Gaza: cuestiones morales en tiempos difíciles

Azmi Bishara
Azmi Bishara Director General del Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS)
Compartir
Palestinos buscan sobrevivientes luego de un ataque aéreo israelí en el campo de refugiados de Rafah, al sur de la Franja de Gaza, el 12 de octubre de 2023. Shutterstock / Anas Mohammed

Resumen

Este ensayo explora los dilemas morales que plantean las atrocidades cometidas en Gaza y la imposibilidad de juzgar moralmente estos crímenes. Sostiene que la moral no se limita a principios trascendentes de los que se derivan preceptos por analogía y juicio racional, sino que procede de disposiciones humanas innatas. Estas disposiciones, aunque no son principios morales per se, constituyen una semilla de la que emerge la moral, formando el potencial humano de los valores humanos universales. Estos preceptos morales no se vuelven inoperantes en tiempos de guerra. Se sostiene que la alegación de legítima defensa de Israel y sus aliados para justificar sus acciones genocidas en Gaza y marginar los juicios morales es una mentira flagrante. Los Estados ocupantes no tienen derecho a la legítima defensa antes de poner fin a la ocupación territorial. El derecho (condicional) de autodefensa descansa en la resistencia a la ocupación, también sujeta a normas morales. La afirmación de que la resistencia palestina en Gaza representa el "mal absoluto" es menos un juicio moral que una estrategia para desviar la atención del contexto de las operaciones de resistencia. El ensayo entra en una discusión de las posiciones de Jürgen Habermas y Seyla Benhabib sobre la guerra en Gaza, criticando su sesgo hacia Israel y exponiendo las deficiencias morales de sus posiciones.

Introducción

Además de los conflictos políticos e ideológicos, el salvajismo de la guerra y las muertes masivas inspiran varias reflexiones existenciales. Parece haber poco espacio para el debate moral, atrapado como está entre una agresión despiadada que establece la aniquilación del enemigo de guerra como un objetivo que se justifica a sí mismo más allá del bien y del mal, permitiendo incluso el bombardeo de hospitales y escuelas, y los supervivientes que se aferran a la vida desnuda entre sus muertos y en medio de una pérdida total e impensable. Sin embargo, el presente artículo aborda las cuestiones morales planteadas por la guerra israelí contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza en un momento en que la difuminación de los límites morales hace difícil discernir cualquier moralidad en medio de la polarización política en tiempos de guerra. Estos son los dilemas morales a los que se enfrenta la humanidad como consecuencia de las atrocidades cometidas durante la agresión y los medios empleados que permiten suspender cualquier juicio moral sobre los crímenes cometidos.

Es fundamental recordar que, si bien los individuos y los grupos pueden acatar o desobedecer las normas morales en tiempos de guerra, los valores morales no impulsan la acción humana en tiempos de guerra o de otro tipo salvo en dos casos:

1. Si estos valores, en los que uno cree o que le han sido inculcados, nos afectan desde un punto de vista emocional o afectivo, de tal manera que nos impulsan a actuar o nos impiden hacerlo, o provocan sentimientos de culpa si no se actúa de acuerdo con ellos.

2. Si estos valores se articulan como normas que pueden inculcarse o se han convertido en costumbres o leyes, de modo que un individuo las respeta por sí mismas o por sentido del deber y no por miedo al castigo. Estas normas son absolutas en el sentido de que adherirse a ellas es un deber frente a otras opciones, pero también pueden sopesarse entre sí en términos de prevalencia.

En general, la acción humana no está impulsada por valores morales, sino por otros incentivos, como la evitación de daños físicos o psicológicos, la incapacidad de soportar el rechazo a la humillación, el deseo de liberarse de ciertas limitaciones, el deseo de reconocimiento y aprecio por parte de los demás, el gusto por el control, el hábito y la costumbre, la lujuria, la posesividad, el placer, la envidia, el amor y el odio. Los valores morales individuales o sociales predominantes a menudo refuerzan y fomentan los actos motivados por esos innumerables incentivos, o pueden limitarlos, regularlos, disuadirlos o justificarlos a posteriori. Pero ninguno de estos motivos es moral, como tampoco lo son las acciones que inspiran. No obstante, los medios utilizados en la acción humana están sujetos a un juicio moral, mientras que los propios fines pueden transformarse en valores y normas. Por ejemplo, la búsqueda de la felicidad, aunque no es un valor moral per se, se lleva a cabo por medios sujetos a un juicio moral. Sin embargo, la articulación de la búsqueda de la felicidad como el derecho de cada uno a buscar su propia felicidad sin perjudicar a los demás lo convierte en un valor moral. Lo mismo ocurre con los valores de la vida, la dignidad humana y la libertad. La libertad frente a las restricciones a la movilidad o la expresión puede impulsar a actuar si uno no se ve sobrepasado por el instinto de supervivencia o el miedo, pero defenderlo se convierte en un valor moral si se transforma en un reconocimiento del derecho a la libertad. Este tipo de moral puede llegar a ser universal por las predisposiciones naturales de los seres humanos.

A menudo, los valores se entrecruzan con las emociones humanas fundamentales. Por ejemplo, la dignidad se entrecruza con una poderosa aversión a la humillación que puede empujar a alguien a levantarse contra quienes pretenden humillarle. Del mismo modo, se entrecruza con el descontento y la angustia interna cuando uno es incapaz de rebelarse ante una humillación o protegerse de ella. También puede inspirar sentimientos de culpa cuando se humilla a otros.

Existen incentivos humanos naturales básicos en forma de instintos que van "más allá" de la distinción entre el bien y el mal (en realidad son anteriores). Sin embargo, la sociedad humana considera el impulso inconsciente para satisfacerlos malo o potencialmente malo. Tales impulsos incluyen la posesividad, la envidia y los celos, y las reacciones de ira que alimentan la búsqueda de venganza y la lujuria desenfrenada. Si la moral se basa en distinguir el bien del mal en la acción humana y en juzgar el comportamiento de los individuos y los grupos, tanto si la distinción se basa en los valores de la virtud como en un juicio de resultados, solo es posible en el contexto de la sociedad humana. Toda una corriente de pensamiento, desde Rousseau hasta Freud, sostiene que la vida moral es posible porque la sociedad se basa en la domesticación de los instintos. Esto se refleja en la forma en que las sociedades y los individuos tratan los instintos, lo que da lugar a diversas normas sociales y construcciones psicológicas individuales. Las sociedades tratan estos instintos naturales en función de innumerables variables y a medida que nuestra comprensión de la moral ha ido evolucionando.

Los actos naturales de la vida no son morales o inmorales. Sin embargo, a la vez hay algo además de los instintos que no se debe domar para permitir el desarrollo de la vida social: algunos rasgos humanos innatos constituyen predisposiciones naturales para la aparición de la moral. Aunque la moral no surge de una ley moral predeterminada, como sostenía Kant, no toda disposición humana natural es un instinto que deba ser domesticado o suprimido para permitir la realización de la sociedad humana. Hay impulsos humanos naturales que entran en conflicto con la vida social y otros que la impulsan.

Esta predisposición no significa que el ser humano sea bueno o malo por naturaleza. Nuestra naturaleza no es ni buena ni mala. Más bien, estas disposiciones innatas postuladas constituyen un fundamento para el surgimiento de la moral y los valores humanos universales a medida que interactúan entre sí, a través de los sentimientos y la conciencia humanos, y de la interacción entre los seres humanos en la vida social. A continuación se exponen cinco de estas disposiciones:

1. Devoción por la vida impulsada por el instinto de supervivencia. La vida en sí es simplemente un hecho dado. El hecho de que la vida sea valiosa para el individuo no la convierte en un valor moral. El valor moral en este caso no es la vida per se, sino el derecho a vivir, incluido el derecho de otras personas, y la prohibición de acabar con la vida de otros.

2. Aversión a causar dolor al cuerpo humano. Puede ser una proyección de la aversión al dolor que uno siente cuando inflige dolor físico a otros seres humanos o una aversión instintiva a ver cómo se daña un cuerpo humano. Se puede suprimir esta aversión cuando se ejerce la violencia y vivir con los resultados El reconocimiento del derecho a no ser torturado y la solidaridad con las víctimas de la tortura son el fundamento de diversas obligaciones morales. Los grupos y las sociedades pueden superar esta aversión privilegiando el derecho a la autodefensa, mediante sistemas penales o demonizando al otro. Si una persona está insensibilizada hacia la violencia porque la practica o ha estado expuesta a la violencia repetidamente, los valores de empatía y solidaridad dejan de ser impulsores porque su vínculo con la constitución emocional de la persona se erosiona.

3. Nacimiento y pertenencia a un grupo de parentesco. Una comunidad de solidaridad y empatía puede ampliarse para abarcar a otros, del mismo modo que la hostilidad puede extenderse a personas que un individuo nunca ha conocido personalmente. Con el auge del individuo –el que es consciente de que su individualidad trasciende la pertenencia a un grupo determinado– se forman grupos imaginarios basados en afiliaciones comunes, no en lazos de sangre. Esta afiliación –o su negación y un deseo de liberarse de ella o sustituirla– se convierte en la base de nuevos valores como la lealtad y la sinceridad, y posiblemente del conflicto entre éstos y otros valores. El grupo pasa a ser el marco de potenciación de los valores, que se convierten en normas dentro del grupo. Estos valores son más poderosos entre el "nosotros" colectivo (real o imaginario) o en una relación con alguien que es como "nosotros ". Algunos de estos valores pueden evolucionar hasta convertirse en normas dentro de las relaciones entre los miembros del grupo o, por el contrario, permitir ciertos comportamientos que suelen ser inadmisibles dentro del grupo cuando se trata de personas que no son como "nosotros". Las normas morales pueden neutralizarse y, en casos extremos, hasta invertirse al tratar con miembros de otros grupos.

4. Aspiración al reconocimiento y la admiración. Es difícil determinar si este rasgo es innato o no, pero está estrechamente relacionado con el desarrollo del yo humano. El reconocimiento y la admiración inspiran un sentimiento de satisfacción: un motor fundamental del comportamiento moral. Si el reconocimiento se convierte en un objetivo en sí mismo, podría convertirse en un impulso para el comportamiento inmoral.

5. Aparición del yo y de la conciencia de uno mismo provoca un sentimiento de dignidad y angustia ante la humillación y el insulto. Esto está ligado a la conciencia que tiene una persona de su propia identidad, que incluye la afiliación a un grupo (como se menciona en el punto 3).

Estas predisposiciones naturales siguen interactuando con ciertas normas morales socialmente predominantes tras su aparición y con la conciencia y las condiciones sociales de cada uno, dando lugar a la moralidad individual. De una constitución moral fuerte puede derivarse la autosatisfacción asociada a la autenticidad, es decir, una asimilación entre el comportamiento expresivo y práctico de una persona y sus valores, como diría Charles Taylor. Este es el pináculo de la identidad individual.

