Restricciones y competencia: la política regional de Arabia Saudí en un Oriente Medio en transformación

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Vallas publicitarias de "Visión Saudí 2030", marco estratégico para reducir la dependencia de Arabia Saudí del petróleo, en la Ciudad Financiera de Riad, el 2 de junio de 2021. EFE / Chema Moya

En un episodio revelador que puso de manifiesto la delicada intersección entre la transformación interna y la política exterior, el ministro de Inversiones saudí, Khalid al-Falih, reconoció públicamente la necesidad de reevaluar ciertas prioridades dentro de los proyectos Visión 2030, solo para ser destituido de su cargo dos días después. Sus declaraciones subrayaron las crecientes presiones fiscales: altos niveles de gasto público, precios del petróleo que se mantienen bajos y dificultan la financiación fluida de los megaproyectos y flujos insuficientes de inversión extranjera directa (IED). En conjunto, estos factores han obligado a Riad a revisar, recalibrar o reducir algunos elementos de su ambiciosa estrategia de diversificación económica conocida como Visión 2030.

La recalibración no es meramente económica; constituye un factor determinante de la política exterior saudí en el actual contexto regional. Para los dirigentes saudíes, el éxito de la diversificación ‒más allá del petróleo‒ es una prioridad existencial. Como tal, las decisiones de política exterior saudíes reflejan, cada vez más, la necesidad imperiosa de preservar la estabilidad macroeconómica, proteger la confianza de los inversores y proyectar una imagen de previsibilidad a largo plazo. Riad busca un orden regional propicio para la entrada de capitales y aspira a transformar al reino en un centro financiero y de inversión para todo Oriente Medio. Sin embargo, la persistente inestabilidad regional dificulta estas ambiciones.

Arabia Saudí, por lo tanto, se encuentra lidiando con un complejo conjunto de disyuntivas. Busca la estabilidad regional al tiempo que entra en una competencia estratégica con Emiratos Árabes Unidos por la influencia y la primacía económica. Se beneficia del relativo debilitamiento de la posición de Irán, pero se resiste a una guerra regional a gran escala que pueda exponer su territorio a posibles represalias. Percibe los potenciales beneficios de la normalización con Israel, aunque ésta sigue limitada por sensibilidades internas, árabes e islámicas, especialmente tras la guerra de Gaza. Arabia Saudí parece caminar sobre una cuerda floja, equilibrando imperativos contrapuestos en un panorama regional volátil.

Continuidad en los parámetros fundamentales de la política exterior

A pesar de los aparentes ajustes tácticos y las tensiones ocasionales, no se han producido cambios fundamentales en los parámetros estructurales de la política exterior saudí. El desacuerdo con Emiratos Árabes Unidos, al que se percibe como más intransigente en su campaña contra el islam político, no se ha traducido en una suavización respecto a los movimientos islamistas. Riad continúa expresando una postura negativa hacia los Hermanos Musulmanes y aplaudió la designación de tres de sus filiales como organizaciones terroristas por parte de la Administración estadounidense. Aunque Arabia Saudí puede mostrar cierta flexibilidad táctica hacia algunas de las ramas de los Hermanos Musulmanes ‒especialmente en Yemen, donde el compromiso pragmático suele ser inevitable‒, no hay indicios de que vaya a efectuarse un cambio de estrategia fundamental hacia la Hermandad, ni a nivel nacional ni regional.

Curiosamente, las recientes campañas mediáticas saudíes dirigidas contra Emiratos Árabes Unidos han enfatizado las acusaciones de que Abu Dhabi apoya la fragmentación de los Estados árabes, favoreciendo, en última instancia, a los intereses israelíes. A primera vista, este mensaje parecía indicar un giro más pronunciado contra la conducta regional israelí y, quizás, un retroceso en las perspectivas de normalización.

Sin embargo, durante su visita a Washington a principios de febrero, el ministro de Defensa saudí, Khalid bin Salmán, se reunió con miembros del Congreso estadounidense y representantes de organizaciones judías. En esta reunión aclaró que la campaña mediática saudí no representaba un cambio estratégico en la posición de Riad. Según informes, afirmó que se mantendría la cooperación con Israel en materia de seguridad e inteligencia, aunque se reconoció que existen áreas de desacuerdo entre ambos países, especialmente en relación con Somalia.

