Resumen
El cambio de régimen en Siria y los ajustes de su política exterior han estado muy entrelazados con la experiencia reciente desde que asumió la presidencia interina Ahmad al-Sharaa, tras el derrocamiento del régimen de Bashar al-Asad el 8 de diciembre de 2024. Desde entonces, la transición política interna ha ido acompañada de cambios en la política exterior del país, con Damasco reconsiderando su dependencia de Irán y Rusia, al tiempo que busca un acercamiento con las monarquías del Golfo Pérsico, Estados Unidos e Israel. En el marco de una retroalimentación constante entre Siria y el contexto interno e internacional, es posible identificar algunos elementos de continuidad y de ruptura en las relaciones regionales e internacionales del país.
Nuevas figuras en un contexto institucional indefinido
Ahmad al-Sharaa –quien se hacía llamar al-Fatih Abu Mohammad al-Jolani– ha venido desempeñando un papel crucial en la redefinición del comportamiento externo del país. Esta evolución no debe sorprender. En el escenario de una transición crítica, y de una geopolítica incierta, los rasgos y las preferencias personales de los liderazgos suelen tener mayor influencia en la política pública en general. Eso se ha visto acentuado por el hecho de que no existe propiamente una burocracia de política exterior y que al-Sharaa ha purgado a un gran número de funcionarios de la administración pública, además de las antiguas fuerzas armadas, las antiguas fuerzas de seguridad y el aparato de inteligencia.
El peso de las preferencias individuales de al-Sharaa y su círculo más cercano es clave en tanto que el nuevo marco constitucional no se ha terminado de definir. Desde el 13 de marzo de 2025, Siria sólo cuenta con una constitución temporal que estará vigente durante un período de transición de cinco años. El documento conserva algunos aspectos de su predecesora, incluyendo la mención de que el jefe de Estado debe ser musulmán y el establecimiento de la ley islámica como principal fuente de jurisprudencia. El documento también incluye disposiciones que consagran la libertad de expresión y de prensa, así como los derechos sociales, políticos y económicos de las mujeres. Bajo esa constitución, el poder ejecutivo también estaría restringido al presidente. Una asamblea popular, compuesta en un tercio por el presidente, se encargará de toda la legislación hasta la celebración de las elecciones.
El perfil ideológico de al-Sharaa no es claro. Se trata de un hombre joven, hijo de padres sirios universitarios y no particularmente religiosos. Se unió a la insurgencia iraquí en 2005. Se convirtió en el lugarteniente de Abu Musab al-Zarqawi en Irak y en un lugarteniente de confianza de Abu Bakr al-Baghdadi, antes de que se separaran por diferencias ideológicas. Hacia 2016, rompió por completo sus vínculos con al-Qaeda y reconstruyó las filas del Frente al-Nusra durante el año siguiente, estableciendo la Organización para la Liberación del Levante, conocida como Hayat Tahrir al-Sham (HTS). Fue un cambio de imagen táctico que le permitió consolidar el control y, para 2019, centrarse en su gobierno en Idlib, en el noroeste de Siria. Hasta ahora, es un hecho que los ajustes y los equilibrios necesarios para atraer a una coalición de facciones muy diferentes reflejan gran pragmatismo de su parte, rasgo que se repite en las descripciones de quienes lo conocen, junto a otras como "experto en historia regional", "buen oyente" y "paciente".
La orientación ideológica detrás del nuevo papel regional que al-Sharaa le quiere imprimir a Siria no puede reducirse a su confesión sunní, a la que pertenece la mayoría de la población siria, ni meramente a la rivalidad entre sunismo y chiísmo. Sin negar la importancia de ese factor cultural/identitario, debemos considerar que, más bien, la interacción entre las condiciones nacionales y la geopolítica regional plantea una serie de oportunidades y de limitaciones en política exterior que el nuevo liderazgo interpreta de acuerdo con su cosmovisión, y que maneja recurriendo a determinados instrumentos (económicos, discursivos, políticos, estratégico-militares, etc). Asimismo, hasta ahora varias decisiones de política exterior muestran que el modelo del sistema anterior de Siria es el que más influye en el nuevo gobierno de Damasco bajo la dirección de Ahmad al-Sharaa. En cierto sentido, su forma de dirigir un país muy complejo, lleno de múltiples sectas y etnias, se asemeja igualmente al modelo que adoptó en Idlib.