Las acciones humanas están sujetas a juicios morales, aunque sus motivos no sean morales. Estos juicios morales, ya se basen en la moral individual o en los valores morales socialmente predominantes, son un requisito previo para la formación de las relaciones sociales. Rara vez se cuestiona la suposición generalizada de que las acciones de los Estados –a través de sus autoridades e instituciones– no suelen estar impulsadas por la moral, sino por el poder y por intereses reales o percibidos. Sin embargo, las personas juzgan las políticas y las acciones de los Estados no solo por el grado en que se logran sus intereses, independientemente de cómo se definan y cómo evitan daños, sino también por criterios morales. Sin esta predisposición a juzgar moralmente, no puede haber civilización humana.

La moral evoluciona a la par que el desarrollo de la autoconciencia, las relaciones recíprocas y la evolución de la cultura, en combinación con las disposiciones humanas innatas antes mencionadas. Pero, en el caso de las instituciones sociales y los Estados, esas inclinaciones naturales no existen. ¿Cómo evolucionan entonces los valores morales que rigen su conducta? La moral colectiva se desarrolla dentro de los grupos y los Estados como marcos de referencia para un "nosotros" determinado capaz de promulgar leyes y cultivar un sentido de pertenencia. Sin embargo, los Estados y las instituciones, al estar formados por individuos o sujetos activos dentro de un sistema, no desarrollan su propia moral, ya que carecen de predisposiciones naturales, impulsos instintivos o subjetividad individual. Lo que sí tienen es memoria institucional, experiencia acumulada e imperativos derivados de los equilibrios de poder. Se establecen mecanismos que transforman las conclusiones extraídas de sus experiencias –relaciones recíprocas (como el comercio), rivalidades, guerras, etc.– en normas consensuadas articuladas en el lenguaje de la moral y las leyes positivas. Ninguna de ellas es vinculante si no existe un organismo que las haga cumplir. Y lo que es más importante, se han formulado normas consensuadas entre los Estados no solo sobre sus derechos y obligaciones, sino también sobre los derechos de los seres humanos en cuanto seres humanos. Lo derechos se aplican a los ciudadanos y las poblaciones de estos Estados, que redactan cartas en las que se recogen todos los derechos, cuya protección depende de que el Estado los respete. Estos derechos o cartas también se han formulado en términos morales, y son una suma de conclusiones derivadas de la interacción de las guerras, el comercio, las crisis económicas y los intereses de los Estados en el discurso del derecho y la ética en la era moderna.

Como resultado de esta interacción, la ocupación por la fuerza de tierras ajenas y la imposición de una ocupación a otro pueblo, en el orden mundial moderno que reconoce Estados definidos territorialmente y pueblos que aspiran a convertirse en naciones organizadas en un Estado, son consideradas una injusticia por las llamadas normas internacionales o el Derecho Internacional, porque impiden la práctica colectiva del derecho a la autodeterminación[1]. Para mantener una ocupación hace falta violencia, por ejemplo la limitación de la libertad de las personas, su sometimiento a humillaciones, ejecuciones y torturas, y la imposición de castigos colectivos. Resistir a la ocupación es un derecho no solo porque la ocupación impide el ejercicio del derecho a la autodeterminación, sino también porque es legítima defensa contra estos actos.

El debate moral sobre los conflictos internacionales, incluida la ocupación, no gira en torno a la virtud. Gira en torno a la aplicabilidad de las normas acordadas a los actos cometidos por los Estados y la incapacidad de hacerlas cumplir debido a la conducta de los Estados considerados grandes potencias, cuyo comportamiento no se rige por normas, sino por diversos prejuicios, alineamientos e intereses estratégicos. Antes de "exponer" la hipocresía del orden internacional –el doble rasero que se aplica a amigos y enemigos en cada momento, y no solo durante la guerra contra Gaza– sería útil examinar la amplitud de la opinión pública mundial que insiste en juzgar los acontecimientos a través de la lente de la moral y no de ideologías o alineamientos internacionales.

Las personas que se manifiestan por la vida de las personas de raza negra y del pueblo rohingya que se enfrenta a un genocidio, por los derechos de los refugiados y el futuro de la humanidad frente a la degradación del medio ambiente suelen ser las mismas que se oponen a la ocupación israelí y se solidarizan con el pueblo palestino que se enfrenta al genocidio en Gaza, independientemente de sus sentimientos sobre la ideología de Hamás. Por lo que son y por su realidad, los Estados nunca se guiarán por un planteamiento moral universal. No obstante, es de vital importancia hacer hincapié en las normas que se aplican ostensiblemente a toda la humanidad y la solidaridad humana, así como para presionar a los Estados para que modifiquen sus políticas.

Este ensayo parte del supuesto de que se puede juzgar moralmente a las instituciones, incluidos los Estados. Hay motivos para ello. En primer lugar, están formados por seres humanos individuales con razón y voluntad que pueden distinguir el bien del mal. Además, el objeto de sus acciones, o al menos los afectados por ellas, son seres humanos, tanto individuos como grupos. En segundo lugar, sus objetivos y sus métodos y los resultados de sus acciones están sujetos a un juicio moral individual basado en valores y normas morales acordadas y consagradas en convenciones y tratados que constituyen la espina dorsal del derecho internacional.

Cuando alguien comete un acto de asesinato, un robo o un fraude dentro del Estado, no solo infringe la ley, sino que también comete un acto inmoral. Cuando los Estados violan el derecho internacional con una guerra de agresión o un genocidio, están cometiendo actos inmorales y violando los convenios que han firmado y con los que se han comprometido. Esto no se aplica al ciudadano individual, que no ha firmado la ley que criminaliza su acción. Más bien, se supone que están moralmente comprometidos con el valor que encarna la ley, o la cumplen porque conocen las consecuencias y el posible castigo. En el caso del Estado, no hay responsabilidad ni castigo por violar la ley a menos que haya otro Estado o grupo de Estados capaces de imponérsela y tengan interés en hacerlo. Este hecho hace que el juicio moral sobre su conducta sea aún más importante, ya que este juicio es un elemento significativo de la acción política para hacer frente a los crímenes de un Estado.

Los crímenes de guerra, los crímenes de lesa humanidad y los genocidios cometidos tras la Guerra Fría (por ejemplo, en Ruanda y los Balcanes) impulsaron la creación de la Corte Penal Internacional (CPI), cuya carta fundacional, el Estatuto de Roma, ha sido firmada por 123 Estados desde julio de 1998. La Corte existe para responsabilizar a los autores de esos crímenes como individuos, ya sean dirigentes de Estados, comandantes de ejércitos u oficiales. En otras palabras, el carácter oficial de su conducta no les exime de la responsabilidad moral individual. Pero desde la fundación de la Corte, se ha mostrado incapaz de castigar a funcionarios u oficiales de las grandes potencias o a individuos de los Estados que han salido victoriosos. Una vez implicados los Estados, entran en juego otras consideraciones totalmente ajenas a la moral. A efectos prácticos, la CPI se dedica a castigar a los perdedores de las guerras.

La verdad no es ‒como a menudo se afirma‒ la primera víctima de la guerra; es la moral. Esto se justifica separando las razones de Estado de la moral por interés y el surgimiento de un sentimiento de perdón hacia los combatientes, que se eximen a sí mismos de los preceptos morales cuando se enfrentan a la población enemiga. También se argumenta que el Estado se ve obligado a cometer actos inmorales al servicio de los fines que lo justifican, como la propia guerra. Al fomentar la masacre del enemigo y adoptar dos normas morales distintas para los aliados y los enemigos, la guerra permite violar el primer valor: el derecho a la vida. ¿Cuál será entonces el destino de otros valores menos importantes? Cuando comienzan las campañas de propaganda y mentiras, la moral ya se ha dejado de lado. Se pide que enmudezcan y se acallan las voces que hablan en su nombre. La delgada línea que separa la vida de la muerte no puede tolerar la urgencia de su llamamiento. Justo en ese momento plantear la cuestión de la moral se convierte en algo urgente para las víctimas. El deber va más allá de la necesidad de debatir la "justicia" de la guerra: ¿es una guerra justa, es decir, una guerra de liberación o de autodefensa? ¿Una guerra librada tras el agotamiento de todos los medios no violentos? ¿O una guerra de agresión injusta? Los seres humanos son seres morales. Los alineamientos en tiempos de guerra son uno de los mayores desafíos para su tejido moral.

Moral e identidad en el contexto actual

Las normas morales se forman y expresan en la vida cotidiana en el contexto de la pertenencia a un grupo de referencia. La posición y el estatus de un individuo dentro del grupo son inseparables de lo que se espera de él y lo que él espera de sí mismo. En el marco de grupos estrechamente unidos, como la familia extensa, la tribu y el pequeño vecindario tradicional, es difícil distinguir entre moral privada y pública, y las reglas morales y las normas vinculantes que se aplican fuera del grupo difieren de las que se aplican dentro de él.

A medida que los grupos de afiliación se expanden, la moral individual se va diferenciando cada vez más de las costumbres y las tradiciones. Esta expansión no es la del territorio de un Estado o un imperio que puede producirse aunque los individuos sigan perteneciendo a su pequeño y estrechamente unido grupo. Se trata más bien de la expansión del grupo de afiliación, sea o no coincidente con el Estado. Este es el caso del individuo consciente de su individualidad en un grupo nacional o basado en la ciudadanía, o en grupos de identidad que constituyen a ciertos niveles una alternativa al grupo tradicional estrechamente unido.

Sin embargo, la individuación y la percepción por parte del individuo de su propia individualidad, mediante la distinción entre moral individual y moral pública, y la conciencia del potencial de las decisiones morales individuales no disminuyen la importancia de la comunidad imaginada basada en la identidad. En caso de hostilidades, especialmente en caso de guerra, los lazos dentro de la comunidad imaginada se estrechan; es decir, su "tribalismo" se acentúa. Como resultado, la brecha entre la moral que se aplica dentro y fuera del grupo se ensancha, llegando al punto de contradicción total en caso de guerra. Esta es la realidad política que describe con entusiasmo Carl Schmitt en sus diversos textos, en los que la política se considera el arte de distinguir al amigo del adversario.

De ahí que el tratamiento moral de los individuos de la comunidad imaginada no se aplique a los individuos pertenecientes al enemigo. En este contexto concreto, hay dos elementos importantes. El primero es la existencia de individuos y organizaciones que preservan valores humanos ostensiblemente universales. A diferencia de sus gobernantes e intelectuales estatales, que se limitan a defender estos valores de boquilla, ignorando o justificando los actos que los contravienen y para quienes los valores son universales en su contenido pero no en su ámbito de aplicación, reconocen la validez universal de los valores morales entre grupos y su aplicabilidad a los seres humanos en general. La segunda es un compromiso serio con las normas que regulan las relaciones entre los pueblos y los Estados, incluso en tiempos de guerra, y con las instituciones que exigen su aplicación y documentan las violaciones en ausencia de grandes potencias capaces de hacerlas cumplir. Es importante subrayar que la creencia en los valores humanos universales es insuficiente; es más importante adherirse a ellos.

