Guerras del terror: reseña del libro "ISIS, The March to Dystopia", de Azmi Bishara

Abdelwahab El-Affendi
Abdelwahab El-Affendi Rector del Doha Institute for Graduate Studies
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Wars of Terror Azmi Bishara's ISIS, The March to Dystopia

Un suspiro de alivio se produjo en todo el mundo cuando la Coalición Global para Derrotar al Estado Islámico de Irak y Siria (conocido por sus siglas en inglés, ISIS), integrada por noventa miembros y fundada bajo el liderazgo de Estados Unidos en septiembre de 2014, anunció la derrota de la notoria insurgencia en Siria e Irak a finales de 2017. Sin embargo, la Coalición sigue viva y en plena actividad, y continúa incorporando nuevos miembros y publicando comunicados sobre su guerra en curso hasta el día de hoy. Mientras tanto, siguen surgiendo grupos terroristas vinculados al ISIS en regiones que van desde África occidental y oriental hasta otras zonas, incluido Afganistán. Por no hablar de las recurrentes atrocidades en Europa y Estados Unidos.

Más preocupante aún es el hecho de que nos encontremos ahora en medio de otra de esas aventuras estadounidenses imprevistas, esta vez con alcance global y consecuencias fácilmente predecibles. Cabe recordar que este fenómeno, que se presenta como una plaga, un furor y un enigma, sigue estando estrechamente vinculado a intervenciones militares extranjeras pasadas, en su mayoría estadounidenses. Esto convierte las recientes —y mucho menos comprensibles— "aventuras coloniales" de Estados Unidos en una llamativa luz roja de advertencia.

El fenómeno del ISIS se remonta a la ocupación soviética de Afganistán en 1979 y al inicio de la "yihad afgana" (milagrosamente exitosa), apoyada por la Administración Reagan. La expulsión del segundo ejército más poderoso del mundo de uno de los países menos desarrollados, a manos de una variopinta colección de milicias enfrentadas entre sí, en tan solo unos pocos años, fue un acontecimiento que cambió el mundo. Aunque se exageró enormemente el papel de Estados Unidos en la consecución de esta victoria, el país invirtió mucho en esta "resistencia", junto con sus aliados musulmanes, desde Pakistán, pasando por el Golfo, hasta Egipto. Además, se jactó durante mucho tiempo de esta "venganza por Vietnam".

Un neologismo ideológico

Como fenómeno, sostiene Azmi Bishara en su libro ISIS, The March to Dystopia[1] (ISIS, la marcha hacia la distopía), el "yihadismo" surgió de este episodio afgano como un neologismo ideológico, refiriéndose a una especialización de carácter profesional de los combatientes islamistas que se entrenaban y luchaban en terrenos como Afganistán, Argelia y Bosnia. Aunque la mayoría de estos veteranos regresaron a casa tras la guerra de Afganistán —a menudo aclamados como héroes— y retomaron una vida pacífica, muchos se unieron a nuevos conflictos o iniciaron sus propias "guerras" en lugares como Egipto y Argelia.

Sin embargo, se produjo un punto de inflexión en 1990-1991, cuando Arabia Saudí se convirtió en el centro de una presencia militar estadounidense masiva en el contexto de la campaña para poner fin a la invasión iraquí de Kuwait. La coincidencia con el estallido de la Intifada palestina de 1988 provocó una mayor desestabilización. Los "liberales" del Golfo esperaban que la presencia estadounidense pudiera impulsar la democratización y comenzaron a hacer campaña a favor del cambio. Los islamistas lanzaron su propia campaña de "reformas". Los veteranos afganos, liderados por Osama bin Laden —un célebre joven yihadista procedente de una de las familias más ricas de Arabia Saudí—, también intervinieron, exigiendo reformas y el fin de la presencia militar estadounidense.

