Resumen
El presente estudio expone tres hipótesis principales: en primer lugar, que el conflicto que se vive actualmente en los países occidentales desarrollados es un conflicto entre dos culturas —cada una con sus propios valores y clases y su propio componente cultural y político— o entre identidades culturales. En segundo lugar, que Rusia y China han adoptado el credo del choque de civilizaciones frente a la propagación de la democracia y el liberalismo con el argumento de que son constructos occidentales. En tercer lugar, que la brecha entre las élites que abrazan los valores liberales en alianza con el sector marginal, las minorías y las mujeres, por un lado, y la clase trabajadora blanca, el medio rural y otros grupos, por otro lado, ha debilitado el vínculo histórico, tanto tradicional como forjado recientemente, entre democracia y liberalismo, y ha dado lugar a un creciente conflicto entre ambos.
El auge y las características de la extrema derecha populista
La elección de Donald Trump ha sido objeto de un aluvión de comentarios y análisis, tras la sorpresa inicial que provocó entre la mayoría de los medios de comunicación y encuestadores, que habían descartado la posibilidad de una victoria del republicano. Amplios sectores del ámbito intelectual, tanto occidentales como orientales, siguen atónitos ante el comportamiento de los votantes estadounidenses en las elecciones; atónitos ante su tolerancia a la abrasiva personalidad del candidato y a su comportamiento errático, entre vulgar y aborrecible, y atónitos ante el respaldo que brindan a las ideas de Trump, ideas que, hasta la llegada del republicano, resultaba impensable verbalizar en la cultura de la "corrección política" liberal, pues se consideran, por así decirlo, "políticamente incorrectas".
Entre estos observadores estupefactos reina la convicción unánime de que Trump no es apto para ser el presidente de los Estados Unidos, y de que es impensable que un hombre así ocupe ese cargo, dada su importancia y sus posibles repercusiones en la mayor economía del mundo y en la política global en conjunto. Como si lo impensable no tendiera a suceder o no pudiera suceder.
Durante la campaña electoral, era fácil confundir el lenguaje político de Trump con el de alguien que acaba de salir de un bar de Nueva York en el que ha estado disfrutado de unas copas con sus amigos en la hora feliz después del trabajo. Su discurso retomaba las típicas bromas que haría cualquier grupo de conservadores si, al salir una noche, la conversación derivara en un debate sobre política internacional después de ver algo en la televisión o tras un ataque terrorista. Todos pensarían en formas de enseñar a esos terroristas y a los estados de los que proceden unas cuantas lecciones. Y si el tema fuera la política nacional, el problema se reduciría a la ineptitud de la burocracia, los políticos corruptos, el desconocimiento de la "vida real" por parte de los grupos de poder y la vacilación de los líderes, así como su incapacidad para ser resolutivos y tomar la decisión correcta. Las mujeres suficientemente osadas como para ser inteligentes serían objeto de burla, y se harían comentarios exaltados sobre el color de la piel, el género, los orígenes étnicos o la religión, entre otros aspectos, reflejo de la política airada de un narcisista convencido de que solo él posee las respuestas a todos los problemas que desconciertan a políticos y expertos. Huelga decir que estas soluciones supuestamente mágicas no se pueden aplicar: las sugerencias inexplicables tienen su origen en la ignorancia de los hechos e internamente son incoherentes.
Este es, no obstante, el discurso que comparten algunos hombres de cierta edad, resentidos por los cambios que está experimentando el mundo que les rodea. Sienten que les están arrebatando su país y les cuesta mucho identificarse con él: un presidente negro, una mujer candidata a la presidencia[1] cuyo marido, en caso de resultar elegida, se convertiría en "primera dama", el matrimonio homosexual… Se quejan también de tener que financiar la seguridad social para los vagos que no trabajan y, por supuesto, de la inmigración no regulada, que dicen se financia con sus impuestos. Irónicamente, Estados Unidos es un país construido por inmigrantes, y sin embargo, los inmigrantes ya asentados en él, generación tras generación, suelen desarrollar un sentido de la propiedad profundamente arraigado y la creencia de que ellos son la población nativa y los pobres del mundo van a llegar en manadas a comerse toda la riqueza que han acumulado con gran esfuerzo y a costa del trabajo de sus padres y abuelos[2].
Esta amalgama política y cultural, o amalgama discursiva si lo prefieren, no se limita a Estados Unidos. Hoy por hoy, prevalece en amplios sectores de la sociedad en todos los países occidentales económicamente desarrollados. Cuando un individuo ambicioso perteneciente a esta cultura decide, en las circunstancias apropiadas, transformar estas bromas de bar en un discurso político para apelar a los instintos más básicos de la gente y explotar sus miedos, declarados o soterrados, y cuando lo adoptan fuerzas políticas y sociales de peso, el resultado es similar al fenómeno de Donald Trump. Es algo que ya existe y que está cada vez más extendido en todos los países desarrollados, tanto en Europa como en Norteamérica, y en algunos países de Europa del Este como Hungría, Polonia y República Checa, que aspiran a formar parte del grupo de Occidente desde un punto de vista cultural.
Estas tendencias coinciden con otro fenómeno cada vez más extendido presente en numerosos países de todo el mundo, con independencia de su nivel de desarrollo socioeconómico: el auge de lo que suele denominarse "derecha nacionalista", cuyo discurso gira en torno a la noción de soberanía y a la esfera vital del Estado, como componentes de la ideología de un régimen autoritario. Esto suele entrañar un rechazo a cualquier denuncia de restricción de los derechos humanos o de opresión política como pretexto para intervenir en los asuntos internos del Estado; o la equiparación de la soberanía del Estado con la del régimen gobernante o la de la presidencia, que no conoce más límites que los aceptables para el régimen; o un estrecho margen de libertades, que crece y se reduce en función de los intereses del régimen. Encontramos el ejemplo más claro de esta tendencia en Vladimir Putin y en la transformación del régimen ruso en una república zarista. Existen casos similares, si bien en diversos grados, en India, Turquía, Egipto, Filipinas y otros países.
Además de la genuina orientación nacionalista del presidente de Rusia, fruto, al parecer, de la influencia de personajes como el teórico Aleksandr Dugin en todo lo relacionado con la restauración de la presencia rusa, tanto a escala global como en la esfera vital eurasiática, y de Ivan Ilyin, ideólogo de raza blanca con ideas conservadoras de derechas que emigró tras la revolución bolchevique, Vladimir Putin también ha utilizado la tendencia rusa al nacionalismo para hacer frente a las críticas de la población tras la caída del precio del petróleo y el estancamiento económico, canalizando ese resentimiento hacia los valores del liberalismo global que promueve Occidente. Se trata, en efecto de una burda estratagema que, al igual que los medios de propaganda, también utilizan determinados líderes del tercer mundo, como Abdel Fattah al-Sisi, quien intercala en su discurso eslóganes nacionalistas con los que apela al orgullo nacional para cubrir su fracaso en términos de desarrollo y justificar la dura situación económica y las pésimas cifras en asuntos relacionados con los Derechos Humanos y civiles.
Putin ha prestado apoyo a partidos antiliberales de Europa occidental, como el Frente Nacional (Front National) francés y su líder, Marine Le Pen. Para él, Rusia es "una civilización de Estado que se mantiene unida gracias al pueblo ruso, el idioma ruso, la cultura rusa y la Iglesia ortodoxa rusa"[3]. Esta forma de nacionalismo de derechas suele ir acompañada de una tendencia a disimular la hostilidad hacia la democracia y la noción de Derechos Humanos bajo una pátina nacionalista.