Algunos han descubierto la hipocresía de los Estados occidentales (es decir, de sus instituciones de gobierno) durante la guerra genocida de Israel contra Gaza. La han visto en el apoyo de estos Estados (salvo los gobiernos de España, Irlanda y Bélgica) a la continuación de la guerra incluso después de que la magnitud de los crímenes israelíes hubiera quedado clara, en las políticas editoriales de los principales medios de comunicación occidentales y en su contravención de los derechos humanos y las cartas universales. Estos Estados guardaron silencio ante el bombardeo de barrios densamente poblados, la hambruna deliberada, la interrupción del suministro de agua y electricidad a la población, y el bombardeo de hospitales y colegios. Este hecho ha llevado a algunos a cuestionar los derechos humanos y los valores universales en su conjunto, una tendencia fomentada por ciertas corrientes ideológicas de las sociedades musulmanas. De hecho, no es nada nuevo. Ya lo vimos en Vietnam, Camboya y Laos, durante las crisis en África (el genocidio en Ruanda y los acontecimientos en curso en Sudán), y la guerra contra Irak y los bombardeos de Mosul y Raqqa.

Palestina, por la claridad de su causa, pone de relieve esta hipocresía. Pero no se debe necesariamente a los palestinos, sino más bien al sesgo hacia Israel, la particularidad de la relación de los Estados occidentales con este país y su apoyo incondicional. Además, la hipocresía no se limita a Occidente, sino que se extiende a los Estados árabes y musulmanes. La hipocresía se juzga con la vara de medir de los valores morales universales, representados en las formulaciones globales sobre derechos humanos y las convenciones internacionales sobre ocupación. Pero, ¿cómo podemos utilizarlos para denunciar la hipocresía si se están vulnerando? La labor no consiste en negar los valores universales ni en exponer su falsedad, sino en denunciar su defensa de boquilla, su negación, la falta de compromiso con estos valores y el derecho internacional, y el modo en que el derecho internacional ha quedado desprovisto de toda sustancia en un orden internacional en el que los valores articulados en torno a las convenciones y su interpretación están supeditados a los intereses y las relaciones de poder.

A pesar de la hipocresía de los Estados occidentales a la hora de aplicar los valores universales de los derechos humanos fuera de su ámbito nacional o cultural, muchos pueblos, árabes y no árabes, musulmanes y no musulmanes, se han liberado de los colonialismos occidentales con el surgimiento de movimientos anticoloniales en los propios Estados coloniales. Sudáfrica se liberó del apartheid gracias a la lucha armada y no armada, y a la solidaridad internacional. La lucha armada no fue suficiente para liberar a Palestina de la ocupación en el pasado y no lo es en la actualidad. El pueblo palestino necesita la solidaridad árabe e internacional. Pero, ¿cómo puede defenderse sin una creencia, por crítica que sea, en su existencia? Negar los valores universales y afirmar que no son más que una monumental mentira solo conduce al nihilismo moral, alimentando el extremismo nihilista de grupos marginales que las sociedades árabes ya han experimentado y por el que han pagado un alto precio.

La forma más eficaz de exponer la ostensible hipocresía moral de los países occidentales respecto a los valores universales es que quienes luchan contra la injusticia de la que estos Estados son cómplices formulen sus reivindicaciones y su discurso político en auténtica consonancia con los valores universales y los derechos humanos. Aquí surge la pregunta: ¿Quienes protestan contra la guerra de Gaza con pasión moral y angustia están motivados por la moralidad? ¿O su protesta surge de la identidad nacional o religiosa que comparten con las víctimas? Ambos motivos son legítimos y pueden formularse en el lenguaje de la justicia, porque el pueblo palestino está siendo objeto de injusticia y opresión, y su causa es justa. Del mismo modo, los manifestantes en Europa, Estados Unidos y otros lugares que exigen un alto el fuego pueden estar motivados por una moral universal derivada de un sentimiento de pertenencia común a una única identidad. No se trata de una identidad nacional ni religiosa, sino de una identidad humana, que les permite imaginarse a sí mismos en el lugar de las víctimas. Este es el nivel más alto de pertenencia compartida; la humanidad como grupo de referencia más amplio debería regirse por valores universales.

Los jóvenes judíos estadounidenses han realizado una gran labor gracias a su solidaridad con la población de Gaza y su rechazo de las prácticas israelíes, ya sea actuando sobre la base de valores universales, de su comprensión de los valores judíos junto con los valores humanos o incluso de una identidad judía compartida con los judíos israelíes. En este caso, la identidad compartida es un motivo para rechazar la monopolización de las conversaciones por parte de Israel, su pretensión de hablar en nombre de los judíos mientras comete un genocidio y su distorsión de esa identidad con sus prácticas criminales contra el pueblo palestino. Se trata de un punto de partida identitario, pero diametralmente opuesto al chovinismo identitario, ya que invoca la identidad no para vanagloriarse de ella, sino para rechazar el apoyo a cualquiera que pretenda representarla.

El derecho a la autodefensa

Estados Unidos, en la persona de su presidente y un gran número de periodistas e intelectuales –entre ellos intelectuales y periodistas israelíes que se han movilizado en batallones y brigadas mediáticas– han tratado de encapsular, y luego negar, todas las cuestiones morales derivadas de librar una guerra contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza con una frase: el derecho de Israel a la legítima defensa tras los crímenes cometidos contra civiles israelíes el 7 de octubre de 2023. La guerra se considera legítima, incluso necesaria, porque se libra en legítima defensa.

La Corte Internacional de Justicia (CIJ) dictaminó anteriormente que un Estado que ocupa el territorio de otro no tiene derecho de legítima defensa. No está defendiendo su propia identidad, que en este caso es el Estado dentro de sus fronteras internacionalmente reconocidas, sino su ocupación. Al mismo tiempo, hay convenciones internacionales que defienden el derecho a resistirse a la ocupación. Desde un punto de vista lógico, el derecho de autodefensa pertenece a un pueblo ocupado. Se denomina derecho de resistencia. En cualquier caso, la autodefensa no es un valor moral, sino un imperativo natural y la palabra "derecho" le confiere un carácter normativo jurídico y moral, transformándolo en un reconocimiento del derecho de cualquier pueblo a resistir a la ocupación. Dado que la ocupación conlleva prácticas como la violencia arbitraria, la negación de la libertad y la humillación, y dado que una sociedad ocupada defiende su existencia, su cultura y su identidad, la resistencia, desde el punto de vista de los movimientos de liberación, trasciende el mero derecho de autodefensa para convertirse en un deber moral. Este deber, al menos en el plano del discurso, consiste en defender un conjunto de valores como la dignidad, la justicia (incluida la libertad y el rechazo de la supremacía en este caso) y el derecho de pertenencia o el derecho a una identidad.

De hecho, no existe un derecho incondicional, moral o jurídico, a la autodefensa. Existen condiciones de proporcionalidad entre la acción y la reacción y otras condiciones relacionadas con los medios, no todas ellas legítimas. Después de que haya quedado claro cómo ejerce Israel este "derecho", algunos Estados siguen invocándolo para justificar la agresión en curso, incluso después de matar a miles de civiles inocentes, entre ellos un número escalofriante de niños. Esta justificación va más allá de la hipocresía para convertirse en pura depravación moral. Incluso si la invocación del "derecho de Israel a la autodefensa" va seguida de declaraciones que instan a Israel a respetar el derecho internacional y "evitar matar civiles ", el apoyo a Israel no está condicionado a dicho respeto, por lo que sigue siendo un añadido sin sentido y sin ninguna repercusión en la realidad.

Por su parte, Israel pasó inmediatamente a justificar el asalto total a la Franja de Gaza alegando la eliminación del terrorismo como objetivo, lo que requiere la eliminación de Hamás, o al menos de su aparato militar y su administración en la Franja de Gaza. Tan pronto como se articuló este objetivo, prácticamente todo se volvió admisible. Los medios sucios utilizados y los crímenes perpetrados en este tipo de guerra se olvidan y nadie tiene que rendir cuentas siempre y cuando la misión sea un "éxito". La rendición de cuentas solo se produce en caso de fracaso o si los Estados que cometen tales crímenes pagan un precio relativamente alto durante la guerra. Mientras tanto, en las sociedades occidentales se alzan las voces de quienes se mueven por impulsos morales.

Cuando el primer ministro israelí insistió falsa pero repetidamente en que Hamás era el ISIS de Gaza, estaba sentando las bases para que cualquier cosa fuera permisible en Gaza. Al fin y al cabo, muy pocos se preocuparon por los crímenes cometidos durante el bombardeo de Mosul y Raqqa después de que se formara un consenso internacional sobre la necesidad de eliminar al ISIS. En aquel momento, la atención internacional se centró únicamente en la exitosa ocupación de estas ciudades por parte de la coalición y en sus esfuerzos por limpiarlas de las fuerzas del ISIS sin importar el coste, incluido el coste de la vida, para sus habitantes y sin tener en cuenta la difícil situación de los civiles que sufrían la ocupación del ISIS y durante su liberación del ISIS, así como el número de fallecidos por los bombardeos estadounidenses. Como dejó claro la campaña de la coalición, los crímenes del ISIS contra civiles iraquíes y sirios no interesaban a los Estados de la coalición; lo que les preocupaba eran las acciones contra ciudadanos extranjeros y la amenaza que el grupo suponía para la "estabilidad" de la región.

La identificación demagógica de Hamás con el ISIS puede refutarse fácilmente. Hamás no es una organización internacional que lucha en territorio ajeno. Es un movimiento palestino que opera en territorio ocupado contra la ocupación. A diferencia de muchas otras organizaciones armadas palestinas y no palestinas, no ha llevado a cabo operaciones militares fuera de la Palestina ocupada ni ha herido a civiles en otros países. Aunque no se esté de acuerdo con Hamás, no deja de ser un movimiento político que no practica la violencia nihilista, sino que utiliza la violencia para resistir a la ocupación.

Además del intento de popularizar esta asociación entre Hamás y el ISIS y, por tanto, de preparar a la opinión pública para que acepte cualquier cosa en nombre de la eliminación de Hamás, los movimientos palestinos han sido comparados repetidamente con los nazis y el nazismo, un tropo israelí recurrente desde el estallido de la guerra en junio de 1967. Se ha comparado a Gamal Abdel Nasser con Hitler, al igual que a Yasser Arafat, y el gobierno israelí ha invocado repetidamente el Holocausto. El objetivo no es solo despertar la simpatía internacional y contribuir a apaciguar la culpa europea proyectándola sobre los árabes y los palestinos a cambio de su apoyo a Israel, sino también monopolizar el papel de víctima. Al adoptar permanentemente este papel, el victimismo se convierte en una característica intrínseca de Israel, aunque ocupe la tierra de otros y sea el verdugo, no la víctima.

Estos son algunos de los mecanismos utilizados para neutralizar las cuestiones morales planteadas por la guerra contra Gaza y embotar cualquier sentido moral que tenga todo ser humano, como afirmaba al inicio del presente artículo.

El mal absoluto

Desde el principio, la justificación de la agresión a Gaza y la guerra genocida contra el pueblo palestino se caracterizó por la negativa de Israel, de sus medios de comunicación y de los medios occidentales que lo apoyan a hablar de cualquier precursor de la ofensiva de las Brigadas Izz al-Din al-Qassam contra Israel el 7 de octubre, insistiendo en que cualquier mención del contexto equivalía a una justificación del ataque. Se propagó así la afirmación de que las Brigadas Qassam llevaron a cabo la operación simplemente porque son el mal absoluto, haciéndose eco del viejo mantra de Benjamin Netanyahu de que "la causa del terrorismo son los terroristas".