La intervención de Estados Unidos se convirtió así en un factor desestabilizador, que alejó a sus antiguos aliados yihadistas afganos. Especialmente después de que Estados Unidos decidiera mantener su enorme presencia militar en Arabia Saudí tras la expulsión de Irak de Kuwait. Existe un tabú centenario contra cualquier presencia no musulmana significativa, aunque sea civil, en la península arábiga. Los tradicionalistas saudíes habían tolerado a regañadientes la presencia militar estadounidense mientras duró el enfrentamiento con Irak. Sin embargo, no fueron pocos los que se opusieron, entre ellos Bin Laden, quien se ofreció junto con sus compañeros yihadistas para llevar a cabo la tarea en su lugar. Sus objeciones se hicieron más enérgicas tras la guerra.

Bajo la presión de las autoridades, Bin Laden partió hacia Sudán, donde puso en marcha un negocio agrícola. Desde allí, fundó un grupo disidente salafí, al que denominó "La Organización para el Asesoramiento y la Reforma". Este organismo elaboró una serie de documentos y mensajes públicos dirigidos al Gobierno saudí y a los ulemas, en los que se criticaba la presencia estadounidense en la "Península de Mahoma". El grupo pretendía contrarrestar las corrientes informales más moderadas, tanto "liberales" como islamistas "reformistas". El grupo no amenazó ni recurrió a la violencia contra el régimen saudí, que no veía con buenos ojos su retórica, y tuvo mayor resonancia entre el público salafí en general, incluidos los miembros más jóvenes del establishment religioso. Otros regímenes de la región se mostraron aún más descontentos ante el hecho de que los negocios de Bin Laden en Sudán se convirtieran en refugio de radicales salafíes afganos, entre ellos algunos acusados de fomentar la violencia en Egipto y Argelia.

El movimiento de Bin Laden, más tarde conocido como al-Qaeda, no comenzó a involucrarse en actos violentos hasta su expulsión de Sudán hacia Afganistán en 1996, bajo la presión de Estados Unidos y Arabia Saudí. Resulta interesante que el régimen sudanés desaconsejara a los estadounidenses la deportación, argumentando que era más seguro mantenerlo en Jartum, donde permanecería bajo estrecha vigilancia y podría rendir cuentas. Cuando los estadounidenses insistieron, Jartum solicitó que se le propusiera un lugar de exilio. La respuesta fue: ¡No nos importa!

Análisis sociopolítico, teológico y doctrinal

La invasión estadounidense de Irak en 2003 proporcionó a al-Qaeda su primer punto de apoyo armado en la región árabe, lo que condujo a la formación de su primera rama combatiente. Bishara profundiza en el auge y la turbulenta trayectoria de este movimiento, y su libro es sin duda uno de los mejores sobre este tema, incluso si solo tuviéramos en cuenta su perspicaz revisión bibliográfica de las obras más importantes en este campo.

La singularidad de ISIS, The March to Dystopia radica en su enfoque híbrido. Además de una profunda crítica a las narrativas predominantes sobre el origen, el impacto y el carácter del denominado Estado Islámico de Irak y Siria, así como de su inquietante trayectoria, el libro aporta una serie de perspectivas interrelacionadas sobre el fenómeno, mediante un análisis sociopolítico respaldado por un análisis teológico y doctrinal de su génesis ideológica. El proceso en tres fases que dio lugar al surgimiento del ISIS incluye la aparición del yihadismo salafí, el vínculo con al-Qaeda y la fase de conquista territorial. Todas las fases conllevan un conflicto con grupos islámicos rivales, especialmente aquellos que defienden el activismo pacífico, como los Hermanos Musulmanes. La posterior ruptura con al-Qaeda desencadenó una sangrienta guerra entre yihadistas, ya que el ISIS exigió que todos los grupos yihadistas se sometieran a su autoridad. El ISIS también se diferenció de al-Qaeda y de los grupos yihadistas en que fue el primero —y, hasta la fecha, el único— en controlar un extenso territorio en ubicaciones estratégicas. El ISIS impuso a los residentes de esas zonas una vida miserable, fueran musulmanes o no. Todos deseaban marcharse, pero se les impedía hacerlo. Solo lo consiguieron aquellos que podían permitirse los exorbitantes sobornos exigidos por los combatientes.