El dogma imperante en China y Rusia considera la expansión de la democracia como una extensión de la civilización occidental y, por lo tanto, un instrumento de la hegemonía de Occidente. Esto significa, en pocas palabras, que estas dos grandes potencias están adoptando la teoría del choque de civilizaciones, especialmente Rusia. Si Samuel P. Huntingdon (1927-2008) estuviera vivo, probablemente se sorprendería ante mi afirmación de que el choque de civilizaciones se ha convertido en una doctrina china y rusa en materia de Relaciones Internacionales. No obstante, si lo pensara detenidamente, llegaría a la conclusión de que tiene lógica. En Estados Unidos, la derecha nacionalista conservadora, que cree en las políticas de poder en las relaciones internacionales, se ha apropiado de su teoría sobre el choque de civilizaciones. Y son precisamente las fuerzas que creen en su doctrina política las que gobiernan Rusia en la actualidad. Son nacionalistas rusos conservadores de derechas. Y lo mismo sucede en China, aunque el modelo de política económica y las ambiciones a escala mundial sean distintas.
No es de extrañar, por lo tanto, que la política rusa se entrelace con movimientos de derechas en Europa occidental similares a los anteriormente descritos, como el Frente Nacional francés, o que Putin y Trump se admiren mutuamente. Más preocupante es la admiración que manifiestan por Putin determinados sectores de la izquierda tradicional por idénticos motivos, incluidos aspectos centrales como la soberanía y la esfera vital, como si fueran conceptos antiimperialistas en sí mismos (cuando, en realidad, son antiimperialistas en la misma medida en que el fascismo se oponía al imperialismo británico y francés en la primera mitad del siglo XX). También coinciden en lo referente al proteccionismo económico que, en opinión de la izquierda tradicional y de la pujante derecha nacionalista populista en Estados Unidos y Europa, y de regímenes de la catadura del actual régimen ruso, es algo bueno simplemente porque afirma oponerse a la globalización.
El problema es que esta perspectiva no reconoce que la izquierda y el fascismo supuestamente deben oponerse a la globalización desde puntos de partida totalmente distintos y por motivos distintos. Cada uno dirige sus críticas hacia diferentes aspectos y, si coinciden en su respaldo a un "líder" populista, significa que uno de ellos ha perdido de vista al suyo. Algo similar sucedió en la década de los 30, un periodo en el que el fascismo triunfaba y supo sacar partido a esta intersección denominándose a sí mismo nacionalsocialismo, o nazismo, que, no lo olvidemos, es el acrónimo alemán de socialismo nacional, en la expresión simultánea de demagogia social nacionalista.
En estos momentos, hay cinco elementos clave interrelacionados comunes a los nuevos movimientos de derechas en Europa y Estados Unidos:
- La hostilidad hacia las élites y el establishment, específicamente el lenguaje de la corrección política y la cultura del liberalismo. De hecho, este discurso contra la élite cultural y su influencia política está formulado por las propias élites políticas y económicas, que en este caso emplean un tono de hostilidad popular para dirigirse a la clase gobernante y recurren a elementos de extrema derecha que siempre habían estado fuera del establishment.
- La hostilidad hacia la globalización y el libre comercio, argumentando que la nación está pasando a manos de los extranjeros y de quienes desean imponer su voluntad. Esta hostilidad suele llegar acompañada de una inclinación hacia el proteccionismo económico, también respaldado por los sectores de la izquierda, aunque por distintas razones.
- El discurso que alimenta el temor a la inmigración en masa y las oleadas de refugiados.
- El discurso que alimenta las emociones nacionalistas y el temor de las personas a la pérdida de la identidad de su país debido al multiculturalismo, y a la pérdida de la posición dominante de los hombres blancos debido al empoderamiento de las mujeres, las minorías y otros grupos.
- La islamofobia y el vínculo entre islam y terrorismo. Curiosamente, ciertos grupos con un pasado antisemita han cambiado esa postura por la del odio al islam y a los musulmanes.
Estos movimientos predican, sin vacilación alguna, una postura populista contra los políticos en general y la hostilidad hacia la política y los políticos, habitualmente desde posiciones antidemocráticas. No obstante, cuando ganan elecciones, las tendencias populistas pasan a defender las políticas y a los políticos de los ataques de "los medios de comunicación" y "los tribunales" utilizando, para ello, como forma de expresión habitual, enfoques mayoritariamente populistas que se oponen a la intervención de los tribunales constitucionales en la vida política en defensa de los principios de la democracia liberal. Creen que los tribunales imponen los valores de la minoría a la mayoría. Aquí, el populismo se pone la máscara de la democracia para defender políticas enfrentadas a los valores del liberalismo que los tribunales constitucionales son los encargados de proteger.
Deberíamos, no obstante, diferenciar entre esta tendencia y la ideología neoconservadora. El neoconservadurismo es una manifestación de la globalización cultural y política. Los neoconservadores o neocones eran una élite que hablaba el idioma de la izquierda en términos de una misión global. La diferencia radicaba en que no predicaban un mensaje de liberación revolucionaria del internacionalismo proletario, sino que llamaban a la democracia liberal, específicamente a su versión estadounidense, a asumir su responsabilidad global. Cambiaron la exportación de la revolución, algo de lo que se había acusado a la Unión Soviética, por la exportación de la democracia, supuestamente por parte de Estados Unidos, desde su punto de vista. Este planteamiento es totalmente opuesto a las tendencias de Trump y otros políticos que se oponen a la exportación de la democracia. Según afirmó Trump en su discurso sobre política exterior el 26 de abril de 2016, los errores cometidos en política exterior que desataron el caos en Oriente Medio "empezaron con la idea peligrosa de que podíamos transformar en democracias occidentales países que no tenían ni experiencia ni interés en convertirse en una democracia occidental"[4].
Es cierto que la llamada neoconservadora a exportar la democracia provocó guerras imperialistas y desembocó en la destructiva ocupación de Irak y la consiguiente resistencia religiosa y nacionalista a la misma, pero los motivos de estos neoconservadores, aunque imperialistas en sí mismos, diferían de los motivos tanto de los conservadores como de los liberales, y también de los de la extrema derecha. Los neocons, por ejemplo, no eran antiislam en sí, incluso impulsaron la idea de que no existía contradicción alguna entre islam y democracia, y señalaron a las dictaduras corruptas, no al islam, como causa principal del terrorismo incidiendo, por lo tanto, en la necesidad de exportar la democracia al mundo islámico. Incluso criticaron a ciertos países aliados de Estados Unidos, como Egipto y Arabia Saudí, por cuestiones relacionadas con las libertades y los Derechos Humanos, y si estuvieran ahora en el poder, no dudarían en intervenir contra el régimen sirio, por ejemplo. De hecho, ya habían amenazado previamente a otros países con la intervención antes del sonado fracaso de la exportación de la democracia a Irak.