No se trata de una afirmación filosófica, sino que forma parte de una campaña propagandística. Explicar la diferencia entre esto y el mal absoluto tal y como se entiende en filosofía moral es un ejercicio estéril. No estoy de acuerdo con la advertencia de Nietzsche de que el "mal" no existe en realidad, ni con su afirmación de que la fuente del mal son los celos, la envidia y el resentimiento de los débiles frente a los fuertes, encarnados por la suplantación de la moral grecorromana por la cristiana debido a su mezcla con el judaísmo. Tampoco estoy de acuerdo con que la idea del mal se originó para demonizar la superioridad, aunque estoy de acuerdo en que el concepto del mal puede invocarse con total seguridad para demonizar a otros, por ejemplo en la propaganda política. El mal absoluto es un concepto poco utilizado en filosofía moral, a menos que uno se refiera a juicios morales absolutos entre dos opciones (o lo uno o lo otro). En este contexto, el significado de "absoluto" no es que la elección se haga entre el mal absoluto y el bien absoluto, sino más bien que las elecciones morales entre lo correcto y lo incorrecto, o lo bueno y lo malo, son elecciones hechas libremente y sin compromiso. Los compromisos son posteriores al juicio moral; al basarse en imperativos prácticos, quedan fuera del marco del juicio moral.

También está claro que el significado no es lo que Kant llamaba el mal radical (das radikale böse). Para él, la fuente del mal radical era la propensión humana a preferir el amor por uno mismo (interés propio, vanidad, etc.) sobre la ley moral, que exige adherirse a la elección moralmente correcta por mero deber, no basándose en el interés o la consideración de los resultados. Para Kant, ese es el motivo del mal, una idea que ha sido objeto de fuertes críticas. Hacer el mal por hacer el mal, según Kant, solo puede provenir de Satanás. En otras palabras, no empleó el término "mal absoluto". Se trata de un mal imaginario que no motiva a los seres humanos.

Por el contrario, cuando Israel y su maquinaria propagandística hablan de "mal absoluto", el propósito es equiparar a Hamás con el mal, en pocas palabras, demonizar al movimiento. Se trata de un mal ontológico que existe en sí mismo y por sí mismo, sin principio ni fin. Y lo que es más importante, implica que sus actos desafían toda explicación: Hamás comete actos malvados sin otra razón que ser la encarnación del mal. No hay más remedio que combatirlo y eliminarlo. Desde esta perspectiva, cualquier intento de explicar las razones o los antecedentes de la operación llevada a cabo por las Brigadas Qassam se interpreta como una justificación de sus actos, y quienes intentan ofrecer explicaciones son acusados de complicidad con el terrorismo. Las afirmaciones sobre la encarnación del mal son algo más que una mera incitación o un arrebato emocional. Son un sistema de propaganda política con su propia lógica predeterminada, con sus supuestos y sus consecuencias. Son afirmaciones basadas en suposiciones falsas y falacias.

Por ejemplo, la afirmación de que la violencia palestina surge de una animadversión hacia los judíos es una acusación infundada; incluso las víctimas civiles, si son atacadas, no lo son por ser judíos, sino en el contexto de un conflicto con un Estado ocupante y la realidad de su ocupación y prácticas asociadas. Esto no es una justificación para atacar a civiles, sino más bien una refutación de la afirmación de que los judíos son atacados por ser judíos. No se resiste al Estado de ocupación porque sea judío, sino porque es un Estado de ocupación. Al acusar de antisemitismo a las personas que viven bajo la ocupación, se borra la especificidad del antisemitismo religioso, étnico y social al que se han enfrentado históricamente los judíos como minorías religiosas en Europa.

En cualquier caso, esta no es la primera operación llevada a cabo por Hamás en la que hay civiles israelíes entre las víctimas. Hamás y otros movimientos de resistencia han llevado a cabo varias operaciones suicidas (denominadas por Hamás y otros como "operaciones de martirio") en ciudades israelíes, sobre todo durante la Segunda Intifada, práctica que se ha abandonado desde entonces. Esto siempre ha provocado una respuesta israelí violenta que incluía el castigo colectivo y la matanza de más civiles palestinos. Pero esa respuesta no se asemeja a la actual respuesta israelí, ni en su tenor emocional ni en su carácter vindicativo, de vengarse de todos los palestinos. Lo que provocó la furia del Estado militar, que se percibe a sí mismo como Esparta, no es el número de civiles muertos o heridos durante la operación (muchos de los cuales fueron asesinados por las fuerzas israelíes), sino el estupor y el asombro por tres hechos. En primer lugar, desde 1948 ningún partido árabe (palestino) había llevado la guerra dentro de las fronteras de 1967; en segundo lugar, la audacia y las capacidades de los combatientes palestinos han conmocionado a los israelíes. En ese sentido, entrar en bases militares y matar soldados es más duradero y traumático que matar civiles. En tercer lugar, la conmoción que hizo tambalear al Estado se mezcló con el temor calculado de que las debilidades quedaran al descubierto y que la disuasión israelí resultara ineficaz. Israel se lanzó a una guerra total contra los palestinos de la Franja de Gaza, que ha sido reconocida internacionalmente como potencialmente genocida.

En este contexto, cualquier investigación sobre los antecedentes del atentado del 7 de octubre se vuelve totalmente inaceptable, véase sospechosa, por simpatizar con el terrorismo. La historia, según esta narrativa, comenzó en lo que ha empezado a conocerse en Israel como el "Black Sabbath", ignorando el asedio de casi dos décadas que asfixia a la Franja de Gaza, los ataques aéreos israelíes constantes, la expansión de la colonización en la Cisjordania ocupada en los dos últimos años, la frecuencia cada vez mayor de las incursiones en Al-Aqsa y los intentos de imponer a los musulmanes una división del lugar religioso, el acoso y la tortura de los detenidos palestinos en las cárceles israelíes, y la regresión política bajo un gobierno de extrema derecha. Un análisis de estos antecedentes introduce cierta racionalidad en el tratamiento de los acontecimientos del 7 de octubre, relativismo frente a absolutismo. A su vez, esto podría atemperar el abrumador deseo de restaurar la disuasión mediante una venganza tribal total contra el pueblo palestino, con la diferencia de que la tribu israelí está armada con la última tecnología militar estadounidense para la guerra aérea, naval y terrestre.

De ahí el énfasis en el mal absoluto. Aunque hablamos de seres humanos que han vivido la mayor parte de su vida bajo un asedio sin parangón, los que nacieron antes del asedio vivieron la primera parte de su vida bajo la ocupación directa en condiciones de opresión y penuria. Por ejemplo, la inmensa mayoría de gazatíes son refugiados de los alrededores de las ciudades y pueblos israelíes en los que se infiltraron las Brigadas Qassam o que bombardearon. No hay mal ni bien absoluto: ni siquiera el derecho a resistirse a la ocupación, que algunos consideran absoluto, es un bien absoluto, como se demostrará más adelante.

Emplear términos como "mal absoluto" a fenómenos sociopolíticos va en contra de la racionalidad, que implica interpretación y comprensión. Nos impide explicar por qué la gente corriente recurre a la violencia, ya sea con fines morales o inmorales. También impide comprender las circunstancias del deterioro moral de los soldados israelíes y su conducta barbárica –actos de asesinato en masa, abuso y humillación de civiles palestinos– así como la relación entre este fenómeno y el hecho de crecer en una cultura de ocupación y racista.

En la segunda mitad del siglo XX, el genocidio nazi contra los judíos constituyó el trasfondo histórico del debate filosófico sobre el mal. El Holocausto se describió como un mal absoluto, es decir, un mal extraordinario y universalmente reconocido. Pero en Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt situó la fuente del mal en la gente corriente que, desprovista de todo sentido moral, hacía su trabajo, vivía su vida cotidiana y desempeñaba su papel en el proceso de exterminio. Lo hicieron no porque su amor por sí mismos hubiera prevalecido sobre la ley moral, sino más bien porque se habían convertido en instrumentos al servicio de un régimen totalitario. Esta guerra ha demostrado que la cultura política de los países democráticos puede convertirse en totalitaria en tiempos de guerra.

Los civiles palestinos no son daños colaterales

Los dirigentes de los Estados suelen expresar su pesar por la muerte de civiles en el transcurso de las guerras, aunque ofrezcan alguna justificación por ello: ha sido un error o un daño colateral de los bombardeos o los combates. Israel, sin embargo, no se disculpa ni ofrece justificaciones similares que pudieran neutralizar un juicio moral sobre la muerte de civiles. Por el contrario, anuncia que bombardea edificios, barrios residenciales e incluso hospitales sin tener en cuenta a los civiles que hay en su interior. No tiene en cuenta la presencia de civiles.

Como todos los casos de colonialismo de asentamiento, la historia del colonialismo de asentamiento israelí está plagada de ataques deliberados contra civiles con el fin de ocupar su lugar en el mercado laboral y sobre el terreno. Los movimientos sionistas colocaban bombas en los mercados y los lugares donde se reunían los civiles, y utilizaban la violencia masiva contra los habitantes de poblaciones enteras desde las que hombres armados lanzaban operaciones de resistencia contra los asentamientos sionistas. Este patrón de represalias y venganza casi tribal continuó hasta que la Haganá y otras organizaciones terroristas sionistas emprendieron el crimen de la expulsión masiva en 1948,  cometiendo masacres organizadas contra pueblos enteros. La expulsión es una doctrina y una política del colonialismo de asentamiento sionista. Sin ella, los judíos no pueden ser mayoría en un Estado judío. Tras el establecimiento de Israel, el Estado siguió el mismo método, tomando represalias contra los residentes de pueblos palestinos en respuesta a las acciones de los combatientes de la resistencia que se infiltraban a través de la frontera. Por último, se produjo la ocupación directa de Cisjordania y la Franja de Gaza en 1967.

En contra de lo que afirma, Israel no mata a civiles porque la resistencia palestina utilice a la población entre la que reside como escudos humanos. Aunque fuera cierto, no justifica los bombardeos aéreos para posponer el enfrentamiento directo sobre el terreno, que exigiría sacrificios que el ejército israelí no está dispuesto a hacer. Pero no es cierto. Israel ataca a civiles directa y deliberadamente por varias razones, entre ellas: 1) escarmentar a los civiles para que la resistencia palestina no repita tales actos, como si fueran responsables individuales y colectivos de dichos actos; en este caso, la violencia según la arrogante mentalidad colonial es una herramienta de castigo colectivo; 2) causar un sufrimiento humano insoportable y empujar a la población a dirigir su resentimiento contra los movimientos de resistencia e incluso a volverse contra la idea misma de resistencia por considerarla demasiado costosa; 3) presionar a la población para que se vaya "voluntariamente". Esta es la lógica que subyace al bombardeo despiadado y al corte de agua, electricidad, alimentos y combustible (la misma lógica que subyace al asedio de la Franja de Gaza desde 2007); y 4) el racismo. No hay que subestimar el racismo como factor, dada la cultura racista que prevalece en la sociedad y el ejército israelíes, cuyos soldados están adoctrinados en el odio a los árabes. El racismo es tanto una actitud como una "teoría" pseudocientífica. La primera es moralmente reprobable, mientras que la segunda lleva a quienes la propugnan a cometer errores tontos debido a un mal diagnóstico, un juicio equivocado y  el hecho de subestimar a las víctimas de la discriminación racial.

