El 8 de diciembre de 2024 fue un día que la mayoría de los sirios jamás pensó que viviría para ver. Después de más de 24 años en el poder, el dictador Bashar al-Asad, quien había sucedido a su padre Hafez tras casi 30 años de gobierno, de repente huyó del país y escapó a Rusia cuando los rebeldes sirios entraron en la capital, Damasco.
Bashar al-Asad presidió un régimen represivo y violento que, durante 14 años, libró una guerra contra su población, un conflicto que se estima acabó con las vidas de más de 600.000 sirios. Su régimen encarceló a más de 150.000 personas, entre ellas 5.000 niños. Existen numerosos informes que relatan torturas aterradoras, situaciones de abandono y asesinatos en las prisiones, y desapariciones forzadas a gran escala. El Observatorio Sirio para los Derechos Humanos ha denunciado que hasta 100.000 personas podrían haber muerto en cárceles del gobierno, como la tristemente famosa prisión de Saydnaya, conocida como "el matadero humano." Saber la cifra real es imposible.
Inmediatamente después de la caída del régimen, una de las primeras medidas que tomó la oposición fue la de liberar a los reclusos cautivos en la famosa prisión. La mayoría de los reos estaban allí por ser considerados críticos con el régimen o disidentes. A veces, incluso, simplemente por vivir en zonas ocupadas por la oposición. Uno de los presos liberados confesó a la BBC: "Cuando llegaron y empezaron a soltarnos y a gritarnos a todos: '¡Fuera, todos fuera!' salí de la prisión, pero me aterraba mirar atrás, porque pensaba que volverían a encerrarme… Fue el mejor día de mi vida, una sensación imposible de explicar. Me sentía como si acabara de escapar de la muerte".
Los vídeos de presos traumatizados y evidentemente conmocionados huyendo de sus celdas húmedas, oscuras y frías —algunos llevaban años sin ver la luz del sol— para reunirse con sus familias se difundieron a toda velocidad por las redes sociales. Aunque todavía son muchos los interrogantes sobre el futuro de Siria, el júbilo que se extendió por el país durante estas escenas de liberación, reunión y esperanza era palpable.
Dichas escenas recordaban no solo los horrores de la guerra civil, sino lo que vivieron los presos políticos en Siria durante décadas bajo el gobierno del Partido Baaz. Cientos de miles de prisioneros de todo el país languidecieron en condiciones terribles pese a que, en algunos casos, su único delito había sido escribir, hablar o protestar de forma pacífica contra un régimen capaz de cometer actos de una crueldad inhumana a escala masiva.
Las cárceles en la Siria del siglo XX
Aunque Bashar al-Asad gobernó con una brutalidad que aparentemente no conocía límites, sobre todo tras el estallido de la guerra civil en 2011, los grupos de Derechos Humanos ya llevaban mucho tiempo criticando con dureza a Siria por sus implacables políticas de detención y trato a los presos. Cuando el Partido Baaz tomó el poder en 1963, el gobierno sirio utilizó el estado de emergencia como justificación para encarcelar a quienes se mostraban críticos con el gobierno, en muchos casos mediante juicios injustos, o incluso sin juicio alguno. Más dura aún fue la represión durante la presidencia de Hafez al-Asad, padre de Bashar, quien gobernó Siria durante casi 30 años antes de que su hijo accediera al cargo en 2000.
Hafez al-Asad y su régimen aprovecharon la declaración del estado de emergencia para detener a las personas críticas con el gobierno y a quienes pertenecían a otros partidos políticos, aunque fueran partidos islamistas, como la Hermandad Musulmana, y grupos de izquierdas, como el Partido de Acción Comunista. Se definieron e implantaron deliberadamente supuestos delitos en guerras vagas y arbitrarias como, por ejemplo, el de "pertenencia a una organización secreta creada para cambiar la estructura social o económica del estado." Entre los detenidos había individuos procedentes todos los sectores, incluidos obreros, ingenieros, maestros y médicos. En 1982, como represalia tras el asesinato de oficiales militares y personal de seguridad por parte de los miembros de la Hermandad Musulmana, el régimen sitió la ciudad de Hama y la atacó con artillería y aviones de guerra. Dicha ofensiva acabó con la vida de entre 10.000 y 40.000 de sus habitantes y supuso la detención de otros varios miles.