Trump, en cambio, se muestra indiferente a los problemas en términos de Derechos Humanos en los países aliados, y es probable que estreche relaciones con regímenes aliados en el Mundo Árabe y con el de al-Sisi en Egipto. Trump considera que los crímenes contra la humanidad cometidos por Bashar al-Asad, así como las cuestiones relacionadas con la democracia y los Derechos Humanos, tienen una importancia secundaria frente a los intereses de Estados Unidos ("America First"). En su opinión, que al-Asad continúe en el poder en Siria no supone ninguna contradicción. En este aspecto, no solo es diferente de los neoconservadores, sino también de la derecha ideológica que se ha aliado con él y que es hostil a Siria e Irán por motivos que tampoco tienen que nada que ver con la democracia. En el futuro, la única motivación de Trump para tomar posiciones en contra de al-Asad podría ser frenar la expansión de la influencia iraní en Siria, lo que es, sin intervención directa, una guerra, en el propio Irán. Pero no existe ninguna seguridad de que esto vaya a suceder.
La adopción del choque de civilizaciones en el frente doméstico: dimensiones económicas y culturales
A fin de dar cierto contexto al origen de estos acontecimientos, me gustaría empezar hablando de lo que podría denominarse el entorno cultural, un elemento que no ha recibido la atención que merece al abordar el tema del presente documento, que suele analizarse únicamente desde un punto de vista económico y político. Todos conocemos los efectos de la crisis financiera de 2008 y la desindustrialización de ciertas regiones tradicionales de clase obrera como resultado de la deslocalización de la producción a otros países para buscar mano de obra barata. Que estos factores contribuyeron a desatar la ira de los sectores laborales contra la globalización y el libre comercio es bien sabido. Así lo demuestra la ruina de las regiones posindustriales en Estados Unidos y el hecho de que, en el Reino Unido, las regiones industriales votaran a favor de que su país abandonara la UE, pese a ser bastiones históricos del Partido Laborista británico. También algunos estados tradicionalmente demócratas de Estados Unidos se decantaron por Trump, lo que significa que el voto de la clase obrera blanca se ha escorado a la derecha y es más probable que adopte posiciones contrarias a la inmigración y a los inmigrantes.
La tabla que figura a continuación ilustra dos aspectos clave: 1) la estabilidad en el mapa electoral, que llega incluso a la formación de una "identidad política" y, ampliando ligeramente la perspectiva, podemos observar también la estabilidad del voto a nivel de distrito; 2) un cambio en los estados de Ohio, Pennsylvania, Michigan, Iowa y Wisconsin, que pasaron de votar al candidato demócrata (como habían hecho aproximadamente en las siete últimas elecciones) para respaldar al candidato republicano Donald Trump en los últimos comicios. Es una ilustración gráfica de lo anteriormente expuesto.
Tabla 1: Resultados de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 por estados frente a las elecciones anteriores desde 1988
| Estado | Resultados del voto en elecciones presidenciales previas 1988 - 2012[5] | Resultados de las elecciones de 2016 | |||
| 1. | California | CA | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 55 | |
| 2. | Nueva York | NY | Votó demócrata en las 7 elecciones | 29 | |
| 3. | Illinois | IL | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 20 | |
| 4. | Washington | WA | Votó demócrata en las 7 elecciones | 12 | |
| 5. | Nueva Jersey | NJ | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 14 | |
| 6. | Massachusetts | MA | Votó demócrata en las 7 elecciones | 11 | |
| 7. | Minnesota | MN | Votó demócrata en las 7 elecciones | 10 | |
| 8. | Maryland | MD | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 10 | |
| 9. | Oregón | OR | Votó demócrata en las 7 elecciones | 7 | |
| 10. | Connecticut | CT | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 7 | |
| 11. | Hawái | HI | Votó demócrata en las 7 elecciones | 4 | |
| 12. | Rhode Island | RI | Votó demócrata en las 7 elecciones | 4 | |
| 13. | Vermont | VT | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 3 | |
| 14. | Delaware | DE | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 3 | |
| 15. | Distr. de Columbia | DC | Votó demócrata en las 7 elecciones | 3 | |
| 16. | Maine | ME | Votó demócrata en las 7 elecciones | 1 | 3 |
| 17. | Nuevo México | NM | Votó demócrata en 5 de las 7 elecciones | 5 | |
| 18. | Nuevo Hampshire | NH | Votó demócrata en 5 de las 7 elecciones | 4 | |
| 19. | Nevada | NV | Votó demócrata en 4 de las 7 elecciones | 6 | |
| 20. | Colorado | CO | Votó republicano en 4 de las 7 elecciones | 9 | |
| 21. | Virginia | VA | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 13 | |
| 22. | Ohio | OH | Votó demócrata en 4 de las 7 elecciones | 18 | |
| 23. | Pennsylvania | PA | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 20 | |
| 24. | Michigan | MI | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 16 | |
| 25. | Iowa | IA | Votó demócrata en 6 de las 7 elecciones | 6 | |
| 26. | Wisconsin | WI | Votó demócrata en las 7 elecciones | 10 | |
| 27. | Florida | FL | Votó republicano en 4 de las 7 elecciones | 29 | |
| 28. | West Virginia | WV | Votó republicano en 4 de las 7 elecciones | 5 | |
| 29. | Tennessee | TN | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 11 | |
| 30. | Misuri | MO | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 10 | |
| 31. | Luisiana | LA | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 8 | |
| 32. | Kentucky | KY | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 8 | |
| 33. | Arkansas | AR | Votó republicano en 5 de las 7 elecciones | 6 | |
| 34. | Texas | TX | Votó republicano en las 7 elecciones | 38 | |
| 35. | Georgia | GA | Votó republicano en 6 de las 7 elecciones | 16 | |
| 36. | Carolina del Norte | NC | Votó republicano en 6 de las 7 elecciones | 15 | |
| 37. | Arizona | AZ | Votó republicano en 6 de las 7 elecciones | 11 | |
| 38. | Indiana | IN | Votó republicano en 6 de las 7 elecciones | 11 | |
| 39. | Alabama | AL | Votó republicano en las 7 elecciones | 9 | |
| 40. | Carolina del Sur | SC | Votó republicano en las 7 elecciones | 9 | |
| 41. | Oklahoma | OK | Votó republicano en las 7 elecciones | 7 | |
| 42. | Misisipi | MS | Votó republicano en las 7 elecciones | 6 | |
| 43. | Kansas | KS | Votó republicano en las 7 elecciones | 6 | |
| 44. | Utah | UT | Votó republicano en las 7 elecciones | 6 | |
| 45. | Nebraska | NE | Votó republicano en las 7 elecciones | 5 | |
| 46. | Idaho | ID | Votó republicano en las 7 elecciones | 4 | |
| 47. | Dakota del Sur | SD | Votó republicano en las 7 elecciones | 3 | |
| 48. | Alaska | AK | Votó republicano en las 7 elecciones | 3 | |
| 49. | Dakota del Norte | ND | Votó republicano en las 7 elecciones | 3 | |
| 50. | Wyoming | WY | Votó republicano en las 7 elecciones | 3 | |
| 51. | Montana | MT | Votó republicano en las 7 elecciones | 3 | |
Una cultura de nacionalismo definido étnicamente, y no basado en la ciudadanía, se está extendiendo claramente por Europa y Estados Unidos, sobre todo entre los adultos de mayor edad, nostálgicos de los tiempos pasados. Hubo un momento en que el país era "suyo", pero el aumento de la migración musulmana en Europa y de los no protestantes no blancos en Estados Unidos exacerba esa sensación de que les han robado sus países. Esta creencia subraya la relación entre la identidad nacional colectiva y la identidad del Estado.
