, enmarcan el terrorismo como violencia fuera de los límites de la ley llevada a cabo por individuos que actúan sin la sanción del Estado y sin tener en cuenta si las víctimas son civiles o militares.

Una segunda distinción que se hace en las definiciones de terrorismo es la intencionalidad, en el sentido de que todo acto terrorista debe ser deliberado. Los gobiernos estatales suelen insistir en que existe una diferencia fundamental entre sus acciones y las de los grupos terroristas: concretamente, que las muertes de civiles a manos de un gobierno estatal no son intencionadas. En los casos en los que la muerte de civiles es consecuencia de una acción de un gobierno estatal —algo que suele describirse como "una tragedia"— estas muertes suelen considerarse "daños colaterales", un eufemismo del argot del ejército estadounidense. Desde la perspectiva oficial del Estado, las muertes resultantes de tales acciones no son moralmente equivalentes al asesinato selectivo de civiles por parte de terroristas, independientemente de que muchos gobiernos estatales consideran "terrorismo" los ataques armados contra sus ejércitos.

Sin embargo, esto reduce la cuestión a un conflicto semántico. El hecho de que un acto no pueda definirse como terrorismo no cambia la realidad de que es un delito y ninguna disposición de Derecho penal exime a los autores de responsabilidad en estos casos. En Derecho penal, los autores de actos que causan la muerte o daños materiales son responsables con independencia de la intención. Esto es particularmente cierto en caso de negligencia, cuando el perpetrador puede concluir razonablemente que la vida de civiles está en peligro.

Tales disposiciones, que no tienen en cuenta la intención, se aplican a los casos de conducción bajo los efectos del alcohol que causan la muerte accidental de peatones. Deberían aplicarse también a los casos en que el piloto (sobrio) de un avión militar lanza bombas en zonas que tanto el piloto como la persona que le da la orden saben que están densamente pobladas, e independientemente de si la intención era únicamente matar a personas concretas. Tanto el piloto como la persona que dio la orden eran razonablemente conscientes de que sus acciones provocarían la muerte de personas que ellos mismos consideran inocentes. Esto se debe, sencillamente, a que tanto el piloto como el oficial superior que dio la orden debían ser conscientes de que en las zonas pobladas que habrían bombardeado viven civiles. Esto significa que los actos son intencionados si hacemos una distinción entre motivos e intenciones. Dado que nuestro piloto hipotético y el comandante del piloto son conscientes de estas realidades, bombardear zonas pobladas no solo es un delito, sino también un crimen de guerra. La muerte de civiles en tales situaciones es el resultado, no de una negligencia, sino de un ataque intencionado: causar la muerte de otros con pleno conocimiento equivale a un asesinato.

Este tipo de incidentes son habituales en tiempos de guerra. Durante la Segunda Guerra Mundial, los combatientes bombardearon deliberadamente zonas civiles. El ejemplo más flagrante de bombardeo de civiles sin ninguna justificación militar fueron las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Pero esta tendencia continuó durante ese mismo siglo: los bombardeos estadounidenses de Vietnam y Camboya estuvieron también motivados por el deseo de aterrorizar y castigar colectivamente a las poblaciones civiles de esos países, tratando de evitar que dieran cobijo al Vietcong. La Fuerza Aérea siria bombardeó sistemáticamente sus propias ciudades durante el levantamiento popular contra la tiranía que se convirtió en guerra civil. Lo mismo podría decirse de los ataques israelíes contra infraestructuras civiles egipcias durante la guerra de desgaste entre estos dos países en la década de 1970, así como de sus ataques contra emplazamientos civiles en el Líbano y en la Franja de Gaza. En otros lugares de la región, el mismo principio se aplica a los bombardeos de ambos bandos durante la guerra entre Irán e Irak, así como a los bombardeos de civiles yemeníes por parte de una coalición árabe liderada por Arabia Saudí desde 2015. El alcance total de este tipo de acciones a lo largo de la historia del siglo XX es demasiado grande para contenerlo en el presente trabajo de investigación.

Fuera de los confines de la guerra, los Estados también han sido responsables de acciones que encajan en una definición más estricta de terrorismo, utilizando milicias paramilitares para asesinar a disidentes y, en algunos casos, matando a civiles para crear desorden. La utilización histórica de agrupaciones terroristas por parte de los servicios de seguridad/inteligencia de diversos Estados es ya un hecho constatado. Esto incluye la confianza de los antiguos regímenes de Libia, Siria e Irak en el grupo disidente conocido como Consejo Revolucionario de al-Fatah (también conocido como Organización Abu Nidal) durante la década de 1970. Del mismo modo, durante la Guerra Fría las superpotencias se apoyaron en organizaciones terroristas para llevar a cabo guerras indirectas en los territorios de los aliados de la superpotencia competidora.

