Posibles implicaciones para Oriente Medio y el Mediterráneo si Israel consuma el "Plan de los Generales"

Leyla Hamad Zahonero
Leyla Hamad Zahonero Investigadora asociada del CEARC
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Palestinos evacúan un área de Ciudad de Gaza tras un bombardeo israelí. EFE / EPA / MOHAMMED SABER

Resumen

El "Plan de los Generales" plantea una estrategia de desplazamiento forzado, asedio total y hambre deliberada en Gaza. Aunque Israel ha negado oficialmente su implementación, y aunque el plan propuesto por Trump el 29 de septiembre se desvincula de la idea de expulsión, su huella puede rastrearse tanto en el Plan de Netanyahu, aprobado en agosto, como en la nueva fase de invasión terrestre en Gaza, denominada "Carros de Gedeón II". Las tácticas propuestas en el "Plan de los Generales" promueven, entre otras medidas, el vaciamiento de Gaza. Su implantación supondría un potencial desplazamiento de refugiados con consecuencias directas en los países vecinos, especialmente Egipto y Jordania, pero con repercusiones también a nivel global: desacreditaría los acuerdos de normalización con Israel, profundizaría la brecha entre Occidente y el Mundo Árabe y contribuiría a una mayor desestabilización y deslegitimación del orden internacional.

El "Plan de los Generales": hambre, asedio y evacuación

Poco antes de que se cumpliera un año de la guerra en Gaza, un grupo de militares israelíes, encabezado por el antiguo jefe del Consejo de Seguridad Nacional, Giora Eiland, presentó un controvertido plan para derrotar definitivamente a Hamás. Se dio a conocer con el nombre de "Plan de los Generales". La primera fase contemplaba la evacuación, en una semana, de toda la población civil palestina situada al norte del corredor de Netzarim, unas 300.000 personas según el propio documento. Acabado el plazo, la zona se declararía área militar cerrada. La segunda fase proponía imponer un asedio total y estricto, que impidiera el acceso y salida de personas, y bloqueara la entrada de suministros de alimentos, combustible y agua. Esta estrategia pretendía provocar una hambruna que obligara a los combatientes de Hamás a rendirse o morir. Aunque el plan inicial se limitaba al norte de la Franja, reconocía la posibilidad de extenderse a los campos centrales de Gaza y a Rafah en el sur.

Si bien el plan no hacía mención explícita al traslado forzoso de palestinos al Sinaí, debe interpretarse que así se haría, a la luz de una propuesta que el propio general Eiland elaboró en 2004 como alternativa al Plan de Desconexión de Gaza de Ariel Sharon, en la que se proponía reubicar a los gazatíes en el norte del Sinaí, en un área que sería cedida por Egipto. Desde esta perspectiva, resulta plausible que el "Plan de los Generales" pudiera derivar en un desplazamiento forzoso en etapas posteriores. Si bien es cierto que, en el último acuerdo propuesto por la administración Trump el pasado 29 de septiembre, se explicita en el punto duodécimo que "nadie se verá obligado a abandonar Gaza y aquellos que deseen irse serán libres de hacerlo, así como de regresar", la falta de garantías en el cumplimiento del acuerdo, sumado a la trágica experiencia palestina en desplazamientos masivos en el pasado, hace pensar que estos desplazamientos serían definitivos.