Nueva identidad, (no tan) nuevos dilemas
El proceso mediante el cual la nueva identidad de Siria bajo la estela de Ahmad al-Sharaa sirve para guiar sus relaciones exteriores se entrelaza con cambios estructurales regionales, y resulta en algunos cambios de orientación importantes (aunque también, en ocasiones, meros ajustes) respecto a la política exterior de los al-Asad.
Para empezar, el incipiente gobierno ha expuesto algunos principios muy generales que guían las relaciones internacionales del país. Por ejemplo, el ministro de Exteriores, Asad al-Shibani, en una entrevista concedida a la cadena Al-Jazeera el 31 de diciembre de 2024, presentaba el papel de Siria en la región como un "polo de equilibrio", una Siria "abierta al mundo" que prioriza las relaciones armoniosas con sus vecinos. Esta reformulación incipiente de la identidad y el papel nacionales de Siria se distancia de aquella de "país del frente de la resistencia y bastión del arabismo" que orientó el discurso, y a veces la práctica, de la política exterior de Damasco desde por lo menos la década de los años 1970.
La identidad de la Siria post al-Asad, expresada igualmente en símbolos como la nueva bandera nacional, debe contribuir a jerarquizar prioridades asociadas con los "intereses nacionales", que el gobierno define y que incluyen las preocupaciones de seguridad. La definición y realización de esos intereses no escapa, sin embargo, a un dilema común que enfrenta todo gobierno de transición: el de hallar un equilibrio entre las nuevas condiciones de la relación con la comunidad internacional y la necesidad de cumplir con las expectativas populares. Las concepciones del papel nacional de la "nueva Siria" inevitablemente se dividen entre estas dos fuerzas o condiciones.
Con relación a las expectativas populares, además de la esperada apertura política, se encuentran la paz, la reconstrucción y la unidad nacional. Siria está desangrada: durante los últimos trece años, 500.000 de sus 22 millones de habitantes murieron por la guerra, casi 7 millones se refugiaron en otros países y entre 5 y 6 millones se desplazaron internamente. En este ámbito, el régimen ha decidido apostar por el apoyo financiero de las monarquías del Golfo principalmente, para acelerar la reconstrucción. El emir de Qatar fue el primer jefe de Estado en visitar Damasco tras la caída de al-Asad. Posteriormente, se produjeron numerosas visitas a Siria de políticos y delegaciones qataríes en diciembre de 2024 y enero de 2025. A mediados de diciembre de 2024, la Embajada de ese país fue la segunda en reabrir, después de la de Turquía, tras la suspensión de relaciones diplomáticas por parte de numerosos países en 2011-2012 en respuesta a la represión del régimen contra la oposición.
Por su parte, Arabia Saudí ha enviado delegaciones de funcionarios y empresarios a Siria para firmar acuerdos económicos por un valor cercano a los 4.000 millones de dólares. Busca participar en la reconstrucción del país, sobre todo tras el anuncio en mayo de 2025 del levantamiento de las sanciones estadounidenses contra Damasco. Además, Arabia Saudí y Qatar anunciaron haber liquidado la deuda de 15,5 millones de dólares de Siria con el Banco Mundial y anunciaron que financiarían los salarios del sector público sirio. En agosto, el nuevo gobierno firmó una serie de acuerdos por un total de 14.000 millones de dólares estadounidenses en los sectores del transporte y el inmobiliario. Se espera que 4.000 millones se destinen a Qatar a cambio de la construcción del nuevo Aeropuerto Internacional de Damasco, y que 2.000 millones se destinen a EAU para construir el metro de la capital. Asimismo, cerca de 6.500 millones se destinarían a Arabia Saudí, que se centrará en el sector inmobiliario, concretamente en la construcción de edificios de lujo.
Precisamente esa ayuda exterior, y las condiciones políticas que la acompañan, son potencialmente desestabilizadoras si se contraponen a las aspiraciones de desarrollo económico y social sostenido y sustentable. Al respecto, el gobernador del Banco Central de Damasco, Abdul Qader Hasriyeh, enfatizó en una entrevista con la CNBC que "el gobierno sirio busca construir una economía productiva, en lugar de depender de altas tasas de interés o planes de inversión arriesgados". Según él, "siguiendo las directrices del presidente Ahmad al-Sharaa, el gobierno no solicitará préstamos al Fondo Monetario Internacional (FMI) ni al Banco Mundial". En otras palabras, el dinero provendrá de los socios extranjeros individuales de Damasco. La fila es larga, pero la carrera por el pastel de la reconstrucción ya había comenzado antes de la huida de al-Asad. Este tipo de ofertas agudizan el dilema, entre, por un lado, priorizar la inclusión socioeconómica para estabilizar el proceso de transición democrática, y, por otro lado, recibir ayuda externa la cual, además, se acompaña de expectativas acerca del comportamiento de Damasco.