Este aspecto de la conducta del ISIS desmiente la afirmación de que las comunidades musulmanas "sunníes" sirvieran de "incubadora" y refugio para el grupo. Si bien algunas comunidades tribales iraquíes se aliaron inicialmente con grupos precursores del ISIS contra las brutales milicias chiíes respaldadas por Estados Unidos, las tribus pronto se rebelaron contra el ISIS y lo expulsaron de sus zonas.

El punto de partida del libro es una profunda crítica de la bibliografía sobre el ISIS, en la que se examina minuciosamente la avalancha de obras y comentarios destinados a satisfacer la creciente demanda de información (o desinformación) sobre un fenómeno que cautivó tanto a los medios de comunicación como a los responsables políticos. A continuación, se somete una selección representativa a un riguroso análisis crítico. Las obras abarcaban desde contribuciones sensacionalistas hasta estudios académicos serios, con una amplia variedad entre ambos extremos. Los primeros no solo presentaban al ISIS como el "verdadero rostro del islam", sino que solían aprovechar la oportunidad para contrastar la "barbarie" del islam con la "tolerancia cristiana". De hecho, algunos autores árabes intentaron ofrecer una versión matizada de este punto de vista, vinculando al ISIS con ciertas tradiciones islámicas. Por el contrario, los escritores musulmanes occidentales publicaron en su mayoría obras apologéticas que intentaban exonerar al islam de estas acusaciones. La mayoría de los académicos serios hicieron hincapié en la naturaleza del ISIS como fenómeno moderno, tratando de situar su auge en el contexto actual, incluyendo el auge (o, en ocasiones, la degradación y el colapso) de los regímenes musulmanes modernos, laicos y en su mayoría brutales, así como la violencia salvaje que estos regímenes perpetraron. Algunos vincularon el fenómeno a la consolidación de dichos regímenes, mientras que otros lo atribuyeron a su decadencia y colapso. La ocupación extranjera y la hipocresía occidental respecto a las acciones de estos regímenes, así como ante la constante represión israelí contra los palestinos, también fueron factores determinantes. Algunos autores intentaron explicar la rebelión del ISIS en términos de guerras civiles modernas, o incluso de las rebeliones juveniles radicales de la década de 1960 en Europa y Estados Unidos, y sus ideologías de izquierda radical. Bishara considera que la apologética musulmana es un reflejo de los fanáticos occidentales desquiciados. Ambos alaban la inocencia de su bando, pero el bando islámico cede demasiado e ignora demasiadas cosas. El islam, al igual que todas las religiones, contiene elementos que podrían utilizarse —y de hecho se han utilizado— para fomentar o justificar la violencia cuando se sacan de contexto. Los cristianos y los judíos también han instrumentalizado aspectos similares de sus credos, desde las Cruzadas hasta el colonialismo y los genocidios modernos, y siguen haciéndolo. Por otro lado, la gran mayoría de los musulmanes rechaza a estos grupos violentos y sigue siendo su principal víctima.

Sin embargo, un buen número de académicos tiende a tener una visión de conjunto y es consciente del contexto más amplio, incluida la desmesurada cantidad de violencia infligida por intrusos externos y sus colaboradores y aliados locales. En este sentido, se acercan más a percibir los aspectos multidimensionales del ISIS como un fenómeno moderno, global y transnacional (pero también configurado a nivel local).

Conceptos atrayentes

Para Bishara, es necesario examinar al ISIS desde sus complejas dimensiones sociales, políticas y religiosas para comprenderlo adecuadamente. No puede explicarse en términos de una o unas pocas fórmulas, como la teología islámica, la historia o el salafismo. Por ejemplo, resulta difícil explicar el atractivo que ejerce el ISIS sobre jóvenes musulmanes —incluidos inmigrantes musulmanes de tercera generación en Occidente o recién convertidos al islam— citando el atractivo del "salafismo" o conceptos como el "califato". Este último sigue siendo marginal en el islam moderno, incluso entre los grupos islamistas. Por eso el ISIS se promocionó a sí mismo como un "Estado" durante gran parte del tiempo. En cualquier caso, la mayoría de los reclutas que se unían al ISIS tenían escaso conocimiento del islam en general, por no hablar de los aspectos complejos de su teología o su historia. Por ejemplo, un grupo de jóvenes musulmanes británicos detenidos cuando se dirigían a Siria para unirse al ISIS llevaba en sus mochilas el libro Islam para principiantes.