Cierto es que la clase trabajadora de estos países está enfadada y frustrada por el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres y de la desigualdad. Sin embargo, esto no explica el voto a Trump. El comportamiento de la clase obrera, de grandes sectores de la clase obrera blanca, en estos países puede entenderse desde un prisma totalmente diferente como una reacción al crecimiento de la igualdad, no a su ausencia. La brecha entre clases y la polarización entre ricos y pobres no son los únicos factores que van en aumento: también las tasas de igualdad para afroamericanos, mujeres y otros segmentos de la población han crecido dentro de cada clase. Si insistimos en abordar la cuestión desde un punto de vista económico, tal aumento puede interpretarse como el resultado de la competencia entre asalariados (trabajadores de cuello blanco y de cuello azul) que beneficia al capitalismo en general, un sistema sin duda representado por personas como Trump.
Entre 2005 y 2013, los ingresos de las familias afroamericanas con rentas superiores a 200.000 USD subieron un 138% frente al 74% registrado en el total de la población estadounidense. También ha aumentado la cifra estimada de millonarios afroamericanos, que ha pasado de 25 en la década de los 60 a 35.000 en la actualidad. De hecho, fue el respaldo de la élite afroamericana lo que ayudó a Obama a permanecer dos mandatos como presidente de los Estados Unidos. Pese a todo, la brecha de clases entre los afroamericanos sigue siendo grande. Hoy, las mujeres americanas constituyen casi la mitad de la población activa (49,9% del total) y ocupan puestos en la alta dirección de algunas de las empresas más importantes del mundo, como PepsiCo, Archer Daniels Midland (sector minorista y de alimentación) y W. L. Gore (productos industriales). El 60% de todas las titulaciones universitarias en Estados Unidos corresponden a mujeres. Además, el 26 de junio de 2015, el Tribunal Supremo falló en favor de los matrimonios del mismo sexo, lo que obligó a los estados a su legalización[6].
Huelga decir que ni Trump ni los magnates del mundo empresarial y financiero que le rodean representan los intereses de los trabajadores. De lo que sí se benefician, indudablemente, es de la acalorada competencia que ha ido calando en la clase trabajadora y de la canalización de su resentimiento hacia las minorías, extranjeros y otros grupos sociales. Estas estrategias serían propias de cualquier sindicalista del siglo XIX, pero resultan incomprensibles en este momento histórico específico sin hacer referencia a la dimensión cultural. Por lo tanto, la explicación se encuentra en la competencia en el seno de las clases económicas, no entre ellas. Esto permite a los políticos populistas movilizar distintas facciones entre las clases, grupos unidos por el odio a los valores liberales y el temor al empoderamiento de los sectores marginales. Es el miedo el que habla a través de esta afirmación de identidad.
Una lucha entre dos culturas
En mi humilde opinión, la dimensión que falta en los análisis actuales es la dimensión cultural, a la que no siempre se ha prestado la atención que merece y que suele convertirse en una cuestión de identidad. Las fuerzas que compitieron en las elecciones estadounidenses y en el referéndum del Brexit en el Reino Unido el 23 de junio de 2016 (y que Trump vio como un presagio de su victoria en Estados Unidos), no son clases en el sentido económico clásico, sino posicionamientos culturales que indudablemente incluyen la dimensión de clase económica. Sin embargo, el componente que otorga a la dimensión de clase económica su relevancia política es el componente de clase/cultural que formula y reformula intereses y emociones como el enfado, el resentimiento y el miedo en el lenguaje político.
Así pues, en estos momentos nos encontramos ante una lucha entre dos culturas: la primera predomina entre los grupos sociales liberalizados en términos culturales, sociales y políticos, que pueden considerarse grupos de clase media en sectores como el académico, el tecnócrata o el de servicios, entre otros, y cuyos miembros viven, en su mayoría, en grandes ciudades. Estos grupos se benefician de la globalización y del libre comercio. Y aunque no están totalmente exentos de racismo y de un sentimiento de superioridad, pero también de cierto miedo, frente a los demás, sí poseen una mayor capacidad de aceptar las diferencias porque tienen el control y el poder. Además, una parte cada vez mayor de estos grupos ha adoptado, en principio, una moral liberal debido a la socialización y a las consecuencias del conflicto intergeneracional.
La segunda cultura es una cultura conservadora tradicional interclasista, que, sin embargo, predomina principalmente entre los habitantes, tanto ricos como pobres, del medio rural conservador, quienes observan con reticencia y desconfianza la cultura de las grandes ciudades, en su opinión decadente. En tiempos de crisis, a ellos se unen nuevos grupos sociales perjudicados por la modernidad y la globalización, resentidos con las élites y el sistema. Entre ellos encontramos nutridos sectores de la clase trabajadora blanca y grupos de clase media que han caído en la pobreza como resultado de la predominancia de grandes monopolios, la pérdida de empleo, la crisis de los mercados de valores, inversiones fallidas, la incapacidad de asumir los precios de la vivienda en las ciudades y otras muchas razones.
Tabla 2: Resultados de los sondeos a pie de urna de la CNN sobre las elecciones presidenciales de 2016 con 24.558 encuestados
| Hillary Clinton | Donald Trump | Otro candidato / no contesta | |
| Género | |||
| Masculino (47%) | 41% | 52% | 7% |
| Femenino (53%) | 54% | 41% | 5% |
| Edad | |||
| 18-29 (19%) | 55% | 36% | 9% |
| 30-44 (25%) | 51% | 41% | 8% |
| 45-64 (40%) | 44% | 52% | 4% |
| 65 o más (16%) | 45% | 52% | 3% |
| Raza | |||
| Blanca (71%) | 37% | 57% | 6% |
| Otra (29%) | 74% | 21% | 5% |
| Educación | |||
| Educación secundaria o inferior (18%) | 46% | 51% | 3% |
| Educación universitaria (32%) | 43% | 51% | 6% |
| Titulación universitaria (32%) | 49% | 44% | 7% |
| Estudios de posgrado (18%) | 58% | 37% | 5% |
| Tipo de área | |||
| Urbana (34%) | 60% | 34% | 6% |
| Suburbana (49%) | 45% | 49% | 6% |
| Rural (17%) | 34% | 61% | 5% |
Estos dos grupos no están en absoluto equilibrados desde un punto de vista interno, pero la principal característica de la etapa actual es la combinación de estas diversas fuerzas con múltiples intereses, entornos y objetivos en dos bandos. Uno parece liberal y elitista en su cultura, pero no necesariamente en su clase social, mientras que el otro es nacionalista, populista y contrario a los extranjeros y migrantes en su cultura y en su discurso político. El primero es más secular: el segundo más religioso. El primero aglutina a ciudadanos con un nivel educativo por lo general superior al del segundo.
Indudablemente, las redes sociales contribuyeron al empoderamiento de ciertas partes del segundo bando y les permitieron intervenir directamente en política sin la censura de las élites que controlan, editan y filtran la información que publican los medios. Los medios profesionales, controlados por las élites económicas y culturales, filtran la información, no solo diferenciando entre verdad y fantasía o hechos y rumores, sino también en términos de valores. Las redes sociales, no obstante, permitieron a los grupos del segundo bando expresarse directamente sin pasar por el control de la élite. Los seguidores de Trump en Twitter, por citar un ejemplo, alcanzaron la cifra de 16 millones. No tenemos tiempo de profundizar en los mecanismos de expresión de la cultura de masas en el momento histórico actual, por no hablar de lo que hacen los principales canales de comunicación para llevarse bien con esta cultura, halagarla y reproducirla para su consumo. Es importante señalar, en este punto, que el propio Trump es un multimillonario licenciado en una universidad de la Ivy League a la que asisten los hijos de familias acaudaladas, y que además es de Nueva York, uno de los principales centros del primer bando cultural según la clasificación anterior. Pese a todo esto, en opinión de quienes le votaron, no parece formar parte de la élite. Dicha percepción no se debe a su modestia, una virtud de la que carece, y tampoco a que represente los intereses del pueblo, simplemente representa la identidad de ese bando y habla su mismo idioma.