La propia propuesta del plan defendía la legalidad del proyecto, afirmando que el hecho de "advertir" a la población de Gaza de la obligación de evacuar lo hacía jurídicamente aceptable. Pero la realidad es muy diferente. Un plan preconcebido como una estrategia para matar de hambre, asediar y desplazar es incompatible con las exigencias que el Derecho Internacional impone a las potencias ocupantes y viola, entre otros, el Protocolo Adicional I de la Convención de Ginebra que exige proteger a los civiles durante la preparación de los ataques (art. 57) y obliga a brindarles asistencia humanitaria (art. 70). Amparándose en la idea de que las personas que se nieguen a evacuar serán consideradas combatientes de Hamás y, por lo tanto, objetivos legítimos, se justifica la aniquilación de civiles no evacuados. Con esta estrategia se trata de imponer un desplazamiento forzoso tipificado por el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional como crimen de lesa humanidad (art. 7.1.d). El mismo estatuto considera crimen de guerra el uso del hambre como arma de guerra (art. 8.2.b xxv), un delito que, además, podría considerarse genocidio si se demuestra intencionalidad según la Convención para la Prevención del Sanción del Delito de Genocidio (art. II.c).

A pesar de su controvertida naturaleza, el plan recibió el apoyo de 27 miembros de la Knéset.

¿Un plan ya en marcha? El Plan de Netanyahu, una nueva versión

Desde hace meses, grupos de derechos humanos denuncian que Israel está implementando el "Plan de los Generales", una sospecha que algunos soldados israelíes han confirmado. Lo cierto es que, desde marzo de 2025, Gaza está sufriendo un bloqueo casi total de suministros. Las organizaciones internacionales encargadas de la distribución de la ayuda humanitaria han sido desplazadas por un nuevo sistema de reparto controlado por Israel: la llamada Fundación Humanitaria para Gaza, responsable del desmantelamiento de los más de 400 puntos de distribución y su sustitución por apenas cuatro, ninguno al norte de Netzarim.

Los ataques reiterados durante estas distribuciones han llevado a organizaciones como Médicos Sin Fronteras a denunciar que "eso no es ayuda, es una masacre orquestada". Naciones Unidas denunció que, en transcurso de casi cuatro meses, cerca de 2.340 personas murieron mientras buscaban ayuda humanitaria. El control absoluto de las entradas, salidas y corredores humanitarios, junto al uso de la crisis alimentaria como herramienta para forzar el desplazamiento hacia el sur, refuerza la idea de que se está implementando una estrategia deliberada de aislamiento, hambre y vaciamiento de Gaza, en línea con el "Plan de los Generales".

Este escenario cobra aún más fuerza en la actualidad, especialmente desde el inicio, a mediados de septiembre, de la fase "Carros de Gedeón II". En esta nueva etapa bélica, además de la intensificación de los bombardeos y a la incursión terrestre en la ciudad de Gaza, Israel ha lanzado octavillas que instan a la población a desplazarse al sur, forzando el éxodo de muchos civiles que aún permanecían en la ciudad. En este contexto, la narrativa israelí ya no oculta su propósito: aspira a expulsar a todos los habitantes de Gaza y destruir completamente la ciudad.

A día de hoy, es evidente que uno de los objetivos principales de esta guerra es hacer Gaza inhabitable, imponiendo unas condiciones de vida tan duras que la población tenga que elegir entre las dos opciones que proponía Eiland: "Quedarse y morir de hambre, o irse". Para el militar, la manera más rápida y menos costosa de ganar la guerra es provocar el colapso de los sistemas gazatíes. En este sentido, Israel ha destruido sistemáticamente las infraestructuras civiles de Gaza, incluyendo hospitales, escuelas, universidades, centrales eléctricas, edificios administrativos y campos de refugiados. El 70% de los edificios han sido derribados o dañados y la falta de electricidad y agua, hace que la vida sea insostenible. En este contexto, la hambruna provocada en Gaza debe entenderse como una estrategia deliberada de destrucción, orientada no sólo contra la generación actual, sino también contra las venideras.

Tanto el Plan de Netanyahu como el "Plan de los Generales" presentan grandes similitudes en sus tácticas y en su enfoque estratégico. Ambos planes comparten la visión de la Doctrina Dahiya, formulada en 2006 durante la guerra contra Líbano, que propone emplear el uso desproporcionado de la fuerza con la idea de infligir el máximo daño y destrucción posible en forma de castigo colectivo. En ambos planes, también, subyace la idea de expulsar al pueblo palestino, un concepto central para el proyecto sionista.