Al intentar desentrañar la complejidad del ISIS, Bishara se plantea el reto, aparentemente imposible, de cuestionar la verosimilitud de la tendencia (a menudo sesgada) a vincular este movimiento rebelde con el islam en general, con el fundamentalismo salafí en particular y, más concretamente, con la organización al-Qaeda. Intenta hacerlo sin dejar de reconocer el vínculo organizativo e ideológico que une al ISIS con al-Qaeda como organización matriz, así como con la cosmovisión yihadista salafí de esta última. De hecho, rastrea y documenta estos vínculos meticulosamente, recurriendo a una amplia variedad de fuentes.

La proeza a la hora de resolver este enigma se basa en múltiples estrategias, entre las que se incluye una crítica exhaustiva de la bibliografía predominante, seguida de la contextualización del fenómeno dentro de una serie de crisis regionales e internacionales interconectadas que constituyeron el trasfondo fundamental de la rebelión. Los levantamientos religiosos, sostiene Bishara, han sido frecuentes en la región a lo largo del último siglo, pero el éxito ha sido escaso. Solo con la conjunción de crisis —Estados débiles, sociedades profundamente divididas, intervención extranjera y sectarismo rabioso— algunos lograron el éxito relativo alcanzado por el ISIS. El caos, unido a la rivalidad entre extremistas, proporcionó el ambiente propicio para la instrumentalización y brutalización de la religión, características distintivas del ISIS, lo que permitió a la insurrección obtener un apoyo significativo y expandirse territorialmente.

Bishara identifica una distinción significativa y muy moderna entre los conceptos tradicionales de "yihad" y el construido ideológicamente de "yihadismo" como el paso que allanó el camino para el auge de organizaciones como al-Qaeda y el ISIS. El término yihad denotaba originalmente lucha, ya fuera pacífica o militar. En los inicios del islam surgió el término "yihad mayor" para referirse a la obligación de una persona de resistir las tentaciones pecaminosas y de reunir fuerzas para cumplir con sus obligaciones sociales y religiosas. El término utilizado para la yihad armada era, con mayor frecuencia, qital (lucha). Cuando la yihad pasó a significar lucha, solía tratarse de una guerra defensiva contra enemigos externos. En el lenguaje árabe secular moderno, se refería a la lucha contra el colonialismo o a favor de la construcción de la nación.

El término "yihadismo" es un neologismo ideológico vinculado al surgimiento, principalmente, de "yihadistas profesionales" "salafíes". El salafismo suele referirse a los seguidores ultratradicionalistas de la ortodoxia, que insisten en seguir lo que se considera el credo y la conducta de la primera generación de musulmanes. Para ellos, cualquier desarrollo posterior del pensamiento o la conducta islámicos constituye una aberración innovadora (bid'a). El salafismo se manifestó en sus inicios en la escuela hanbalí de fiqh (jurisprudencia islámica), fundada por Ahmad ibn Hanbal (780-855) y resucitada por Muhammad ibn Abdelwahab (1703-1792) en Arabia Oriental, en vísperas del auge de la dinastía saudí y en alianza con ella.

