Resumen
Aprovecho esta oportunidad para exponer algunas de las ideas presentes en un libro que acabo de terminar y que se publicará muy pronto sobre las lecciones teóricas que se pueden extraer de la transición democrática en el Mundo Árabe, con sus éxitos y sus fracasos, así como sobre la posibilidad de beneficiarse de lo expuesto en los estudios sobre la transición democrática en otras partes del mundo. El libro parte de la premisa de que las Humanidades y las Ciencias Sociales no pueden presentarse como paradigmas universales integrales, sino que, en última instancia, son conclusiones teóricas extraídas a partir de sociedades y experiencias humanas específicas, o incluso de estudios regionales concretos. De hecho, cuando aparecieron en la Europa del siglo XIX, las Ciencias Sociales y las Humanidades eran estudios europeos: en ese sentido, son "estudios regionales", siguiendo la terminología contemporánea. Surgieron de la aplicación del pensamiento racional y de lo que se consideraba la metodología científica a la transición europea hacia la modernidad tras las revoluciones industrial y científica y la aparición del capitalismo y la modernidad, así como a los efectos de esa transición para la sociedad y el individuo. Las generalizaciones, las teorías y las leyes extraídas entonces por inducción y deducción conformaron las bases de las Ciencias Sociales.
Un impulso humanista
Las Ciencias Sociales empezaron su andadura como estudios europeos, con la tendencia y el deseo de formular generalizaciones universales. Así quedó patente en especial durante el periodo en el que Occidente conquistó continentes geográfica y epistemológicamente, usando como armas las ansias de conocimiento y el poder derivado de una posición hegemónica universal. Sin embargo, las hemos recibido como ciencias universales, obviando su origen como estudios regionales. Esa es mi forma de entender las Ciencias Sociales, por lo que nunca he podido aceptar que los conocimientos generados fuera de Europa o Norteamérica se clasificasen como estudios regionales, mientras que las ciencias que estudian las sociedades europeas o norteamericanas en Europa son llamadas "Ciencias Sociales" sin más. Si partimos de que beber de los estudios de otras partes del mundo es una muestra de diligencia intelectual y metodología crítica, nuestra investigación nos puede llevar a la formulación de generalizaciones universales, contribuyendo así al desarrollo más general de las Humanidades y las Ciencias Sociales y poniendo de manifiesto el impulso humanista que distingue a las Ciencias Sociales y las Humanidades merecedoras de ese nombre.
Es lo que pretendo hacer en todo mi trabajo y, en particular, en este estudio sobre la transición democrática en el Mundo Árabe, en el que intento formular generalizaciones que puedan ser válidas para otras sociedades, sin dejar de basarme necesariamente en la evolución del corpus de conocimientos y metodologías de las humanidades y las Ciencias Sociales tal y como las conocemos. Esta evolución incluye, entre otros avances, las teorías de la llamada "Escuela de la Modernización" o de la "Transitología" (una rama surgida de la Política Comparada).
Mi segunda premisa es que la democracia de hoy es una democracia liberal, es decir, que está basada en dos elementos: la participación popular en la libre determinación y en el proceso de toma de decisiones a través de elecciones periódicas con una transición pacífica del poder, y con controles y contrapesos para los poderes estatales; y la protección de las libertades civiles y los derechos políticos. Los dos componentes de la democracia contemporánea, el liberal y el democrático, conforman el concepto de ciudadanía moderna, a través del que se manifiesta. Una persona demócrata es alguien que cree que quienes habitan nuestro mundo contemporáneo tienen derecho a mantener esa relación con el Estado, regulada a través de este tipo de ciudadanía, y yo mismo como demócrata considero que nuestro deber como investigadores y estudiosos es ahondar en las perspectivas de futuro de esta noción y las condiciones en las que puede fructificar.
En el transcurso de mi investigación he llegado a algunas conclusiones que me gustaría comentar, pero tengo la impresión de que gran parte del público querría oír mis ideas sobre los acontecimientos de los últimos días en el Líbano, en Irak, en Argelia y en Sudán. Por supuesto, no forman parte del estudio del que han recibido ustedes ejemplares en francés y que podrán leer cuando lo estimen conveniente, y en consecuencia no me ceñiré en exclusiva a ese artículo escrito, sino que aprovecharé para dar una disertación diferente que, sin embargo, llegará a las mismas conclusiones.
Irak y Líbano: la respuesta de la ciudadanía
Por lo que a mí respecta, lo importante de los acontecimientos recientes en Irak y el Líbano es que la movilización revolucionaria ha explotado en dos países que forman parte del Mashreq, el Oriente árabe, cuya historia ha estado marcada por la complejidad de su composición étnica y confesional, y que esté ocurriendo después de la experiencia siria, la cual se está utilizando para generar un miedo a la transición democrática en el Mundo Árabe. Esta movilización se enfrenta a grandes dificultades derivadas de las divisiones étnicas y confesionales, una observación efectuada por la teoría de la modernización desde la época de Seymour Martin Lipset. Así lo reafirmó Dankwart Rustow en 1971, cuando afirmó que la ausencia de grandes fracturas sociales, por un lado, y la existencia de un "consenso sobre el Estado" o una "unidad nacional", por el otro, son las condiciones necesarias para la transición democrática. Se trata de un requisito intuitivo con el que la Transitología se muestra de acuerdo: sin consenso sobre el Estado, en especial cuando haya profundas divisiones étnicas y confesionales avivadas por movimientos con intención de politizarlas, el pluralismo político emergente unido al debilitamiento de un régimen autoritario puede generar una guerra civil o movimientos secesionistas en vez de una transición democrática.