Desde 2006, y posteriormente en el contexto de la guerra civil a partir de 2012, Siria se volvió un campo de ensayo para diversos modelos de influencia regional. Desde diciembre de 2024, las dos rivalidades que están marcando la pauta de la política exterior liderada por Ahmad al-Sharaa son las que Arabia Saudí tiene con Turquía e Irán (si bien la magnitud de la influencia iraní se ha reducido considerablemente).
En cuanto a Turquía, es ahora la principal potencia extranjera en territorio sirio, que ocupa desde 2016 con las fuerzas pro-turcas del Ejército Nacional Sirio (originalmente el Ejército Libre Sirio, la primera y más grande de las milicias que se formaron al comienzo de la guerra civil siria en 2011). El presidente turco, Recep Tayyep Erdogan, aspira a crear una "zona de seguridad" en la frontera no sólo para facilitar el regreso de los refugiados sirios, sino también para debilitar a las fuerzas kurdas. Además, Turquía aspira a luchar contra el autoproclamado Estado Islámico, junto con Jordania e Irak. Al mismo tiempo, el hecho de que, a principios de febrero de 2025, la primera visita al extranjero del presidente sirio fuera a Riad, y que al-Sharaa aún no haya firmado los acuerdos marítimos y de defensa a los que el gobierno turco aspiraba, apunta al interés de al-Sharaa de contrapesar la influencia de Turquía, aunque el elemento salafista dentro de la insurgencia contra al-Asad, bajo el paraguas del HTS, no amerita descartarse de antemano.
Ante Irán, Damasco se ha mostrado abiertamente receloso –en claro contraste con los gestos de apaciguamiento hacia Rusia, el otro gran aliado del derrocado régimen de al-Asad–. Esa desconfianza persiste y se agudiza en el marco de los episodios de violencia intracomunitaria en territorio sirio, que hacen sospechar a muchos sirios que están provocados por los intereses de Irán y su socio libanés Hezbolá. Estos dos actores no han renunciado, no obstante, a la pérdida de su profundidad estratégica tras los reveses infligidos por Israel a lo largo de 2024. Así, Damasco fue la única capital regional que no condenó los masivos ataques israelíes contra la República Islámica en la llamada "Guerra de los 12 días" (junio de 2025), durante la cual la fuerza aérea israelí usó el espacio aéreo sirio para atacar objetivos en Irán. De hecho, la relación entre Tel Aviv y Damasco forma parte de una nueva dinámica, donde su hostilidad compartida hacia Irán ha parecido crear intereses convergentes. En una entrevista de junio de 2025 al Jewish Journal, al-Sharaa dijo que su país e Israel tenían enemigos comunes (alusión a Irán y Hezbolá, principalmente). Esas coincidencias, con todo, están lejos de garantizar la confianza mutua, haciendo que el ámbito de la seguridad predomine sobre los objetivos de la liberalización política y el fortalecimiento de la unidad nacional.
La relación con Líbano también conlleva mucha presión, y refuerza esa tendencia. El debilitamiento de las instituciones estatales de Líbano y la fuerte polarización interna, así como la presencia de alrededor de 1,5 millones de refugiados sirios en suelo libanés, son factores que pueden propiciar un terreno perfecto para que el régimen de Damasco se reinserte en los asuntos libaneses –Líbano comparte una frontera de 330 kilómetros con Siria, que permanece indefinida en varias zonas, lo que la hace muy permeable y vulnerable al contrabando y a las disputas locales–. Más aún, a diferencia con la década de 1990, cuando Hafez al-Asad utilizó a Líbano como palanca en sus negociaciones con Israel, ahora es Siria quien está siendo utilizada (por Estados Unidos) como una forma de ejercer presión sobre Beirut en el camino de la normalización de relaciones con Israel.