Independientemente de la veracidad de esta información, la normalización con Israel sigue estando en el horizonte estratégico saudí. Sin embargo, a corto plazo, es improbable que Riad avance en la normalización, mucho menos si no se pone fin a la guerra en Gaza y si no se logra una desescalada regional más amplia. Algunos informes afirman que personas cercanas a los dirigentes saudíes aseguran que la normalización formal podría producirse en un plazo de dos a cinco años. Sin embargo, un paso de estas características requerirá un discurso político convincente, capaz de persuadir al público nacional, árabe e islámico de que Arabia Saudí ha obtenido concesiones o beneficios significativos.

La oposición pública a la normalización sigue siendo significativa en la sociedad saudí y en toda la región. Riad calcula que la normalización podría reportar ventajas económicas y de seguridad, incluida la cooperación tecnológica en sectores avanzados como la inteligencia artificial, así como posibles beneficios en su relación con Washington en aspectos militares, tecnológicos y nucleares de uso civil. No obstante, el reino no tiene prisa. Busca garantías para que la normalización con Israel no comprometa sus intereses de seguridad nacional, ‒en particular en Yemen y el Mar Rojo‒ ni socave su posición regional. Por ahora, Arabia Saudí mantiene la vía de la normalización como opción estratégica, a pesar de carecer de un camino claro para llevarla a cabo plenamente.

El dilema iraní: entre la contención y la escalada

El enfoque de Arabia Saudí hacia Irán ejemplifica de manera más amplia su estrategia de equilibrio. Los medios occidentales han informado de que funcionarios saudíes instaron al presidente estadounidense, Donald Trump, a no lanzar ataques militares contra Irán, advirtiendo de consecuencias desestabilizadoras para la región del Golfo. Por el contrario, otros informes sugieren que, durante su visita a Washington, Khalid bin Salmán sostuvo que una retirada estadounidense de la confrontación militar con Irán envalentonaría a Teherán en la región.

Esta aparente contradicción refleja un cálculo estratégico complejo. Por un lado, Arabia Saudí se beneficia estratégicamente del debilitamiento de la influencia iraní: busca ampliar su margen de maniobra en escenarios como Siria ‒donde la retirada iraní ha dejado un espacio para una mayor implicación saudí‒ y aplaude cualquier iniciativa destinada a degradar las capacidades operativas de los actores no estatales alineados con Irán.

Por otro lado, Riad no pretende acorralar a Irán hasta el punto de provocar el colapso del régimen o una escalada incontrolada. Una guerra regional directa podría exponer el territorio saudí a represalias con misiles y drones, poner en riesgo infraestructuras energéticas críticas e intensificar las presiones económicas ya existentes. Tal inestabilidad disuadiría a los inversores extranjeros precisamente en un momento en que Arabia Saudí necesita capital externo para sostener su agenda de transformación.

Esta lógica explica el compromiso de Arabia Saudí de mantener el acercamiento con Irán mediado por China en 2023. Incluso durante los episodios de disturbios en Irán en enero, Arabia Saudí se abstuvo de utilizar una retórica incendiaria. El objetivo no es la reconciliación estratégica plena, sino la mitigación del riesgo. Un Irán debilitado presenta oportunidades; un Golfo devastado por la guerra presenta riesgos económicos existenciales.

Por lo tanto, los responsables políticos saudíes intentan hilar fino: beneficiarse del relativo declive de Irán sin desencadenar una dinámica de represalias que podría sumir al Golfo en un conflicto. La estabilidad del territorio saudí es primordial, no solo para la seguridad nacional del reino, sino también para salvaguardar la credibilidad de la Visión 2030.

Competencia estratégica con Emiratos Árabes Unidos

Las tensiones entre Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos añaden otra capa de complejidad. La rivalidad abarca la competencia económica, las cuotas de producción de petróleo, el atractivo de las inversiones y su condición de centro regional, pero también conlleva dimensiones de seguridad nacional, especialmente en la cuenca del Mar Rojo.