A pesar de su larga asociación con el movimiento palestino, la técnica del secuestro de aviones tiene su origen en el Estado israelí, que secuestró por primera vez un avión civil sirio en 1954, obligándolo a aterrizar en el aeropuerto de Lod. Posteriormente, el gobierno israelí utilizó a los pasajeros como moneda de cambio por soldados israelíes que habían sido capturados previamente por Siria. En febrero de 1973, Israel derribó un avión civil libio sobre la península del Sinaí, lo que causó la muerte de 104 civiles libios, entre ellos el entonces ministro de Asuntos Exteriores del país. En agosto de ese mismo año, el gobierno israelí capturó un avión civil libanés, creyendo que George Habash iba a bordo.

El Estado israelí (y el Estado israelí por venir) introdujo otros métodos comunes en el arsenal de tácticas terroristas, incluidas las cartas bomba. El primero de ellos fue una campaña de cartas bomba en septiembre de 1947 contra funcionarios británicos en Londres, que resultó extremadamente eficaz. Entre 1962 y 1963, una campaña de cartas bomba de agentes del Estado israelí tuvo como objetivo a científicos alemanes que trabajaban en Egipto. La campaña mató a seis científicos egipcios, pero ninguno de los objetivos previstos sufrió daños. En 1972, el Estado israelí utilizó estas mismas tácticas de cartas bomba contra intelectuales palestinos que vivían en Beirut. Entre ellos, una carta bomba que hirió a Anis Sayegh, residente en Beirut y director del Centro de Investigación de Palestina en aquel momento, que le provocó la pérdida parcial de su audición, de la vista y de dos dedos el 19 de julio de 1972. También en Beirut, poco antes del atentado contra Sayegh, agentes del Estado israelí asesinaron al poeta y novelista palestino Ghassan Kanafani (8 de julio). Ese mismo año y en la misma ciudad, otra carta bomba estalló en las manos de un alto cargo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), Bassam Abu Sherif, (el 25 de septiembre), que le provocó heridas en la cara y en las manos. Los asesinatos selectivos de escritores palestinos continuaron en Líbano y en todo el mundo, como el asesinato de Majed Abu Sharar en octubre de 1981 mientras se encontraba en Roma[18].

Hay otros relatos detallados de actividades típicamente "terroristas" perpetradas por agentes que actúan en nombre del Estado israelí. Esta elección de ejemplos es significativa, dado que Israel es hoy uno de los países más dispuestos a calificar a sus enemigos de terroristas. Tachando alegremente a sus enemigos con la etiqueta del "terrorismo", Israel espera ocultar su verdadero papel como potencia ocupante, apoyando la división del mundo entre el bando "terrorista" y el "antiterrorista". Israel no tendría los mismos aliados que tiene hoy si el mundo se dividiera en el bando de países que se oponen a las ocupaciones extranjeras y el bando que las apoyan.

Otro aspecto problemático claramente discernible de la opresión estatal de las poblaciones civiles y del castigo colectivo surge del dilema moral que supone el sufrimiento de civiles inocentes que no han cometido ningún delito. Se supone que la protección de estos civiles es una de las funciones de sus propios gobiernos. Incluso la ocupación extranjera está obligada a limitar cualquier tipo de violencia contra los gobiernos y las instituciones estatales y a mantener a salvo a los civiles. El presente trabajo de investigación investiga a fondo otra relación que existe entre las actividades de los gobiernos —a través de sus cuerpos militares y de seguridad— y los grupos que se definen como terroristas.

Cuando un aparato estatal opresor, o tal vez una potencia ocupante extranjera, emprende operaciones de peinado a gran escala de zonas residenciales, deteniendo a personas al azar e imponiendo castigos colectivos —como bombardeos aéreos— sobre una población civil, todo ello en nombre de la lucha contra el terrorismo, y si la reparación judicial-legal de las víctimas civiles de un gobierno es imposible, es probable que las víctimas civiles busquen reparación de diversas maneras. Mientras que algunas se adaptarán a la realidad, otras tratarán de expresar sus protestas políticamente, sacrificando lo que puedan y dispuestas a pagar el precio de la actividad política en regímenes que prohíben la expresión política. Otro grupo distinto responderá de forma diferente: formarán partidos políticos clandestinos para promover sus objetivos por medios pacíficos o violentos, pero siempre respetando una serie de principios rectores, entre los que suele figurar el de no atacar a civiles. Las artes y la literatura, por supuesto, proporcionan otro canal para la expresión de la rabia contra la violencia gubernamental.