La respuesta a esta utilización de los resultados de la Revolución Siria y su supresión sangrienta —y a lo que podríamos llamar la contrarrevolución en todo el Mundo Árabe— ha llegado desde el Líbano e Irak. En mi opinión, el tema central en Irak y el Líbano es la ciudadanía: es decir, el rechazo de la adscripción confesional como elemento regulador de la relación entre el individuo y el Estado, así como la afirmación de la idea de la ciudadanía y el Estado, el rechazo del confesionalismo político y el consiguiente reparto del poder a través del llamado sistema de cuotas, en el que los representantes políticos de las comunidades confesionales percibidas acechan al Estado como una presa y en el que queda patente una y otra vez que la corrupción es un componente integral de los sistemas de este tipo. La movilización revolucionaria actual en estos dos países reconfigura así la identidad nacional y la sitúa en confrontación directa con el confesionalismo político.
A quienes más les debería importar la unidad nacional es a las élites políticas, pero en Irak y en el Líbano vemos algo completamente distinto, si bien tampoco resulta sorprendente. La paradoja es que la afirmación de la unidad nacional no proviene de las élites políticas confesionales en el poder, sino de abajo, de las bases. Hemos oído a muchos integrantes importantes de las élites políticas argumentar que no hay alternativa al sistema del confesionalismo, pese a que las masas han dejado patente su rechazo a ese sistema y estén haciendo hincapié en la ciudadanía desde abajo. La situación es curiosa: la cultura política de las élites gobernantes está menos desarrollada que la de amplios segmentos de la población que han padecido sus políticas económicas y sociales y su forma de gestionar los asuntos públicos.
En gran medida, lo que está ocurriendo en el Líbano y en Irak es una revolución política y cultural al mismo tiempo. No preveo que vaya a darse una transición en ninguno de los dos casos a través del derrocamiento inmediato del régimen gracias a la revolución, seguido de la creación de un sistema democrático basado en la ciudadanía, por una sencilla razón: no existe ningún centro único de poder que pueda dirigir ese derrocamiento, es decir, no hay una instancia individual con poder decisorio que pudiese expulsar al régimen en ninguno de estos países, a diferencia de lo que ocurre en Egipto o Túnez (sin atender ahora a las diferencias entre ellos con la experiencia subsiguiente de la transición). Tanto el régimen iraquí como el libanés son sistemas confesionales y parlamentarios con celebración de elecciones que presentan varios núcleos de poder. Por supuesto, hay diferencias. El régimen iraquí es una creación reciente sin arraigo profundo en Irak, mientras que el sistema libanés de reparto del poder se remonta al Mutasarrifato creado en la década de 1860. Otra diferencia es que el Líbano tiene una Constitución confesional e Irak no, lo que significa que el proceso de cambio en Irak debería reflejarse en la forma de proceder de los movimientos políticos confesionales que interactúan con una constitución relativamente democrática desde el confesionalismo. Ahora bien, la resistencia al cambio en Irak es muy violenta; las fuerzas del confesionalismo político siguen siendo nuevas y creían hasta hace poco que contaban con un dominio consolidado sobre los poderes del país. Es casi un milagro que el movimiento popular haya mantenido su empuje y su carácter pacífico.
En cualquier caso, ninguno de estos regímenes puede ser derribado a través de una única acción política, ya sea una movilización, un alzamiento o una revolución. En ambos países, se tratará de un proceso largo iniciado por el movimiento revolucionario actual. Lo importante es que ese proceso haya empezado ya en el Líbano y en Irak, y creo que muy pronto volverá a aflorar en Siria, sobre todo ahora que la "victoria" ostensible del régimen actual ha demostrado ser peor que cualquier derrota posible y ha dejado patente su incapacidad para poner en marcha una economía funcional y ofrecer una vida segura a sus propios partidarios, quienes han sacrificado tanto por la causa.
En el Líbano, ha empezado a cobrar fuerza un movimiento central que se opone al confesionalismo como sistema, un movimiento construido en torno a los principios del "Estado de la ciudadanía" de origen civil. Es la primera vez que ocurre desde 1863, por lo que se trata de un acontecimiento histórico destacable. Ha habido movimientos anteriores que se oponían al confesionalismo, pero siempre era una oposición de base ideológica —partidos de izquierdas o nacionalistas que se oponían al confesionalismo por su ideología o por el prisma político con el que veían el mundo—, no como un movimiento civil general que represente a una corriente central en el seno de la sociedad, que penetre y atraviese las líneas divisorias del confesionalismo, que rechace ese sistema desde la ciudadanía como premisa.
Añadiría que esta segunda ola revolucionaria que recorre el Mundo Árabe en la actualidad ha dado otro gran paso civilizatorio: se trata de una revolución generacional, y el principio subyacente que empuja a la juventud a salir a la calle no es ideológico sino moral. El ánimo progresista de la ciudadanía está presente con toda claridad en la movilización libanesa, y recuerda a los acontecimientos de 1968 en Francia y otras partes de Europa que también fueron una revolución cultural que, sin derribar a ningún régimen, cambió la naturaleza misma de la política, de los partidos políticos, de la cultura política predominante en líneas generales; los movimientos ideológicos radicales que se generaron fueron resultados de menor importancia. A eso me refiero cuando digo que existe una dimensión cultural que se extiende más allá de lo meramente político en acontecimientos como los del Líbano e Irak.
Las nuevas movilizaciones me han transmitido cierto optimismo porque han puesto de relieve las fisuras de esa idea predominante hasta el momento de que la contrarrevolución había ganado la partida. Al mismo tiempo, en Europa y en los Estados Unidos se está intentando volver a una agenda basada en el mantenimiento de la estabilidad de los regímenes autoritarios (la agenda de la Guerra Fría, que ha seguido en vigor en la región árabe por los motivos que abordo en mi libro). Esta idea recibió un nuevo impulso tras el golpe militar del 3 de julio de 2013 en Egipto y el regreso del despotismo, y como saben ustedes, el despotismo resurgente es peor que el despotismo depuesto habida cuenta de su afán de venganza. La movilización actual ha dado la razón a nuestra aseveración de que lo que ocurrió entre 2011 y 2013 no fue más que la primera oleada revolucionaria tras la que llegarían otras, que las semillas de la libertad han empezado a crecer como árboles en la región árabe y que las guerras civiles en Siria, Yemen y Libia surgieron del carácter propio de los regímenes despóticos que allí prevalecieron, lo que incluye la aparición de movimientos islámicos sectarios, confesionales y extremistas y el daño estructural que han provocado a estas sociedades. Nuestro argumento entonces fue que, en resumen, los factores que propiciaron las revoluciones de 2011 siguen presentes, acompañados ahora de aspiraciones más ambiciosas en cuanto a libertades. La incapacidad para resolver los problemas que derivaron en estas revoluciones fomenta una visión no lineal del proceso de transición del despotismo a la democracia.
