El control militar del Estado en Egipto: el ejército y su papel en el cambio de régimen constitucional

El control militar del Estado en Egipto
Rashad Twam
Rashad Twam Doctor en Derecho Público

Como parte de la serie Tesis Doctorales, el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS) ha publicado en árabe el volumen El control militar del Estado en Egipto: el ejército y su papel en el cambio de régimen constitucional, de Rashad Twam, con una introducción de Nathan Brown y Farhat al-Harshany. El libro tiene 780 páginas e incluye una bibliografía y un índice general.

El control militar del Estado en Egipto se basa en un enfoque complejo que es a la vez deductivo, inductivo y comparativo. Se trata de un libro que documenta de forma exhaustiva las intervenciones por parte del ejército y otros agentes destacados durante la transición a la Segunda República Egipcia, basándose sobre todo en fuentes primarias que analiza y sintetiza en un capítulo inicial dedicado al papel del ejército en la transición del antiguo régimen constitucional. A continuación, transpone detalladamente estas fuentes en un segundo capítulo dedicado a la posición del ejército dentro del nuevo régimen constitucional. Mientras que el primer capítulo del libro se limita al caso de Egipto, en el segundo capítulo el autor lo compara con otros estudios de caso: Portugal, Turquía, Túnez, Argelia, Sudáfrica y Francia.

Si bien el libro se ciñe a un marco temporal fijo (2011-2014), el autor refuerza su argumento haciendo referencia a los acontecimientos más relevantes que tuvieron lugar más adelante, en particular la enmienda constitucional del año 2019. Twam deconstruye la experiencia de la transición a la Primera República a mediados del siglo XX, profundiza en la experiencia histórica y los precedentes legislativos y, en última instancia, adopta un enfoque que combina el derecho consuetudinario con el estudio de las relaciones entre los militares y la sociedad civil.

El libro comienza revisando la influencia del ejército bajo la antigua Constitución y sigue el rastro del papel político que desempeñó antes de la revolución, cuando el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas mantuvo su prominencia como actor político a pesar de su ineficacia en la consecución de objetivos más allá de sus propios intereses en ese ámbito. Aunque la relación del ejército con otras instituciones estatales osciló entre armonía y conflicto, asumiendo en ocasiones la autoridad legislativa y ejecutiva y coexistiendo con ella en otras, lo que sigue siendo cierto hasta el día de hoy, en opinión del autor, es que el aparato militar "siempre tiene la opción de pulsar el botón de reinicio" y, por así decirlo, empezar de nuevo si le desagrada la agenda política de los funcionarios electos y nombrados.

Después de la revolución, la posición dominante de los militares recibió un afianzamiento constitucional sin precedentes que sirvió tanto para corroborar sus privilegios existentes como para otorgar al estamento un nuevo nivel de independencia casi total con respecto a otras instituciones estatales. El ejército desempeñó un papel prominente en esta transición y no se vio afectado por el principio de separación de poderes que, en Egipto, no ha logrado superar el denso y extenso mosaico de prerrogativas superpuestas, y que se basa en los equilibrios de poder que se dieron durante el momento histórico en que se redactó la constitución. Antes al contrario, el cambio que sí trajo la revolución fue que el presidente ahora tenía que compartir el poder con la institución del ejército, no con el primer ministro, como en un sistema semipresidencial.

Es más, la nueva constitución no solamente debilitó la presidencia (relativamente hablando) frente al ejército, por oposición a una institución democrática como puede ser el parlamento o el gabinete, sino que también concedió al estamento militar el derecho a arbitrar en disputas entre otras ramas gubernamentales. Además de que tener múltiples mediadores carece de lógica y resulta ineficaz, las probabilidades de una crisis constitucional son más altas que nunca cuando la presidencia la ocupa un civil que no necesariamente cuenta con la aprobación de los líderes militares. Sin embargo, los derechos políticos de los propios soldados están limitados, lo que en muchos países se consideraría ventajoso para evitar conflictos de intereses. Pero en Egipto esto no ha servido nada más que para fortalecer el poder de los militares dentro del Estado, ya que los derechos individuales que podrían comprometer la disciplina militar quedan abolidos. Los soldados rasos constituyen un bloque dirigido por la institución a su antojo y no al revés. El ejército, por su propia naturaleza, tiende a no aceptar una pluralidad interna de opiniones e inclinaciones y debe presentar un frente unificado.

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