Las declaraciones públicas de los dirigentes israelíes han sentado las bases para los actos genocidas de su ejército. El presidente de Israel, Isaac Herzog, por ejemplo, declaró a los medios de comunicación que no hay inocentes en Gaza y que el propio pueblo es culpable porque no se levantó contra Hamás[2]. El ministro israelí de Defensa, Yoav Gallant, dijo a sus oficiales que no habría electricidad, ni agua, ni medicinas porque "luchamos contra animales humanos y actuamos en consecuencia"[3]. Ninguno de los aliados de Israel en Estados Unidos y Europa emitió una denuncia oficial de estas declaraciones, por no hablar de sus relativamente nuevos aliados como el actual gobierno indio, que es tan racista como el de Israel. Los aliados de Israel se involucran en fintas y distracciones, condenando las declaraciones de dos ministros israelíes extremistas concretos, lo que les libera de la necesidad de condenar la política oficial israelí y les permite ignorar las declaraciones de los comandantes de guerra y los responsables de la toma de decisiones.

A cualquiera que siga los medios de comunicación israelíes, especialmente los visuales, le llama la atención la forma en que intelectuales, profesionales de los medios de comunicación, antiguos funcionarios e invitados habituales a los estudios repiten declaraciones similares y parecen estar en permanente estado de alerta, como si estuvieran en una sala de guerra o en una competición para animar a su ejército a cometer crímenes, acusando de antisemitismo a cualquiera que se atreva a oponerse.

La moralidad del derecho a la resistencia y de las acciones para hacer valer este derecho

Naciones Unidas reconoce el derecho de los pueblos a resistir a la ocupación utilizando "todos los medios a su alcance" de conformidad con los principios y la Carta de las Naciones Unidas. Por supuesto, "todos los medios" es una expresión matizada y ligada a la Carta, mientras que otros tratados la restringen a las leyes y costumbres de la guerra. Sin embargo, este reconocimiento no es lo que hace que la resistencia a la ocupación sea moral. Más bien, la resistencia es moral en virtud del derecho a resistirse a la injusticia y a buscar la libertad frente a restricciones ilegítimas. Se trata de un derecho colectivo, ya que, bajo la ocupación, todo un pueblo está siendo sometido a la injusticia. La diferencia entre este tipo de injusticia y aquella a la que las autoridades estatales someten a su propio pueblo no es una diferencia moral, sino que se distingue por las leyes y normas internacionales que reconocen el derecho de los pueblos a la autodeterminación.

Sean cuales sean las justificaciones que ofrezca el ocupante, la ocupación se impone por la fuerza. Como la población ocupada no tiene derechos de ciudadanía de ningún tipo, está sometida al gobierno arbitrario de las autoridades de ocupación. No someterse a la ocupación provoca una mayor violencia con el objetivo de subyugarlos.

Un pueblo bajo ocupación tiene derecho a recurrir a la violencia para resistir a la ocupación, especialmente después de haber agotado los demás métodos de resistencia. Es una forma de autodefensa (resistencia) y un intento de ejercer el derecho a la autodeterminación (liberación). La decisión de utilizar o no la violencia implica consideraciones tanto morales como racionales, en el sentido utilitario de la palabra "racional". Sin embargo, esta violencia no es necesariamente el resultado de un estudio sobre si se cumplen o no las condiciones para el uso de la violencia. Más bien, puede estallar de forma espontánea y organizarse más adelante. Por tanto, la distinción entre el estallido de la violencia en la resistencia a la ocupación y la planificación racional de la violencia armada es crucial.

Una vez reconocido el derecho de un pueblo a resistirse a la ocupación, ¿no se nos permite juzgar la moralidad de los actos de resistencia a la ocupación? No solo es admisible, sino también, quizás, necesario. Admitir la resistencia armada a la ocupación, a pesar de los desacuerdos sobre la eficacia de sus actos más que sobre su legitimidad, no significa que no podamos distinguir entre el bien y el mal en los propios actos de resistencia, especialmente cuando causan deliberadamente daños físicos a personas inocentes. Se puede considerar que son detalles en los que no merece la pena profundizar, sobre todo si esos actos producen beneficios políticos, como disuadir al Estado ocupante, obligarle a negociar o incluso a reconsiderar la ocupación en su totalidad, o si la respuesta de la ocupación es tan atroz y abrumadora que eclipsa los excesos cometidos por quienes luchan contra ella. Pero a menudo el daño causado por ciertos actos de resistencia es mayor que cualquier beneficio político, especialmente cuando unen a la opinión pública a favor de estrechar el cerco de la ocupación y la población ocupada paga un precio mayor. Se trata a la vez de una cuestión política y moral; la lucha de liberación también tiene su propia ética.

Atacar a civiles desarmados, matarlos o maltratarlos es un acto inmoral que no puede justificarse por el derecho a la resistencia, aunque no tiene sentido condenar este tipo de acciones en el marco de un discurso político que no reconoce el derecho a la resistencia de los pueblos bajo ocupación.

De hecho, el 7 de octubre se cometieron este tipo de actos, algunos de ellos por parte de personas no afiliadas a Hamás. En este punto, el movimiento de resistencia tiene el deber de aclarar y explicar lo sucedido. Hacerlo no disminuiría su credibilidad; al contrario, la reforzaría. Sin embargo, existe el temor por parte de los pueblos que han languidecido bajo la ocupación o han experimentado repetidas derrotas, de que la condena o la admisión de errores mancillaría la pureza de la lucha y la resistencia, socavaría la justicia de la causa y otras preocupaciones infundadas por el estilo. En realidad, el verdadero daño resulta de confundir lo justo con lo injusto, lo heroico con lo criminal y la verdad con la mentira. Esta confusión perjudica de verdad a una causa justa. Hace falta valor moral para hablar de este asunto en un pueblo que vive bajo asedio y castigo colectivo, y que ahora sufre un genocidio.

El bombardeo de hospitales y escuelas

Tras el bombardeo del Hospital Baptista Al-Ahli el 17 de octubre de 2023, Israel se apresuró a negar su responsabilidad y afirmó que la causa de la "explosión" (como la denominaron posteriormente los principales medios de comunicación occidentales) fue un lanzamiento fallido o defectuoso de cohetes por parte del movimiento de la Yihad Islámica. No hizo ningún esfuerzo por demostrarlo, aprovechando que la Administración estadounidense, representada por el propio presidente, estaba dispuesta a hacerse eco de cualquier mentira oficial israelí. Pero el gobierno israelí ya no utiliza este tipo de mentiras. En su lugar, reconoce el bombardeo de hospitales y lo justifica aludiendo a los túneles bajo los hospitales supuestamente utilizados como cuartel general o refugio de las Brigadas Qassam. No trata de convencer a nadie de sus afirmaciones, sino que simplemente difunde rumores o extrae confesiones de prisioneros bajo tortura y las difunde en los medios de comunicación israelíes, lo cual, en sí mismo, es un crimen, y los medios de comunicación israelíes no han dudado ni una sola vez en secundarlo.

Se utilizaron las mismas mentiras en el bombardeo de escuelas afiliadas al Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente (UNRWA, por sus siglas en inglés). Un mes después del inicio de la guerra, Israel ya no se molestaba en mentir o justificar y bombardeaba hospitales y escuelas sin ninguna justificación, como si fuera una parte rutinaria de la guerra[4].

El silencio oficial del denominado mundo civilizado con respecto a este crimen ha sentado un precedente peligroso. El régimen de Bashar Al-Assad en Siria cometió tales crímenes antes que Israel, pero sus ofensas fueron recibidas con la conocida condena, sanciones y aislamiento internacional. Israel, sin embargo, sigue siendo inmune a la condena oficial de los gobiernos occidentales y a cualquier sanción. De hecho, los Estados democráticos occidentales siguen considerándolo parte del "mundo civilizado". No se condena a Israel, sino que se le aconseja y se le pide que preserve la vida de los civiles en la medida de lo posible; no se le castiga, sino que se le recompensa. Ya habría sido bastante lamentable que los aliados de Israel se limitaran a no condenarlo ni imponerle sanciones, pero además le prodigan apoyo y privilegios que no se conceden a ninguna otra entidad.

El bombardeo de hospitales y escuelas se ha convertido en una parte rutinaria de esta guerra bárbara que solo critican algunos segmentos de la opinión pública occidental y las organizaciones humanitarias internacionales. Sin embargo, los aliados de Israel, especialmente Estados Unidos y los gobiernos europeos, y más recientemente el gobierno indio, no condenan estos actos, sino que repiten como loros las justificaciones de Israel sin pararse a analizarlas. En una conferencia de prensa celebrada en Beirut el 6 de noviembre de 2023, Hamás hizo un llamamiento al Secretario General de Naciones Unidas para que enviara varios equipos a verificar la existencia de túneles bajo los hospitales. Naciones Unidas no respondió. Si lo hubiera hecho, e Israel rechazara la petición, su mentira quedaría inmediatamente al descubierto.

Bombardear hospitales es un crimen de guerra. En el caso de Gaza, miles de civiles se refugian en hospitales, creyendo que los hospitales son un refugio seguro. Al fin y al cabo, los hospitales no se bombardean en las guerras. Hablando de "mal absoluto", bombardear hospitales y escuelas es un acto malvado desde cualquier punto de vista. Resulta incluso incómodo debatirlo, pues es difícil argumentar sobre obviedades morales. Pero Israel ha convertido lo que es evidente en un punto de controversia con sus afirmaciones sobre los túneles. Bajo ningún pretexto está permitido bombardear a miles de civiles indefensos, incluidos pacientes en sus camas de hospital o conectados a equipos que salvan vidas (a los que Israel ha cortado la electricidad sin escrúpulos). Aún más asombrosa fue una petición firmada por 100 médicos israelíes que, con el mismo pretexto, pedían el bombardeo del Hospital Al-Shifa, un acto contrario a la compasión y el respeto por la vida que implica la palabra "médico".

El silencio ante esta atroz violación de los valores y normas morales representa un retroceso en las normas internacionalmente aceptadas y una ruptura con las lecciones aprendidas de la historia.

Las palabras de Habermas sobre los juicios morales y los términos jurídicos: una crítica

La declaración de Jürgen Habermas [5] contra los detractores de Israel no merece ninguna discusión ni debate académico. No es más que una declaración política centrada en gran medida en justificar los límites a la libertad de expresión de los críticos de Israel en Alemania y rechazar la caracterización de las acciones de Israel en Gaza como genocidio. Habermas rechaza el término por dos razones: una está relacionada con Alemania y su historia, y otra que es evidente para él: que la guerra de Israel contra Gaza, a la que denomina "represalia", no es controvertida. En lugar de criticar la guerra en curso, Habermas opta por centrarse en una guerra hipotética que se libra siguiendo unos "principios rectores", entre los que se incluye "la prevención de víctimas civiles" y tiene como objetivo la "paz futura". Aunque Habermas no es tan iluso como para creer que Israel se adhiere a sus principios rectores, los formula como condiciones retóricas, haciendo que el apoyo a la guerra de Israel parezca condicional, aunque en realidad sea incondicional. Cualquiera que apoye una guerra no puede poner condiciones a un Estado que no le consulta sobre la forma de llevarla a cabo. El apoyo público del intelectual a la guerra es, por tanto, intrínsicamente incondicional.