También soy optimista porque esta segunda oleada revolucionaria se distingue por su carácter pacífico y su distanciamiento de los movimientos islámicos extremistas. La movilización revolucionaria en Sudán, y ahora en Irak, se dirige, para empezar, contra los movimientos político-religiosos en el poder. La evolución histórica de Argelia me hace pensar que ya está preparada para la democracia, en particular tras los amargos diez años posteriores al golpe militar de 1991, que llevó tanto al ejército como al pueblo a la conclusión de que había que dejar atrás la violencia. El éxito de la transición democrática en Sudán, liderada por fuerzas políticas organizadas, y en Argelia, donde la movilización carece de un liderazgo político organizado, depende de que el ejército quiera o no tomar el poder.
Todo esto implica que el debate sobre la transición democrática en las sociedades árabes ya no es ni marginal ni obsoleto (como cabría pensar atendiendo a la idea predominante hasta hace poco de la victoria de la contrarrevolución), sino más bien un tema candente que nos acompañará —según mis ideas sobre el proceso de transición democrática y habida cuenta de los factores y las dinámicas en juego— durante un periodo relativamente prolongado de entre veinte y cincuenta años. La región árabe se ha adentrado en una era revolucionaria parecida a la que tuvo lugar en Europa de 1789 a 1848. En este sentido, y pese a la incertidumbre que rodea a toda predicción, creo que todos nosotros como investigadores debemos empezar a pensar que lo que está ocurriendo en el mundo árabe será un proceso a largo plazo que podría prolongarse hasta medio siglo en caso de que no se aborden los problemas denunciados por los movimientos revolucionarios y de protesta. Ningún régimen autoritario estará a salvo de este movimiento histórico. En todos estos casos, los pueblos árabes se han liberado de las ataduras autoritarias del miedo y han creado un movimiento histórico para intentar recuperar las riendas de su destino. La sostenibilidad de este movimiento en el tiempo dependerá de distintos factores. En este periodo crucial (o en esta coyuntura crítica, siguiendo la terminología de las ciencias políticas), los factores más importantes son la autonomía humana, la voluntad política, el papel de las élites y las acciones de los pueblos.
La transición hacia una sociedad moderna
Pasemos ahora al tema sobre el que versa mi artículo y en el que se centra mi próximo libro. Muchos investigadores que trabajan en el estudio de la transición democrática parten de la llamada "teoría de la modernización". De hecho, este marco teórico no aborda la democracia directamente, sino la transición de las sociedades tradicionales hacia la modernidad. La mayoría de las humanidades y las ciencias sociales modernas en Europa y Norteamérica se limitan al estudio de esta transición de una sociedad tradicional a una sociedad moderna. Todas las teorías de Marx, Weber, Durkheim y otros sociólogos, economistas e historiadores son, en la práctica, teorías de la modernización. Estudian la transición de la sociedad y la economía desde su estado tradicional hasta la llamada "modernidad", con distintas concepciones sobre la estructura de esta transición y sobre los factores sociales que entran en juego, y diferentes planteamientos y respuestas sobre el significado de la sociedad moderna y los elementos que la distinguen de la tradicional. Incluso la ciencia de la psicología nació como un intento de abordar los efectos de esta transición y la atomización del individuo en la sociedad moderna.
La asociación de la escuela de la modernización con la democracia nació durante la Guerra Fría. La mayoría de las teorías de la democracia surgieron también durante ese periodo, si nos fijamos en teóricos como Robert Dahl, Giovanni Sartori, Gabriel Almond y Sidney Verba. Los intentos de conectar directamente la democracia con la teoría de la modernización dieron comienzo con el famoso artículo escrito por Martin Lipset en 1959 llamado "Algunos requisitos sociales de la democracia: desarrollo económico y legitimidad política". Los requisitos a los que hacía alusión el título eran la urbanización, el tamaño de la clase media, el nivel educativo y el uso de tecnologías y medios de vida modernos, por un lado, y la cuestión de la legitimidad por el otro; es decir, hasta qué punto es capaz un sistema de transmitir la impresión de que se trata del más adecuado para la sociedad en cuestión y, al mismo tiempo, ser el mejor dotado para enfrentarse a los problemas de esa sociedad y resolverlos.
Más adelante, durante la década de 1970, ocurrió algo importante en el sur de Europa: Grecia, Portugal y España protagonizaron sendas transiciones hacia la democracia, tras lo que se produjo una nueva oleada de transiciones democráticas en Sudamérica. Estas transiciones vinieron acompañadas de una evolución académica: los investigadores de América Latina, los Estados Unidos y Europa empezar a estudiar la transición democrática. Sus estudios generaron suficiente interés en las ciencias políticas comparadas y acabaron desarrollando una disciplina autónoma conocida como "Transitología". En general, estos investigadores opusieron a la teoría de la modernización las condiciones estructurales previas para la democracia, a las que algunos teóricos añadieron también las condiciones culturales. No les interesaba únicamente explicar la teoría de la democracia, ni extraer sus bases y condiciones previas para su preservación, por miedo a que volviera a derrumbarse y resurgieran los regímenes totalitarios como ocurrió en Italia y Alemania durante el periodo de entreguerras. Lo que les interesaba era la transición hacia la democracia en los países en desarrollo.