Desde la perspectiva de Riad, el activismo emiratí en Yemen, Sudán y Somalia desafía la influencia saudí y, en algunos casos, socava sus objetivos de seguridad. Sin embargo, contrarrestar a Emiratos Árabes Unidos en estos escenarios implica compromisos financieros significativos. Los informes sugieren que Arabia Saudí destinará unos 3.000 millones de dólares a Yemen tras la retirada emiratí. En Sudán, Riad podría necesitar canalizar recursos para apoyar al ejército nacional contra las Fuerzas de Apoyo Rápido, que se perciben ampliamente como respaldadas por Emiratos. El frágil Gobierno federal de Somalia requiere una ayuda financiera sostenida, mientras que Siria, donde Arabia Saudí ha ampliado su presencia tras la retirada de Irán, se enfrenta a enormes necesidades de reconstrucción.

Incluso Egipto, con el que Arabia Saudí desearía alinearse más estrechamente en sus posiciones en Sudán y Somalia, sigue dependiendo económicamente del capital emiratí. En todos estos ámbitos, Arabia Saudí se enfrenta a una limitación estructural: sus obligaciones de gasto interno en el marco de la Visión 2030 limitan su capacidad para financiar campañas regionales expansivas.

La tensión es particularmente aguda en Yemen. Arabia Saudí necesita un acuerdo político duradero para asegurar su frontera sur y el corredor del Mar Rojo. Sin embargo, se ha abstenido de buscar un acuerdo integral con los huzíes, optando en cambio por mantener una frágil tregua. No está claro si Riad busca un acuerdo permanente o prefiere gestionar el statu quo. Lo que es evidente es que cualquier nueva escalada supondría costes financieros y de seguridad en un momento en que el reino se encuentra en una situación fiscal difícil.

Sin duda, la rivalidad regional de Arabia Saudí con Emiratos Árabes Unidos se ve mitigada por la situación económica. Riad debe defender sus intereses de seguridad nacional sin desencadenar una contienda por el poder que agote sus recursos. Este equilibrio es emblemático de un patrón más amplio: la ambición mitigada por la prudencia fiscal.

Conclusión

En la actualidad, Arabia Saudí no parece operar con una gran estrategia completamente articulada para resolver las múltiples crisis de la región. En cambio, muestra un pragmatismo adaptativo, respondiendo a las dinámicas cambiantes y priorizando la estabilización económica y la transformación interna.

El reino se ve obligado a contrarrestar la intrusión emiratí en determinados ámbitos, pero debe sopesar las medidas adoptadas en relación con las exigencias financieras de sus proyectos nacionales. Busca capitalizar las vulnerabilidades de Irán, pero sin precipitar una guerra que pondría en peligro su propia economía. Mantiene la normalización con Israel como opción estratégica, pero carece de las condiciones políticas necesarias para ponerla en práctica. En todos estos ámbitos, la restricción fiscal es el principal factor limitante.

Por lo tanto, la postura regional de Arabia Saudí se ve condicionada por una convergencia de recalibración económica, rivalidad geopolítica y cautela estratégica. Los retrasos o contratiempos en la transformación interna reducen aún más su margen de maniobra, aumentando el riesgo de una sobreextensión regional. Además, a Arabia Saudí le resultará difícil aislarse por completo de guerras regionales más amplias, en particular de un enfrentamiento entre Irán, Israel y Estados Unidos.

En este entorno de incertidumbre y cambio, los responsables políticos saudíes intentan minimizar los costes y preservar al mismo tiempo las opciones disponibles. Avanzan con cautela por las líneas de falla de una región en transición, conscientes de que un error de cálculo podría socavar tanto su visión económica como su posición geopolítica. El futuro permanece abierto a múltiples trayectorias y la capacidad de Arabia Saudí para mantener el equilibrio en medio de presiones contrapuestas determinará si puede garantizar la estabilidad interna y, al mismo tiempo, mantener su influencia en el exterior.

Publicado originalmente por el Arab Center Washington DC. Puede consultarse en inglés en este enlace.

Las ideas expresadas en este Comentario corresponden a los autores y no reflejan necesariamente la postura del CEARC.

Crédito de imagen: EFE / Chema Moya

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