Sin embargo, la historia nos ha demostrado que siempre habrá otro grupo más, por pequeño que sea, formado por las víctimas de la violencia estatal y sus hijos, que buscarán reparación del trauma físico y psicológico, y, sobre todo, de la humillación, mediante actos de violencia reglamentada o individual. De hecho, la violencia del Estado contra los civiles, definida o no como "terrorismo", contribuye a ampliar la base de apoyo al terrorismo. Éste es el defecto inherente, el talón de Aquiles, de los esfuerzos antiterroristas: las tácticas de terror de Estado lo único que consiguen es exacerbar el terrorismo.

Sobre el terrorismo islamista

La expresión "terrorismo islámico" (o "terrorismo islamista"), que ha ido ganando terreno desde la década de los 80 y los 90, merece especial atención. Esta expresión se asocia a movimientos islamistas que llevaron a cabo actos violentos contra instituciones estatales y hombres de Estado, así como contra turistas occidentales en Egipto. La visibilidad del "terrorismo islámico" se amplió aún más tras los atentados terroristas del 11-S en Nueva York; al reivindicar Al Qaeda la autoría de los atentados, muchos asumieron que el acto violento estaba motivado por la religión de los autores. Hoy en día, el "terrorismo islámico" ha pasado a ser sinónimo del término "terrorismo" en sentido amplio. Esto ha reforzado la percepción del Estado Islámico de Irak y el Levante (ISIS) como una organización brutal, así como la tendencia exhibicionista de alardear de sus propias acciones, al producirlas y publicarlas "artísticamente" ante la opinión pública como si se tratara de un proceso de branding.

En contra de una creencia ampliamente aceptada y debido en no poca medida a la ira nacida de la hipocresía de los medios de comunicación y la política occidentales, el apelativo "terrorismo islámico" no se refiere a la religión de los autores, sino a su adopción declarada de una motivación religiosa. De hecho, cuando un grupo terrorista occidental afirma que sus acciones contra civiles se inspiran en la adhesión al cristianismo, el grupo podría denominarse "terrorista cristiano". En los medios de comunicación israelíes, el grupo terrorista que llevó a cabo una violenta campaña contra alcaldes palestinos electos en la Cisjordania ocupada y que en su día planeó destruir la mezquita de al-Aqsa, fue calificado de "grupo terrorista judío". Los problemas surgen cuando el análisis de estas tendencias ignora las diferencias en las circunstancias históricas en las que nacen los grupos terroristas —ya sean musulmanes, judíos o cristianos— (por ejemplo, contrastar la diferencia entre el creciente chovinismo étnico-religioso entre la sociedad de una potencia ocupante y la realidad de la vida bajo ocupación). La gente tiende a definir como islámica cualquier acción violenta emprendida por un musulmán, y busca una relación fundamental e inherente entre islam y terrorismo. La aparición de toda una industria de miles de millones de dólares dedicada al desarrollo de tecnologías antiterroristas ha tenido su reflejo en el surgimiento de otra industria dedicada a combatir el "extremismo islámico". El deseo de definir la relación entre la religión del Islam y la violencia o los atentados contra civiles es inherente a esta industria.

Una explicación más completa de la historia de la violencia religiosa no entraría en el ámbito del presente trabajo de investigación. Tampoco es el medio adecuado para discutir las justificaciones doctrinales y religiosas institucionales de la violencia contra los herejes. Lo que sí puede decirse es que cada una de las tendencias hacia la violencia religiosa se contrarresta, desde dentro de la religión correspondiente, con un llamamiento a la paz, la coexistencia y la no violencia. Cualquier intento de rastrear la violencia terrorista hasta los textos religiosos sería inútil, dado que estos textos tienen siglos de antigüedad y que millones de personas los consideran doctrinas de fe. Por el contrario, lo que entendemos por terrorismo está generalmente limitado en el espacio y en el tiempo, y se aplica a un grupo específico de individuos. Si en el proceso de intentar encontrar raíces doctrinales para el terrorismo religioso se intentara establecer una comparación entre las justificaciones de la violencia entre los textos sagrados judíos y musulmanes, los resultados serían sorprendentes para muchos.