Su crítica de la teoría de la modernización fue más allá de lo que ofrecían las distintas corrientes de la teoría de la dependencia. La teoría de la dependencia criticaba la teoría de la modernización desde un punto de vista de la izquierda, más que desde una perspectiva democrática, mientras que los transitólogos la abordaban desde un punto de vista liberal-democrático. Se preguntaban si los países del Tercer Mundo debían esperar a que subiese la renta promedio, a que creciese la clase media y a que se difundiesen la educación y la urbanización para deshacerse de los regímenes despóticos, y qué debían opinar sobre los pueblos que funcionaban con dictaduras fascistas. ¿Deberían contentarse con la respuesta brindada por las ciencias políticas comparadas y otras ciencias sociales, es decir: que no están preparados para la democracia? Sobre esta base, la transitología partió de una premisa que podría describirse como favorable a la democracia del Tercer Mundo y poco dispuesta a admitir que las condiciones previas planteadas por la teoría de la modernización fuesen necesarias para la transición.
Algunos estudios demostraron también que estas condiciones previas no se habían cumplido en las transiciones democráticas de Occidente. Cuando los Estados Unidos transicionaron hacia la democracia en el siglo XVIII, la mayoría de sus habitantes eran trabajadores agrícolas con un nivel educativo por lo general bajo. Lo mismo cabe decir del Reino Unido y de Francia. La lista de las condiciones previas que se les exigían a los pueblos del Tercer Mundo ni siquiera estaban presentes en Europa cuando surgió allí la democracia por primera vez.
A mi juicio, la cuestión principal a la que seguimos enfrentándonos es que la democracia en Europa y Norteamérica se desarrolló de forma paulatina, en el sentido de que fue un sistema liberal restringido a un número reducido de personas (hombres terratenientes y contribuyentes de la clase media culta), hecho que confirma en parte la tesis modernista, que se fue expandiendo para incluir a más gente (asalariados, mujeres, minorías excluidas) con el paso del tiempo y la ampliación del sufragio. En cualquier caso, las condiciones previas de la teoría de la modernización para los pueblos que ansían la democracia en nuestro mundo —un índice elevado de urbanización, una amplia clase media y una cultura democrática generalizada entre las masas— no son requisitos de la democracia, sino productos del largo proceso histórico por el que se desarrolló la democracia. De hecho, lo que se les exige a los pueblos del Tercer Mundo es que absorban, metabolicen y reproduzcan los resultados de estos siglos de desarrollo, y que ese desarrollo esté presente y disponible en Asia y América Latina para que la democracia cristalice. Todo esto es fruto de la Guerra Fría. El objetivo de las teorías de la modernización era preservar la democracia en los países desarrollados en Europa y Norteamérica, demostrar que se trataba del mejor sistema disponible y estudiar las condiciones para su sostenibilidad en el marco de la competición/confrontación con el comunismo. Cabría añadir que los Estados Unidos y otros países occidentales pretendieron justificar su apoyo a los regímenes autoritarios aliados del Tercer Mundo que se enfrentaban al comunismo alegando que esos países y esos pueblos no estaban preparados para la democracia.
De hecho, en algunos aspectos, la teoría de la modernización resulta apologética, o al menos se ha utilizado con esos fines. Cuando la Guerra Fría llegó a su abrupto final, estos argumentos se evaporaron y la democracia pasó a ser posible incluso para estos pueblos. Ya no era necesario aliarse con dictaduras porque el criterio de "o están con nosotros o están con el comunismo" había dejado de existir. Por lo tanto, los Estados Unidos dejaron de oponerse a la transición democrática en los países aliados, lo que tampoco significa que impulsaran la democracia a partir de ese momento.
Guerra Fría y Mundo Árabe
Hagamos en este punto una breve observación tangencial. La Guerra Fría se ha acabado en todas partes menos en el Mundo Árabe. Se trata de una observación necesaria porque resulta relevante para comprender las complicaciones que siempre se esgrimen en torno a la "excepción árabe". De hecho, no acabó nunca por lo que respecta al bando liderado por los Estados Unidos, que en su tiempo prometió proteger la democracia mundial frente al comunismo en el Mundo Árabe.
Los Estados Unidos y, en gran medida, los países europeos han seguido aplicando la lógica de la Guerra Fría en sus relaciones con el Mundo Árabe, en el sentido de que su bando no ha dejado nunca de apoyar a dictadores debido a tres grandes inquietudes:
- La seguridad de Israel. ¿Cómo se podría garantizar la seguridad de Israel si los países árabes celebrasen elecciones periódicas con resultados impredecibles? Las dictaduras son una apuesta mucho más adecuada de cara a los acuerdos de paz y la protección de las fronteras israelíes. Siempre se cita como ejemplo el régimen sirio, pero no como un régimen amigo, sino porque ha servido para garantizar que desde 1973 no se haya disparado ni un solo tiro desde las fronteras sirias. El régimen autoritario de Egipto también ha respetado los Acuerdos de Camp David pese a todas las fluctuaciones y circunstancias difíciles de la región; una democracia en Egipto instauraría en el poder a distintos gobiernos que podrían replantearse la situación.
- El petróleo y la seguridad energética. En estos momentos, este factor es menos importante para la economía estadounidense por el incremento de la producción de petróleo de esquisto bituminoso y por el crecimiento del sector de la energía alternativa, pero antes era de una importancia capital y presentaba una vinculación orgánica y estratégica con el concepto de la seguridad nacional de los Estados Unidos y el Plan Marshall de posguerra. Sigue siendo de suma importancia para el funcionamiento de las economías de Europa y Asia Oriental por su relación con los precios a nivel mundial.
- El llamado "terrorismo islámico" o la aparición de movimientos terroristas y la necesidad de determinados círculos occidentales de convertirlos en el nuevo enemigo mundial para ocupar el lugar del antiguo "imperio del mal". Esta violencia extrema surgió por muchos factores, entre ellos los ideológicos, y se expandió en condiciones que no tendríamos ahora tiempo de abordar, pero los más importantes para mí fueron los regímenes despóticos y la cuestión interminable de Palestina.
Estos temas dejaron al Mundo Árabe fuera de las nuevas reglas del juego tras la Guerra Fría.
