Debatir la libertad de expresión, la tolerancia y el laicismo en tiempos demagogos

Azmi Bishara
Azmi Bishara Director General del Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS)
Compartir
Emmanuel Macron.

Es difícil mantener un diálogo fructífero sobre conceptos cuando los políticos los despliegan en su retórica como eslóganes o clichés. Los ambientes tensos y la toxicidad de la esfera pública complican la cuestión y abonan el terreno para todo tipo de demagogias; lo podemos ver en las lides electorales entre la derecha y la extrema derecha en Francia, o en los conflictos y tensiones globales que, por ejemplo, asedian a la cuenca mediterránea, punto de encuentro y a la vez de separación de los musulmanes con Europa.

Nos referimos a conceptos que en la actualidad se encuentran en pleno debate, como la libertad de expresión, el pluralismo, el laicismo y la profanación de lo sagrado.

Como última aportación al debate tenemos el espantoso asesinato de Samuel Paty, un profesor francés, cometido el 16 de octubre por Abdullah Anzorov, un inmigrante checheno. La naturaleza de lo acontecido ha generado una atmósfera que dificulta cualquier discusión sensata. De hecho, el suceso ha adquirido nuevas dimensiones debido a la implicación del presidente francés, Emmanuel Macron.

El 2 de octubre, justo dos semanas antes del asesinato de Paty, Macron pronunció un discurso de léxico recargado proclamando la crisis global del islam. La perorata mostraba un claro abuso del lenguaje erudito, que daba al presidente francés visos de filósofo-intelectual, como si esto fuera un requisito para el liderazgo del país. En realidad, Macron no es más que otro dirigente que intenta dominar el juego del poder y aprovechar las oportunidades y conveniencias políticas, cuya retórica ha sido diseñada para evitar la pérdida de votos de sus compatriotas franceses hacia la extrema derecha. Macron no ha sopesado bien sus palabras al mezclar la crítica al radicalismo con la crítica al islam, y la crisis de algunos musulmanes con una supuesta crisis de todo el islam. Su discurso se dirige a los franceses, pero también llega a oídos de los musulmanes, a quienes no impresiona el cóctel de términos o el gesto condescendiente. Después de todo, se trata de un jefe de Estado cuyo trabajo no es evaluar el islam, el cristianismo o cualquier otra fe. No obstante, Macron ha hecho bien al corregir su discurso y explicar lo que pudo malinterpretarse.

Las complejas relaciones entre el norte del Mediterráneo y su sur y este reflejan una historia que, durante la última década, ha visto proliferar ciertos individuos, provocadores exaltados en mi opinión, que exhiben su especial obsesión por insultar al profeta musulmán, mostrando una faceta aberrante del laicismo y la libre expresión. La práctica de insultar o desprestigiar al profeta árabe con cuentos y relatos narrados fuera del contexto histórico y cultural de su legado para evocar una imagen repugnante es una tradición marginal de la cultura europea y que en particular no es de raigambre laica. En su mayor parte, se gestó a lo largo de diversas etapas de conflicto y guerra. Pero en el contexto del espacio público contemporáneo, con la revolución de las redes sociales y las comunicaciones y el auge de la cultura de masas en las sociedades europeas y musulmanas, esta práctica ha adquirido dimensiones diferentes que la diferencian cualitativamente de las difamaciones leídas por un número limitado de personas.

Sin duda, la libertad de expresión es una piedra angular de la democracia liberal basada en la aceptación del pluralismo. Sin embargo, en mi opinión, las raíces de este pluralismo han sido erróneamente atribuidas por algunos teóricos liberales como John Rawls, a la tolerancia religiosa y a las lecciones aprendidas de las guerras de religión. Si bien los Estados modernos aceptan cierto grado de pluralismo religioso, no ocurre lo mismo con el pluralismo democrático. E incluso si fuera válido atribuirla genealógicamente a esas raíces, la lógica que sostiene la libertad de expresión es la misma que caracteriza a la democracia liberal moderna y no se basa en la tolerancia religiosa, sino en otras cuestiones: en primer lugar, en la igualdad moral entre los ciudadanos como entes capaces de formar juicios de valor sobre lo que está bien o mal y sobre sus propios intereses; en segundo lugar, en su derecho a participar tanto en la promulgación de las leyes que deben obedecer como en su autodeterminación (mediante elecciones y otras prácticas), que no puede ejercerse sin garantizar la libertad de expresión; y en tercer lugar, por la limitación del poder discrecional de las autoridades y el equilibrio entre poderes, que tampoco es posible sin libertad de expresión y crítica.