Impacto económico y social del desplazamiento forzoso: las presiones sobre Jordania y Egipto

La estrategia israelí de provocar desplazamiento y hambre ejerce una presión extrema sobre los países limítrofes, siendo especialmente crítica en el caso de Egipto y Jordania. Durante el último año, Estados Unidos ha ejercido una presión extraordinaria sobre estos países instando a que absorban a la población palestina, un escenario que tanto Jordania como Egipto rechazan enérgicamente, ya que consideran que acabaría definitivamente con las reivindicaciones nacionales del pueblo palestino. Israel y Estados Unidos parecen convencidos de que, llegado el caso, ni Egipto ni Jordania tendrán margen para rechazar la acogida: poner fin a los tratados de paz con Israel o dañar sus relaciones con Estados Unidos les resultaría demasiado costoso. Las declaraciones públicas de Trump reflejan con contundencia esta convicción: "Lo harán, hacemos mucho por ellos", pero sobre todo ponen de manifiesto la naturaleza profundamente desigual de estas relaciones.

La inestabilidad creciente en Oriente Medio ha provocado, entre otros, un fuerte descenso del turismo. Aunque en la actualidad el sector muestra señales de recuperación, en el caso de Jordania, se llegó a registrar una importante caída del 60%. Los ataques huzíes en el mar Rojo han reducido drásticamente el tráfico marítimo a través del Canal de Suez, generando una pérdida aproximada de 800 millones de dólares en ingresos para Egipto. Jordania también se ha visto afectada, al tener parcialmente bloqueadas las operaciones del puerto de Aqaba.

Estos factores, sumados a la inflación y a la presión de la deuda externa, han conducido a una situación económica de vulnerabilidad, que se percibe en determinados círculos israelíes como una oportunidad. De hecho, Amir Weitmann inversor de riesgo y miembro del Likud, propuso durante los primeros meses de la guerra comprar un proyecto urbanístico abandonado en el Sinaí con el objetivo de reubicar entre 1,4 y 2,2 millones de palestinos desplazados. Según Weitman, el plan era económicamente viable para Israel, que solo tendría que destinar entre el 1% y el 1,5% de su PIB, un coste mínimo teniendo en cuenta el "beneficio político" del desplazamiento masivo. Argumentaba, además, que el proyecto podría ser atractivo para Egipto, ya que facilitaría el pago de la deuda y, además, podría beneficiarse de un nuevo flujo de mano de obra barata.

La comunidad internacional, consciente de los riesgos asociados a una crisis financiera en un momento especialmente difícil para la región, ha optado por el rescate a través de préstamos blandos e inversiones directas. A pesar del alivio temporal que esta inyección financiera supone, una posible oleada de refugiados aumentaría drásticamente las tensiones económicas y sociales tanto en Jordania como en Egipto. Debemos considerar, por ejemplo, el desafío estructural al que Jordania se tendría que enfrentar, teniendo en cuenta que el desempleo alcanza el 21,3% de la población. A esto se suma la dimensión demográfica: Egipto cuenta con 9 millones de refugiados, y Jordania ha absorbido históricamente varias oleadas de refugiados palestinos, iraquíes y sirios. Además, una nueva oleada de refugiados ahondaría aún más en el debate de la cuestión de la identidad jordana e incrementaría el riesgo de que se convierta en una "patria alternativa" para los palestinos, un discurso que cada vez cobra más fuerza entre la clase dirigente israelí.

El incremento en los desplazamientos hacia Egipto y Jordania podría tener también repercusiones más amplias, alimentando nuevas crisis migratorias a Europa a través del Mediterráneo. Un escenario que encendería alarmas a nivel humanitario y de seguridad.