El 5 de agosto, el gobierno libanés anunció su decisión de desarmar a Hezbolá para finales de 2025, y encargó al ejército la elaboración de un plan. Hezbolá presta oídos sordos. Si bien Ahmad al-Sharaa considera que este asunto no es prioritario para el período de transición, todo indica que él tampoco tiene intención de hacer concesiones a Líbano, menos aún a Hezbolá, enemigo de la nueva Siria. En los últimos meses han surgido desencuentros en asuntos relacionados con los refugiados sirios y los presos sirios en Líbano, los libaneses desaparecidos en Siria bajo el antiguo régimen y la delimitación de la frontera –incluido el espinoso asunto de las granjas de Chebaa–, todos sintomáticos del malestar que aún subyace en las relaciones entre los dos vecinos.
Entre la presión internacional y las expectativas sociales
La reconfiguración regional de Oriente Medio es tal desde octubre de 2023 que se impone a cualquier otra preferencia (interna); las opciones son excesivamente limitadas para Damasco, principalmente por las demandas de la alianza Washington-Tel Aviv. En el tema palestino, se observa continuidad en la postura siria. Tras el ataque perpetrado por Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 y la guerra israelí en Gaza, Siria con Bashar al-Asad ya era la gran ausente del "Eje de la Resistencia": mantuvo un perfil totalmente bajo mientras Israel bombardeaba territorio sirio para asesinar a diversos líderes de Hamás y asociados. Con Ahmad al-Sharaa, no sólo la lucha por la liberación de Palestina siguió siendo marginada en el plano retórico, sino que también se observan nuevas concesiones a Israel en ese plano. Por ejemplo, el secretario general del Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General fue expulsado por Damasco el 24 de junio de 2025. A finales de mayo, las nuevas autoridades sirias habían impuesto restricciones a grupos palestinos afines al gobierno derrocado y a Irán.
Esto no ha detenido la agresividad israelí. Pocas horas después de la caída de al-Asad, el Ejército israelí llevó a cabo una incursión sin precedentes en los Altos del Golán sirios (que Israel ocupa desde 1967), violando el acuerdo sirio-israelí de Naciones Unidas de 1974 que establecía una zona desmilitarizada en esa zona. El primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, exigió la desmilitarización total del sur de Siria, incluidas las provincias de Quneitra, Daraa y Sweida. Tel Aviv comenzó a construir su propia esfera de influencia en el sur de Siria, siguiendo el modelo turco en el norte. En julio de 2025, Israel intervino en la confrontación que sacude la región de Sweida, de mayoría drusa, en el sur de Siria tras haber intervenido en el país a principios de mayo con el pretexto de proteger a esta minoría. El ataque israelí contra el Ministerio de Defensa sirio en Damasco subraya la determinación de Israel de hacer cumplir sus "líneas rojas" en Siria: no a bases militares turcas, no al regreso iraní, no a la reconstitución de Hezbolá y la desmilitarización del sur.
Esas operaciones se produjeron en un momento en que continuaban las conversaciones a puerta cerrada, celebradas en Azerbaiyán y París, sobre una posible normalización de las relaciones entre Siria e Israel. Persiste, adicionalmente, la ocupación israelí de los Altos del Golán desde 1967. El ministro de Asuntos Exteriores israelí, Gideon Saar, había declarado el 30 de junio que la meseta no sería devuelta a Siria. Pero el nuevo liderazgo en Damasco ha querido evitar la confrontación: el presidente enfatizaba a principios de junio su intención de retornar al acuerdo de retirada de 1974. Asimismo, fuentes diplomáticas europeas informaban que, tras una reunión, el ministro de Asuntos Exteriores sirio dijo que su país exigiría la retirada israelí de Quneitra y de la zona desmilitarizada, pero que los Altos del Golán no eran una condición previa para el retorno al acuerdo de 1974.
En cuanto a Estados Unidos, la imagen "suavizada" de sí mismo y del HTS que al-Sharaa trabajó desde 2019 fue la clave para un cambio de actitud en Washington durante la primera presidencia de Donald Trump. Garantizar que esa imagen se consolide parece requerir, desde la apreciación de al-Sharaa y su círculo, hacer concesiones a su aliado israelí. La normalización con Israel ya había sido formulada como una solicitud expresa del presidente estadounidense Donald Trump a al-Sharaa a mediados de mayo, durante su reunión en Riad (al día siguiente del sorpresivo anuncio de su intención de levantar todas las sanciones contra Siria). Desde entonces, Washington ha flexibilizado la mayoría de sus sanciones para facilitar el retorno de Siria al sistema financiero internacional e implementa autorizaciones para fomentar nuevas inversiones en el país. Una semana después, el secretario de Estado, Marco Rubio, anunció que el Frente al-Nusra, que luego se convirtió en el HTS, había sido eliminado de la lista de organizaciones terroristas extranjeras de Estados Unidos. En continuidad con el objetivo de congraciarse con Washington, el presidente sirio ha declarado que considera a Donald Trump un "hombre de paz", "el único capaz de reconstruir esta región, uniéndonos paso a paso" y afirmó requerir su experiencia en materia de gobernanza, lucha contra la corrupción y construcción de instituciones.