La distinción entre liberalismo y democracia
En este punto, me gustaría retomar las diferencias teóricas e históricas que expuse en mis libros Civil Society y The Arab Question, y a las que también hice alusión en tres de mis trabajos sobre las revoluciones árabes. Son diferencias entre liberalismo y democracia, y los acontecimientos nos demuestran, una y otra vez, la necesidad de abordarlas.
La combinación de democracia liberal no siempre ha existido. Es un fenómeno relativamente nuevo. Históricamente, la democracia no era liberal y el liberalismo no era democrático. En líneas generales, la base de la democracia es una amplia participación popular en la toma de decisiones y en la representación parlamentaria determinada por las elecciones. Su principal valor es la igualdad, que se hace especialmente evidente en las fases de la lucha en pro de la democracia. El liberalismo, por su parte, se basa en las libertades del individuo y la protección del ámbito privado de las personas, incluida la propiedad privada. Su principal valor es la libertad y los valores que de ella se derivan.
En el siglo XIX y durante la primera mitad del siglo XX, el liberalismo era principalmente una corriente intelectual, económica y política de la élite. A los defensores de esta idea les preocupaba la protección de dichos valores como forma de guiar las relaciones entre el estado, la sociedad y el individuo, y su defensa de la autoridad arbitraria, cuyo rol supuestamente debía estar limitado a la defensa de las libertades. A su juicio, una condición para preservar las libertades civiles y la defensa del ámbito privado era evitar la participación de las masas, que en su mayoría no adoptaban estos valores, en los procesos de toma de decisiones. Si dejáramos las decisiones en manos de masas manejables, presa fácil para los engaños de un demagogo, los resultados serían desastrosos.
En mi opinión, la confluencia entre democracia y liberalismo se produjo tras la Segunda Guerra Mundial, cuando los peligros de la demagogia populista y la distancia entre las ideas liberales y las masas eran ya más que evidentes, debido a la crisis económica que estalló a finales de 1929 y con la denuncia de una opresión nacionalista histórica, el temor a la identidad, las acusaciones de decadencia de la elite y los regímenes fascistas como telón de fondo.
Desde entonces, demócratas y liberales han trabajado con empeño para vincular, o incluso equiparar, los principios de la democracia, los derechos y las libertades civiles, pues existía una acuciante necesidad de contar con unos principios supraconstitucionales que protegieran las libertades de mayorías accidentales que pudieran no creer en dichos valores. Tras la Segunda Guerra Mundial, emergió una nueva realidad histórica en la que la democracia liberal evolucionó mediante la interacción dinámica de esas dos fuerzas. Sin embargo, ese cambio no se tradujo necesariamente en una vinculación de los valores del liberalismo y la democracia, algo que solo sucedió en determinados grupos de demócratas liberales. En épocas de graves crisis, la vinculación entre democracia y liberalismo sufre un gran menoscabo por parte de amplios sectores de la población, lo que permite a figuras como Trump o Marine Le Pen sacar partido de una ideología popular contraria al liberalismo y a los liberales en circunstancias de amplia participación del pueblo (en eso consiste la democracia). Comprender este escenario no debería resultarnos difícil a nosotros, los orientales, y sospecho que nadie necesita que enumere todos los casos en los que se ha movilizado a las masas con relativa facilidad en nuestra región contra estos valores aduciendo que son una importación extranjera que pone en peligro la estabilidad y la forma de vida actual a fin de justificar el poder de las dictaduras más agresivas contra el pueblo para derrotar a esta demagogia populista.
Sobre el populismo
Me gustaría detenerme aquí unos instantes para hablar sobre la demagogia política. En la antigua Atenas, los demagogos eran líderes de la opinión pública que instigaban el enfado del pueblo contra los ricos y los gobernantes corruptos. Para empezar, cabe señalar que el término no tenía connotaciones negativas, fue adquiriéndolas a medida que se gestaba el discurso político demagógico en forma de incitación que no vacilaba en explotar la ignorancia de su público y sus prejuicios, y daba voz a lo que el pueblo quería oír. Esto no significa que el orador crea todo lo que dice. Es posible que sea ideológico y crea en lo que dice, pero que utilice un discurso demagógico acorde con lo que cree que la gente desea oír basándose en sus instintos, conocimientos y miedos, tanto los que manifiesta abiertamente como los que oculta en su interior. Una vez más, podría no ser ideológico, tal vez solo cínico (en el sentido moderno y contemporáneo del término, cuyo significado es el opuesto al sentido filosófico que le otorgaban los antiguos griegos). Esto sucede cuando el objetivo político del populista es alcanzar el poder por cualquier medio, lo que implica obtener un beneficio personal.
La historia nos ha demostrado que existen formas flexibles de populismo que no tienen el menor problema para cambiar de posición y de discurso en función de las circunstancias. Aunque sin duda Trump cree en algunas de las cosas que dice, todo lo que dice es demagógico y expresa una gran parte de lo que la gente desea escuchar, pero no puede decir o siente vergüenza de decir. Tras resultar elegido, tal vez podría haberse aliado con populistas pragmáticos, como él, para dirigir el país, pero en su lugar ha decidido combinar las recompensas a algunos de los populistas que le han ayudado durante las elecciones con nombramientos de empresarios que creen en su capacidad para dirigir el estado como si fuera una "empresa" mejor que los políticos, y de exmilitares, políticos conservadores y otras figuras de la extrema derecha. No podemos descartar la posibilidad de que la extrema derecha, al igual que la extrema izquierda, sea elitista y no necesariamente demagoga, en el sentido de que dice lo que realmente cree que es cierto.
Como dice el lema de su campaña "Make America Great Again", Trump desea que América vuelva a ser grande, al igual que Putin desea "que Rusia vuelva a ser grande" y otros desean devolver su gloria a China, Serbia, Hungría, Francia y Gran Bretaña. Todos ellos quieren restaurar una grandeza que se construye, en su mayor parte, sobre la misma ilusión. En general, esa grandeza nacional que desean restaurar implica regímenes opresores bajo los que nadie quiere vivir y que tuvieron su máxima expresión en las luchas por una influencia que les permitiera dominar lo que consideran esferas vitales, y ha dado lugar a numerosos conflictos bélicos, incluidas guerras mundiales. La grandeza de la nación y del Estado que preparan para su público es exactamente lo que menoscaba los derechos del hombre y del ciudadano. Tal vez la extrema derecha piense que la ansiada grandeza del propio país va en contra de la grandeza de otros países.
Trump no inventó la estrategia de definir la identidad de sus partidarios señalando como culpables a "los otros" integrantes de la misma sociedad: esa técnica es un instrumento clave del populismo. Durante décadas, el partido republicano adoptó el principio de "Nosotros o ellos". En su campaña presidencial en 1968, Richard Nixon aprovechó con éxito el racismo de los blancos del sur, a diferencia del candidato republicano Barry Goldwater, quien, pese a haber recurrido a la misma estrategia en su campaña de 1965, no logró alzarse con la victoria. Ronald Reagan demonizó a los afroamericanos que se beneficiaban de programas de protección social y se granjeó el apoyo de los votantes de las áreas suburbanas del norte. George H. W. Bush utilizó la misma estrategia contra los convictos afroamericanos y George W. Bush aprovechó la incomodidad de opinión pública ante los matrimonios del mismo sexo para asegurarse la victoria en 2004. El oportunismo político es habitual en las elecciones, pero contribuye a mantener viva la discriminación y le confiere cierta legitimidad de cuando en cuando.