Y con esto, permítanme que vuelva al hilo principal de mi ponencia. Después de la Guerra Fría, de las ruinas de las ideas de la teoría de la modernización sobre la transición surgieron los estudios sobre la transición democrática. Ahora bien, yo soy de la opinión —y es lo que comento en mi próximo libro— de que, en cualquier caso, no podemos prescindir de las tesis iniciales de la teoría de la modernización al hablar no ya de la transición democrática, sino de la consolidación de la democracia: en concreto, porque se exige la creación de una democracia de una sentada, sin etapas graduales, de modo que se introduce el sufragio universal en sociedades caracterizadas por un escaso desarrollo en promedio, una renta individual baja y un nivel de educación reducido en las que existe una élite política dedicada a la labor democrática. Cuando hablamos de la consolidación de la democracia, está claro que resulta difícil consolidarla sin un desarrollo económico sostenible vinculado a la consecución de un desarrollo real o, entre otras cosas, sin haber alcanzado un nivel educativo específico. Una vez que se produce la transición, el nuevo sistema democrático debe ocuparse de lo que la teoría de la modernización llama "los requisitos económicos y sociales de la democracia", con la educación como el requisito más importante. La mayoría de las estadísticas muestran que la educación presenta una conexión más estrecha con la democracia que cualquier otro coeficiente (nivel de renta, desarrollo, etc.). Ahora bien, sería difícil afrontar esta cuestión en particular dentro del tiempo asignado para esta ponencia.
Yo añadiría al factor anterior la importancia de la cultura política de las élites que toman el poder. No cabe esperar que surja una cultura democrática entre la población general bajo el yugo de una dictadura. La experiencia árabe pone de manifiesto con toda claridad la importancia que reviste la cultura democrática de las élites para el proceso de transición.
Los estudios sobre transición democrática entraron en una segunda fase después de que los países del bloque socialista efectuaran su propia transición hacia la democracia, lo que dio pie a una nueva oleada de contribuciones intelectuales. Algunos de estos estudios volvieron a la teoría de la modernización, porque Europa del Este había vivido una industrialización, un desarrollo económico y un alto nivel educativo. También apareció un nuevo factor importante con el derrumbe de los regímenes comunistas, factor al que transitólogos como Guillermo O'Donnell, Philippe Schmitter, Adam Przeworski y Laurence Whitehead no prestaron suficiente atención: es el llamado "factor externo". La transición de los países comunistas hacia la democracia no se puede comprender sin las reformas implantadas desde arriba en la Unión Soviética en la cúpula misma del partido gobernante. Esas reformas eliminaron la protección soviética de los regímenes de Europa del Este, los cuales nunca gozaron de legitimidad al haberse impuesto por la fuerza a raíz de la ocupación soviética tras la guerra. Los estudios posteriores han aplicado estas observaciones innovadoras de forma retroactiva, tomándose más en serio los efectos del entorno europeo para España, Grecia y Portugal y, en la misma línea, el deseo de incorporarse al Mercado Común Europeo como era entonces o a la UE tal y como ya existía cuando Europa del Este empezó a democratizarse. Este "factor externo" y su influencia en la construcción de la democracia será de gran importancia cuando hablemos del Mundo Árabe: ni el "factor externo" internacional ni el entorno regional resultan propicios para la democracia.
De la primera a la segunda oleada de revoluciones árabes
En 2011, brotaron revoluciones espontáneas por todo el Mundo Árabe que, por lo general, exigían que se pusiese fin a la corrupción y a la violencia policial (cuando estuviesen relacionadas con el despotismo); estas revoluciones siguen activas a día de hoy en Argelia, Sudán, el Líbano e Irak. La conexión entre el despotismo y la corrupción aún está presente en la segunda oleada de las revoluciones árabes. Hay otra cuestión que no se puede descartar en relación con ningún pueblo del mundo: la "dignidad humana". Tanto en Túnez como en Egipto, la causa inmediata del estallido de las protestas que desembocaron en la revolución fueron las agresiones físicas contra la población: el tema del respeto por el cuerpo humano y su inviolabilidad fue un elemento central en la rabia que se desató contra el despotismo. El Mundo Árabe estaba gobernado por un grupo de regímenes que no respetaban la inviolabilidad del cuerpo y el alma de los seres humanos. La "humillación" fue uno de los factores principales de la revolución tunecina, y no es casualidad que la gente saliese a las calles en Egipto tras la muerte bajo tortura del joven Khaled Saeed o que la revolución empezase en el llamado Día de la Policía (25 de enero). Esta importancia simbólica de la tortura y el asesinato sirvió de chispa inicial de los alzamientos y es un aspecto que no debe olvidarse; no solo por las víctimas, sino también por su carga simbólica vigente en relación con la dignidad humana. Creo que en Siria tuvo mucho más peso que en Túnez o en Egipto: la cuestión de la dignidad humana y el rechazo de la humillación y de la transgresión continua de la inviolabilidad de la persona y el cuerpo ha sido un aspecto central de las revoluciones.
Las revoluciones árabes añadieron un elemento nuevo a la teoría revolucionaria, elemento al que dedico un capítulo entero en mi libro. Los estudios sobre transición democrática no han examinado la revolución. Han tomado a España y a Brasil como ejemplos de transiciones mediante reformas implantadas desde arriba. Tras las reformas, las élites gobernantes disienten en algunos aspectos –la necesidad de reformar, la profundidad necesaria de las reformas– y pueden disgregarse, lo que deja espacio para llegar a lo que llamamos un "pacto" (se plasme o no por escrito). La mayoría de las transiciones que se produjeron en lo que Huntington tilda de "tercera oleada" tuvieron lugar a través de una reforma desde arriba sin ningún tipo de revolución. En ocasiones vinieron acompañadas de protestas populares que exigían una intensificación de las reformas, pero la mayoría de las transiciones, por no decir todas, se produjeron por escisiones dentro de la élite en el poder a consecuencia de las iniciativas de reforma. Incluso en Polonia –donde el movimiento Solidaridad empezó como una movilización sindical que evolucionó hacia un movimiento revolucionario seguido de un golpe militar–, cuando la URSS empezó con sus reformas, las negociaciones entre la oposición y el Partido Comunista fueron posibles únicamente gracias a la mediación de la iglesia, y solo así se alcanzó un acuerdo entre ambas partes.