Los intentos de describir el Islam como una religión fundamentalmente violenta no pueden separarse de los prejuicios y el racismo culturalmente específicos hacia las sociedades islámicas, un fenómeno descrito últimamente como "Islamofobia". Sin embargo, también hay consideraciones pragmáticas que se suman a los intereses políticos que impulsan los intentos de atribuir la violencia terrorista al Islam. A varios grupos de derechas occidentales les interesa promover esta visión del Islam, ya que los eslóganes simplificados son más fáciles de promover entre los votantes y la mayoría de ellos no necesitan preocuparse por los detalles. Los grupos occidentales antiinmigración, en particular, tienen interés en promover esas visiones antimusulmanas, dado el número de musulmanes que pretenden entrar en sus países. En aras de una campaña electoral, la creación de estereotipos de los musulmanes y los ataques al Islam producen resultados inmediatos.

Israel y sus partidarios en el mundo académico y los grupos de reflexión occidentales se suman a estos esfuerzos por demonizar el Islam, lo que consideran que ayuda al resto del mundo a "comprender la situación en la que se encuentra Israel". Estas opiniones antimusulmanas también contribuyen a que la opinión popular se predisponga al punto de vista israelí. Según la lógica de una relación inherente entre Islam y terrorismo, Israel no combate a grupos específicos a los que es libre de calificar de terroristas, sino que se enfrenta a la amenaza del "terrorismo islámico", que por definición enfrenta a Israel con el terrorismo de todos los musulmanes, sin tener en cuenta si son musulmanes amantes de la paz o belicistas. Al estar rodeado por un mar de musulmanes, cuya religión está intrínsecamente ligada al terrorismo, Israel está rodeado de posibles terroristas.

Los musulmanes que viven en Occidente y que perpetraron ataques terroristas en París, Londres o en ciudades estadounidenses representan una proporción ínfima, prácticamente insignificante, de las comunidades musulmanas de esos países. Quedan completamente eclipsados por la abrumadora mayoría de ciudadanos musulmanes de los países occidentales que viven sus días pacíficamente al igual que la mayoría de los ciudadanos cristianos y laicos de esos países occidentales. Sin embargo, los musulmanes de todo el mundo se ven obligados a defenderse a sí mismos y a su religión, luchando contra la presunción de culpabilidad, todo ello como resultado de los estereotipos promovidos por bloques políticos racistas y contrarios a la inmigración.

En contrapartida, los agitadores abiertamente racistas y antimusulmanes y los caricaturistas que parodiaron la religión islámica y al Profeta musulmán ‒que suscitaron una respuesta desproporcionada en la calle árabe, a veces incluso mayor que la producida por el gobierno dictatorial (al menos hasta 2011)‒ son un grupo marginal insignificante de Occidente. Más nocivas son las políticas adoptadas por los gobiernos occidentales, el apoyo a la ocupación israelí y el favor a los dictadores nacionales de los países musulmanes, con el argumento de que estos últimos ayudan a reprimir el terrorismo, o tal vez simplemente porque los gobiernos occidentales se ponen del lado de los más poderosos.

Como en el caso de los castigos colectivos y los bombardeos indiscriminados de zonas civiles, la agitación antimusulmana contribuye a generar la rabia y el resentimiento que, a su vez, provocan el aumento de la actividad terrorista entre los musulmanes. Aunque estas reacciones se limitan a una pequeña minoría de musulmanes, tienen una repercusión enorme.

Las repercusiones del terrorismo, incluido su impacto en la moral, son mucho mayores que la importancia real y material del terrorismo en el mundo real. No hace falta retomar los argumentos que comparan las cifras de muertos por terrorismo con las de muertos por sobredosis de drogas y asesinatos en los Estados Unidos o por malnutrición, enfermedades contagiosas y guerras en el mundo. Basta decir que el terrorismo estaría al final de una lista relativa. Sin embargo, su impacto en la moral y las ondas que crea en los medios de comunicación y en la política siguen siendo mucho más significativos.

Los Estados Unidos, en particular, han sido víctimas de numerosos tiroteos masivos perpetrados por individuos que hasta el momento no habrían sido considerados delincuentes. Sin embargo, estos incidentes nunca desembocan en una crisis internacional; rara vez supusieron más que un pánico localizado o tal vez inspiraron alguna película. Esto se debe a que los tiroteos masivos en los Estados Unidos se interpretan a través de la lente de los motivos personales y psicológicos de los tiradores, con total indiferencia frente a cualquier factor político y social que ayude a crear el tipo de psique aberrante responsable de los asesinatos en masa, después de haber llevado una vida libre de actividades delictivas. Un informe publicado en los medios de comunicación estadounidenses en noviembre de 2017 que incluye una cronología de los tiroteos masivos más mortíferos en los Estados Unidos desde 1949 proporciona un desglose esclarecedor de la violencia masiva en los Estados Unidos[19].