El oportunismo político no convierte al partido republicano en un partido populista, pero la escena política estadounidense se inclinó hacia la derecha con el crecimiento de las bases del movimiento Tea Party[7], y hacia el populismo por los factores anteriormente mencionados. A todo ello hay que añadir el resentimiento hacia la presidencia de Obama, los supuestos rescates de los deudores afroamericanos y latinos, la deuda nacional, la reforma sanitaria del Obamacare y la inclinación hacia el establishment del Partido Republicano[8]. La expresión más clara del salto adelante del populismo político sigue siendo tanto la victoria de Trump en el seno del Partido Republicano sobre los candidatos del establishment como su candidatura y posterior victoria en las elecciones presidenciales.
Una base de apoyo cada vez mayor para la extrema derecha populista
La elección de Donald Trump y el Brexit ponen de manifiesto la transformación de la naturaleza de la clase trabajadora tanto en Estados Unidos como en Europa. La clase trabajadora se ha vuelto más populista, pues tiene la sensación de que las élites y los partidos políticos convencionales la han abandonado económicamente. También está la brecha que la separa de las élites, tanto en el aspecto cultural como político. La clase obrera blanca en Estados Unidos votó a Donald Trump, quien también fue el candidato elegido por los votantes "olvidados" del llamado "Rust Belt" o cinturón del óxido, una zona situada al noreste del país que ha sido una de las más afectadas por la desindustrialización. Las encuestas de opinión no registraron la intención de estos votantes, en parte por las dificultades para ponerse en contacto con ellos, ya fuera por teléfono o empleando medios informáticos, pero, sobre todo, porque a los creadores de encuestas no les interesaba ese sector demográfico electoralmente inactivo en el que gran parte de la población llevaba años sin votar o nunca había ejercido su derecho al voto. La misma tendencia se observó en Gran Bretaña durante el referéndum para salir de la UE: muchas personas que nunca habían votado en elecciones generales anteriores apoyaron el Brexit[9].
A finales de los 90, el aumento del apoyo de los votantes a movimientos de extrema derecha como los de Patrick Buchanan en Estados Unidos, el Frente Nacional de Jean-Marie Le Pen en Francia, y Jörg Haider en Austria[10] supuso un duro golpe para la democracia y las democracias occidentales en general, tal y como manifestó el propio partido y como declararon públicamente los medios de comunicación. Al comienzo del nuevo milenio, sus bases de apoyo crecieron con la llegada de refugiados y la ramificación de la globalización, ambos aspectos vinculados con la economía y la identidad. Por ello, la base de apoyo del populismo de extrema derecha, que existe desde hace 25 años, ha crecido a medida que aumentaba la cifra de inmigrantes y ha transformado las identidades de los países. Otros factores relevantes son la desindustrialización, que también ha transformado las economías de estos países, y las bajas tasas de crecimiento, que no han conseguido remontar desde la crisis económica de 2008.
La extrema derecha coincidió con la escalada de populismo y supo aprovecharla. Como resultado de ello, la derecha populista ganó terreno en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Alemania, Austria, Suecia, Finlandia, Eslovaquia y Croacia, e incluso llegó al poder en Hungría[11] y Polonia.[12] En Alemania, desde su formación en 2013, el partido Alternative für Deutschland ha realizado sorprendentes avances en las elecciones locales, y todo parece indicar que en los próximos comicios cruzará el umbral del Bundestag para ocupar sus escaños. Su popularidad reside exclusivamente en su hostilidad hacia los extranjeros y el multiculturalismo, y promueve la islamofobia, alertando del incremento de la cifra de musulmanes en Alemania. Obviamente los neonazis le dieron su voto, pero su base electoral se nutre más de un populismo que se dirige a los ciudadanos alemanes con miedo a los extranjeros y a la globalización, que se sitúan tanto a la derecha como en el centro del espectro político.
Esas fuerzas se respaldan mutuamente: Stephen Bannon, director ejecutivo de la campaña electoral de Donald Trump, por ejemplo, invitó a Marion Maréchal-Le Pen, coordinadora de la campaña de Marine Le Pen, a cooperar y a "trabajar juntos". Dicha propuesta se lanzó a través de Twitter pocos días después de la victoria de Trump. Nigel Farage, líder provisional del UK Independence Party (UKIP) británico, quien estuvo al frente de la campaña del Brexit, fue uno de los primeros políticos en visitar a Donald Trump tras ganar las elecciones.
En Europa, la repugnancia del Frente Nacional francés y de otros partidos de derechas europeos, partidarios del etnonacionalismo, ante la posibilidad de que Estados Unidos se convierta en el líder el orden mundial, especialmente bajo el mando de Obama, los ha llevado a forjar alianzas con el régimen de Vladimir Putin en Rusia. En 2014, Marine Le Pen recibió un crédito de 9,8 millones de USD del First Czech-Russian Bank, un banco con sede en Rusia, que justificó alegando de que las entidades bancarias francesas no le concedían préstamos. En febrero de este año, su partido ha anunciado que pretende solicitar un crédito ruso, una vez más, en esta ocasión valorado en 29,3 millones de dólares, si los bancos franceses no se lo otorgan. El partido destinará el dinero a su campaña para las próximas elecciones presidenciales francesas[13].
En líneas generales, las fuerzas nacionalistas extremas de distintos países se miran con reticencia, e incluso con abierta hostilidad. A pesar de fenómenos como la cooperación entre todas esas fuerzas antes mencionada, el hecho de que todas se beneficien de las victorias de las demás y la sensación de que todas forman parte de una sola oleada, la internacionalización de la extrema derecha nacionalista es una contradicción en sí misma derivada del hecho de que su oposición no es solo otro bando en cada país, sino que existe como un todo en el ámbito de los países occidentales. Aproximadamente una semana después de la victoria de Trump y la primera visita "oficial" de Nigel Farage al presidente electo[14], Farage escribió en el tabloide The Sun: "Todos los votantes del mundo occidental desean una democracia de Estado-Nación, controles fronterizos apropiados y la posibilidad de dirigir sus propias vidas. Se avecinan tiempos de agitación política, tanto en Europa como más allá"[15].
La derecha populista suele definir al pueblo como una unidad étnica culturalmente homogénea con una historia compartida, y se distancia de la idea de ciudadanía como piedra angular sobre la que erigir una nación. Su estrategia consiste en presentarse como defensora de la identidad del pueblo y de su "forma de vida", y en favorecer los intereses del pueblo definido étnicamente por encima de los intereses de "los otros", expresión con la que suele referirse a los migrantes, que, en su opinión, han sido favorecidos por la elite decadente en términos culturales y políticos. Los populistas utilizan muchas técnicas para destruir de forma calculada los supuestos tabús impuestos por el liberalismo con una crudeza que sorprende al oyente, quien la confunde con una muestra de honestidad y no de hipocresía (aunque la crudeza puede ir acompañada por mentiras e hipocresía). Además, recurren a emociones, insultos personales, teorías de la conspiración y metáforas biológicas e incluso violentas.