Habermas continúa: "Sin embargo, a pesar de toda la preocupación por el destino de la población palestina, los estándares de juicio se desvanecen completamente cuando se atribuyen intenciones genocidas a las acciones de Israel". Se puede expresar preocupación por el destino de la población palestina, pero no se puede llamar genocidio. El propio Habermas no expresa simpatía ni solidaridad con los palestinos. Su preocupación es que lo que están experimentando no debería llamase genocidio; es una cuestión de uso adecuado de la terminología. Habermas no ofrece su propio juicio sobre la causa de la "preocupación por el destino de la población palestina". Si matar a decenas de miles de civiles, la mayoría mujeres y niños, tras las amenazas de castigar a toda la población de Gaza a la que Israel no considera civil, y de expulsar y desplazar a millones de personas no es genocidio, ¿qué es entonces? El filósofo alemán no da más detalles, ni mucho menos lo condena.

Esto recuerda a la discrepancia entre los argumentos de Gran Bretaña sobre la definición de genocidio aplicable a los rohingya y su postura sobre la demanda de genocidio contra los palestinos, presentada por Sudáfrica ante la CPI. Mientras que en el primer caso defendió que la definición debía ampliarse, en el segundo hizo todo lo contrario al defender una definición más restringida del término genocidio.

Habermas no tiene un historial ni una relevancia notables en lo que respecta a las expresiones de solidaridad con los pueblos de fuera de Europa. Su objetivo general es racionalizar el discurso político en Europa y reconciliar la racionalidad de la Ilustración con la justicia social y el liberalismo político. Su postura con respecto a la guerra de Estados Unidos contra Irak en 2003 fue indicativa de una ingenuidad política propia de un profesor alemán, como podría haber dicho Karl Marx. Habermas creía en el objetivo de la invasión de exportar la democracia. También encarnaba una especie de sensibilidad moral atrofiada y una tendencia a esconderse detrás de debates académicos sobre terminología, especialmente cuando se trata de acontecimientos fuera de "nosotros" como mundo occidental. A continuación volveré sobre el término "genocidio", que preocupa a muchos académicos en este momento, como si determinar el nombre preciso de una cosa fuera lo que determinara la postura moral de cada uno ante ella.

El asesinato masivo de civiles, incluido el bombardeo aéreo indiscriminado de escuelas y hospitales, es presumiblemente condenable desde el punto de vista moral, independientemente de la terminología que se utilice para definirlo. La aplicabilidad del término "genocidio" no es una condición para considerarlo un crimen atroz y reprobable del tipo más vil; es más bien una condición para considerarlo un crimen particular en virtud del derecho internacional. Genocidio es un término específico del Derecho Internacional, claramente definido por un tratado internacional que detalla los elementos del delito, con especial atención a la intención y los objetivos. Aunque existe un desacuerdo entre los Estados sobre si los crímenes de Israel en Gaza constituyen un genocidio, se trata de un desacuerdo político. Desde el punto de vista moral, no debería discutirse que son crímenes.

Habermas añade que las "acciones de Israel" (sin especificar cuáles) "no justifican en modo alguno reacciones antisemitas, especialmente no en Alemania". No le preocupa lo que le ocurre a la población palestina ni las acciones de Israel, sino las reacciones antisemitas en Alemania. La mayoría de las respuestas críticas a Israel que no son antisemitas no le interesan. Ni siquiera se molesta en mencionarlas. Las reacciones antisemitas que él y sus colegas han logrado observar se manifiestan como un temor entre los judíos de Alemania que "se ven expuestos una vez más a amenazas contra su vida y su integridad física y tienen que temer la violencia física en las calles". Considera este miedo "intolerable".

Habermas no presenta ningún ejemplo de cómo las protestas contra la guerra suponen un peligro real para los judíos en Alemania. Se limita a referirse a la ansiedad y el miedo que experimentan los judíos por las supuestas amenazas[6].

Habermas describe el reconocimiento de "la vida judía y el derecho de Israel a existir" como "elementos centrales" del "ethos democrático de la República Federal de Alemania". Antepone a esto la obligación de respetar la dignidad humana, que no aplica a los palestinos de Gaza. Concluye su declaración de solidaridad comentando: "Todos aquellos que en nuestro país han cultivado sentimientos y convicciones antisemitas bajo todo tipo de pretextos y que ahora ven una buena oportunidad para expresarlos desinhibidamente también deben respetarlo". Con ello se refiere a "los derechos elementales a la libertad y la integridad física, así como la protección contra la difamación racista" , que considera acertadamente derechos "indivisibles y aplicables a todos por igual". Su uso de la expresión "los que están en nuestro país", en lugar de ciudadanos o alemanes, no es accidental. Probablemente se refiere aquí a los inmigrantes árabes y musulmanes que están en Alemania, y que, según él, tienen sus propias razones para adoptar ideas antisemitas. En su opinión, estas personas se han convertido en una fuente de antisemitismo en Alemania. Como catedrático  alemán, se encontró una batalla contra presuntos antisemitas no alemanes, cerrando así el círculo.

¿Cómo puede justificar este desplazamiento? Es desconcertante, ya que nadie ha acusado a Israel de cometer estas masacres porque, como se define a sí mismo, es un Estado judío, o porque los soldados de Israel son judíos. Ni en Alemania ni en el resto del mundo encontrará un número significativo de árabes, palestinos o manifestantes que defiendan esta postura contra la agresión. Habermas se une al acalorado debate en la esfera pública occidental para desviar la atención hacia otro escenario ficticio: la lucha contra el antisemitismo en Europa. Es también el caso de los políticos, intelectuales y periodistas que se manifestaron contra el antisemitismo en Francia mientras Israel cometía masacres en Gaza. La verdad es que no protestan contra nada en concreto, sino contra quienes denuncian lo que ocurre en Gaza. Intentan abrir otra batalla para ocultar las masacres cometidas por Israel y redibujar los límites de la libertad de expresión para que terminen donde empieza la crítica a Israel.

Desde el día en que las Brigadas Qassam llevaron a cabo su operación y se puso en marcha la campaña mediática proisraelí en Occidente, los palestinos y sus partidarios se han enfrentado a diversos tipos de acoso, entre otros la pérdida de sus empleos. En algunos lugares está prácticamente prohibido izar la bandera palestina y llevar la kufiya. El 14 de octubre, un niño palestino estadounidense de seis años y su madre fueron apuñalados en su casa de Estados Unidos por un hombre blanco (su casero) simplemente por ser palestinos. El 26 de noviembre, un hombre blanco abrió fuego contra tres estudiantes universitarios palestinos en Vermont.

¿No ve Habermas que la persistencia del antisemitismo y la discriminación racial en Europa se manifiesta más claramente en la hostilidad hacia esas personas? ¿Realmente no se da cuenta de que muchos antisemitas potenciales en Occidente, de la derecha y la extrema derecha, son ahora los partidarios más acérrimos de Israel? La búsqueda de una respuesta me lleva de nuevo a un cambio fundamental en su pensamiento desde que Europa es testigo de una inmigración extensa, en particular de comunidades musulmanas. Su creencia en la universalidad de las ideas de la Ilustración se ha visto sacudida, y ahora las ve como arraigadas en lo que considera la civilización judeocristiana en Europa. Evitaré profundizar en esta compleja discusión, aunque creo que este emparejamiento casual entre judaísmo y cristianismo como características distintivas de la civilización europea es un intento fácil de ir más allá del antisemitismo europeo y el Holocausto. La civilización europea no es judeocristiana, sino cristiana, e incorpora muchos componentes no religiosos. Las raíces de la Ilustración no se encuentran exclusivamente en la civilización cristiana (en la medida en que sea cristiana); también radican en críticas a ella, en tradiciones racionalistas que incluyen las griegas romanas y musulmanas no cristianas, en la revolución científica que no tiene relación alguna con la doctrina religiosa, en el surgimiento del Estado centralizado y la monarquía absoluta, y en el descubrimiento de rutas comerciales marítimas y el compromiso con otras civilizaciones. La Ilustración no se originó en el cristianismo, ya sea católico o protestante, y no hay una conexión necesaria entre ambos. Como se mencionó anteriormente, las ideas tardías de Habermas sobre el post-secularismo están ligadas al miedo a la identidad secular y cristiana europea ante la amplia inmigración de países musulmanes y la preocupación de que la falta de homogeneidad cultural erosionará la predominancia de las ideas democráticas liberales en Europa. Sin embargo, la inmigración ha socavado la predominancia de la democracia liberal, pero no por culpa de los inmigrantes –solo una pequeña minoría está fuera de esta corriente principal– sino por las reacciones populistas y de extrema derecha hacia ellos.

Habermas y sus colegas no muestran ninguna sensibilidad hacia Palestina. Esto no importaría si hubieran permanecido en silencio en cuanto a los crímenes que están teniendo lugar en Gaza en lugar de emitir una declaración fallida y moralmente hipócrita, preocupados únicamente por lo que Israel está haciendo en Gaza en la medida en que pueda suscitar reacciones antisemitas en Alemania o en otros lugares. No pretendo aquí recordarle su deber moral para con el pueblo palestino, pues el deber moral se impone por sí mismo. Sin embargo, se sitúa voluntariamente en una posición de hipocresía moral al rechazar deliberadamente el término "genocidio" para describir el bombardeo sistemático y exhaustivo de Gaza, que ha arrasado torres residenciales, campos de refugiados, escuelas y hospitales, y ha estado precedido de llamamientos a favor de la venganza por parte de los líderes israelíes y la expulsión de la población. Todo esto ocurre en un clima de histeria racista en Israel y en sus medios de comunicación que se filtra, en parte, en los medios occidentales.

A este debate se unió otra profesora de filosofía, Seyla Benhabib[7], cuyo principal enemigo es Hamás. Esta pensadora y activista feminista se opone en líneas generales a la ocupación y reconoce que Gaza es un enorme campo de detención, pero Hamás, con su ideología que persigue la eliminación de Israel, es responsable del bloqueo según su declaración, más extensa que la de Habermas y sus colaboradores. Hamás cometió crímenes de guerra el 7 de octubre, afirma Benhabib, recapitulando todo lo dicho en los medios de comunicación israelíes y occidentales sobre los acontecimientos de ese día. Añade que Israel también está cometiendo crímenes. Benhabib insiste en que es posible que Hamás no salga victoriosa de esta guerra porque obstaculizaría el ascenso de un liderazgo palestino moderado. No ve el cometido de Israel de frustrar y deslegitimar cualquier liderazgo palestino "moderado", ni la importancia de la lucha armada para legitimar la fuerza practicada bajo la ocupación. En cualquier caso, exige que evitemos llamar a Israel Estado colonial de asentamientos porque, en última instancia, los nacionalismos israelí y palestino "se reflejan mutuamente". Sabemos que el sionismo se considera a sí mismo un movimiento nacionalista, incluso un movimiento de liberación nacional, pero su proyecto en Palestina, los medios que emplea y su estructura, ocupando la tierra y expulsando a la población original, no puede entenderse si no se mira a través de la lente de la ocupación y el colonialismo de asentamientos, y esto no es solo una perspectiva palestina. El lenguaje de Benhabib coincide con el de la "especie en peligro de extinción" de la izquierda sionista que actualmente se moviliza en apoyo de la guerra. Para ella, hay dos movimientos nacionales que luchan por la misma tierra. Quienes impiden un entendimiento mutuo son los extremistas de ambos bandos. Benhabib condena sin reparos a Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas de Israel, y a Ben-Gvir, su ministro de Seguridad Nacional. Sin embargo, no son ellos los que están librando la guerra; son los generales laicos, los que quizás muestran respeto por los derechos de las mujeres y de los LGBTQ en el ejército. Sin duda, Benhabib considera a estos individuos ilustrados y por encima de su tipo de crítica.