Sin embargo, la preocupación ante una eventual oleada de refugiados no se limita a los países vecinos y europeos. Otros países árabes, incluidos aquellos con los que Israel firmó los llamados Acuerdos de Abraham, han sido unánimes también en su oposición a los desplazamientos forzosos.

El espejismo de la normalización: dilemas del orden árabe oficial

Los Acuerdos de Abraham de 2020 a través de los cuales se normalizaban las relaciones entre Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Sudán y Marruecos, por un lado, e Israel, por el otro, fueron presentados ante la comunidad internacional como una oportunidad única para lograr la estabilidad y promover la paz duradera en la región. Estos acuerdos supusieron un giro sustancial en el enfoque tradicional de la causa palestina, ya que remplazaba la idea de "paz por territorios" por "paz por prosperidad", según la cual los palestinos debían renunciar a sus aspiraciones nacionales a cambio de incentivos económicos. Del mismo modo, los países firmantes abandonaban el espíritu de la Iniciativa de Paz Árabe de Beirut de 2002, según la cual la normalización con Israel debía supeditarse al establecimiento de un Estado palestino independiente en las fronteras anteriores a la Guerra de los Seis Días[1]. A día de hoy, después de casi dos años de guerra, se ha evidenciado que no es posible alcanzar la estabilidad en Oriente Medio sin abordar y resolver previamente la cuestión palestina.

En contra de lo que sus artífices pronosticaban, la normalización no ha contribuido a establecer la paz, ni siquiera a aliviar la situación en Gaza, y menos aún a frenar la violencia. Tampoco ha otorgado a los países firmantes mayor capacidad de incidencia sobre las decisiones de Israel. Al contrario, los ha situado en una posición incómoda, ya que deben equilibrar sus compromisos contractuales con Israel, especialmente sensibles en materia de seguridad, con una opinión pública mayoritariamente pro-palestina, indignada por los acontecimientos en Gaza.

En los años previos a la firma de los Acuerdos de Abraham, varios dirigentes árabes trataron de promover la idea de que la causa palestina había perdido relevancia en las sociedades árabes. Sin embargo, datos presentados anualmente por el Índice de Opinión Árabe del Centro Árabe de Investigación y Estudios Políticos demuestran otra realidad. Para la mayoría de los árabes, Palestina sigue siendo el símbolo político por excelencia de la injusticia, el colonialismo y el apartheid, y su causa sigue considerándose una cuestión esencialmente árabe[2]. Planes y estrategias que proponen el desplazamiento forzoso y usan el hambre como arma de guerra agravan aún más esta percepción. La indignación en las sociedades árabes crece día a día, y con ella se incrementa el riesgo de que esta rabia se canalice contra la pasividad de sus dirigentes.

Uno de los supuestos beneficios de la normalización era fortalecer un frente común contra Irán y neutralizar el denominado "Eje de la Resistencia". Sin embargo, en los primeros meses del conflicto se produjo una paradoja difícil de ignorar: fueron precisamente actores no estatales como Hezbolá, Ansar Allah o Hamás quienes lograron capitalizar el apoyo a la causa palestina, generando en algunos círculos simpatías que ponían aún más de manifiesto la brecha con sus dirigentes.

Esta tensión se ha agudizado aún más tras el reciente ataque israelí contra miembros de la delegación negociadora de Hamás en Doha, un espacio que hasta el momento se había considerado seguro. El ataque en suelo qatarí no solo supone una escalada regional del conflicto, sino que representa un sabotaje directo a los esfuerzos mediadores impulsados por los países árabes. Es más, constituye una humillación colectiva: Israel no solo lleva a cabo impunemente un genocidio en Palestina y lanza ataques regulares en Siria, Yemen, Irán o Líbano, sino que ahora, además, se reserva el derecho a agredir a cualquier país de la región, incluidos los aliados estratégicos de Estados Unidos. Con esto manda un mensaje inequívoco de dominación regional: cualquier intento por limitar o frenar su estrategia será neutralizado.