La característica más llamativa de los tiroteos es la rápida aceleración de su intensidad: en un periodo de casi 70 años, los 10 tiroteos masivos más mortíferos provocaron la muerte de 282 personas. Los 10 más mortíferos se produjeron a partir de 1966, mientras que los dos más mortíferos, responsables de un total de 107 muertes, ocurrieron entre 2016 y 2017. De los cinco más mortíferos (entre 26 y 58 personas), dos ocurrieron entre octubre y noviembre de 2017 y causaron la muerte de 84 individuos. De esta muestra de los tiroteos más mortíferos de la historia de los Estados Unidos también se desprende que la mayoría de los autores son estadounidenses blancos.

Muchos de los activistas de las comunidades árabes y musulmanas de los países occidentales avanzados han argumentado —y a menudo cuentan con el apoyo de las fuerzas progresistas, democráticas y favorables a la libertad— que si bien los tiroteos masivos en los Estados Unidos no suelen considerarse terrorismo, los medios de comunicación populistas estadounidenses e incluso las autoridades están predispuestos a calificar de terrorismo los atentados perpetrados por miembros de las comunidades de inmigrantes árabes o musulmanes. El corolario es que no se intenta comprender las circunstancias sociales ni los factores psicológicos que impulsan los actos violentos de los inmigrantes musulmanes en Occidente, ya que se da por sentado que sus acciones obedecen exclusivamente a motivos religiosos. No se trata de una diferencia semántica: considerar que los asesinatos en masa son obra de individuos aberrantes, aunque el autor sea árabe o musulmán, absuelve al resto de ese grupo de la asociación con el crimen. Por otro lado, la suposición de que cualquier crimen es un acto de violencia religiosa o políticamente motivada condena a todos los demás miembros del grupo.

Si los analistas dedicaran algún tiempo a comprender el comportamiento de los individuos que cometen actos de violencia por motivos aparentemente religiosos y tuvieran en cuenta el pasado (posiblemente criminal) de los autores, llegarían a la conclusión de que los motivos políticos son a menudo una hoja de parra sobre una psique perturbada, no muy diferente de los muchos casos en los que los Estados occidentales tratan a los individuos como trastornados. Si se tomaran medidas de este tipo, quizá no se evitaría por completo el encasillamiento de los inmigrantes musulmanes en Occidente, pero resultaría más complicado hacerlo. De hecho, en muchos países, la creación de estereotipos de grupos de inmigrantes, sean musulmanes o no, es un hecho habitual: los grupos de inmigrantes se asocian de forma variable a distintos tipos de delitos, independientemente de la importancia estadística real de los delitos cometidos por miembros de ese grupo de inmigrantes.

Los musulmanes que perpetraron atentados terroristas en Francia, Alemania o Gran Bretaña mientras se libraba la guerra contra el grupo autodenominado Estado Islámico lo único que consiguieron fue exacerbar el estado general de enemistad hacia los musulmanes y los refugiados. Como consecuencia de su carácter indiscriminado, los atentados perpetrados crearon una sensación de miedo entre los ciudadanos de a pie que viven en las democracias occidentales, pues cualquiera de ellos podría ser potencialmente un objetivo. El objetivo es precisamente este estado de pánico que pretenden crear los autores de los atentados, y no los individuos realmente asesinados en los actos violentos. De este modo, las acciones terroristas emprendidas durante la guerra contra el ISIS sirvieron para socavar al Estado en la provisión de uno de sus deberes más fundamentales: la seguridad de sus ciudadanos.

Donde paran los terroristas, despegan los medios de comunicación modernos y los autoproclamados expertos y analistas contribuyen a ampliar el impacto de estos atentados: las ondas de una granada de mano se convierten en la nube en forma de champiñón de una bomba nuclear. Los expertos en terrorismo desarrollan una gran experiencia en la propagación del terror, logrando así los objetivos de los terroristas, además de difundir los estereotipos populistas que levantan sospechas sobre los musulmanes en general. Esto es lo que motiva la insistencia de las fuerzas realmente democráticas y progresistas en que, para abordar el terrorismo, hay que relativizarlo. Las repercusiones indirectas del terrorismo son mucho mayores que las consecuencias inmediatas de los propios actos terroristas.

¿Explicar o justificar?