En su opinión, Hamás no debe salir victorioso de esta guerra. Debe ser derrotado. Benhabib ve, y no puede ignorar, que la forma de hacer la guerra de Israel incluye la destrucción de la Franja de Gaza y un genocidio contra el pueblo palestino. Su postura moral no está clara y se vuelve aún más ambigua después de que acuse a Hamás de situar sus bases y túneles entre la población civil y bajo los hospitales, convirtiendo así a los palestinos en "daños colaterales" de los "justificados" ataques aéreos israelíes contra estas instalaciones, y trasladando la responsabilidad de dichos ataques a Hamás. Pero, ¿dónde queda la posición moral? Se pierde en medio de su análisis "racional" que ve a la ocupación y a sus víctimas como dos partes iguales. Su hostilidad hacia los islamistas la lleva no solo a rechazar el derecho a resistir a la ocupación si son los islamistas quienes resisten, sino también a justificar el bombardeo de civiles. Y lo que es más importante, quienes desea que venzan a Hamás no son las fuerzas de la ilustración y la moderación que traerán la justicia, la equidad y la paz duradera entre los dos pueblos, sino el propio Estado ocupante. Este último, en lugar de llegar a la conclusión de que es imperativa una paz justa, se limita a concluir que se han producido errores militares y de inteligencia y que el control de la ocupación sobre el pueblo palestino debe ser aún más estricto.

Al justificar una guerra sin cuartel emprendida por un Estado ocupante contra una población sometida, estos intelectuales suspenden la prueba moral.

La instrumentalización del Holocausto

El segundo punto de mi análisis sobre Habermas es la cuestión del Holocausto y el antisemitismo. No cabe duda de que existe una conexión entre el Holocausto contra los judíos europeos y el antisemitismo. Sin embargo, el antisemitismo no explica totalmente el Holocausto como fenómeno histórico. No se puede interpretar un fenómeno de la magnitud del Holocausto nazi sin tener en cuenta el auge del Estado totalitario, las pseudociencias surgidas de la aplicación de las teorías biológicas a la sociedad, la racionalidad instrumental moderna despreocupada de los fines y los mecanismos que conducen a la neutralización del juicio moral de los burócratas, por los que obedecer órdenes y ejecutar planes y tareas se convierten en valores por sí mismos; el juicio moral queda así suspendido, incluso en cuestiones relacionadas con las tareas ejecutadas.

La persecución de los judíos durante el Holocausto nazi está sin duda directamente relacionada con el antisemitismo, ya sea el antisemitismo religioso que ha continuado desde la Edad Media, el antisemitismo nacionalista que considera a los judíos un elemento no asimilador que impide la homogeneidad nacional o el antisemitismo social que utilizó la incitación contra los judíos para desviar la lucha de clases del conflicto contra el capitalismo a un conflicto contra los judíos. Todos estos aspectos se fusionaron en la ideología antisemita racial del partido Nazi. Aunque la mayoría de los pueblos europeos no creían en ello, algunos en los países europeos ocupados por la Alemania nazi, especialmente en Francia y ciertos países de Europa del Este, colaboraron en el proceso de acorralamiento de judíos como preludio de su exterminio.

¿Qué tiene que ver la causa palestina con esto? Los palestinos, los árabes y los musulmanes no tienen ninguna relación con este crimen cometido en Europa, ni con sus precursores intelectuales e ideológicos. El propio pueblo palestino se ha visto perjudicado por ello. Antes del Holocausto, el sionismo no había logrado convencer a los judíos de que emigraran a Palestina. El gran crimen cometido contra los judíos europeos espoleó la emigración a Palestina, así como la simpatía europea por el proyecto sionista, aunque los intereses occidentales en nuestra región desempeñaron un papel más importante en la generación de esta simpatía. En cualquier caso, los palestinos son, para los europeos, daños colaterales en el empeño por resolver la cuestión judía de Europa mediante el establecimiento de un Estado judío en Palestina.

Fue en vísperas de la guerra de 1967 cuando se instrumentalizó el Holocausto para transformar a Israel de agresor en víctima. Israel intentó desde el principio, desde 1948, actuar como portavoz de las víctimas del Holocausto en las negociaciones con Alemania para obtener una compensación económica que se pagaría a Israel y a los supervivientes del Holocausto residentes en Israel. Pero la extensa invocación del Holocausto en los medios de comunicación israelíes para describir a los políticos árabes o a los líderes del movimiento de liberación nacional palestino, fue mera propaganda y una farsa mediática. Existe un consenso en Occidente sobre el antinazismo y la repulsa al genocidio de los judíos; la producción literaria y cultural sobre este tema continúa hasta nuestros días. Entre tanto, Israel intenta aprovecharse de este hecho para conseguir apoyo a su posición como Estado colonial de asentamiento en una región que nunca ha sido testigo de una persecución sistemática de los judíos equiparable, o siquiera cercana, al antisemitismo en Europa.

Los judíos que fueron detenidos en diferentes partes de Europa y conducidos a los campos de concentración o a las cámaras de gas de la Alemania nazi no eran sionistas. En aquella época, el movimiento sionista no gozaba de la simpatía de los judíos europeos en su conjunto; de hecho, solo contaba con el apoyo de una ínfima minoría. La mayoría de los supervivientes del Holocausto no fueron a Israel, sino que se marcharon a Estados Unidos. Israel no tiene derecho a hablar en su nombre, y mucho menos a utilizarlos políticamente en sus relaciones con otros Estados. Y desde luego no tiene derecho a utilizarlos para justificar la persecución de otro pueblo haciéndose al mismo tiempo la víctima.

Los palestinos no se enfrentan a ningún dilema moral en este caso, y la explotación del Holocausto por parte de Israel es inmoral y un insulto a las víctimas del nazismo, al menospreciar el propio Holocausto. Más bien, el problema moral para los palestinos empieza por restar importancia al Holocausto, lo que revela un desprecio injustificado por las vidas de seres humanos perseguidos por su religión (o su raza, en términos nazis). Los palestinos no tienen necesidad de restar importancia al Holocausto para oponerse al sionismo. No tuvo lugar en su tierra y Europa es la única que debe asumir su responsabilidad y a la que se le debe recordar el acto inmoral que Israel está cometiendo al explotar el complejo de culpa europeo y echar la culpa a árabes y palestinos. Existe una connivencia israelí-europea inmoral que beneficia a ambas partes, a la primera haciéndose la víctima y a la segunda exportando culpabilidad. La verdadera continuación del antisemitismo es el racismo permanente hacia los demás en Europa. Ni Alemania, ni Francia, ni ningún otro país occidental tiene derecho a dar lecciones de antisemitismo a los árabes.

Sin duda, algunas de estas ideas antisemitas europeas fueron adoptadas en medios árabes limitados en diversas fases de la evolución del pensamiento nacionalista anticolonial y tras la derrota de 1967. Esa derrota afianzó la noción de una conspiración judía global y de un poder diabólico que permitió a Israel triunfar sobre tres ejércitos árabes y explicó el apoyo irracional e incondicional de Estados Unidos a Israel. Además, algunos movimientos islamistas revivieron expresiones antijudías de antiguas tradiciones, en particular de la época del Profeta, que estuvo marcada por guerras reales con tribus judías en la península arábiga. Sin embargo, la civilización árabe-islámica nunca ha visto nada parecido a lo que Europa perpetró contra los judíos, no solo en el siglo XX, sino desde la Edad Media.

Incluso en el contexto de la resistencia a la ocupación y la lucha contra la colonización sionista de los judíos israelíes, no se utilizaron consignas antisemitas en la batalla. El movimiento nacional palestino abogaba generalmente por soluciones democráticas, incluso cuando defendía la liberación de toda Palestina. Hamás utilizó inicialmente algunas expresiones de este tipo ‒que se remontan a las primeras guerras islámicas contra tribus judías‒ en su Carta fundacional, pero posteriormente las abandonó en su Carta revisada. La Torá está plagada de expresiones mucho más duras contra los pueblos considerados enemigos de las tribus judías, expresiones que piden su completa aniquilación y justifican el genocidio sancionado por Dios. Algunos dirigentes de partidos religiosos y laicos israelíes siguen invocando este legado bíblico del exterminio de los pueblos que habitaban la tierra de Canaán, especialmente los amalecitas, para describir lo que debe hacerse a los palestinos[8].

En cualquier caso, esta refutación de la instrumentalización del Holocausto es pura palabrería teórica, destinada a evitar el autoengaño cuando se habla de ambigüedad y a no establecer una base moral sólida en la que apoyarse para juzgar los crímenes de guerra. No tiene nada que ver con la guerra que se está librando actualmente contra el pueblo palestino en la Franja de Gaza mediante una serie de crímenes de guerra y actos de genocidio. El deber moral de oponerse a esta guerra y exigir un alto el fuego no tiene ninguna relación con el antisemitismo. Solo los críticos judíos de esta guerra mencionan la identidad judía del agresor debido a su identidad compartida y su negativa a permitir que el agresor hable en su nombre.

Esto no solo se aplica a la crítica de la agresión, sino también a la resistencia a la ocupación. La resistencia a la ocupación no está relacionada con la nacionalidad, etnia o religión del Estado ocupante, aunque el colonialismo de asentamientos en general, ya sea en Sudáfrica, Argelia o América, fue instaurado por colonos que profesaban una religión diferente a la de los indígenas, lo que sirvió para intensificar el racismo de los colonos y su visión de la no humanidad de la población local. No es de extrañar, pues, que los pueblos oprimidos utilizaran la religión para movilizar la resistencia al colonialismo de asentamientos, al menos al principio. Pero el movimiento de liberación nacional palestino representado por la OLP se fundó como un movimiento nacional laico que agrupaba a personas no religiosas y religiosas de distintas confesiones. El ascenso de Hamás desde finales de la década de 1980 no tiene nada que ver con una actitud hacia los judíos, sino con la evolución del Mundo Árabe en las décadas de 1970 y 1980, como la disminución de la fe en el nacionalismo árabe, la revolución iraní, el fracaso del proceso de paz dirigido por la OLP y, por último, la adopción por Hamás de la resistencia armada en un momento en que la principal corriente del movimiento nacional palestino había abandonado la lucha armada. Ciertamente, la actividad de los movimientos islamistas armados ha contribuido al fracaso del llamado proceso de paz entre Israel y la OLP. Sin embargo, la principal razón del fracaso es la falta de voluntad de Israel para aceptar una solución justa y duradera a la cuestión de Palestina basada en los principios de la justicia, aunque sea relativa.