Más allá del ámbito regional, la causa palestina expone también, con toda su crudeza, una denuncia implícita hacia la política de doble rasero de Occidente, algo que las políticas israelíes, con la complicidad occidental, han contribuido a exacerbar.

La brecha entre el Mundo Árabe y Occidente: una relación por redefinir

En este contexto, varios dirigentes árabes han tomado distancia de sus aliados occidentales e Israel. Mientras en Occidente ha predominado una narrativa centrada en el derecho de Israel a defenderse, en el Mundo Árabe se ha consolidado un discurso que denuncia la ocupación, la colonización y la deshumanización del pueblo palestino.

Un claro ejemplo de esta postura la encontramos en el discurso del rey Abdalá II en una cumbre celebrada en El Cairo el 21 de octubre de 2023: "El mensaje que está escuchando el mundo árabe es alto y claro: las vidas palestinas importan menos que las israelíes. Nuestras vidas importan menos que otras vidas. La aplicación del derecho internacional es opcional. Y los derechos humanos tienen límites: se detienen en fronteras, en razas y en religiones". Esta perspectiva, ampliamente compartida entre la población árabe, no sólo cuestiona la asimetría en las relaciones diplomáticas actuales, sino que también pone de manifiesto una profunda brecha entre las sociedades árabes y Occidente: una herida que trasciende los límites de Gaza y que la guerra ha hecho aún más prominente.

En este escenario, se vuelve urgente la necesidad de establecer nuevas alianzas capaces de romper las dinámicas actuales, que adopten enfoques que recojan las aspiraciones de paz y prosperidad en Oriente Medio sin comprometer la dignidad ni las reivindicaciones árabes.

Países como Arabia Saudí y Qatar han manifestado su disposición a desempeñar un papel clave en un eventual proceso de paz global. En el caso saudí, las negociaciones sobre la normalización con Israel se han condicionado al alto el fuego en Gaza y al reconocimiento del Estado palestino, aunque los avances han sido sistemáticamente frustrados por el ala más extremista del gobierno israelí. Una cooperación entre Arabia Saudí y Qatar podría contribuir a renovar el liderazgo regional y desbloquear el actual estancamiento diplomático. Su capacidad de mediación entre diversos actores del conflicto resulta especialmente valiosa en un escenario tan polarizado. Ambos cuentan con el respaldo de Estados Unidos y con recursos necesarios para liderar una reconstrucción urgente en Gaza: una reconstrucción que devuelva la habitabilidad a Gaza y permita el establecimiento de un Estado palestino.

Impunidad global y deslegitimación del orden internacional

Nuevamente, el problema esencial al que se enfrenta la comunidad internacional, y el Estado de Israel, es la aceptación de una lógica que no sanciona prácticas que imponen el traslado forzoso de población o que bloquean la ayuda humanitaria: una lógica que normaliza que líderes políticos y militares consideren legítimos planes bélicos que promueven hambrunas, asedios e incluso una nueva Nakba. El hecho de que la comunidad internacional haya permanecido inmóvil ante esta narrativa ha favorecido que Israel se sienta legitimado para llevar a cabo su política de limpieza étnica, vaciamiento territorial, ocupación y colonización de Gaza. Lejos de esconderse, algunos colonos ya esperan en las puertas de la Franja.

La obsesión sionista de destruir la ciudad de Gaza, presente desde el inicio del conflicto, y plasmada con virulencia en el "Plan de los Generales", encierra un simbolismo aterrador: la idea de "deshacerse de Gaza" y borrarla del mapa, y tiene por objetivo final destruir irreversiblemente el proyecto nacional palestino. En palabras del analista derechista israelí Amit Segal: "Si la justificación de seguridad es la eliminación de la amenaza al norte de Netzarim, la verdadera justificación es la conmoción y la desesperación que se sembrará en la opinión pública palestina cuando Gaza caiga".