En último término, otra dificultad que debe abordarse en último término es el riesgo de que los intentos de explicar el terrorismo se conviertan en una forma de justificación del mismo. Desde la perspectiva del análisis crítico que limita el fenómeno del terrorismo, esto debería ser injustificable. La experiencia nos demuestra que los actos terroristas que matan a civiles suelen producir resultados contrarios a los objetivos originales que motivaron los actos terroristas. Por lo general, estos actos tienen el efecto de animar a los Estados a los que se dirigen a ser más estrictos, ampliando y reforzando sus esfuerzos policiales. Este es especialmente el caso cuando se considera que la violencia de los actos terroristas es indiscriminada y cuando las víctimas contra las que se dirigen no pueden relacionarse ni remotamente con los objetivos del acto terrorista en sí: cuando las acciones no se dirigen contra los ocupantes militares, ni contra los colonialistas, ni siquiera contra las prisiones y demás aparatos del poder tiránico o extranjero. Los actos terroristas se vuelven puramente reivindicativos cuando los autores carecen de cualquier agenda política discernible o realista, como suele ocurrir con los actos de violencia de inspiración religiosa. Dada esta falta de motivos políticos identificables, los públicos afectados por la violencia de motivación religiosa no están en condiciones de presionar a sus gobiernos para que acepten algunas de las reivindicaciones de los terroristas: no se puede esperar que estos públicos acepten las peticiones que, de haberlas, podrían ser contrarias a sus valores. Cualquier individuo de cualquier nación se convierte en una víctima potencial del terrorismo: de este modo, el terrorismo ha convertido en enemigos a toda la humanidad. Esto explica el clamor público masivo a favor de medidas cada vez más estrictas por parte de sus gobiernos y la exigencia de una estabilidad cada vez mayor.

La forma más perniciosa y amenazadora de terrorismo es esta categoría nihilista, sin objetivo y carente de un objetivo político identificable. Esta categoría de terrorismo suele ser el reflejo de una crisis interna, o una degeneración dentro de los movimientos revolucionarios o quizás de sus respuestas a la violencia contrarrevolucionaria del Estado. Un factor particular que conduce a este tipo de violencia es la falta de un liderazgo unificado capaz de articular una plataforma política viable. Estos tipos de violencia terrorista también surgen cuando el impulso de venganza se combina con impulsos sectarios o religiosos.

Evidentemente, algunos de los complejos que deben comprenderse claramente al tratar de desentrañar las motivaciones que subyacen al terrorismo son la privación social, la privación de derechos políticos y la desesperación que nace de tratar de encontrar una salida a la injusticia y la opresión basadas en motivos nacionales, sectarios y demás motivos sociales. Pero también son inexcusables los intentos de ampliar la definición de complicidad en estas injusticias para incluir a todos los componentes de una sociedad determinada y absolver al autor del propio acto terrorista.

La justificación de este tipo de violencia terrorista es deficiente en dos sentidos. El primero es un fallo moral, en el sentido de que el asesinato de civiles inocentes es un crimen condenable: si los actos terroristas se inspiran en el deseo de reconocer la humanidad de una población oprimida, entonces esta exigencia debe extenderse a la adopción de los valores que deberían ser comunes a la humanidad. Esto incluye, en primer lugar, el valor del derecho a la vida humana, la prohibición categórica de matar o dañar a personas inocentes, de privar a los padres de sus hijos o de dejar huérfanos a los hijos de otros.

El segundo pecado del que es responsable este tipo de violencia terrorista nihilista es de naturaleza tanto moral como política. Es el daño causado a las víctimas originales de la injusticia que los actos terroristas pretendían reparar en un principio. Un pueblo que lucha por liberarse de la tiranía se convierte en paladín de una causa justa y defendible, que otros en todo el mundo pueden comprender. El uso de la fuerza armada por parte de un pueblo sería permisible cuando no tiene recurso a medios pacíficos para crear un cambio político, pero esto está supeditado a que el uso de la fuerza esté dirigido por un liderazgo unificado, impulsado por un programa político que cambie el statu quo y que adopte una serie de objetivos específicos.

Cuando la violencia terrorista se expresa mediante actos indiscriminados de venganza y represalias que solo buscan dar salida al sentimiento de opresión acumulado a lo largo del tiempo, y para expresar sentimientos de extremismo religioso o laico, sin objetivos políticos claramente definidos; o quizás, cuando solo busca sustituir un tipo de tiranía por otro; entonces los terroristas son culpables de entrar en una alianza tácita con el orden tiránico preexistente. Por eso, corresponde a los movimientos políticos que defienden la justicia, la libertad y la dignidad humana hacer frente frontalmente a la violencia terrorista indiscriminada.

Esta realidad también sirve de acicate para una mejor definición del terrorismo: no puede ser una etiqueta que se aplique a todas las reacciones ante la ocupación o ante el aparato de la tiranía estatal. Tales reacciones, independientemente de su eficacia práctica o su carácter razonable, son totalmente incomparables a la acción de un terrorista suicida que se coloca un chaleco explosivo antes de detonarlo en medio de los transeúntes o en un tren o autobús de pasajeros. Cuando los gobiernos de todo el mundo se unan para catalogar tales actos como "terrorismo", entonces las políticas nacidas de este oscurecimiento de las distinciones serán inútiles y solo crearán más víctimas.