En cualquier caso, más allá de las divergencias de opinión sobre este asunto, existe una diferencia entre el pluralismo democrático y la tolerancia derivada de ciertas tradiciones religiosas. Se trata de una cuestión difícil de abordar sin un análisis más extenso, pero veremos que la distinción es crucial. Más allá de las imposiciones y restricciones legales de los Estados, el pluralismo democrático no debe olvidar ejercer todas las formas de tolerancia, la religiosa entre ellas, mediante el respeto a la diversidad de opiniones y a la dignidad de las personas.

Es cierto que el pluralismo democrático proclama la diversidad de confesiones, opiniones, gustos y partidos políticos y protege la libertad de expresión en la esfera pública, manteniendo su neutralidad al respecto. Pero cuando nos hallamos ante los propios principios democráticos, la democracia no puede permitirse ser neutral. De hecho, las democracias liberales suelen imponer algunos límites a la libertad de expresión penalizando, por ejemplo, la difamación, sin entrar en definiciones jurídicas, por infligir de manera injusta un daño moral y material a las personas.

Democracia y libertad de expresión

Las democracias también intervienen para diferenciar lo que está permitido de lo que no en aquellos casos donde se incita a la violencia o al asesinato. Algunos Estados que arrastran un historial de discriminación racial no toleran incitaciones de este tipo ni ataques generalizados contra un pueblo, cultura o grupo humano (aunque el islam y los musulmanes suelan ser una excepción).

En Francia es ilegal negar el Holocausto. Intelectuales e investigadores han sido procesados por no reconocer este grave crimen contra la humanidad, y se han desatado campañas mediáticas contra quienes se han atrevido siquiera a debatirlo. El propio Macron, en un discurso pronunciado el 19 de febrero en el cementerio judío de Quatzenheim, en el este de Francia, trató de equiparar el antisionismo con el antisemitismo, en su afán por deslegitimar una postura válida ‒que es apoyada por diversas facciones del pueblo judío‒ contra un movimiento colonial religioso y nacionalista no exento de prácticas racistas, así como un proceso de colonización de una tierra ya habitada tras expulsar a su población. En otras palabras, la intención de Macron de librar una batalla política puede adivinarse en la transgresión de ciertas barreras que van más allá de la defensa de la libertad y la democracia.

En el sistema democrático francés existen ciertos límites a la libertad de expresión cuya posición es objeto de debate entre las fuerzas políticas y los movimientos intelectuales. El insulto a las creencias religiosas sagradas ajenas goza de gran permisividad en la mayoría de las democracias liberales. Al resultar complejo acotar el grado de ofensa implícito en estos insultos, los límites en este caso son más laxos. Esta indefinición ayuda a evitar que la ofensa religiosa pueda esgrimirse a la mínima de cambio como pretexto para prohibir ideas legítimas.

En cualquier caso, los insultos al fundador de una fe con más de 1.500 millones de seguidores que le veneran y tienen como referente no deberían constituir un ejemplo ordinario de libertad de expresión, aunque la democracia no los prohíba. Las normas de libertad de expresión de las democracias liberales pueden ser permisivas al respecto o apoyarse en el carácter marginal de estas ofensas, que afectan a millones de personas, ya sean o no ciudadanas de dichas democracias. No obstante, estos insultos no se deberían tolerar y tener como ordinarios en el ámbito público. Porque, de hecho, no se trata de actos ordinarios, sino de fenómenos extremos y excepcionales que deben tratarse como tales.

En otras palabras, si bien es cierto que la democracia francesa no proscribe tales insultos, esto no la exime de la responsabilidad de sensibilizar contra ellos, combatirlos y hacerlos ver como un acto negativo a través de la educación y los medios de comunicación. Es lícito que, al mismo tiempo, se pueda alegar que su prohibición sentaría un precedente de represión de la libertad de expresión y que, en última instancia, esto podría llevarnos a una escalada en dichas cotas de represión. Lo que no resulta en absoluto aceptable es que la democracia francesa fomente o se jacte de tales actos.