Así pues, a pesar de las nuevas encuestas en Israel y las movilizaciones ciudadanas que demuestran una creciente oposición a la guerra dentro de Israel, la clase dirigente ultraderechista no está dispuesta a renunciar a la oportunidad de llevar a cabo sus planes maximalistas. No solo se aferran al recurrente "derecho a defenderse", sino que actúan fortalecidos después de casi 24 meses de impunidad total.

El "Plan de los Generales" y la resonancia de su propuesta continúan influyendo decisivamente en la estrategia militar israelí. A pesar de casi dos años de violaciones sistemáticas del Derecho Humanitario, la comunidad internacional no ha sido capaz de adoptar una condena firme y efectiva que detenga el sufrimiento humano en Gaza. Las consecuencias de esta inacción trascienden las fronteras de la Franja, y erosionan los pilares del orden internacional, deslegitimando organizaciones como Naciones Unidas, la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional.

Sin embargo, la situación está comenzando a cambiar. En las últimas semanas se han intensificado las movilizaciones ciudadanas a favor de Palestina en todo el mundo, y se ha incrementado la crítica de muchos gobiernos respecto a Israel por su actuación en Gaza. El reciente reconocimiento del Estado palestino por parte de un importante número de países escenifica el creciente aislamiento de Israel y supone un espaldarazo a la opción de los dos Estados, una solución que Netanyahu niega cuando afirma que "no habrá un Estado palestino".

Pese a todos estos gestos, como advierte la escritora palestina Rola Sirhan, Occidente llega tarde: en términos temporales y morales. Reconoce a la víctima cuando el daño es irreparable y el sufrimiento insostenible, y lo hace sin asumir responsabilidades y para salvaguardar su propia imagen. Esta falta de responsabilidad activa ha permitido que se normalicen propuestas como las planteadas en el "Plan de los Generales", y que se toleren estrategias basadas en el asedio, el hambre, el desplazamiento forzoso y la destrucción deliberada.

Admitir este tipo de prácticas no solo amenaza la viabilidad de Palestina o la propia supervivencia de la población gazatí, sino que dinamita cualquier resquicio de esperanza para alcanzar una paz justa y sienta un peligroso precedente: normalizar la impunidad global. Y al mismo tiempo, compromete el futuro político de Israel.

Conclusiones

Las acciones diseñadas en el "Plan de los Generales" continúan muy presentes en la estrategia israelí y representan una seria amenaza tanto para la población palestina de Gaza, como para la seguridad y estabilidad de Oriente Medio. El uso del hambre como arma de guerra, el desplazamiento forzoso y la política de asedio representan flagrantes violaciones del derecho internacional, erosionan la credibilidad del orden internacional y sientan un precedente sumamente peligroso al normalizar la impunidad.

Por otro lado, las relaciones de Israel con los países árabes con los que ya mantenía vínculos bilaterales se han visto gravemente deterioradas tras dos años de ofensiva israelí. Al mismo tiempo, se ha profundizado la brecha entre las sociedades árabes y Occidente, al quedar demostrado que la causa palestina continúa siendo central para las poblaciones árabes. La incapacidad de los líderes occidentales para articular una condena contundente capaz de frenar la masacre en Gaza ha reforzado la percepción de doble rasero y ha erosionado aún más la imagen de Occidente en la región.

A día de hoy, la ausencia de un compromiso genuino con una solución justa para todas las partes no solo pone en riesgo el futuro de Palestina, sino también el de Israel, y en última instancia, socava la posibilidad de alcanzar una paz duradera en la región.

Crédito de imagen: EFE / EPA / Mohammed Saber


Notas y referencias

[1] Álvarez-Ossorio, Ignacio e Itxaso Domínguez de Olazábal, La península Arábiga e Irán ante la cuestión palestina, Editorial Universidad de Granada, Granada, 2025.

[2] Azmi Bishara, Palestina, una cuestión de justicia y verdad, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2025. p. 321

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