El doble rasero y el devenir de los valores universales

La actitud de Estados Unidos y los países europeos hacia los crímenes israelíes y la adopción de la posición de Israel incluso en el cuarto mes de guerra, sumada a la apatía hacia las víctimas palestinas, ha llevado a algunos jóvenes lógicamente conmocionados por los horrores de la guerra en la Franja de Gaza a cuestionar el devenir de los llamados "valores universales" de justicia, igualdad y libertad ensalzados por algunos países occidentales. Las respuestas de esos países han ido desde el apoyo total e incondicional a Israel hasta la formulación de algunos comentarios no vinculantes o el ofrecimiento de tibios consejos en boca de funcionarios estadounidenses.

La decepción es comprensible. Sin embargo, a veces llevan la batuta quienes se sabe que instigan contra los valores humanos universales en general y que no creían en tales valores antes de la agresión en curso. Solo ven en la guerra la prueba de sus "teorías" sobre la existencia de un choque religioso o de civilizaciones con Occidente. No creen en los valores de la libertad, la justicia y la igualdad entre los seres humanos, y están dispuestos a justificar a los regímenes que les gustan, pisoteando estos valores mientras condenan las mismas prácticas de los regímenes que no les gustan.

La juventud conmocionada se pregunta dónde han ido a parar los valores de igualdad, libertad y justicia. Pues bien, no se han ido a ninguna parte. Los defienden quienes se oponen a la ocupación y protestan contra la guerra, pero a la vez se comprometen en otras causas justas sobre la base de estos valores. Mientras que el apoyo a la resistencia a la ocupación israelí puede basarse en el patriotismo, el amor a Palestina y a su pueblo, o un sentimiento de pertenencia a la nación árabe, los jóvenes decepcionados que se "desilusionaron" con los valores universales también se sorprenden a sí mismos definiendo su posición en términos morales. Los que se sienten impulsados por su credo religioso a solidarizarse con Palestina definen su posición con los elementos morales de su creencia, uno de los cuales es la justicia, o basándose en una combinación de creencia religiosa y valores humanos universales. De lo contrario, no existiría un lenguaje compartido entre ellos y los demás.

En cuanto a los que hablan hasta la saciedad de los valores universales, pero no los aplican a todos, ¿es algo nuevo o sorprendente? ¿Acaso el colonialismo no siguió desarrollándose a buen ritmo incluso después de la Ilustración y de que la Revolución Francesa promulgara la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano? Algunos de los países que practicaron el colonialismo y trataron a otros pueblos como si fueran infrahumanos eran Estados ostensiblemente democráticos cuyas autoridades predicaban la libertad y la igualdad mientras las negaban a amplios sectores de su población. No pasó mucho tiempo antes de que estos valores se impusieran en la política nacional, universalizando así el derecho al voto, los derechos sociales y las libertades. La lucha en estos países continúa en numerosos frentes. Los afroamericanos y los nativos americanos lucharon por la justicia, la igualdad y la libertad porque se les negó en un país que consagró estos valores en su constitución. Estas luchas surgen de las necesidades humanas y de la toma de conciencia de las injusticias y se ven incentivadas por la brecha entre los valores y la realidad, y explotan esta tensión moral para reclamar la aplicación real de estos valores. La aplicación sigue siendo relativa y selectiva hasta el día de hoy, lo que es motivo de crítica.

En el ámbito de las relaciones internacionales, la ley nunca se ha impuesto, como tampoco lo han hecho los valores universales, aunque las reivindicaciones de justicia e igualdad han seguido siendo el centro de las luchas en el marco del Estado-Nación. A escala mundial, se han ratificado algunos convenios y tratados internacionales que encarnan estos valores, en particular la Carta de las Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial, lo que ha permitido a los pueblos oprimidos y débiles exigir su aplicación. Sin embargo, esto solo ha ocurrido en dos casos: cuando la aplicación de la ley ha coincidido con los intereses de uno o varios Estados poderosos (la metrópoli en el caso del colonialismo); y cuando la opinión pública de un Estado poderoso (sobre todo la metrópoli) ha hecho suyas estas reivindicaciones por diversas razones, entre ellas razones morales, y ha organizado protestas que han acabado influyendo en la política estatal. En cuanto a la lucha, se rige por muchas otras reglas aparte del argumento moral, para que la influencia prime sobre los intereses, los equilibrios de poder, etc.

¿Qué hay de la expresión "doble rasero" que se utiliza con frecuencia? Esta expresión refleja la frustración y la decepción ante la imposibilidad de pedir cuentas a países influyentes por adoptar posturas diferentes, incluso opuestas, ante situaciones similares, especialmente cuando se habla de ocupar tierras ajenas. Tomemos por ejemplo la ocupación iraquí de Kuwait y la ocupación rusa de tierras en Ucrania por un lado, y la ocupación israelí de territorios árabes y palestinos por otro, y la flagrante contradicción entre las posiciones adoptadas por Estados Unidos sobre las dos primeras y la segunda.

Son muchos los dobles raseros aplicados por los países árabes y musulmanes. Por ejemplo, algunos critican las injerencias en sus asuntos internos o en los de sus aliados, mientras que ellos mismos interfieren directamente en los asuntos de otros países hasta el punto de apoyar a milicias armadas en ellos. Algunos piden el levantamiento del asedio a Gaza mientras ellos mismos la asedian, o aplauden las manifestaciones de solidaridad con Gaza en Occidente mientras las prohíben en su propio suelo. Hay numerosos ejemplos que demuestran que "Occidente" no tiene el monopolio de la doble moral. Por la misma razón, Sudáfrica –que no es una nación árabe ni musulmana– fue el país que presentó una petición ante la CPI en la que acusaba a Israel de genocidio.

En cualquier caso, hace falta una crítica moral. Más allá del discurso moral adoptado por los gobiernos de los países influyentes y dirigido a la opinión pública en relación con sus decisiones de apoyo a una invasión u ocupación, en realidad esos gobiernos se mueven principalmente por intereses y consideraciones estratégicas y económicas. No existe un doble rasero, solo uno. Solo se pone de manifiesto la existencia de un doble rasero cuando se aplican criterios morales.

Este Documento de estudio fue publicado por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí. 

Publicado originalmente en Al Muntaqa, vol. 7, nº 15; febrero 2024, una revista académica revisada por pares y dedicada a las Ciencias Sociales y Humanidades. Puede leer el texto en inglés aquí.

* Nota del autor: Una versión anterior de este ensayo se publicó en el sitio web del Arab Center for Research and Political Studies (ACRPS) bajo el título: "Moral Matters in Hard Times", y reeditado posteriormente en Tabayyun, añadiendo una introducción y revisiones en la primera sección. También he integrado secciones de mi análisis de la postura de Jürgen Habermas sobre la guerra, extraídas de una conferencia titulada: "The War on Gaza: Politics, Ethics, and International Law", celebrada el 28 de noviembre de 2023 en el ACRPS, y publicada posteriormente en el sitio web del Centro: "The War on Gaza: Politics, Ethics, and International Law", Arab Center for Research and Political Studies, 28/11/2023, consultado el 2/3/2024, en: https://tinyurl.com/2p8xvn8d

Puede consultarse esta versión previa, traducida al español, "Dilemas morales en épocas convulsas", en este enlace.

Crédito de imagen: Shutterstock / Anas Mohammed


Notas y referencias

[1] El derecho a la autodeterminación es un principio fundamental de la Carta de las Naciones Unidas y de la Resolución 1514 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, de 14 de diciembre de 1960, titulada "Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales", Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, consultado el 12/11/2023, en: https://tinyurl.com/43t3ftxc

[2] El presidente de Israel declaró que "es toda una nación la responsable. Esta retórica de que los civiles no eran conscientes, no estaban implicados, es absolutamente falsa. Podrían haberse levantado, podrían haber luchado contra ese régimen malvado", Chris McGreal, "The language being used to describe Palestinians is genocidal", The Guardian, 16/10/2023, consultado el 14/11/2023, en: https://shorturl.at/aMOX8

[3] "Israel defence minister Yoav Gallant calls Palestinians in Gaza "human animals", orders total siege", The New Arab, 10/10/2023, consultado el 14/11/2023, en: https://shorturl.at/dlX36

[4] Según las cifras del Banco Mundial en un informe publicado a mediados de diciembre de 2023, 8 de los 36 hospitales en funcionamiento en vísperas de la agresión permanecieron operativos, y 400 escuelas han sido bombardeadas y dañadas "Impacts of the Conflict in the Middle East on the Palestinian Economy", Banco Mundial, diciembre de 2023, consultado el 2/3/2024, en: https://shorturl.at/eAFKU

[5] Jürgen Habermas y tres eminentes compañeros de la Universidad de Frankfurt (Nicole Deitelhoff, Rainer Forst y Klaus Günther) emitieron una declaración de solidaridad con Israel. Véase: Nicole Deitelhoff, Rainer Forst, Klaus Günther & Jürgen Habermas, "Principles of solidarity. A statement", Normative Orders, 13/11/2023, consultado el 21/11/2023, en: https://shorturl.at/wHJLW

[6] "Some German Jews Say Their Country Goes Too Far in Defending Israel", The Economist, 4/1/2024, consultado el 2/3/2024, en: https://shorturl.at/qzBU3

[7] Seyla Benhabib, "An Open Letter to My Friends Who Signed 'Philosophy for Palestine'", Medium, 4/11/2023, consultado el 21/11/2023, en: https://shorturl.at/NYZ78

[8] "Netanyahu cites 'Amalek' Theory to justify Gaza Killing", The Times of India, 29/10/2023, consultado el 3/12/2023, en: https://tinyurl.com/3wnr3mtv


Bibliografía

Comité Internacional de la Cruz Roja, Convenio relativo a las costumbres y leyes de la guerra terrestre (La Haya, 18/10/1907). Consultado el 12/11/2023, (en árabe) en: https://bit.ly/3MAhP76

Asamblea General de Naciones Unidas. 29 de noviembre de 1985, A/RES/40/25. Consultado el 12/11/2023, en: https://tinyurl.com/5n78jr6x

Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Convenio de Ginebra relativo al trato debido a los prisioneros de guerra (1949). Consultado el 12/11/2023, en: https://tinyurl.com/zk5sb6dd

Naciones Unidas, Asamblea General de las Naciones Unidas, Resolución n.º 2649 (25º período de sesiones). 30 de noviembre de 1970. "Condemning the Denial of the Right to Self-Determination to Peoples of South Africa and Palestine", Nueva York, 1970. Consultado el 12/11/2023, en: https://bit.ly/40GLTDS

Naciones Unidas, Asamblea General de las Naciones Unidas, Resolución 3236 (29º período de sesiones), 22 de noviembre de 1974. "Recognizing Palestinian Inalienable Rights and Palestinian People as Principal Party for Establishing Peace", Nueva York, 1974. Consultado el 12/11/2023, en: https://bit.ly/3Qul6pw

CONTENIDO RELACIONADO