Debe quedar claro que esta deriva no proviene de la Ilustración o del laicismo. La Ilustración francesa, estudiada por muchos de nosotros en nuestros años de formación, no era en su mayor parte hostil a la religión, sino más bien a los estamentos religiosos, a su intervencionismo político y a su implicación con la monarquía. En este contexto, se acusaba al clero de promover la ignorancia para manipular a los campesinos y a las masas, como dirían los llamados "filósofos" ilustrados del siglo XVIII. Pero, en este movimiento, la hostilidad hacia la religión misma era marginal y no contemplaba la burla a Cristo o al profeta Mahoma.

Debatir sobre religión, creencias, textos e instituciones religiosas constituye una de las prácticas fundacionales de la Ilustración y el racionalismo. Pero la burla a los profetas en el ámbito público es pura provocación. Este acto deliberado puede entenderse en ciertas expresiones artísticas y literarias de la cultura de un país, dentro del contexto de las creencias sagradas de la propia cultura. Sin embargo, la burla de las creencias sagradas de otros pueblos y la imposición de los parámetros de lo permisible o no a otras culturas, resulta más peliagudo. Esta cuestión se solapa con otras facetas como la identidad, la dignidad y demás asuntos, sobre todo cuando la relación con la otra cultura es compleja y conlleva una historia de dominación.

A quienes pido que comprendan esta distinción les insto al respeto de otros seguidores, culturas y religiones, así como a la no aceptación de los insultos lanzados contra ellos. En esto consiste la tolerancia, que, en mi opinión, va más allá del pluralismo y el respeto a la libertad de expresión. Es la tolerancia la que a veces también anima a que una persona guarde su opinión sin ser forzada a ello, incluso en un entorno libre.

En Francia, tras la Tercera República, el laicismo adoptó manifestaciones extremas respecto a la expresión de la religión y su papel en la esfera pública. Al igual que otros laicismos, el francés no permite que el Estado o sus instituciones impongan una religión o creencia específica y rechaza cualquier injerencia estatal en cuestiones relacionadas con el credo religioso o con la conciencia.

Neutralidad y Estado laico

La neutralidad del Estado laico ante los asuntos religiosos forma parte de su esencia. En mi opinión, en Francia, el actual debate abierto en torno a la religión y su manifestación en la esfera pública debería resolverse en favor de la libertad de expresión. Impedirla contradice el principio de laicidad, a menos que viniera impuesta desde arriba por una ideología. No es justo ni posible prohibir la religión en la esfera pública y la mayoría de los Estados democráticos no lo hacen. Al mismo tiempo, los Estados democráticos impiden que los grupos políticos organizados utilicen la religión para imponer un modo de vida a la gente o para intimidar o excomulgar a quienes no la profesan. De hecho, el Estado debe estar protegido ante cualquier intento de vulnerar creencias religiosas u otras ideologías. Los movimientos y grupos religiosos que no suscriben esto son, en esencia, antidemocráticos y exigen a la democracia algo que ellos mismos no aceptan. Sin embargo, la mayoría de los musulmanes que viven en dichos Estados democráticos se han integrado y, entre ellos, los religiosos practican su fe y trabajan y desempeñan un papel en la sociedad en la que viven al igual que los que les rodean.

La democracia francesa, como otras democracias, tiene el derecho y la obligación de proteger a su sociedad y defenderla de quienes llevan a cabo crímenes atroces en nombre de la religión o de cualquier otra ideología, como en el caso del reciente atentado de Niza. Un seguimiento e investigación de estos sucesos nos harán ver que los grupos extremistas que cometen atentados contra civiles, o las comunidades a las que dichos grupos pertenecen, son quienes están en crisis. No corresponde al jefe del Estado atribuírsela al islam, al judaísmo o al cristianismo per se. No recuerdo a ningún jefe de Estado musulmán, con independencia del tipo de régimen, declarar la crisis del confucianismo a la vista de lo que China hace a los uigures; o la crisis del budismo a la luz de la limpieza étnica y los crímenes contra la Humanidad cometidos contra los rohingya; o incluso la crisis del judaísmo por lo perpetrado contra los palestinos en nombre de su religión y con el pretexto de unas promesas bíblicas. ¿Qué se diría si los palestinos y los árabes, y concretamente sus jefes de Estado, hubieran atacado el judaísmo y la Torá basándose en que la gente los utiliza para justificar la opresión de los palestinos? La lógica que rige el comportamiento del presidente francés no es laica: es muy probable que las sociedades musulmanas estén en crisis, como ocurre con otras sociedades, pero eso no justifica su diagnóstico acerca del estado del islam.