Volviendo al punto de partida de este trabajo: hay gobiernos en el mundo que explotarán el dominio abrumador de la idea de "combatir el terrorismo" como medio para justificar su represión de los disidentes políticos, incluso si nunca han utilizado la violencia. El motivo es la creencia de estos gobiernos de que el "terrorismo" actúa como un talismán, que sirve para establecer asociaciones negativas para aquellos a los que se acusa en las mentes de la opinión pública occidental, especialmente en los Estados Unidos. El resultado esperado sería una mayor simpatía por un régimen que es a su vez culpable de terrorismo contra comunidades civiles enteras, que pretende doblegarlas y castigarlas colectivamente hasta la sumisión. Esta utilización instrumentalista del término "terrorismo" acabará perjudicando a la guerra contra el terrorismo al desdibujar la distinción entre terroristas y no terroristas, engrosando las filas de los terroristas, en lugar de limitarlas.

La violencia política debe tratarse como el fenómeno sociopolítico que es y no como una rareza propia de un determinado grupo religioso, nacional o lingüístico. Es evidente que cuando se margina, empobrece, abandona, humilla y reprime violentamente a una población, entonces una minoría se verá impulsada a tomar represalias violentas, que podrían transformarse en terrorismo politizado. Un factor importante en estas pautas es la interacción, cuya naturaleza exacta es difícil de determinar (de hecho, no está claro hasta qué punto es importante comprender todos los detalles de esta interacción). Se trata de la interdependencia de la composición psicológica de las personas implicadas en la violencia terrorista —no todos los disidentes políticos sometidos a violencia se convierten en terroristas— y la existencia de un marco ideológico, institucional o de otro tipo que pueda encauzar este sentimiento de injusticia unido a un sentimiento de violencia.

El terrorismo es uno de los posibles resultados de un dilema al que se enfrentan los movimientos de liberación cuando se hunden y se corrompen moralmente, o quizás cuando se han agotado las vías para el trabajo político pacífico. Así quedó demostrado tras la violenta represión de las revoluciones populares en la región árabe, especialmente en Siria y Egipto. La evolución hacia la violencia indiscriminada y vengativa no es una característica compartida por todos los que lucharon por la transformación política, sino que surge en un subconjunto específico de personas que están emocional y psicológicamente predispuestas a la violencia. Es este entorno de represión el que crea las circunstancias que permiten el surgimiento de grupos extremistas e irredentistas que utilizan la violencia indiscriminada sin un programa político. Cuando surgen estos grupos, toma forma un ciclo totalmente nuevo de acción y reacción.

La experiencia ha demostrado que no existe una solución mágica y global de seguridad militar para el terrorismo. Las políticas económicas y sociales tampoco son capaces de erradicar el problema. Los intentos de hacer frente al terrorismo deben tener una visión a largo plazo y ser integrales; sobre todo, debemos recordar que la justicia, la libertad, la igualdad, el desarrollo humano y la protección de los derechos humanos son objetivos por derecho propio, más allá de proporcionar un entorno que no favorezca el terrorismo. Quienes tratan estos valores como meros instrumentos para luchar contra el terrorismo ‒al que consideran una prioridad apremiante‒ acaban perdiendo de vista los objetivos de la lucha antiterrorista y haciendo un flaco favor a los valores de la democracia y la libertad.

* Este Documento de estudio fue publicado originalmente por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí.

Crédito de imagen: EFE / EPA / Sarah Yenesel


Notas y referencias

[1] "Macron afirma que no ve sucesor legítimo para el sirio al-Asad", Reuters, 21/06/2017, consultado el 13/11/2017, en: http://reut.rs/2yWILtX

[2] Una fuente excelente para debatir este tema es la obra de Giovanna Borradori Philosophy in a Time of Terror: Dialogues with Jürgen Habermas and Jacques Derrida, publicado por University of Chicago Press en 2003 (publicación traducida al árabe por el Arab Center for Research and Policy Studies en 2013). Podría decirse que una de las ideas más importantes del libro es la afirmación de que "al declarar la guerra al terrorismo, la coalición occidental se declara la guerra a sí misma" (pág. 151).

[3] Slavoj Žižek (ed.), Robespierre, Virtue and Terror (Londres y Nueva York: Verso, 2007), pág. 115.