A nivel histórico, la transición democrática nunca ha tenido lugar a través de una revolución. Hasta la propia Revolución Francesa derivó en un periodo de terror violento contra quienes consideraba sus enemigos, tras lo que vino la Primera República, el interludio imperial de Napoleón y el regreso de la monarquía borbónica con Luis XVIII y Carlos X, después la monarquía constitucional relativamente liberal de Luis Felipe I, la breve Segunda República, el Segundo Imperio proclamado por Napoleón III y los setenta años de la Tercera República (1871-1940), para acabar con una democracia liberal que logró sobreponerse a la tensión entre el liberalismo y la democracia. A mi juicio, la democracia liberal francesa no se consolidó de verdad hasta después de la Segunda Guerra Mundial. El examen del bagaje histórico pone de manifiesto que la revolución nunca ha conllevado la aparición directa de una democracia en ningún sitio. Las revoluciones más conocidas para derrocar directamente a algún régimen han producido dictaduras, no democracias. Las revoluciones bolchevique e iraní nos sirven de ejemplos paradigmáticos. Las protestas que han acompañado a una transición democrática siempre han tenido lugar dentro de un marco más amplio en el que se limitaban a solicitar una intensificación de las reformas ya en curso.
¿Qué ha ocurrido en el Mundo Árabe? En las últimas dos décadas del siglo XX, varios países árabes emprendieron reformas políticas a consecuencia de, entre otros factores, las movilizaciones populares tras la caída en el precio del petróleo y la moderación de la presión estadounidense tras el final de la Guerra Fría. Y algunos regímenes se vieron obligados a llevar a cabo reformas políticas concretas. Sin embargo, en el Mundo Árabe –la gran excepción que intenté investigar en mi libro On the Arab Question (publicado en 2007, antes de la primera oleada de revoluciones árabes) y que retomaré en mi próximo libro– no hubo disensiones en las élites en el poder a raíz de las reformas en Marruecos, Bahréin, Egipto, Jordania o Túnez. Todos estos países implantaron reformas, pero la élite gobernante no se escindió en ninguno de ellos, lo que demuestra que los regímenes despóticos árabes han desarrollado un carácter "sultánico". La élite en el poder de un Estado sultánico no es más que la corte o el séquito de quien toma las decisiones, y se trata de una situación en la que no existen varios centros de poder. En consecuencia, el gobernante puede llevar a cabo reformas o bien replanteárselas cuando considere que las condiciones son propicias. El único país en el que se produjo una escisión de la élite fue en Argelia tras las reformas de 1982, situación que derivó en el golpe militar de 1992 contra el proceso de reforma.
Las revoluciones desde abajo llegaron mucho después de que quedara claro que las reformas desde arriba no eran más que un proceso de cara a la galería. En cualquier caso, estas revoluciones espontáneas no plantearon una alternativa específica a los regímenes autoritarios que fuese capaz de hacerse con el gobierno. He aquí la contribución a la teoría de la revolución. Tenemos una "revolución reformista" cuyas características básicas son las siguientes:
- Se trata de una revolución que sustituye a una reforma desde arriba. No pretende tomar el poder como en Rusia o Irán, o como en la Revolución Francesa cuando los elementos radicales tomaron el control entre 1789 y 1792. Lo que "exige" es el derrocamiento del régimen. Las revoluciones históricas más conocidas no exigieron la caída del régimen, sino que lo derribaron por su cuenta y tomaron el poder directamente. Mientras, las revoluciones árabes solo hacen tambalearse al régimen y exigen un cambio. Al igual que en Túnez, ninguno de los revolucionarios egipcios en enero de 2011 pretendía tomar el poder. Ninguno contaba con un programa para esa toma del poder, sino que salieron a las calles y exigieron un cambio al régimen. Ahora bien, las revoluciones no exigen cambios a los regímenes, sino que los cambian ellas mismas y se hacen con el poder. No obstante, lo que tenemos aquí son revoluciones que sí piden un cambio.
- Se trata de una revolución que, en ocasiones, puede sustituir a una reforma desde arriba en la práctica. Cuando dio comienzo la transición democrática en los países árabes, lo hizo después de que las revoluciones –no las reformas– fraccionaran a unas élites gobernantes ya divididas en torno al modo de lidiar con esas revoluciones.
La primera oleada revolucionaria irrumpió en cinco países árabes, pero la transición democrática se produjo solamente en dos, Túnez y Egipto (a los que cabría añadir la frágil transición de Libia). En Yemen, la revolución se transformó en una guerra civil cuando se produjo una intervención extranjera –pese a que los propios yemeníes habían puesto en marcha un diálogo nacional avanzado del que había surgido un pacto no muy distinto a los famosos Pactos de la Moncloa en España–, ya que el pacto fue desbaratado por el golpe de los huzíes con apoyo del antiguo régimen y de Irán, seguido de una intervención conjunta saudí-emiratí. Yemen se convirtió en el escenario de una guerra entre distintos ejes regionales a pesar de que la élite yemení había alumbrado un pacto democrático bajo los auspicios de las Naciones Unidas. En Libia, ha quedado patente que el consenso en torno a la idea de Estado no es suficiente y hace falta empezar a construir instituciones –la primera de ellas, el ejército–, puesto que fracasó por la negativa de los distintos grupos armados a entregar las armas y por la intervención extranjera. La segunda conclusión que se puede extraer de la experiencia de Libia es que las elecciones no tienen por qué ser necesariamente el paso más urgente e inmediato en el camino hacia la transformación democrática. Cuando las instituciones estatales no son fuertes, cuando aún no se ha creado el ejército y cuando los grupos armados campan a sus anchas, las elecciones no hacen más que exacerbar las divisiones y no fomentan la democracia en modo alguno. La presión de los países occidentales y de las organizaciones no gubernamentales para celebrar elecciones no siempre está bien ejercida. No es necesario empezar por las elecciones. A veces, las elecciones pueden resultar perjudiciales para la transición democrática.