El populismo es un discurso político asociado principalmente a una ideología política específica (de izquierdas o derechas, religiosa o secular), pero la relación entre populismo e ideología es, como decía antes, compleja. Los populistas suelen presentar un menor compromiso ideológico y parecen pragmáticos y flexibles cuando es necesario. Por ejemplo, el Frente Nacional francés de Jean-Marie Le Pen mantuvo un mensaje de extrema derecha y tintes antisemitas durante décadas, y adoptó posturas liberalistas que bordeaban el darwinismo social. Los votantes que le dieron su apoyo eran, principalmente, ciudadanos de clase media, propietarios de pequeños comercios y agricultores. El partido cosechó ciertos éxitos electorales, por ejemplo, en las elecciones al Parlamento Europeo y en la primera ronda de las elecciones presidenciales de 2002. La actual líder de la formación, hija de su fundador, ha trabajado duramente para cambiar esta imagen demonizada y así poder ampliar su base de apoyo. Lograrlo pasaba por suspender la afiliación del histórico líder y fundador del partido, Jean-Marie Le Pen. Y así se hizo en 2015, a instancias de su hija, quien le sucedió al frente de la formación en 2011. En esta decisión influyeron de manera considerable sus declaraciones sobre el Holocausto. También sus seguidores radicales quedaron fuera del partido. Todo ello supuso, asimismo, un cambio en el posicionamiento de la formación, que pasó del antisemitismo a declararse antiinmigración y antiislam. Además, el respaldo al liberalismo económico se transformó en un proteccionismo antiglobalización[16]. El discurso cambió para adaptarse a las expectativas de su electorado y ampliar su base de apoyo entre grupos receptivos a su discurso nacionalista de derechas.
La extrema derecha estadounidense, que tendrá un puesto en ciertas áreas de la próxima administración Trump, indudablemente piensa que la grandeza de Estados Unidos choca con la de Rusia, pero los populistas como Trump serán más pragmáticos en sus negociaciones con Rusia. En todas las formas de populismo existe necesariamente un elemento pragmático que va desde la instrumentalización y el populismo cínico al populismo frenético, que solo sigue en contacto con la realidad por la necesidad pragmática de control. Nuestra región ha visto ejemplos de todas estas formas de populismo, de ahí la perplejidad del primer ministro chino y del presidente ruso, quienes también sueñan con la grandeza de sus países, en relación con la naturaleza de las fuerzas que mueven a la administración Trump. ¿Son las fuerzas del populismo pragmático, las del populismo irracional o las de la extrema derecha nacionalista norteamericana?
El populismo de Trump también suele ser contradictorio, y así lo demuestran sus promesas de bajar los impuestos, pero también de incrementar la inversión en infraestructuras deterioradas. El gasto en infraestructuras que, en opinión de Trump, están obsoletas o deterioradas requiere subidas de impuestos, no bajadas. En cuanto a la construcción de un muro en la frontera con México, la situación es peor. En este momento le preocupa más establecer vínculos con empresarios y poner fin a una costumbre que los presidentes estadounidenses observaban desde la administración Nixon al aceptar recibir una llamada de felicitación de Taiwán.
En Palestina, se necesitan grandes dosis de paciencia para escuchar las declaraciones de Trump, que van desde el apoyo entusiasta al denominado "proceso de paz" y la afirmación de su capacidad para actuar con neutralidad en el conflicto entre Israel y los palestinos, a su discurso ante el AIPAC, en el que declaró que los asentamientos no eran un obstáculo para la paz, que no había que presionar a Israel o imponer soluciones a las partes y que trasladaría la embajada estadounidense a Jerusalén como reconocimiento de la soberanía de Israel sobre la ciudad[17]. Su apoyo a las iniciativas expansionistas de la extrema derecha israelí era manifiesto mucho antes de llegar a la Casa Blanca.
¿Hay perspectivas de futuro?
La experiencia confirma que la participación en el gobierno actual limita la capacidad de los partidos populistas de derechas para utilizar su línea argumental más importante, la de una élite política que gobierna el país en contra de la voluntad política del pueblo, ya que pierden su posición como portavoces de la "mayoría silenciosa". Sin embargo, aún pueden explotar cuestiones relacionadas con la inmigración y las minorías. En Austria y los Países Bajos, por ejemplo, el desencanto generalizado ante la gestión de los populistas en el gobierno se suma a la necesidad de avanzar e ir más allá de sus temas de conflicto favoritos (los refugiados, la identidad, la soberanía…) y de pasar de soluciones simples y de sentido común a las negociaciones y compromisos necesarios para dirigir un estado y encontrar soluciones reales.
Trump fue elegido por un sector de la sociedad estadounidense que no incluye a la mayoría de los votantes y que ciertamente no representa a la mayoría de esa sociedad. Que ganara con una cuota menor del voto popular —46,21% (62.851.402 votos) frente al 48,17% (65.527.581 votos) de Clinton— se debió al funcionamiento del sistema electoral federal, que garantiza la representación de los estados en el Colegio Electoral (306 votos del Colegio Electoral fueron para Trump y 232 para Clinton) y da peso a la distribución de la población y no solo a su densidad. Esto contribuyó a otorgar un mayor poder al bando político-cultural al que los políticos populistas daban voz.
Esto significa, sin embargo, que existen otros grupos grandes que defenderán, no solo sus intereses, sino también su "forma de vida". Estos grupos suelen localizarse en las principales ciudades del país, y su influencia política supera con creces su peso demográfico. Estoy bastante seguro de que el principal desafío al que se enfrenta Trump será de carácter interno y estará relacionado con la lucha por la identidad económica, política y cultural de los Estados Unidos, y no con el problema de Oriente Medio o de la cuenca del Pacífico, pese a la relevancia de dichas regiones. Trump alegará numerosos motivos para la movilización política; la cuestión es si estos grupos podrán conectar culturalmente con grupos del otro bando perjudicados por las políticas de Trump.
La autoconfianza de las fuerzas políticas liberales en las costas este y oeste de los Estados Unidos y en la UE las llevó a intentar imponer valores específicos en su diálogo con las fuerzas democráticas en países del tercer mundo, antes de brindarles su apoyo frente a las dictaduras y los regímenes opresores, aun cuando dichos valores no eran una parte intrínseca del liberalismo convencional, sino que pertenecían a una subcultura de las principales ciudades de Estados Unidos. Las últimas elecciones estadounidenses han enviado un recordatorio a las fuerzas liberal-demócratas de que es preferible volver a centrarse en propios países, sus zonas rurales y sus trabajadores, para descubrir que los valores que promueven no han arraigado en grandes segmentos de su población y de la sociedad.
En cuanto al efecto de la victoria electoral de Trump en la escena internacional, la imagen es demasiado compleja para analizarla en este estudio.
Tabla 3: Sondeos a pie de urna de la CNN
| Hillary Clinton | Donald Trump | Otro candidato / no contesta | |
| Raza y género | |||
| Hombres blancos (34%) | 31% | 62% | 7% |
| Mujeres blancas (37%) | 43% | 52% | 5% |
| Hombres negros (5%) | 82% | 13% | 5% |
| Mujeres negras (7%) | 94% | 4% | 2% |
| Hombres latinos (5%) | 63% | 32% | 5% |
| Mujeres latinas (6%) | 69% | 25% | 6% |
| Otros (6%) | 61% | 31% | 8% |
* Este Documento de estudio fue publicado originalmente por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse aquí.