[4] J. Michael Waller, "Russia: Death and Resurrection of the KGB", en la obra de Ilan Berman y J. Michael Waller (eds.), Dismantling Tyranny: Transitioning Beyond Totalitarian Regimes (Lanhma: Rowman & Littlefield, 2006), pág. 4.

[5] George Leggett, The Cheka: Lenin's Political Police, (Oxford: Oxford University Press, 1987), pág. 114.

[6] Randall David Law, Terrorism: A History, (Cambridge: Polity Press, 2016), pág. 98.

[7] Apartado II, Sección D del Programa del Comité Ejecutivo del partido ruso Narodanya Volya , citado en la obra de Ze'ev Iviansky, "Individual Terror: Concept and Typology", Journal of Contemporary History, vol. 12, 1977, pág. 46;

[8] Noam Chomsky utilizó este diálogo en el prefacio de su libro titulado Piratas y Emperadores (2002), Algunos autores árabes han citado a Chomsky sin volver a la fuente original de San Agustín, aunque es difícil entenderlo sin hacerlo, véase: Saint Augustine, The City of God: Against the Pagans, R.W. Dyson (ed. y trad.), 9ª edición, Cambridge University Press, Cambridge y Nueva York, 2013, Libro IV, págs. 147-148;

[9] Michael A. Newton, "Terrorist Crimes and Aut Dedere Aut Judicare Obligation", en: Larissa van den Kerik y Nico Schrijver (eds.), Counter-terrorism Strategies in a Fragmented International Legal Order: Meeting the Challenges, (Cambridge: Cambridge University Press, 2013), pág. 74; y Sociedad de Naciones, Convenio para la Prevención y Represión del Terrorismo, (Ginebra, 16 de noviembre de 1937), artículo 1, párrafo 2, pág. 6, disponible en línea: http://bit.ly/2mdF3Gg

[10] Bruce Hoffman, Inside Terrorism, 2ª Edición, (Nueva York: Columbia University Press, 2006), pág. 43.

[11] Véase: Oficina Federal de Investigaciones LEAA, Comité Consultivo Nacional sobre Normas y Objetivos de la Justicia Penal, Disorders and Terrorism: Report of the Task on Disorders and Terrorism (Washington DC: Departamento de Justicia, 1976); M. Wilson and J. Lynxwiler, Abortion Clinic Violence as Terrorism (Birmingham: Universidad de Alabama en Birmingham, 1988), págs. 264–265.

[12] "Terrorism". (2003) en Glosario de términos y definiciones de la OTAN, ediciones en francés e inglés, Agencia de Normalización de la OTAN, Bruselas, 2004;

[13] Bryan Burrough, "The Bombings of America That We Forgot," Time, 20 de septiembre de 2016, disponible en línea: http://ti.me/2A8vw65

[14] Véase el perfil de Al Jazeera de Anders Breivik, publicado online el 24 de agosto de 2012: http://www.aljazeera.com/news/europe/2012/08/20128241153948294.html

[15] Brian Crozier, The Rebels: A Study of Post-war Insurrection, Chatto y Windus, Londres, 1960, págs. 159-160, 173;

[16] Véase: Código de los Estados Unidos, Sección 2656 (d). Para la versión aquí citada, véase: "Patterns of Global Terrorism 1999", Departamento de Estado de los Estados Unidos, 2000, Washington DC;

[17] Decisión marco del Consejo sobre la lucha contra el terrorismo, Comisión Europea, Bruselas, 2001, pág. 7;

[18] Para más detalles, véase: Saqr Abu Fakher, "Más allá de la definición de terrorismo: Israel, violencia y colonialismo", Al Arabi Al Jadeed, 6 de noviembre de 2017, disponible online (en árabe): http://bit.ly/2miM5d0

[19] Para leer el informe completo, véase: "2 of the 5 deadliest mass shootings in modern US history happened in the last 35 days", CNN Edition, 6 de noviembre de 2017, disponible online: http://cnn.it/2hmSmPx


Bibliografía

Bibliografía en lengua árabe/bibliografía traducida al árabe

Giovanna Borradori, Philosophy in a Time of Terror: Dialogues with Juergen Habermas and Jacques Derrida, publicado originalmente por University of Chicago Press en 2003 y traducido al árabe por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS) en 2013.

Fuentes en lengua inglesa

Agencia de Normalización de la OTAN. Glosario de términos y definiciones de la OTAN (inglés y francés). AAP-6. Bruselas: OTAN, 2004.

Berman, Ilan y J. Michael Waller (eds.). Dismantling Tyranny: Transitioning Beyond Totalitarian Regimes. Lanham: Rowman y Littlefield Publishers, 2006.

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