Durante dicha visita, al-Sharaa dejó claro que Rusia debe reconocer sus errores pasados para reconstruir la confianza. El Kremlin, partidario clave del régimen de al-Asad en el pasado, ha optado por una política de control de daños, a la vez que busca recuperar influencia política para asegurar sus intereses clave en Siria, en particular el uso de bases militares. Sin embargo, a Moscú podría resultarle difícil normalizar por completo las relaciones con el gobierno liderado por HTS, como se hizo evidente durante la visita del viceministro de Asuntos Exteriores ruso a Siria a finales de enero de 2025. El viaje fue de interés estratégico para el gobierno de transición, principalmente por ser Rusia miembro permanente con poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU.
La dimensión social de la política exterior no debe perderse de vista. En primer lugar, el hecho de que Bashar al-Asad buscara legitimarse fuera, y no dentro de su país, hizo que la geopolítica siria se definiera con base en dinámicas de apropiación y depredación de los recursos del país. La reintegración de Siria en el juego internacional puede convertirse, pues, en una ilusión, como le ocurrió al régimen de Bashar al-Asad entre 2008-2011 y 2021-2024. En segundo lugar, las concepciones de los roles nacionales guían la formulación de la política exterior, pero también pueden restringirlas cuando desencadenan un conflicto interno. Al respecto, es difícil saber qué quieren los sirios para las relaciones internacionales de su país; el estudio de la opinión pública siria está en su infancia.
Hace varias décadas que el nacionalismo árabe como principio rector de la doctrina de política exterior de Damasco dejó de tener crédito ante la población. Es probable que una parte significativa —aunque no necesariamente la mayoría— de la población siria parezca dispuesta a aceptar la normalización con Israel a cambio del éxito de la transición política hacia un país "como los demás". Sin embargo, es improbable que celebre normalizar relaciones con Tel Aviv sin la devolución de al menos una parte de los Altos del Golán. El liderazgo mismo indudablemente sabe que una renuncia formal a ese territorio socavaría la legitimidad popular de la transición, especialmente ante las continuas agresiones e injerencias israelíes, por no hablar de la frustración de algunas facciones yihadistas extremistas por los giros pragmáticos del presidente en ése y otros ámbitos mencionados.
Conclusiones
Es un hecho que en estos primeros meses la política exterior de Siria con al-Sharaa ha sido en buena medida resultado de la necesidad de reconocimiento y de socialización, dentro de un marco político-institucional en rápida evolución, y un mapa geopolítico más fragmentado que el que existía bajo Bashar al-Asad.
Como en tiempos de la dictadura de los al-Asad, el país vuelve a ser pieza clave del rompecabezas regional, esta vez en el marco de un proceso de profunda reconfiguración del Oriente Medio que Estados Unidos e Israel están tratando de consolidar. Con Ahmad al-Sharaa, la política exterior y la diplomacia siguen desempeñando un papel central en el mantenimiento y la transformación de las relaciones de poder dentro de Siria.
Inevitablemente, en este proceso el papel que el nuevo liderazgo quiere dar a Siria se sigue ajustando a las percepciones cambiantes de las amenazas, lo que a su vez irá requiriendo adaptaciones en el empleo de diversos instrumentos de política exterior. También ese papel evolucionará de acuerdo a las percepciones que en el exterior se tengan de su liderazgo. Desde este ángulo, la imagen de Ahmad al-Sharaa que están transmitiendo los gobiernos y algunos medios de comunicación de Estados Unidos y la Unión Europea podría cambiar con el tiempo. Queda por ver si la diplomacia de las grandes potencias occidentales evitará en esta ocasión personalizar a Siria en la estela de un presidente (y su esposa), ya sea para complicar sus tareas o para facilitarlas, todo en aras de prácticas neocoloniales y de realpolitik, con consecuencias nefastas para la restauración de los lazos entre el Estado y la sociedad en Siria.
Las ideas expresadas en este análisis corresponden a la autora y no reflejan necesariamente la postura del CEARC
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