El islam es una gran religión seguida por más de 1.500 millones de seres humanos. Su civilización es extremadamente diversa y es incorrecto insertarla de manera tan trivial y con una generalización tan arrolladora en la narración política de un presidente en aras de la lucha contra el extremismo y el terrorismo, o en el contexto de la competición por los votos con la extrema derecha en Francia.

No cabe duda de que el atroz asesinato de Samuel Paty debe condenarse sin paliativos y sin relativizaciones que impliquen una apología del crimen. La situación de los musulmanes en cualquier parte del mundo no puede servir para excusar el comportamiento del joven que decidió matar al profesor. Sus actos son inaceptables e injustificables, por lo que debe asumir responsabilidades en la medida en que cometió el asesinato con plena consciencia de hacerlo. Ni pidió consejo a "los musulmanes" ni el "islam" fue responsable de ello. El islam es ciertamente inocente de su crimen.

Las palabras deben rebatirse con palabras; lo mismo sucede con las burlas, aunque estas tengan lugar en un ámbito público y no en un aula. Incluso puede ocurrir que aquellos con suficiente autoestima se abstengan de dar una réplica, en la medida en que no todo lo que se dice merece ser respondido. Siempre opiné que incluso las caricaturas publicadas en su día para ridiculizar al profeta del islam en un periódico danés no merecían la atención recibida. El profeta sí merece ser defendido; no así el caricaturista, por quien la gente no debería malgastar su tiempo y esfuerzo manifestándose en contra. Más allá de las caricaturas de un dibujante de tercera, existen innumerables razones en los países musulmanes por las que vale más la pena salir a protestar. Nadie, ni siquiera los lectores de su publicación, habría sabido de su existencia de no ser por estas protestas. Dicho de otro modo, quienes insultan las creencias sagradas no merecen ser respondidos, sino ignorados. Los pueblos de las grandes civilizaciones deberían actuar de este modo, en vez de salir a la calle por miles para manifestarse cada vez que un desconocido insulta sus creencias sagradas, evitando así convertir al autor de la burla en una estrella o celebridad.

Por otra parte, del mismo modo que el Estado puede contribuir a concienciar contra el racismo y condenarlo, también debería hacerlo sobre tales actos de insulto y provocación, así como de sus peligros implícitos, en lugar de protegerlos bajo el paraguas de la libertad de expresión. Aunque ciertos actos sean técnicamente permisibles, no es correcto que el Estado permanezca neutral en cuestiones de libertad de expresión.

Sin embargo, los sucesos de Francia demuestran que el Estado ha traspasado los límites de la simple neutralidad al intentar solidarizarse con la víctima presentando estas caricaturas insultantes como ejemplos de libertad de expresión. En una cínica estratagema, las imágenes ofensivas saltaron de un ámbito pequeño y cerrado a la esfera pública y llegaron a proyectarse en edificios gubernamentales. Por encima de cualquier otra intención, el resultado anima a la gente a insultar las creencias sagradas de los demás y convertir una práctica marginal en otra habitual y típica de la libertad de expresión, con la consiguiente provocación al mundo musulmán.

Incluso los ciudadanos laicos franceses pueden comprender que la religión y sus símbolos esenciales caracterizan a civilizaciones enteras y forman parte de la identidad cultural de las personas, religiosas o no, de todo el mundo. Así, entienden que la inmensa mayoría de estas personas se oponen al extremismo religioso, a los asesinatos por aquello que se dice, a la excomunión e incluso a la violencia política en general. Sin embargo, les cuesta asimilar los insultos intencionados dirigidos hacia sus símbolos religiosos, por atentar contra la dignidad de un modo deliberado. Incluso alguien con inteligencia limitada debe ver que promover este tipo de "expresión" en los edificios gubernamentales promueve una reacción en cadena de la que no saldrá nada bueno. Lo más importante es salir cuanto antes de este círculo vicioso.

Este Comentario fue publicado originalmente por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí.

Crédito de imagen: Flickr / CC-BY-2.0

CONTENIDO RELACIONADO