Hasta aquí la situación de Libia. Por lo que respecta a Siria, como ustedes saben, han quedado patentes los siguientes aspectos:
- Un hecho importante que suelen olvidar los liberales es que la supresión violenta –cuando se da de manera continua, con determinación y sin restricciones– puede "servir" perfectamente para proteger al régimen, pese a la postura moral que dice que la violencia no sirve para nada en política. Así ocurre con el régimen sirio, que ha empleado la violencia sin ningún miramiento. Ese fue el primero de los factores que provocó el fracaso de la revolución siria, puesto que el uso de esa violencia sin cortapisas acabó transformándola en una horrenda guerra civil.
- La falta de persistencia de los aliados de Siria a raíz del fracaso de la experiencia de los Estados Unidos en Irak y la incertidumbre en torno a las alternativas y la oposición siria. Con esto no estoy refiriéndome a la oposición política, sino a las facciones armadas que carecían de un liderazgo y un programa políticos.
- La persistencia de los aliados del régimen y la intervención directa de Irán y Rusia sobre el terreno para decidir a su favor una guerra que estaba prácticamente perdida.
- El auge del tono confesional del islamismo extremo en el seno de las facciones revolucionarias que sirvió para coaligar a las llamadas minorías en Siria, por un lado, y la mayoría laica, por el otro. Considero que en Siria existe una mayoría laica: es un laicismo que puede ser religioso, es decir, el laicismo de quienes creen que el Estado no debe usarse para imponer una forma de vida religiosa en particular. Ese es el laicismo de la mayoría del Mundo Árabe en su conjunto, tal y como yo lo entiendo.
Por su parte, Túnez y Egipto son los dos únicos casos en los que se produjo de verdad una transición democrática, si bien en un caso triunfó y en el otro fracasó. Esta comparación resulta productiva desde el punto de vista teórico porque ofrece la mejor aportación a la teoría. Al tratarse de dos casos similares, podemos hacernos la pregunta de por qué hubo éxito en un sitio y en otro no. Ese es el quid de la cuestión: ¿por qué fueron tan distintos los resultados cuando en ambos casos existía un consenso en torno al Estado, una unidad nacional e instituciones consolidadas? Antes de investigar los datos estadísticos sobre la renta individual, el nivel educativo, los índices de desarrollo humano, el tamaño de la clase media o la tasa de pobreza de cada país, yo había llegado más o menos a la conclusión de que la teoría de la modernización podría ser de utilidad: yo creía que Túnez estaba más modernizada que Egipto, es decir, que el nivel de educación era superior y que el tamaño de la clase media era mayor, y esa podría ser la explicación para el éxito de la transición tunecina frente al fracaso egipcio. Ahora bien, me di cuenta de que, de hecho, la renta media en Túnez era muy parecida a la de Egipto. Los datos me sorprendieron. El nivel educativo también era similar, y lo mismo ocurría con el tamaño de la clase media que, por mi parte, mido prestando atención a las tres quintas partes intermedias de la renta, según el coeficiente de Gini.
Los resultados son sorprendentes y apuntan a que la teoría de la modernización no sirve para explicar el éxito de la transición en Túnez ni su fracaso en Egipto. A un público francés podría resultarle curioso saber que Lipset, en un artículo escrito en 1993 (en el que se replanteaba el artículo anterior ya mencionado), y otros investigadores también llamaron la atención sobre dos factores más. El primero era la cultura política y Lipset hizo hincapié en el "Islam", ya que las estadísticas mostraban sin lugar a dudas que no existían países democráticos con mayorías musulmanas, solamente "semidemocracias" como Turquía o quizás Pakistán: donde hay Islam, no hay democracia. El segundo factor era que las excolonias francesas no se convirtieron en democracias, eso solo ocurrió con las británicas. La paradoja para nosotros aquí es que Túnez, que fue una colonia francesa importante de mayoría musulmana, pasó a ser una democracia, mientras que Egipto, que había estado bajo tutela británica, no lo consiguió.
Conclusiones
Pasemos a las conclusiones del estudio. En primer lugar, una parte importante de este contexto en los estudios sobre la transición democrática es la "cultura política de las élites". Las élites políticas tunecinas lograron dar el paso hacia lo que la transitología llama el "regateo". En este contexto, el regateo no es algo malo, ya que implica obtener resultados en los que no hay un ganador y un perdedor necesariamente. Algunos integrantes de la élite del antiguo régimen tunecino estaban dispuestos a negociar para poner en marcha una transición democrática. Estos elementos siguieron en el poder tras la caída de Ben Ali, entablaron una negociación con la oposición tunecina y llegaron a un acuerdo sobre procedimientos democráticos como el alcanzado en España en su momento. No obstante, la diferencia entre estas dos experiencias es que en Túnez no empezó con una reforma desde arriba tras la muerte de un presidente, sino con una revolución popular. He ahí una innovación árabe: cuando los regímenes sultánicos bloquean las reformas, las revoluciones desde abajo las hacen posibles.