La conexión entre el salafismo y el concepto moderno de yihad es contingente y tiene que ver principalmente con el entusiasmo de Arabia Saudí por ayudar a Estados Unidos en su intento de desestabilizar la presencia soviética en Afganistán mediante el armamento de los rebeldes tribales locales. Más tarde, comenzó a formarse el denominado contingente "árabe-afgano". El grupo siguió siendo muy reducido (unos pocos cientos en su momento álgido) y militarmente insignificante, pero con un enorme valor propagandístico. El salafismo pudo prosperar gracias a la represión ejercida por los regímenes árabes laicos —principalmente el Egipto de Naser, pero también los baazistas de Siria e Irak— contra grupos islamistas modernos como los Hermanos Musulmanes. Muchos supervivientes de esta represión encontraron refugio en el Golfo, donde cayeron bajo la influencia salafí. Al mismo tiempo, los regímenes laicos fomentaron la difusión de la literatura y la influencia salafíes como contramedida frente al islamismo moderno politizado. El libro documenta la interesante fusión del salafismo con la yihad en Afganistán —y posteriormente en otros escenarios de la yihad— para dar lugar al yihadismo salafí, una fórmula bastante singular y muy moderna. Esto supuso la transformación del concepto de yihad, que pasó de sus arraigados fundamentos tradicionales a un novedoso "espacio ideológico general". Numerosos factores catalizaron esta transformación, entre ellos la evolución del sectarismo bajo el autoritarismo local y la violenta intervención extranjera en Irak, Siria y Palestina. Por lo tanto, resulta imposible comprender el auge del ISIS "sin comprender el contexto social, político y cultural que contribuyó a dar forma al surgimiento de una organización violenta que recurre a los textos religiosos de una manera sumamente selectiva y pragmática con el fin de orientar y/o justificar sus acciones".

Génesis y fusiones

Lo que probablemente constituyó la segunda manifestación más importante del yihadismo (después de Argelia) fue el surgimiento del Estado Islámico en Irak (ISI, en sus siglas en inglés), fruto en un principio de la fusión entre un grupo yihadista local y al-Qaeda. El núcleo del contingente del ISI era un grupo jordano denominado Jamat al-Tawhid wa'l-Yihad (JTJ, el Grupo del Monoteísmo y la Yihad), formado por Abu Mus'ab al-Zarqawi en 1999, poco después de su puesta en libertad tras cumplir una condena de siete años de prisión por delitos relacionados con armas de fuego en Jordania. Zarqawi viajó posteriormente a Pakistán en 1999, con el objetivo de cruzar a Chechenia. Fue deportado a Afganistán, donde conoció a Bin Laden, quien le ayudó a crear un "grupo árabe" en un campamento cercano a Herat. Colaboraron estrechamente con al-Qaeda, pero mantuvieron una relativa autonomía, ya que ambas partes discrepaban en numerosas cuestiones. Tras la invasión estadounidense de Afganistán tras el 11-S, Zarqawi y sus seguidores huyeron a Irán y, desde allí, al norte de Irak. La invasión estadounidense de Irak en 2003 ofreció a Zarqawi y a su grupo —que seguía operando bajo la denominación de JTJ— una nueva oportunidad. Se unió a un violento levantamiento protagonizado por antiguos rebeldes del ejército iraquí. A finales de 2004, el grupo se afilió a al-Qaeda y adoptó el nombre de al-Qaeda en Mesopotamia. La dirección de al-Qaeda aceptó el acuerdo a regañadientes, ya que, paradójicamente, seguía discrepando profundamente con el sectarismo extremista de Zarqawi. Resulta irónico que la sede central de al-Qaeda siguiera oponiéndose a las tácticas de Zarqawi, que incluían ataques indiscriminados contra civiles chiíes iraquíes y el asesinato de prisioneros, a menudo en espectáculos de una brutalidad espantosa. Esta barbarie no solo alejó a los iraquíes, sino que enfureció incluso a muchos de sus antiguos mentores yihadistas salafíes, quienes escribieron a Bin Laden culpando a al-Qaeda de tolerar su conducta. La correspondencia entre los yihadistas fue toda una lección de sofismas. Zarqawi argumentaba que avivar la lucha sectaria era esencial para provocar que las comunidades chiíes emprendieran represalias brutales y revelaran así su odio oculto hacia los sunníes ante el mundo entero. Además, obligaría a los sunníes indecisos a unirse a su grupo —una admisión de que la mayor parte de la población sunní se mostraba reacia a sumarse a su barbarie—.

La tensión se intensificó cuando Zarqawi pidió a la floreciente rama de al-Qaeda en Siria (más tarde conocida como Jabhat al-Nusra, el Frente de la Victoria) que jurara lealtad a su grupo. Al-Nusra, que aún no había revelado su afiliación a al-Qaeda, se negó. Contaba con el respaldo de varios teóricos salafíes yihadistas destacados, así como de la propia dirección de al-Qaeda, tal y como revela la correspondencia confidencial.