A partir de la década de 1980, diversas asociaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional, comenzaron a preguntar al presidente de Siria sobre el paradero y las condiciones de los presos, especialmente de aquellos acusados de crímenes políticos. La mayoría de los reos tenían problemas de salud previos, y las terribles condiciones de vida, sumadas a la falta de atención médica, en las prisiones sirias no hicieron sino acentuar su sufrimiento. Amnistía criticó las detenciones arbitrarias de disidentes políticos por parte de Siria y publicó informes de seguimiento con listas detalladas de supuestos detenidos. A lo largo de los años, fueron muchas las llamadas al Gobierno sirio para solicitar información sobre la situación de los presos que quedaron sin respuesta.
Los grupos defensores de los derechos humanos tenían motivos para estar alarmados. Muchas personas fueron asesinadas o murieron en centros de detención, y los supervivientes narraron experiencias traumáticas en prisión que escapan a la comprensión de cualquier ser humano. Saydnaya ya era famosa por ser un centro penitenciario especialmente peligroso, junto con la prisión de Tadmur, en el desierto próximo a Palmira. De ella se decía que era una de las peores prisiones del mundo. Allí los presos estaban completamente aislados y sufrían a diario malos tratos físicos y psicológicos. A muchos los abandonaban a su suerte o los dejaban morir en sus celdas de hambre o a causa de enfermedades.
En Tadmur, se recluía a los presos en celdas de hormigón, diminutas y sin ventanas, sin luz ni un lugar donde dormir. Algunos cuentan que tenían prohibido establecer contacto visual y que los guardas les golpeaban nada más llegar en lo que enfermizamente llamaban "fiesta de recepción". También les obligaban a presenciar o a cometer actos traumáticos, como hacer daño a otros presos, con la amenaza matarlos si se negaban a hacerlo. Entre 1980 y 1990, el régimen mantuvo presas a unas 20.000 personas en Tadmur. Algunos prisioneros acabaron allí simplemente por negarse a firmar juramentos de lealtad al presidente sirio. Tadmur también fue el escenario de una tristemente célebre masacre en 1980, cuando los soldados liderados por el hermano de Hafez al-Asad mataron a unos 1.000 presos, la mayoría supuestamente relacionados con la Hermandad Musulmana, tras un atentado contra el presidente. El denominado Estado Islámico destruyó las instalaciones en 2015, una acción que no fue bien recibida por algunos líderes de la oposición y antiguos presos. Como dijo Radwan Ziadeh, activista opositor sirio y miembro senior del Arab Center Washington, la prisión "debería haberse conservado como un museo para las generaciones futuras, una prueba de la degradación de los seres humanos durante el régimen de al-Asad".
Hafez al-Asad concedió la libertad a algunos presos de forma puntual: por ejemplo, en noviembre de 1995, liberó a unos 1.200 reclusos en un acto de amnistía presidencial. Algunos habían sido encarcelados sin juicio, incluso sin cargos, y llevaban encerrados desde principios de la década de los 70. En ese período hubo otras liberaciones más reducidas, pero no se produjo reforma alguna en las políticas y prácticas que mantenían cautivas a tantas personas sin siquiera un pretexto con cierto fundamento legal. En una entrevista realizada en 1998, cuando ya se sabía que cientos de presos políticos continuaban encarcelados, Hafez al-Asad dijo a un reportero francés: "Yo no voy a las prisiones, pero creo que ya no quedan demasiados reclusos en ellas".
La transición a una nueva autocracia de al-Asad
Tras haber sobrevivido al menos a un intento de asesinato y a diversos problemas de salud que, pese a todo, no le impidieron ser un actor clave en la región árabe durante décadas, al-Asad murió en junio de 2000 de un ataque al corazón. Inicialmente había preparado a su hijo mayor, Basil, para que le sustituyera, pero cuando Basil murió en un accidente de tráfico en 1994, eligió a su segundo hijo, Bashar. En sus dos primeros años en el cargo, Bashar cerró la prisión de Mezzeh, puso en libertad a cientos de presos políticos detenidos durante el régimen anterior y fomentó los debates sobre la reforma democrática. Sin embargo, pronto retomaría algunas de las prácticas más brutales del legado de su padre, e incluso iría más allá.
