El descontento social, la crisis económica y la desafección política han cristalizado en una nueva oleada de protestas y manifestaciones masivas en Irán. Lo que comenzó como una muestra de rechazo ante el colapso del rial el 28 de diciembre pasado, con la movilización de los comerciantes de Teherán (el bazar), ha galvanizado en un movimiento más extenso y generalizado para expresar el hartazgo ante la mala gestión y la corrupción de las autoridades y el desapego hacia un régimen implacable que restringe severamente las libertades civiles.
La actual ola de protestas muestra que existe un caldo de cultivo en la sociedad iraní, que en las últimas dos décadas se ha levantado contra sus dirigentes de forma periódica. Lo hizo en 2009, cuando más de tres millones de manifestantes salieron a la calle para denunciar que el régimen les robó las elecciones presidenciales en favor de un candidato conservador. Pero la Revolución Verde fue violentamente reprimida y sus líderes aperturistas, encarcelados y acallados hasta hoy.
En 2019, la segunda oleada de las revoluciones antiautoritarias que vivió Oriente Medio y el Magreb en una reedición de las que comenzaron en 2011, también alcanzó a Irán. En la movilización social se combinó la influencia de lo que pasaba en países del entorno, como Líbano o Irak, con los factores internos, en este caso, el aumento del precio de la gasolina y los conatos previos de descontento en 2017 y 2018 cerrados sin concesiones y a golpe de represión. De nuevo, el régimen se impuso.
En 2022, la muerte de la joven Jina Mahsa Amini bajo custodia policial tras ser detenida por no llevar "apropiadamente" el velo desató una nueva explosión. Esta vez, las protestas tenían un calado social y de género muy marcado (el lema de las manifestaciones era "Mujer, Vida, Libertad"). El brutal puño de hierro volvió a cerrarse sobre los activistas, en su mayoría jóvenes de una generación que no se sentía identificada con los valores y las imposiciones ideológicas de la República Islámica establecida en 1979.
Pese a los precedentes, o precisamente por ellos, es muy difícil evaluar si esta vez las manifestaciones son un punto de inflexión que suponga el derrumbe del régimen. Lo que está claro es que son un síntoma del proceso de desconexión con sus dirigentes en el que está inmersa la sociedad iraní. El país, con más de 90 millones de habitantes, ha vivido en los últimos años un enorme cambio social y generacional que no se ha visto correspondido con una evolución política. Las sucesivas y recurrentes protestas no se han visto respondidas con reformas de calado, sino con más brutalidad.
Lo que sí es diferente en esta ocasión es que el contexto internacional y geopolítico está marcado por la segunda Administración de Donald Trump y por su más reciente actuación en Venezuela. La intervención en el país latinoamericano hace pensar en un escenario en el que sea factible que Trump replique ese escenario en Irán. Más aun cuando el republicano ha mostrado su predisposición a actuar al margen del Derecho Internacional, amenazando, imponiendo su voluntad y exhibiendo su política comunicativa: una cuestión incluso de espectáculo que con frecuencia busca tener un gran impacto tanto entre sus votantes y en EE. UU., como a nivel internacional. Este estilo de diplomacia coercitiva e intervencionista de Trump tiene consecuencias en Irán estos días y posiblemente marque lo que suceda en fechas cercanas. Pero sus amenazas al régimen de los ayatolás tampoco han sido acogidas positivamente por una sociedad que no quiere convertirse fácilmente en un país vasallo de EE. UU. ni de Israel.
Al mismo tiempo, Irán es un país complejo y ‒aunque su régimen atraviesa un momento de debilidad interna y externa‒ es un sistema que está sólidamente asentado y aún conserva una amplia base social, habiendo aplastado y encarcelado toda oposición o disidencia interna. En estos días de movilizaciones no ha habido signos de fractura interna (apenas un tímido llamamiento del presidente, Masud Pezeshkian, a "escuchar a los manifestantes"), lo que significa que el liderazgo político y el poder militar siguen entendiéndose y apoyándose mutuamente.
Sin figuras dentro del país que puedan personificar el liderazgo del cambio, los activistas pro Derechos Humanos y los líderes políticos en el exilio están dando voz en el exterior a cientos de miles de iraníes que piden un viraje en las calles. Reza Pahlevi, el hijo del último sha de Persia, ha aprovechado el momento para intentar encumbrarse como alternativa. Si es o no la solución a los grandes problemas a los que se enfrenta el país, lo tendrán que decidir los y las iraníes.
Tras más de cuatro décadas de exilio en EE. UU., su base de apoyos sobre el terreno parece bastante débil. En la memoria colectiva de los iraníes ha quedado grabado el oscuro y sangriento legado de su padre, Mohamad Reza Pahlevi, que fue expulsado del trono en 1979 mediante una revolución por sus políticas represoras y dictatoriales y por la corrupción a gran escala. Su legado es, por tanto, muy negativo y es improbable que los iraníes sean nostálgicos de una monarquía que les oprimió con dureza. Añadido a esto, da la impresión de que la figura de Reza Pahlevi está siendo promovida desde EE. UU. e Israel, porque para ellos es el candidato deseado para que o bien se ocupe de gobernar Irán o bien se erija como una figura que se presente como una alternativa al actual régimen, aunque no acabe gobernando.
Uno de los escenarios que podrían verse tentados a promover EE. UU. e Israel ‒visto cómo actuaron tras bombardear Irán en la llamada "guerra de los 12 días" del pasado junio‒ es mantener la estructura del régimen, pero con un giro de timón que busque un recambio al guía supremo, Ali Jamenei (86 años), lleve al país a renegociar un acuerdo que suponga renunciar a sus ambiciones nucleares y mantenga un perfil regional bajo y sin avidez de influencia. Esto les daría a ambas potencias una posición cómoda en Oriente Medio y un régimen fácil de manejar.
En otro de los escenarios posibles, cabe que el objetivo del Israel de Benjamín Netanyahu y de su coalición de gobierno extremista sea no ya reemplazar al régimen iraní por otro que le sea afín o con el que tenga una buena relación, sino más bien provocar su colapso. El cálculo sería que Irán entre en una fase de implosión interna donde no le suponga una amenaza a Israel. Netanyahu ‒que lleva más de tres décadas persiguiendo que EE. UU. bombardee a Irán‒ ha aplicado esta fórmula en otros países del vecindario. La pregunta es si con un Irán que haya implosionado, sin un nuevo sistema de gobierno que sustituya al actual y que mantenga la estabilidad del país, el caos y la violencia puedan aparecer como alternativa, como ya sucedió en Libia tras la caída de Gaddafi en 2011 o en Irak tras derrocar EE. UU. al régimen de Saddam Husein en 2003. En una región tan importante como es el Golfo Pérsico y Oriente Medio, eso no sería una buena noticia para el resto del mundo. Vistos los precedentes, sería aconsejable pensar en el día después antes de llevar a cabo acciones irreversibles que puedan sacudir un escenario muy complejo y crítico para el conjunto del sistema internacional.
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