Por lo tanto, la primera conclusión es la capacidad de las élites tunecinas de regatear y negociar; se incluye aquí a las élites del movimiento islamista tunecino, que en esta crisis se mostró dispuesto a implantar un gobierno de compromiso por miedo a una repetición de lo vivido con los Hermanos Musulmanes en Egipto. La flexibilidad mostrada por el movimiento islamista en Túnez fue uno de los factores que permitió llegar a un acuerdo con elementos del antiguo régimen. De hecho, la facción que negoció con los islamistas era la corriente burguibista dentro del régimen tunecino que había sido silenciada por Ben Ali. Esta facción, liderada por Beji Caid Essebsi, fue capaz de llegar a un entendimiento con los islamistas a lo largo de la crisis transicional que ponía en riesgo todo el proceso. Sin embargo, los laicistas radicales –tremendamente hostiles al régimen existente y a cualquier movimiento islamista– fueron un obstáculo para el acuerdo, no un catalizador. Se opusieron a cualquier tipo de pacto, hasta el punto de que, al igual que en Egipto, pidieron al ejército que interviniese. Estaban dispuestos a decantarse por un golpe militar antes que por un acuerdo que pudiera propiciar una transición democrática. Esto es muy importante. En Egipto, tanto las élites islamistas como las laicistas se mostraron incapaces de dialogar para llegar a un entendimiento que salvase la transición. Ambos bandos intentaron ganarse al ejército y utilizarlo contra el otro.
Aquí disiento de la teoría de la modernización con mi énfasis en la cultura política de las élites, y no la del pueblo. La cultura de un pueblo en particular no puede pasar a ser democrática bajo el yugo del despotismo, sino únicamente a través del establecimiento de una democracia con instituciones consolidadas. Lo que hace falta en las transiciones integrales tardías de la actualidad no es que el pueblo sea demócrata, sino que la cultura de las élites implicadas en la transición sea democrática.
Segunda conclusión: en ambos países, el ejército desoyó la orden de suprimir la revolución, motivo por el que triunfaron ambos alzamientos. La diferencia es que el ejército egipcio tenía ambiciones políticas y el tunecino no. Una de las observaciones añadidas gracias a nuestro estudio de los casos árabes se resume de la siguiente manera: no es posible llevar a cabo una transición democrática si el ejército se opone, sino cuando el ejército se mantiene neutral o apoya esa transición. Si se opone a la transición y alberga ambiciones políticas, no se puede implantar la democracia.
Tercera conclusión: el factor externo. Podemos resumirlo de la siguiente manera: cuanta más importancia geoestratégica tenga un país, más peso tendrá el factor externo. Túnez no es importante desde el punto de vista geoestratégico. Ni colinda con Israel ni tiene petróleo. Por ese motivo, ninguna de las potencias se preocupó de si Túnez se convertía o no en una democracia, situación que no se dio ni en Egipto ni en Siria. Egipto, por ejemplo, comparte frontera con Israel. Es el país con más población árabe y, en caso de que se implantase una democracia, constituiría una amenaza para determinados países del Golfo, en especial los de mayor tamaño. No me refiero a los países pequeños en concreto, que no temen a la democracia por la elevada calidad de vida que les proporcionan los ingresos del petróleo, sino más bien al Reino de Arabia Saudí. Curiosamente, los Emiratos Árabes Unidos, que son un país rentista relativamente pequeño que no se siente muy amenazado por la democracia –pese a su oposición ideológica–, han hecho suyo el papel de "pioneros" de la lucha contra la democracia. Asimismo, la intervención estadounidense ha sido decisiva: el gigante americano no se limitó a guardar silencio ante el golpe militar en Egipto, tal y como parecía al principio, sino que lo apoyaron de manera deliberada, según las informaciones del corresponsal de The New York Times en El Cairo, David Kirkpatrick, sobre las reuniones entre representantes estadounidenses y el Ejército egipcio.
En cualquier caso, este factor externo resulta decisivo cuando las principales fuerzas políticas no logran llegar a un entendimiento. Y aquí viene la cuarta conclusión: lo que pasó en Egipto es que, a raíz de la polarización entre las fuerzas "islamistas" y "laicistas", de la insistencia de los Hermanos Musulmanes en gobernar con una mayoría del 52% durante el periodo de transición y, por último, de la presencia de un "Estado profundo" opuesto al gobernante elegido, esta mayoría se mostró incapaz de gobernar sin una unidad nacional, porque no hay forma de luchar contra el aparato de un Estado profundo que se opone al Gobierno elegido si no es a través de la legitimidad revolucionaria, y para ello hace falta unidad entre las fuerzas favorables a la revolución. Sin embargo, estas fuerzas revolucionarias en Egipto presentaban una polarización entre los laicistas y los islamistas que acabó transformándose en un enfrentamiento entre las fuerzas antidemocráticas y las fuerzas prodemocráticas. Esta situación dio legitimidad a la intervención del Ejército y abrió la puerta a que se inmiscuyeran fuerzas externas, en especial durante el periodo de transición caracterizado por la caída del índice de desarrollo que se observa en todos los países en los que tiene lugar una transición. Después de las revoluciones, las expectativas populares sobre aspectos sociales y económicos son elevadas, pero no se pueden hacer realidad en tan solo dos o tres años. En consecuencia, aumenta la frustración popular e incluso la "nostalgia" por el régimen anterior, situación que pueden aprovechar las fuerzas externas, máxime cuando existen divisiones entre las élites revolucionarias.
Por lo tanto, mis conclusiones son que los factores que determinan el resultado de una transición hacia la democracia son la cultura política de las élites, las ambiciones políticas del ejército, la importancia geoestratégica del país y, por último, la imposibilidad de gobernar durante el periodo de transición si existe la oposición del aparato del régimen anterior, a no ser que las fuerzas políticas prodemocráticas se mantengan unidas.
Este Documento de Estudio es la transcripción de la ponencia del mismo nombre, pronunciada por Azmi Bishara como discurso de apertura durante la conferencia anual del Centre Arabe de Recherche et d'Études Politiques de París (CAREP): "Democracias en formación: los países árabes como campo de pruebas de la evolución política". El seminario fue organizado con la colaboración del Collège de France, en París, el 28 de noviembre de 2019. Puede leer el texto original en este enlace.
Agradecimiento del autor: "Me gustaría dar las gracias al Collège de France por brindarme esta oportunidad, y en particular al profesor Henri Laurence y sus compañeros. Espero que este tipo de iniciativas de cooperación e intercambio cultural se mantengan en el futuro. También me gustaría dar las gracias a todos los asistentes".
Crédito de imagen: Pexels / Noor Aldin Alwan