Crédito de imagen: Shutterstock / Rawpixel
Notas y referencias
[1] La candidatura de Clinton podría haber contribuido a la elección de Trump, no solo porque sea una mujer, sino también porque representa a la oligarquía del grupo de poder gobernante y porque existe una impresión generalizada de que pertenece a la élite gobernante que se ha echado a perder y carece de credibilidad.
[2] Aunque el porcentaje de población latinoamericana que votó a Hillary Clinton fue mayor que el que otorgó su voto a Obama en 2012, con Donald Trump la cuota de voto latino también subió un 2%, cifra que incluye a votantes con raíces cubanas y venezolanas que votaron a Trump en oposición a la política demócrata que abogaba por un acercamiento al régimen cubano. Lo cierto es que la mayoría de los inmigrantes estadounidenses establecidos desde hace mucho tiempo y bien integrados en el país, que han adoptado los valores de la corriente conservadora movidos por su deseo de afirmar su identidad estadounidense, observan con consternación las nuevas oleadas de inmigración. La llegada de inmigrantes los lleva a replantearse la cuestión de su identidad, algo que habían dejado atrás, y borra las líneas que los separan de los nuevos inmigrantes. Históricamente, fuimos testigos de una situación similar cuando se desató la oleada de hostilidad entre los judíos de Europa Occidental y central ante la llegada de judíos rusos que huían hacia el oeste escapando de los brotes de antisemitismo en la Rusia zarista. Por otro lado, hay casos de inmigrantes bien integrados de grupos minoritarios que defienden el régimen existente, aduciendo que han prosperado gracias a su destreza y su duro esfuerzo, y que quienes critican el régimen y lo señalan como responsable de sus fracasos deberían atribuir su infortunio a su pereza y su participación en actos delictivos o relacionados con drogas, etc.
[3] "League of Nationalists", The Economist, 19 de noviembre de 2016. Sobre el respaldo y la financiación por parte de Putin a los partidos nacionalistas en Europa y el auge de la tendencia populista, el New York Times escribió lo siguiente: "La sra. Merkel necesita defenderse de una Rusia que está resurgiendo y que promueve su marca de democracia antiliberal respaldando a partidos de derechas por todo el continente y avivando las llamas del populismo. Sin embargo, ahora que el sr. Trump admite abiertamente su admiración por el presidente de Rusia, Vladimir V. Putin, el simple hecho de mantener las sanciones impuestas a Moscú por los conflictos en Crimea y Ucrania será un verdadero reto". Véase: Alison Smale y Steven Erlangernov, "As Obama Exits World Stage, Angela Merkel May Be the Liberal West's Last Defender", The New York Times, 12 de noviembre de 2016.
[4] Transcripción: Discurso de Donald Trump sobre política exterior, The New York Times, 27 de abril de 2016, (en inglés), en: http://www.nytimes.com/2016/04/28/us/politics/transcript-trump-foreign-policy.html?_r=0
[5] The Hill Newspaper, 24 de octubre de 2014: http://thehill.com/blogs/ballot-box/house-races/221721-how-red- or-blue-is-your-state
[6] Nora Lustig, "Elections in America: It is also about rising equality", Vox, 29 de noviembre de 2016, http://voxeu.org/article/equality-may-have-helped-trump-win
[7] En Estados Unidos, los partidarios del Tea Party tienen más medios económicos y una educación superior a la de la población en general. Suelen ser varones blancos, casados y mayores de 45 años que apoyan al Partido Republicano. En ciertos aspectos suelen ser más conservadores que los republicanos y se oponen frontalmente a las políticas de la Administración Obama por motivos ideológicos. Estos datos proceden de un sondeo realizado por The New York Times/CBS entre el 5 y el 12 de abril de 2010 sobre una muestra de 1580 adultos encuestados, con un sobremuestreo de 881 partidarios del Tea Party en total. Véase: Kate Zernike y Megan Thee-Brenan, "Poll Finds Tea Party Backers Wealthier and More Educated", The New York Times, 14 de abril de 2010.
[8] Thomas Greven, "The Rise of Right-wing Populism in Europe and the United States – A Comparative Perspective," Friedrich Ebert Stiftung, Mayo de 2016.
[9] "Brexit, the US and the revenge of the deplorables," The Economist Intelligence Unit, 9 de noviembre de 2016.
[10] "El partido austriaco Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ), fundado en 1955, es un ejemplo del extremismo de los populistas de derechas y de su flexibilidad programática. Hasta 1980, los antiguos nacionalsocialistas desempeñaban funciones importantes. Después, el FPÖ gobernó como socio minoritario en una gran coalición con los socialdemócratas austriacos hasta 1986, año en el que Jörg Haider logró situarse al frente del FPÖ, del que fue presidente hasta 2000. Durante ese periodo, volvió a orientar el partido hacia la derecha y amplió su base de apoyo para incluir a votantes de la clase trabajadora con un mensaje cada vez más antimusulmán y antiinmigración. El nacionalismo pangermánico y la tendencia a restar importancia al nacionalsocialismo fueron las principales características del mensaje del FPÖ." Véase Thomas Greven, ibid.
[11] "Fidesz, el partido que gobierna en Hungría, comenzó a inclinarse hacia el autoritarismo liberal en el año 2010. Bajo la dirección del primer ministro, Viktor Orbán, la coalición gobernante adoptó una nueva Constitución y restringió la libertad de los medios de comunicación. Fidesz, fundado en 1988, es otro ejemplo de la flexibilidad de los partidos populistas de derechas. Empezó siendo una alianza liberal convencional y solo empezó a escorarse a la derecha tras varios fracasos electorales. Hoy, Fidesz puede considerarse un partido populista conservador nacional que aboga por políticas económicas intervencionistas. Su concepto de la nación húngara amenaza a los países vecinos, pues incluye a algunos de sus ciudadanos con ascendencia húngara." Véase: Thomas Greven, ibid.
[12] Matt O'Brien, "The stunning truth that explains the rise of the far-right in Britain and elsewhere", The Washington Post, 31 de mayo de 2016.
[13] James McAuley, "Is Trump reaching out to Europe's far right before he talks with the heads of the states?", The Washington Post, 12 de noviembre de 2016.
[14] El partido UK Independence (UKIP) cosechó sus primeros triunfos bajo el liderazgo de Nigel Farage en las elecciones al Parlamento europeo y, desde 2011, sus resultados en términos nacionales han sido positivos. Aunque ciertos observadores lo consideran parte de la derecha radical, el partido ha conseguido distanciarse del extremista Partido Nacional Británico (BNP) haciendo hincapié en su libertarismo (económico) y su concepto inclusivo de una nación británica. Sin embargo, el actual flujo de entrada de refugiados en la Unión Europea ha puesto de manifiesto el escepticismo del UKIP frente a la inmigración.
[15] Griff Witte, Emily Rauhala y Dom Phillips, "Trump's win may be just the beginning of a global populist wave", The Washington Post, 13 de noviembre de 2016.
[16] Thomas Greven, "The Rise of Right-wing Populism in Europe and the United States – A Comparative Perspective", Friedrich Ebert Stiftung, mayo de 2016.
[17] Si desea más información sobre este tema puede consultar la publicación de Tamara Kharroub, "Trump's 'Ultimate Deal' on Palestine/Israel," Arab Center Washington DC, 8 de diciembre de 2016. http://arabcenterdc.org/policy_analyses/trumps-ultimate- deal-on-palestineisrael/