Tal y como destaca Bishara con interesantes detalles, la dicotomía entre la "localización" y el "panyihadismo" se convirtió en una cuestión clave. Los partidarios locales de Zarqawi optaron por una segmentación excesiva, probablemente influidos por sus principales colaboradores, entre los que se encontraban antiguos oficiales del ejército iraquí baazista y de los servicios de inteligencia. Sin embargo, la sede central de al-Qaeda se decantó por la moderación, con el fin de apaciguar a Irán y a sus aliados chiíes, a quienes consideraba potenciales aliados contra Estados Unidos. En ambos bandos reinaban el pragmatismo y la contingencia.

Lo que comenzó como un proyecto yihadista salafí localizado en Jordania y Afganistán terminó convirtiéndose en una fuerza de combate principalmente antiamericana y antichií. Estaban en juego las mismas dinámicas que condujeron al 11-S. La presencia estadounidense, aliada con regímenes árabes despóticos que se promocionaban como aliados antiterroristas, impulsó irónicamente a los grupos "terroristas". En Irak, al igual que en otros lugares, sin embargo, los aliados se convirtieron en terroristas antiterroristas.

Por el contrario, la mayoría de los demás aliados de Estados Unidos no estaban a favor de las declaraciones estadounidenses a favor de la democracia para convertir a Irak en un "modelo" democrático para la región. Siria encabezó el grupo al convertir su territorio en una vía de paso para los voluntarios yihadistas que se dirigían a Irak, contribuyendo además con su propia parte al liberar a cientos de presos "terroristas islamistas" para que se unieran a las filas. Como víctimas del terror extremo en las cárceles sirias, estos últimos anhelaban vengarse de sus torturadores "infieles". La ironía radicaba en cómo los altos cargos del régimen de Saddam, ellos mismos maestros en el arte del terror carcelario, se unieron a grupos como el ISIS, convirtiéndose en pilares de la rebelión del ISIS, e incluso en algunos de sus teóricos clave.

Del diálogo al conflicto entre yihadistas

El "diálogo" entre yihadistas, que pronto degeneró en una excomunión que desembocó en un conflicto sangriento, también resulta revelador. Existen versiones contradictorias sobre quién cedió ante quién en el acercamiento entre Zarqawi y al-Qaeda, pero parece que Zarqawi llevó la ventaja. La tensión en la relación persistió hasta que Zarqawi fue asesinado en junio de 2006. Bin Laden y su segundo, Ayman al-Zawahiri, no dejaban de elogiar al grupo de Zarqawi en público, mientras que en la correspondencia privada le reprendían. Cuando su sucesor, Abu 'Umar al-Baghdadi, anunció la formación del Estado Islámico en Irak (ISI) en octubre de 2006 —cuatro meses tras la muerte de Zarqawi y dos años después de que este último se asociara públicamente con al-Qaeda—, Bin Laden se deshizo en elogios. Sin embargo, el grupo quedó muy debilitado por el "aumento" de tropas estadounidenses de 2007, aunque comenzó a recuperar fuerzas en 2009. En 2010, Abu 'Umar fue asesinado y sustituido por Abu Bakr al-Baghdadi, quien comenzó a enviar seguidores a Siria. En 2014, tras espectaculares victorias en Irak y Siria, al-Baghdadi declaró la formación del Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) y lanzó guerras contra grupos yihadistas rivales en Siria que se negaban a unirse a él.

El ISIS se enzarzó en una guerra retórica con al-Qaeda y otros líderes yihadistas de alto rango, alegando que el ISIS nunca había sido seguidor de al-Qaeda. Al-Baghdadi no tardó en autoproclamarse "califa", líder espiritual y político de todos los musulmanes. La guerra de palabras con los yihadistas rivales se tornó sangrienta a medida que el grupo ampliaba su control, extendiéndose desde el noreste de Siria hasta el noroeste de Irak y más allá. El ambiente general cambió de forma tan radical que el Frente al-Nusra declaró abiertamente su lealtad a al-Qaeda para evitar ser absorbido por el ISIS. Bin Laden se había convertido en el más "moderado", ¡el proverbial mal menor!