A los dos años, comenzó a encarcelar a los disidentes y abandonó sus pretensiones iniciales de reforma social. Los acontecimientos que se desarrollaron en la región durante la década siguiente provocaron una mayor inestabilidad en Siria y se tradujeron en un mayor número de detenciones de miembros de la oposición y voces críticas. Aunque trató con dureza a los disidentes nacionales y ordenó el encarcelamiento de numerosos periodistas y activistas, Bashar también trabajó para abrir la economía del país. Como resumió un informe de Human Rights Watch: "Mientras quienes visitan Damasco se alojan en elegantes hoteles boutique y cenan en flamantes restaurantes, los sirios de a pie aún corren el riesgo de acabar en prisión por el simple hecho de criticar a su presidente, abrir un blog o cuestionar las políticas del Gobierno".
Y pronto llegaría el peor período de la represión. La brutalidad de al-Asad durante la guerra civil que tuvo lugar entre 2011 y 2024 convirtió este conflicto en uno de los peores del siglo XXI. En las primeras fases del levantamiento que se inició en marzo de 2011, y después de que su ejército ya hubiera asesinado a cientos de manifestantes pacíficos, al-Asad realizó concesiones menores, como liberar a algunos presos políticos y levantar el estado de emergencia. Sin embargo, en el verano de 2011, la represión y la violencia se recrudecieron: las fuerzas del Gobierno atacaron manifestaciones de la oposición, asaltaron universidades, y asediaron pueblos. A medida que se extendían las protestas aumentaban las detenciones y los asesinatos. Los grupos de derechos humanos dieron la voz de alarma sobre los crímenes contra la humanidad que estaba cometiendo el gobierno sirio, pero pocos podían imaginar lo que iba a suceder.
Lo que siguió fue más de una década de guerra atroz en la que el Gobierno utilizó armas químicas contra los civiles y lanzó sobre ellos miles de bombas de barril que destruyeron hogares, escuelas y hospitales. Como tácticas de guerra, el régimen empleó las violaciones a gran escala y la violencia sexual, y para castigar cualquier supuesto delito, implantó un sistema de detención, tortura y desapariciones forzadas que no distinguía entre hombres, mujeres y niños.
En 2014, un desertor sirio que había trabajado como fotógrafo para la policía militar sacó del país ilegalmente decenas de miles de imágenes de detenidos, incluidas fotos de miles de personas a las que el régimen había ejecutado. Estas imágenes aportaban pruebas inequívocas del maltrato que sufrían los prisioneros, cuyos cuerpos se veían demacrados, golpeados y torturados; en algunos casos, incluso les faltaban los ojos. Esta documentación también demostraba que el régimen era plenamente consciente de las condiciones de las prisiones y que, de hecho, estaba aplicando un enfoque sistemático a las ejecuciones y las muertes de los reclusos, que consistía, por ejemplo en numerar y fotografiar sus cuerpos. Los médicos del régimen, que rellenaban los certificados de defunción, indicaban causas de la muerte falsas e inocuas, como "problemas respiratorios."
En 2015, el régimen había hecho desaparecer a la fuerza a casi 60.000 civiles y secuestraba a la gente en sus casas, en el coche o en el mercado. Normalmente, sus familiares ignoraban por completo dónde estaban o si seguían con vida; algunas familias ni siquiera hablaban abiertamente de sus seres queridos desaparecidos, pues temían que hacerlo pudiera causarles más daño. Algunos incluso sobornaron a oficiales del régimen para conseguir información sobre el paradero de sus parientes.
Para cuando al-Asad huyó de Siria en diciembre de 2024, se calcula que el régimen había detenido o hecho desaparecer por la fuerza a 157.000 personas, entre ellas aproximadamente 10.000 mujeres y 5.000 niños. Según los informes, los presos estaban repartidos en más de 100 centros. Una de las primeras medidas de las fuerzas de la oposición fue irrumpir en las cárceles del régimen y poner en libertad a miles de prisioneros que estaban cautivos en su interior, algunos desde hacía décadas. Muchos de ellos no daban crédito y pensaban que se trataba de una trampa. Otros se encontraban en tal estado de conmoción que ni siquiera eran capaces de decir su nombre a sus rescatadores.