Esta lucha fratricida confirma que el centro de la "atracción fatal" del ISIS no era la teología, aunque sí podría haber sido la ideología, de carácter revolucionario. Y es que podemos observar que grupos que compartían la misma teología yihadista se enfrentaban entre sí. Paradójicamente, para una de las partes esto suponía defender al "enemigo". Tanto al-Qaeda como el ISIS coincidían en que la mayor parte de los musulmanes eran "herejes" en mayor o menor medida, con los chiíes a la cabeza de la lista. Sin embargo, Bin Laden y sus colaboradores se opusieron, por razones puramente pragmáticas, a los ataques masivos contra los chiíes iraquíes, por considerarlos contraproducentes. Aquellos que se unieron, los "nuevos radicales", escribe Bishara, "están unidos por un odio encarnizado hacia la injusticia, la hipocresía y la corrupción en las sociedades actuales, tanto occidentales como musulmanas, y por su disposición a sacrificar sus propias vidas en el proceso de castigarlas y vengarse". El salafismo yihadista y el ISIS, en particular, forman "parte de esta cara más oscura de la política moderna, una antipolítica que regula la guerra en lugar de la vida política, y una reacción al modo específico de modernización que experimentaron al mismo tiempo países árabes y musulmanes".

El punto fuerte de ISIS, The March to Dystopia radica en que pone de manifiesto este factor central, sin eludir la importancia de la ideología del yihadismo en este proceso. Uno de sus aspectos más interesantes es cómo el autor analiza el origen y la espiral ética descendente del yihadismo, sin desviarse del complejo contexto que sigue alimentándolo. La deconstrucción que realiza Bishara y su serio compromiso intelectual con el yihadismo son clínicamente incisivos. Reconoce la influencia del salafismo, pero también señala lo obvio: que la abrumadora mayoría de los salafíes rechaza y se opone a movimientos como el ISIS. La clara distancia entre el islam tradicional y el pensamiento y la práctica del yihadismo —así como su pisoteo maquiavélico de los valores islámicos en aras de objetivos políticos a corto plazo— es evidente y podría incluso constituir un elemento definitorio de dichos movimientos. Bishara lo expresa así: "Una de las peores consecuencias de la ideologización de la religión es su desvinculación de la ética, lo que convierte a la religión en un fin político que justifica los medios y condona el desprecio de todos los principios morales fuera del grupo". A veces, incluso dentro de él.

Bishara describe este compromiso profundo y prolongado con el pensamiento y las prácticas del yihadismo extremista como una "defensa de la civilización islámica". El ISIS se muestra extremadamente hostil hacia las ideas y prácticas de las comunidades musulmanas. Su pensamiento es "menos una negación de Occidente —que le preocupa muy poco— que una negación de la civilización islámica en su totalidad y en toda su diversidad". Así pues, la verdadera "guerra de civilizaciones", si algunas personas insisten en utilizar tales términos, "en realidad tuvo lugar dentro de cada civilización y es allí donde se está librando en este mismo momento". Enfrentarse al ISIS, sostiene Bishara, es, por lo tanto, una guerra para defender la propia civilización del islam. Cabría añadir: y la civilización mundial, o lo que queda de ella. Pues las atrocidades en las que incurren a diario las principales potencias occidentales y sus aliados despóticos locales hacen que la "guerra contra el terror" se parezca mucho a una "guerra del terror".

Las ideas expresadas en este documento corresponden al autor y no reflejan necesariamente la postura del CEARC

Este Análisis fue publicado por el Arab Center for Research and Policy Studies (ACRPS). Puede consultarse en inglés en este enlace. La reseña se publicó originalmente en Critical Muslim, nº 58, primavera de 2026, pp. 237-246.

Crédito de imagen: ACRPS


Notas y referencias

[1] Azmi Bishara, ISIS: The March to Dystopia, Bloomsbury Publishing, Nueva York, 2025.

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