Sus relatos tras la liberación hablaban de un régimen con una capacidad infinita para infligir tormento y dolor, que les obligaba a vivir en espacios diminutos compartidos con decenas de personas, en los que a veces cada prisionero disponía tan solo de una baldosa en el suelo en la que acuclillarse. Algunos hombres fueron torturados mientras se obligaba a sus padres, hermanos e hijos a mirar. Y las mujeres tampoco se libraron; también a ellas las golpeaban, aislaban y torturaban. En un vídeo de la liberación de mujeres presas se veía a un niño pequeño que parecía retenido con ellas. Ver morir a un compañero de celda asfixiado, por heridas infectadas o por cualquier otra enfermedad era habitual. Un antiguo preso de la prisión Branch 215, un centro subterráneo situado en Damasco, declaró a la agencia Associated Press: "La muerte era la opción menos mala. Llegamos a un lugar en el que era más fácil morir que permanecer en él un minuto".
Desgraciadamente, las liberaciones no solo supusieron una inmensa alegría para quienes por fin se vieron libres y pudieron reencontrarse con sus seres queridos, también fueron un jarro de agua fría de realidad para todos los que esperaban que sus amigos o familiares desaparecidos continuaran vivos en la cárcel. Inmediatamente después de la caída del régimen, decenas de miles de sirios corrieron a Saydnaya en busca de sus padres, hermanos, hijos y amigos. Y aunque muchos los encontraron y liberaron, otros muchos no estaban allí. Los primeros en llegar llevaron consigo perros para que les ayudaran a localizar a cualquier superviviente. También utilizaron equipamiento para derribar los muros y buscar bajo tierra celdas ocultas. Las familias peinaron las instalaciones en busca de cualquier prueba que sus seres queridos pudieran haber dejado atrás y preguntaron a quienes habían sido liberados si se habían cruzado con sus familiares mientras estaban cautivos.
¿Qué futuro aguarda a Siria en esta nueva era?
Para quienes de repente han recuperado la libertad, la tortura física ha terminado, pero queda el trauma psicológico. Como describió una prisionera recién liberada: "Estoy destrozada psicológicamente… me falta algo. Es difícil seguir adelante". En las semanas posteriores a su liberación, algunos presos regresaron a sus antiguas celdas, como si necesitaran demostrarse a sí mismos que su pesadilla realmente había concluido. "He venido hoy aquí a comprobar que realmente nada dura para siempre", comentó a Reuters una de ellas.
El camino a la aceptación y la asunción de responsabilidades será largo. Varias organizaciones llevan años recopilando pruebas de las condiciones en las cárceles, pero el trabajo requerirá un esfuerzo tan grande que será necesaria una coordinación significativa. El Mecanismo Internacional, Imparcial e Independiente de las Naciones Unidas se ha ofrecido a apoyar las labores de la nueva administración siria para iniciar investigaciones vitales. Con el fin de ayudar a encontrar e identificar a las miles de personas que continúan desaparecidas se ha creado otro mecanismo de las Naciones Unidas, la Institución Independiente de Personas Desaparecidas en la República Árabe de Siria. Además, el Relator Especial sobre la Tortura de las Naciones Unidas presentó un informe sobre el tratamiento de los reos en las prisiones del régimen antes de las vistas en el caso del Tribunal Internacional de Justicia contra la República Árabe de Siria.
Nadie sabe con certeza qué futuro aguarda a Siria. Hoy, decenas de miles de seres humanos, retenidos en condiciones que sin duda estarán entre las peores de la historia, son por fin libres. Pero para muchas familias la pesadilla no ha terminado, ya que aún se desconoce el paradero de miles de sirios desaparecidos. Pese a la felicidad de ser testigos de la caída del régimen que destruyó sus familias, sus vidas siguen incompletas, como afirmó Bassam Masri, cuyo hijo fue detenido en 2011. Mientras lo buscaba en Saydnaya, Masri se lamentaba: "La felicidad no será completa hasta que no pueda ver a mi hijo fuera de la cárcel y saber dónde está".
* Este trabajo fue publicado originalmente por el Arab Center Washington D. C. Puede consultarse aquí.
Las ideas expresadas en este análisis corresponden a la autora y no reflejan necesariamente la postura del CEARC.
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